Autoridad y pugilismo

Voy saliendo de una tienda que está dentro de un shopping. Por todas partes se respira la opresión de los tiempos navideños: la gente se congrega en estas versiones modernas del infierno a reventar los aguinaldos en la previa de las celebraciones religiosas y yo me uno al peregrinaje.

Por fuera los aires acondicionados bufan como animales prehistóricos y por dentro las escaleras mecánicas nos suben y nos bajan para que podamos orear la mufa.

Hay adornos por todas partes. Hay carteles que anuncian promociones. Somos una fauna organizada y previsible. Si hubiera estudiado filosofía se me ocurriría algo interesante para decir, pero apenas me da el marote para buscar la salida.

Después de varias vueltas sigo sin saber qué comprarle a mis hijas y decido que mejor es irme a casa. Por eso me sorprende la voz del guardia que me detiene en la puerta.

–La mochila –me dice.

Hace poco leí que un signo de vejez es empezar a aplaudir cuando suena una canción que antes bailabas. Agrego que también es signo de vejez ponerse práctico. La sensación de que el tiempo es valioso me ha hecho poner en la balanza cada segundo que transcurre, y a estas alturas odio perderlos en discusiones bizantinas.

Pero viste cómo es, algunas cosas te superan.

–¿Perdón?

–Necesito que me abras la mochila –me dice el guardia.

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Resúmenes de fin de año

Si todo sale bien, el mes que viene se vencen las últimas cuotas del colchón, los anteojos, y las botas, así que estrenaremos año nuevo con los hombros más ligeros.

Las tres compras con tarjeta simbolizan el ingreso triunfal a la edad adulta, a la que pensé que jamás llegaría con algo de dignidad. Y sin embargo acá estoy, aburguesado al punto de no poder conciliar el sueño sobre un camastro viejo, achinado de tanto leer libros sin cristales con aumento y con los dedos de las patas gangrenados si no me abrigo los pies cuando llega el invierno.

El paso del tiempo te hace entender que la necesidad no tiene cara de hereje, tiene cara de resumen de tarjeta de crédito.

–¿Qué son todas estas boludeces que ponen con iniciales? –le pregunto a mi compañera mientras reviso el papel que me mandan mensualmente con el detalle de los gastos.

Ella le pega una hojeada mientras mastica un durazno.

–Mirá cómo nos cagan con sutileza –insisto mientras señalo montos pequeños que no se sabe qué son. Sigue leyendo

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Síndrome del nido vacío

Tengo que reconocer que nos encariñamos. Bueno, corrijo: me encariñé. Hasta colaboré para los nombres de los cinco gatitos recién nacidos, que se ganaron los apodos a fuerza de tener que identificarlos en esa maraña peluda que conformaban cuando se disputaban las tetas de su madre.

“Ñanjunjo” le pusimos al que nació con los ojos medio pegados; “Cementerio” se llamó el gris (parecido al que aparece en el libro de Stephen King, Cementerio de animales); el negro con diarrea se llamó “Pantero”; al blanco con manchas marrones lo bautizamos “Cara de alien”, y al que parecía un pichón de tigre, le clavamos –en un derroche de originalidad– “Tigrito”.

La tarea de mantener una camada no es fácil, menos para alguien que nunca tuvo afinidad con los animales. Pero ya que estoy en plan sincero debo reconocer que despertaron tantas emociones en casa, y hubo tanta insistencia de parte de mis hijas y de mi compañera en dedicarles cuidados, que al final me contagiaron.

–¿Te gusta tener gatitos, pa? –me preguntó la más pequeña cuando me descubrió observándolos mamar una mañana.

–No lo sé todavía, hijita; tienen olor y me muerden mucho los dedos de la pata, no te puedo responder eso.

Mis hijas siempre tuvieron mascotas caninas, muy a mi pesar. Mi compañera, por su parte, nació y se crió en el campo, y tiene historial largo en rescate de felinos y búsqueda de hogares adoptivos.

Yo apenas si tuve una tortuga y se me escapó, así que me sentí descolocado desde el primer momento en que la gata los parió, a escasos metros de la habitación donde duermo.

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Pasión docente

Al profesor de física y química lo apodaban “El mono” y era la imagen viva de Einstein: mismo pelo desordenado, mismo bigote tupido, mismo gesto de lengua afuera cada vez que le dabas una buena respuesta.

Su histrionismo se activaba como un gato salpicado con agua apenas entraba al aula, y no había tema o explicación que no motivara un despliegue circense que nos impedía pestañear durante las dos horas que duraba su materia.

Nunca le presté tanta atención a una persona parada.

Recuerdo bien cómo esperábamos que su clase nos partiera en dos la monotonía de la semana, a pesar de que en nuestro grupo no había ni uno con vocación de científico.

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La pastilla de la felicidad

Me contestó que andaba bien. Mucho mejor. Hacía mucho que no conversábamos, años. Y de golpe nos chocamos en la vereda y decidimos tomar algo. Una vez disipadas cuestiones de hipotecas y créditos, entramos al tema de la salud, me dijo:

–Esta mañana pasé a tomar la dosis más baja desde que empecé el tratamiento.

Yo ni sabía que Fede estaba en tratamiento, así que me dispuse a escucharlo, me intrigaba. Más cuando me dijo que estaba en un punto al que no pensó llegar jamás, a metros de conseguir su objetivo de independencia.

–Estoy al borde de no depender nunca más de una receta, de un mostrador de farmacia y de una fábrica de estas pastillitas de mierda, no sabés lo que es.

Mientras dice esto, alcanzo a notar un tic en su ojo derecho en el que no había reparado. Me explica más. Está en proceso de rehabilitación. Le resulta complicado después de una década tragando rueditas para calmar sus problemas mentales.

–En el mercado de los medicamentos hay pastillas para lo que se te ocurra –me instruye–. No te das una idea.

–¿Vos para qué las necesitabas?

–Para dejar de pensar boludeces.

La industria farmacéutica parece haber avanzado y ya no se conforma con levantar ánimos, tonificar humores y facilitar el sueño como se hacía en esas viejas farmacias con estantes hasta el techo y maderas viradas a tonos oscuros. Sigue leyendo

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