No todos tenemos la piel de Tony Montana

No tengo ni a Gregorio ni a Mariela agregados como amigos en Facebook. Ahí están sus perfiles, brillando sin foto de avatar, con poquitos contactos cada uno; ninguno en común conmigo. En algún momento a lo largo de estas décadas ellos tuvieron dos hijas. Vivían en un departamento en el centro, el mismo donde vi, por primera vez, una película violenta.

Éramos chicos, pero la madre de Gregorio no sabía de qué se trataba Scarface, así que nos preparó una merienda generosa y se fue a hacer unos trámites, dejándonos con la boca abierta frente a un televisor donde Brian de Palma contaba una historia llena de gente que aspiraba azúcar impalpable y se amasijaba a balazos.

Cuando terminó, nos quedamos un buen rato evocando las escenas cruentas y terminamos por retroceder la cinta (estábamos bajo el yugo del VHS) para ver la delantera de Mary Elizabeth Mastrantonio y la desnudez impúdica (para esa edad) de Michelle Pfeiffer a través de un deshabillé color piel.

El padre de Gregorio tenía un negocio en el centro y mi compañero entró a trabajar con él desde muy chico. Lo envidiaba un poco porque eso le daba algo de dinero y entonces en el colegio podía hacer la cola frente al quiosco y comprar unos sánguches de jamón y queso que estaban para chuparse los dedos.
No recuerdo una sola vez en la que Gregorio no haya querido sentarse de espaldas a la pared para partir su sánguche por la mitad y compartirlo conmigo.

Creo que una buena definición de nostalgia es la necesidad de hacer foco en detalles tan lejanos como la pátina de mayonesa sobre una feta de queso, treintaipico de años atrás, en el viejo patio de recreo de un colegio.

Gregorio, como tantas otras personas, pertenece a un pasado lejano y en sepia, una época en la que yo me llamaba de otra forma y en la que todos creíamos que la muerte era algo que sólo ocurría en las películas guionadas por Oliver Stone. El rostro de Gregorio, junto al de muchos otros compañeros, flota como una polaroid debajo del agua, a veces acercándose a la superficie para bajar rápido otra vez hasta perderse en un fondo difuso.

Nuestros caminos se separaron una mañana en la que yo comencé a ensayar diferentes maneras de hacerme echar de colegios y la frecuencia de nuestros encuentros quedó limitada a un puñado de saludos discretos en la peatonal de vez en cuando. Las veredas de las ciudades pequeñas como Córdoba se han cansado de ver ensayos como el nuestro, una danza tonta de gente que se esquiva y se reencuentra, que se saluda a veces y a veces no.

Nos cruzábamos con Gregorio, al menos, una vez al año. Levantábamos las cejas, nos sonreíamos y seguíamos de largo para volver a meternos en nuestros mundos y en nuestras cosas, indiferentes a la construcción que cada uno estaba haciendo de su propio futuro.

Una buena definición de juventud es la apuesta pavota que le hacemos a la inmortalidad. Por oposición, la madurez llega como un baldazo de finitud y de angustia, como una revelación insospechada de nombres conocidos engrosando la lista de los obituarios, como las redes de tu arco hinchándose a pelotazos de fatalidad.

Vi a Gregorio por última vez hace unos años. Se metía en un taxi a las apuradas, luciendo una flamante calva que brillaba en el mediodía de la peatonal como una señal vaga e irrelevante. Me pregunté qué sería de su vida, por qué se habría pelado, y caminé algunas cuadras pensando en él y en otros compañeros de colegio que andan por ahí sueltos en estas mismas calles que yo camino.

Ya no somos tan jóvenes. Algunos hemos formado, bien o mal, nuestras familias, o nos hemos convertido en la sombra de lo que queríamos ser.

Una buena definición de crecimiento es el ramillete de promesas rotas que nos convierte en una copia burda y desteñida de lo que soñábamos hacer de nosotros, cuando llegáramos a la edad que tenemos ahora.

Pensé en Gregorio ese día —todavía no sé porqué, tal vez para usarlo de ejemplo aplicable a toda una generación de compañeros desencontrados— un poco más de la cuenta, y me obligué a reconstruir nuestros senderos bifurcados, intentando retener, por ejemplo, el rostro de su madre en esa tarde lejana de Scareface, o el rostro de su padre, con el bigotito discreto, caminando cigarrillo en mano por la peatonal.

Creo que una buena definición del desencanto es la mirada desorbitada de Al Pacino rodando junto al escote punzante de la Pfeiffer en la cinta de un VHS perdido en el pasado, frente a una mesa con la merienda servida con cariño.

No tengo ni a Gregorio ni a Mariela agregados a Facebook. Esa posibilidad ya no existe, se esfumó en un día lluvioso de invierno, en el momento preciso en que el preludio de una cena fue un escape de gases tóxicos que se volvieron inspiración para un redactor de policiales.

Creo que una buena definición de angustia es no poder ponerte nunca más al día con alguien, desterrar la chance de conocer a la familia del otro, a las sonrisas de los otros, esas cosas que tan bien reflejan lo que uno mismo es ahora, que ya es tarde.

Tengo que recordar, me digo siempre, que hay que celebrar los placeres mínimos, los detalles, las pequeñas pinceladas que van dándole color a este derrotero sin sentido que es vivir, crecer y encontrar, finalmente, la muerte.

Me duele —de una forma que no alcanzo a comprender— pensar en una familia como la mía suspendida para siempre en una escena cotidiana, dormida en un pausa venenosa e interminable.

Y tampoco puedo quitarme de la cabeza ese recreo que se hace eco en un recuerdo, ese gesto mínimo e indispensable que es Gregorio ahora, una sonrisa que ya no volverá a aparecer en ninguna calle más de las que yo camine sobre este mundo.

Sé que no está bien trocar los pésame por semblanzas cobardes, pero me lleva el miedo y el corazón me arde cuando pienso en la señora que hacía meriendas ricas y en el señor que fumaba por la peatonal todas las tardes. Los padres de Gregorio, los abuelos de las hijas de un compañero de colegio que partía para mí sus meriendas en los recreos desolados.

Escribir es la única forma que conozco para desahogar algunos dolores que son absurdos y que resultan inexplicables. Como esos dos perfiles de Facebook suspendidos en un limbo en el que ya no hay interacción.

La ausencia de rostros y las circunstancias en que se esfumaron sus sueños resultan, en medio de la fatalidad, aleccionadoras. Ni Tony Montana burló al destino, menos lo vamos a hacer nosotros, fuera del radio de la ficción.

Alguien dijo alguna vez que nos volvemos adultos cuando empezamos a coleccionar muertos dolorosos en el corazón, y que esa madurez alcanza para que enfrentemos nuestra propia finitud. Suscribo solamente la primera afirmación.

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3 respuestas a No todos tenemos la piel de Tony Montana

  1. alberto baru dijo:

    Tengo 64.
    En menos de 1 año ya despedí a tres.
    Puta que tenés razón.

  2. Irene dijo:

    Suscribo, con angustia y tristeza por todos mis muertos.

  3. alf dijo:

    A eso de cada 2 meses vuelvo a este site.

    Suele ser siempre en alguna madrugada que me encuentra confundido queriendo recuperar algun recuerdo por interné…

    El tema es q siempre me robas una sonrisa y me dejas los ojos vidriosos…

    Tenes un don… o lo laburas. Pero ahi esta. Y yo siempre volvere a leerte.

    Ser contemporaneo y compartir los mismos pagos, historias que se reflejan tan fielmente en tus palabras…

    Una risa y una lagrima…. siempre me robas.

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