Cuando el cine enseñaba artes marciales

Salíamos del cine y mi primo iba adelante, así que tomé carrera y salté en el aire para darle una patada a la gorra que llevaba en la cabeza. Resbalar en el hall de entrada y caer sobre el pecho tras una cabriola –lo sé por experiencia propia–, te quita el aire. Y te baja el copete. Pero salíamos de ver a Bruce Lee en una función doble en la que el oriental fibroso saltaba, daba vueltas imposibles en el aire y salía airoso de com­bates en los que tenía que enfrentar a un malón de extras chinos en kimono.

No sabíamos que ese muchacho menudo con pelo de Playmobil era un pionero que con mucho esfuerzo había instalado un género a los patadones limpios: las películas de artes marciales.

Diseñado para repartir sopapos quirúrgicos a sus adversarios, para nosotros se convirtió en un fetiche apenas lo vimos ponerse en guardia. Y pronto comenzó entre los jóvenes de nuestra edad un hambre terrible por ver todo lo que hubiera filmado el ninja de ojos fijos. Bruce Lee compartió con delay gran parte de nuestra adolescencia. Lo vimos meterse a edificios en los que lo esperaban luchadores distintos a cada piso que ascendía: un basquetbolista con afro y piernas larguísimas se comía un biabón más o menos por hacerse el langa. Y así. Al final todo terminaba en el último piso: una lucha hastas la muerte con un viejito que tenía las uñas afiladas y se moría de ganas de acabar con nuestro héroe a los zarpazos.

Pero no importaban los muñecos que le ponían adelante, Bruce se limpiaba la sangre del labio con el dorso de la mano, trababa el cuerpo hasta que se le veían los tendones y pegaba unos alaridos que te hacían caer los calzones.

Luego vinieron otros que siguieron sus pasos, como Chuck Norris y una ristra de norteamericanos de bigote y patillas dispuestos a mandar al protagonista al hospital. Pero el cine es el cine y para que funcione, el héroe no debe perder jamás.

Para hacer una composición de lugar hay que decir que en esos años no había Internet, ni Instagram, ni grupos de wasap con padres del colegio. El tiempo estaba de nuestro lado y una película en el cine nos daba tela para cortar durante toda una semana. Y la temática era tan cautivante que la explosión del fenómeno de Bruce Lee a nivel mundial demoró en contagiarnos, pero una vez que nos inoculó con el virus del kung fu, ya no hubo vuelta atrás.

Yo pedí, por ejemplo, que me inscribieran en una escuela de karate que estaba sobre el bulevar Chacabuco, donde el sensei estaba convencido de ser hijo del maestro de Karate Kid y David Carradine. De la experiencia sólo recuerdo el olor a pata cáustico de los vestuarios y la última clase (la tercera, creo) en la que un tipo más grande me usó de sparring.

Volví llorando a casa por dos razones: la primera, mi destino en el kung fu (o el karate, o lo que fuera) estaría siempre limitado a hacer de bolsa. Y la segunda, me di cuenta de que para convertirme en un Bruce Lee, me faltaban abdominales y me sobraban temores.

En los quioscos de revistas usadas leí algunas notas en las que se contaba la historia del luchador. A mi edad, por ejemplo, y mientras yo me secaba las lágrimas después de que un idiota me pateara las costillas, el tipo se subía a los techos de las escuelas de artes marciales para agarrarse a los carterazos con los mejores alumnos de cada escuela.

Claro que Bruce tuvo instructores de primera, cosa que por estas tierras sólo se veía en el cine. Y tenía, además de lo que mostraba en pantalla, una historia de vida real que asombraba. Había combatido el bullying en cuero, había desafiado el sistema cultural oriental para mudarse a Norteamérica y fundar una escuela de artes marciales. Y así, finalmente, su técnica también le abrió camino sobre la alfombra del celuloide.

Lee no sólo se había formado en el arte del combate con técnicas de wing chun, sino que se convirtió (y este dato es cierto) en campeón de baile cha-cha-cha antes de radicarse en Estados Unidos. Apenas llegó y fundó su escuela –tal y como ocurriría en sus películas–, empezaron a lloverle los desafíos. Grandes peleadores lo invitaban a medirse en combates improvisados, pero el inmigrante dejó un tendal de compadritos en el suelo. Y al cabo de un tiempo, esos mismos contrincantes terminaron anotándose en sus clases.

Bruce Lee patentó técnicas propias, entre las que se cuentan el famoso “Puñetazo de una pulgada”, que fue parodiado por Uma Thurman para salir del cajón bajo tierra en Kill Bill.

Resultaba difícil en esos años dejarse maravillar por “El cortito de Karadajian” cuando en el otro canal lo tenías a este chinito haciendo flexiones de brazos apoyándose sobre los dedos índices.

Pero el tiempo pasó y a las peleas a mano limpia las suplantaron por armas: el noble cultivo del cuerpo como instrumento de combate quedó como accesorio.

El 27 de noviembre Bruce Lee cumpliría 76 años. Las circunstancias en torno a su muerte son confusas. Se habla de epilepsia, muerte súbita o una reacción alérgica a los analgésicos para el dolor de cabeza.

No había cumplido los 33 cuando clavó la pala, pero para sus fans el guerrero sigue vivo en cada escena que plasmó en el cine. Y en cada patada voladora frustrada que nos deje despatarrados, mirando las estrellas.

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