Furor por «El Principito»

Con nombre de cantante melódico africano y pinta de recién egresado del colegio, hace pocos días un tal Nayib Bukele asumió la presidencia de la República de El Salvador.

“Ajá, ¿y?”, dirá usted, tal y como dije yo cuando leí la noticia.

Pero no es el nombre (que en rigor es de origen musulmán) ni el récord etario (con 37 años, se convirtió en el presidente más joven de toda Latinoamérica), sino las cosas que está haciendo las que llamaron la atención de un colega que me mandó la noticia.

La primera medida de gobierno de Bukele fue despedir vía Twitter a los parientes acomodados del gobierno anterior.

–Vos que escribís sobre series y películas, mirá esto y decime si no es un personaje de ficción –me puso mi amigo.

Con mensajes escuetos y sin vueltas, el flamante presidente empezó a mandar a funcionarios a su casa:

“Se le ordena al Secretario Privado Fulanito remover de su cargo como director de tal cosa a Menganito, con el salario de tres mil dólares que cobraba contrate 3 técnicos de mil c/u”, dice uno de los mensajes.

Y son muchos. Un montón.

En pocas horas, Bukele limpió ministerios y dependencias usando solamente su teléfono celular, con el que se deshizo de toda la parentela acomodada por sus predecesores.

A cada orden que publicaba en Twitter, los subalternos le respondían: “Ahorita mismo señor presidente”.

–¿Es joda esto? –le pregunto a mi amigo.

–No, boludo; es verdad –me dijo acompañando la respuesta con emoticones de risa–, buscá más información sobre Bukele porque es digno de un capítulo de Black Mirror.

A esta altura del partido, reconozco, no me creo nada. La sospecha es mi carta de presentación ante cualquier tema que se me presente. De todas formas me intrigaban el personaje y sus acciones.

¿Pura demagogia? ¿Megalomanía extrema? ¿Revancha política con delirios mesiánicos? ¿Una cuenta falsa creada para entretener desprevenidos?

En tiempos de marketing político feroz, ya se sabe, todo es posible.

Reino del revés

La cosa me parecía tan extraña que me puse a buscar en YouTube más información, y así caí en el discurso de asunción de Bukele, que es un video de los más bizarros que vi en Internet.

Después de que le pusieron la banda tomó el micrófono y en unos viralizables 28 minutos, le dijo a su esposa (embarazada) que la admiraba; anunció que la mitad de su gabinete iba a ser femenino; usó el lenguaje de señas para comunicar cómo iban a trabajar en conjunto todos los ciudadanos; y por último (atención) le hizo levantar la mano derecha a la multitud que lo escuchaba para tomarles juramento de compromiso con el futuro.

–Che –le dije a mi amigo–, hasta el traductor que hace lenguaje de señas está contento mientras el tipo habla.

–No sólo eso –me contestó–, fijate que cuando termina el discurso, hace subir a un pastor para que dé un mensaje religioso.

–Ahhh, qué cagada, yo sabía que algún defecto tenía que tener –le dije con pesar.

–No, no, no. El dato es que Bukele es musulmán e invitó a un tipo de otra religión para mostrar apertura; Bukele reza el Corán pero quiere ser amplio.

–Mmmmm –contesté con dudas–, parece el protagonista de The Walking Dead arengando a los sobrevivientes para que reconstruyan el mundo, es demasiado bueno para ser verdad.

Mi amigo me dio la estocada final con otro dato para el asombro: Bukele llegó a la presidencia gracias a Facebook.

En un país cascoteado, lleno de corrupción y de pobreza, dominado por dos partidos políticos, el joven mandatario que venía de estar frente a una alcaldía, se las arregló para seducir por fuera de las convenciones al electorado.

–El flaco hizo una transmisión por esa red social llamando a los votantes a que lo apoyaran, consiguió 200 mil firmas y armó una tercera fuerza, la inscribió y ganó las elecciones por más del 50 por ciento de los votos.

–No te la puedo.

Dudas y certezas

En tiempos en los que la capacidad de asombro tiene menos estado que un fumador octogenario, en una modernidad como la nuestra atestada de noticias falsas, es muy fácil que el menú diario incluya uno que otro sapo.

En Córdoba hemos visto ejemplos de todos los colores: tenemos un político que le vendió una iglesia a una firma extranjera, y hasta un inventor de fábulas que patentó la primera cafetera parlante.

Si de algo podemos dar cátedra los argentinos es de hacer el cuento del tío.

Hay que reconocer que con ingenio y pocos escrúpulos se pueden conseguir resultados rápidos y embaucar a un montón de gente.

Por utópico y soñador me han cagado a pedos desde parejas hasta terapeutas gestálticos, pero no puedo evitarlo. Me crié arrullado en la ficción, disfruté como un chancho el barro de la fantasía, y me seducen los giros y los personajes.

Pero…

La idea de un presidente que gobierna por redes sociales y toma medidas para integrar a las personas jóvenes, que da discursos en la ONU en perfecto inglés y que hace sudar a sus rivales en los debates televisivos armado sólo con el sentido común, hasta para un loquito como yo, resulta sospechosa.

–¿Cómo hago para saber si este tipo es un blef? –le consulto a mi colega.

–Ni idea, yo soy periodista de deportes así que de política no entiendo un sorete, te paso algunos contactos para que investigues.

Comparaciones odiosas

Las comparaciones son odiosas pero inevitables. ¿Podría existir un tipo así, con esa determinación, con esa capacidad de gestión, con un objetivo tan noble como claro, en un país como el nuestro?

Pienso en las veces en las que el cuarto oscuro me dio siempre las mismas opciones, figuritas repetidas, caras de negocios turbios, personajes sin mérito y paracaidistas de la función pública.

Nuestro país, como tantos otros del tercer mundo, vive haciendo equilibrio sobre una historia fracturada, pivoteando entre las injusticias y la decadencia institucional, avorazado por la corrupción y con ladrones de guantes blancos orgullosos de pregonar que van a ser honestos si les ponen un cargo.

–Me gustaría escribir sobre este tipo –le confesé a mi amigo–, pero temo que después se descubra que en realidad es un lobo con piel de cordero; o peor, que es un dictador esperando para dar el zarpazo.

–¿Qué otros temas tenés para tu columna? –quiso saber mi colega.

–El cambio que metió el Papa en el Padrenuestro, la separación de Bradley Cooper o la internación de la ex del actor Rodrigo Noya, que se comió una empanada con un clavo adentro.

–Me gusta más lo de Bukele –me confiesa–; ¿sabías que le llaman “El Principito”?

Mundo loco

A veces, para dar con un tema para escribir, suelo navegar las efemérides.

No deja de sorprenderme que cualquiera sea la fecha que esté investigando, siempre hay una mención a pruebas nucleares recurrentes y a tragedias que marcaron a la humanidad.

Me seduce mucho más un personaje como el presiente de El Salvador, y me pregunto por qué.

Mientras pienso en la respuesta, me pongo en contacto con colegas de aquellas latitudes.

Sumar visiones me ayuda a entender más sobre Nayib, el hombre que le hizo pito catalán a la vieja política.

Tuvo un paso digno en su gestión como alcalde primero y supo armarse de un equipo millenial después, así aceitó bien la comunicación con una mayoría hastiada de las expresiones rancias tradicionales de izquierda versus derecha.

Como buen “outsider” (la palabra aparece en casi todas las notas referidas a Bukele), el primer mandatario va por la vereda de las convenciones y se convierte en un personaje seductor, en una especie de salvavidas inesperado.

No dejo de pensar en lo cercanas que son algunas realidades.

El Salvador, me cuenta un periodista de esa región, es un país castigado por la corrupción, el narcotráfico y el hambre de poder concentrado en unos pocos. Me suena. Y no me sorprende darme con que allá también tienen las aguas divididas.

Se dice que Bukele compra seguidores en redes, que es un populista digital y que le paga a los youtubers para que hablen de él. Incluso muchos opositores señalan que pactó con un diario norteamericano para que le pusieran el apodo del libro de Antoine de Saint-Exupéry.

Qué especie curiosa la de los seres humanos: la ficción nos seduce, nos genera dependencia, y es el lugar al que siempre vamos en busca de respuestas para entender la realidad.

Somos una raza que compra billetes de lotería para asegurarse el futuro.

Le digo a mi colega que me da miedo escribir sobre un gobernante que parece el bueno de la película, porque la ficción también me ha enseñado a esperar el volantazo en la trama.

–La verdad –le confieso– es que me gustaría mucho que todo lo que estoy viendo sea cierto, que como en las películas haya un final con perdices para todo el mundo, incluso para nuestro país, que está mucho más abajo en el mapa respecto de ustedes.

–A pesar de las diferencias geográficas –reconoce mi colega con tonada caribeña–, a nosotros también nos está pasando lo mismo.

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