La huerta de los Ingalls

Y un día, por fin, estuvieron listas para la cosecha. Mi compañera había preparado la tierra en invierno, luego sembró todo lo que encontró a mano (incluso esponjas con formas fálicas que dicen que son muy útiles para la exfoliación).

Yo acompañé el proceso de hacer nacer verduras como si me hubieran contratado de veedor.

–Acá habría que poner una guía; ahí falta más abono; esos plantines están muy juntos.

–¿No te dan ganas de participar más activamente? –quiso saber más de una vez ella entre jadeos mientras le daba palazos al suelo.

Y la verdad es que no. Me gusta ver cómo se bate a duelo todos los días con la tozudez de la tierra, y mientras ella mete rastrillo, pico y azada, yo siento que soy un Charles Ingalls que le da ánimos.

Es nuestro pacto: ella consigue que comamos orgánico y yo paso la máquina de cortar pasto.

Después de lluvias torrenciales, de algún que otro golpe de sol generoso y de sacar cagando a las liebres hambreadas, conseguimos presenciar el milagro.

–Jodeme que eso es un zapallo –dije cuando descubrí que de la planta colgaba, efectivamente, un zapallo. Sigue leyendo

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El mundo desde una fosa

El señor de bigotes me invita a bajar a la fosa para que veamos la panza de mi auto. Prende una linterna y repasa los bajofondos del vehículo señalándome lo que está mal.

Siempre me han gustado los talleres mecánicos. Me encanta cuando tienen un panel en la pared con el dibujo de la silueta de las herramientas. O cuando tienen un tacho enorme de agua para meter las ruedas y buscar las burbujas de una pinchadura.

Este es distinto, está dedicado a la colocación de equipos de gas, no se parece mucho a los talleres clásicos. Me pregunto si es por eso que no hay pósters de mujeres desnudas. O será simplemente que tener gente en tetas colgando de las paredes ya pasó de moda.

Cuando éramos chicos, mis primos solían desinflar las bicicletas adrede para ir hasta el taller de un gordo que tenía todas las paredes llenas de rubias californianas con pelos batidos que no te sacaban los ojos de encima.

Siempre sentí mucha confusión en los talleres mecánicos. Sigue leyendo

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Batman en el diván del psiquiatra

Todavía estaba en la primaria cuando sufrí mi primera experiencia poliamorosa, aunque sin acuse de recibo de parte de las involucradas, que en realidad ni se enteraron de que yo existía.

Pero eso no mitigó el hecho de que mi corazón transitara la infancia partido en tres, y en permanente estado de padecimiento por falta de correspondencia.

Al día de hoy, evocar la magia de ellas me estremece: y es que yo amé con locura a Tina Louise (Ginger, de la Isla de Gilligan), a Anni-Frid Lyngstad (cantante morocha de Abba) y a Julie Newmar (Gatúbela).

De la mano de esas tres figuras ingresé en la preadolescencia.

De Tina me encantaba su actitud; de Anni su voz cautivante, y de Julie esa capacidad impresionante de hacer que las vainillas de mi merienda se suicidaran dentro de la taza de té cuando aparecía ronroneándole a Batman en la pantalla.

Mi psiquiatra dice que la idealización de los personajes de ficción es algo bastante frecuente, incluso en adultos que están en condiciones de discernir que no se trata de seres reales, sino de entidades falsas paridas en las tierras románticas de la fantasía audiovisual. Sigue leyendo

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Reguetón y sexo bajo la tormenta

La lluvia comienza a salpicarnos el parabrisas apenas pasamos el peaje. Son las primeras gotas del tormentón bíblico que nos aguarda agazapado algunos kilómetros más adelante en la ruta. El reloj marca las seis de la tarde de un día a finales de enero, pero parece de noche.

Tengo que aminorar la velocidad, voy concentrado, la pregunta me toma por sorpresa:

–Después de que nacimos nosotras –quiere saber mi hija desde el asiento de atrás– vos ya no tuviste más sexo, ¿no?

La idea de que su padre se convirtió en célibe tras el nacimiento de ella y su hermana me causa gracia, pero permanezco serio al volante. Me produce una enorme satisfacción que podamos conversar estos temas. Y me da mucha ternura la inocencia de la pregunta, en parte porque la frecuencia sexual tras los partos tiende a bajar casi a cero, así que mi pequeña no está tan errada.

–Los padres somos de carne y hueso –digo mientras aumento la velocidad de las escobillas así puedo ver mejor el camino–, no nos convertimos en muñecos de cera después de tener hijos; seguimos siendo personas con ganas de hacer cosas.

–Pero entonces qué, ¿vos todavía hacés el sexo? ¿Cuándo? ¿Por qué? –se apresura a preguntar, presa de un torbellino de dudas y contradicciones. Sigue leyendo

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Edgar Alan Poe bajo tierra

Me paseo dos o tres veces frente a ella con cara de traste, pero mi compañera no dice nada. Finalmente, me dejo caer en el sillón y resoplo. Recién ahí acusa recibo.

Es muy difícil pelear con alguien que tiene la psiquis sana.

–¿Qué te pasa? ¿Estás enojado?

–Enojado, enojado. Frustrado estoy; a mi edad, Paul Auster ya había escrito la Trilogía de Nueva York, García Márquez sus Cien años de soledad y Orwell el coso de la granja.

Rebelión en la granja. ¿Y por qué te amarga eso?

–Que yo sigo pelotudeando con el relato corto, no voy a poder escribir un libro bueno nunca en la vida jamás.

–También podés mirarlo desde otra óptica y pensar que Marechal no tenía 50 cuando publicó Adán Buenosayres, lo mismo que Cortázar con Rayuela; y después están Bukowski o Hemingway; todos veteranos.

–Yo no voy a poder ser nunca como ninguno de ellos. Voy a terminar como Edgar Allan Poe.

–Me parece que es muy duro ponerse la meta de otros. ¿Edgar Allan Poe no murió joven?

–Clavó la pala en 1849, y había nacido el 19 de enero de 1809; un pendejo de 40.

Mi compañera no recuerda cómo falleció el autor. Y es que en realidad nunca se supo. Sigue leyendo

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