Personas sin culo

Entre los años 2016 y 2018, por alguna razón que no alcanzo a comprender, me quedé sin culo.

La afirmación no es metafórica ni hace referencia a la falta de suerte para, por ejemplo, ganar algo en el casino; la expresión es literal.

Yo ya venía sospechando que algo no andaba bien en la zona trasera porque cada vez se me caían más seguido los pantalones, pero ahora ya es un hecho confirmado: me quedó el dorso liso de tanto estar sentado.

La prueba definitiva se me presentó en mi última compra de ropa, esta semana.

Me decidí por las prendas de oferta de la góndola de un supermercado (700 pesos por un jean no está nada mal), y cuando di un giro frente al espejo, el reflejo acusó la ausencia de carne en mis posaderas con una contundencia indiscutible.

–¿Y mi culo? –dije y me escuchó también mi compañera, que se encontraba removiendo buzos de frisa en otra batea, llenándose de estática.

–Es que estás muy flaco –diagnosticó sin mirarme–, pero se puede arreglar.

–¿Cómo que se puede arreglar? –quise saber mientras giraba hacia uno y otro lado frente al espejo.

–Con un poco de gimnasia; los glúteos son músculos y se pueden entrenar –me explicó sin mirarme.

–¿Como los influencers de Instagram? Sigue leyendo

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Se busca electricista

Quiero hacer andar el velador junto a mi cama, pero apenas termino de arreglarlo y lo enchufo, la explosión me deja la habitación llena de olor a plásticos quemados.

Abro la ventana a pesar del frío: estamos en agosto, el mes en el que las puertas de los autos dan descargas eléctricas. Creo que es por la estática, o algo así. Como sea, es el mes en el que te ponés la campera, caminás dos pasos con las crocs y te salta una chispa azul del cachete cuando vas a darle un beso a tu tía.

Y yo le tengo terror a la electricidad.

Mi primera mala experiencia fue de chico, con un portalámparas. Estaba sobre la cama fascinado por la sensación de tener los huesos ardiendo cada vez que metía los dedos en el cilindro.

No existía real conciencia de que me estaba electrocutando, sólo una intriga genuina ante el castañeteo de los dientes y los temblores involuntarios.

Me salvó un adulto que entró en la habitación y me hizo saltar del susto cuando gritó.

Desde entonces todo lo que tenga que ver con “la corriente” me pone los pelos de punta.

Será por eso que respeto mucho a los electricistas.

–¿Qué pasó? –quiere saber mi compañera, alertada por el fogonazo. Sigue leyendo

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Se lava las manos

Una vez estábamos parados con un amigo conversando en una esquina cuando de una alcantarilla vi salir una cucaracha enorme, prehistórica.

Mientras este otro me hablaba, el bicho aleteó dos veces, emprendió vuelo de forma aparatosa y le aterrizó directamente sobre los labios.

Eso sí me causó impresión, no así la confesión que me hace ahora mi amigo en un bar céntrico.

Él está muy preocupado porque la mayoría de sus compañeros de laburo no se lavan las manos después de ir al baño y el tema lo afecta un montón.

Lo conozco desde 1994, cuando empezamos a cursar la carrera de Psicología. Éramos los dos únicos varones en el aula y lo primero que me dijo fue “Nos vamos a cansar de ponerla hasta que nos recibamos”.

El vaticino quedó trunco cuando él se pasó a Administración de empresas un mes después. Hacía mucho que no lo veía, no sabía que andaba tan embrollado.

–¿Te parece que es para tanto? –le digo. Sigue leyendo

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La música del azar y otras milongas

En el año 1978 mi abuelo se ganó el Prode. Le acertó a todos los resultados que había que poner en el cartón con la definición de los partidos de fútbol.

Por esos años Emilio trabajaba en un bar y revoleó la bandeja y la rejilla a la mierda cuando se anotició de que podía empezar a paladear su repentina vida de nuevo rico.

Era mucha guita.

Calculo que el suyo fue un récord: antes de que hubiera pasado un año tuvo que volver a su antiguo trabajo ya que la fortuna entera se le había traspapelado en el casino.

En mi familia, la ludopatía no es una cuestión que se tome a la ligera. Y el recuerdo del Prode desvanecido entre ruletas, dados y naipes pesa tanto que nunca es tema de sobremesas; mencionarlo hace que broten labios fruncidos y que mi vieja se lamente por la falta de previsión y criterio para administrar el premio.

–Ese dinero, bien invertido, alcanzaba para varias generaciones –dice siempre poniendo la cabeza entre las manos.

Mi abuelo se murió en 1995. Muy pocas veces conversamos de lo que sintió cuando descubrió que la suerte le había sonreído de esa manera.

No le gustaba hablar de eso y cuando alguien lo traía a cuento, el recuerdo de esos meses como millonario le hacía cambiar el gesto por una mueca indefinida que no sabía si atribuirle a la nostalgia o al arrepentimiento.

De toda la experiencia nos quedó un álbum con recortes de prensa de la época. Sigue leyendo

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Una esquina peligrosa

Una vez, justo en esta esquina, me cagué de un golpe. Habré tenido 11 años y me dejaron acá con una misión:

–Te quedás quieto sin joder hasta que yo venga –encomendó mi padre antes de meterse en una quiniela que había cerca.

Como era de suponer, apenas lo vi desaparecer me puse a matar el tiempo subiéndome a una pirca para caminar con los brazos extendidos, como hacen los equilibristas sobre la cuerda floja.

Tal vez el recurso de poner los brazos en cruz funcione, no lo sé. Lo que sí puedo asegurar es que cuando pisás un ladrillo flojo arriba de una pirca las posibilidades de irte de ojete al piso aumentan considerablemente.

Caí –por algún motivo que no puedo explicar– con los dos cachetes al unísono sobre las baldosas e hice un ruido como de aplauso con guantes.

Ese día descubrí la existencia del coxis, que es un hueso que duele más que la primera ruptura amorosa cuando se golpea.

Recuerdo –además de las estrellitas saltándome frente a los ojos– mi propio grito de sorpresa. Sigue leyendo

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