Importar las fiestas

Me gustaría esquivar el tema de las Fiestas, pero será imposible. Son fechas sensibles y, aunque no comulgo con ellas, ya están acá; no hay nada que hacer al respecto. Sin embargo, lo mío no es enojo sin fundamentos, tampoco un resentimiento de índole religioso: se trata de angustia en su más acabada expresión. Me angustia mucho que haya gente disfrazada de Papá Noel con el calorón que hace en estas tierras, y ni hablar de que adoptemos íconos de gaseosa para ilusionar a los más pequeños con la llegada de trineos cargados de bolsas.

También por estos días me bajonea el empacho con los programas de televisión de temática de nieves y norteamericanos enfundados en casacas, botas y gorro de lana.

Pensaba en esto mientras me agarraba la cabeza en la cola de un Rapipago. Mientras avanzábamos como zombis hacia las cajas nos disputábamos con los codos sudorosos el aliento de un aire acondicionado con fatiga. Veía pasar a la gente por la vereda, enajenada por la locura de las compras. Pensé en la romería que tuve que sortear para cambiar un ventilador en el centro.

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Convivir con la parca

En el año 1978, un grupo reducido de hombres desesperados clavó la pala sobre la tierra que cubría el cuerpo de Charles Chaplin, fallecido un año antes. Los profanadores improvisados robaron los restos de la mítica estrella del cine mudo para pedirle rescate a la familia. Convencidos de que habían dado con una modalidad inteligente de conseguir dinero fácil, se quedaron descolocados cuando recibieron la respuesta del entorno del artista: no les iban a soltar ni un peso partido al medio.

Los hombres se vieron entonces en apuros y, apremiados por la avidez de metálico, decidieron conservar el cuerpo y continuar con las negociaciones ofreciendo descuentos y cómodas cuotas, para ver si sacaban algunos mangos. Pasaron 11 semanas y nunca les llegó el premio consuelo. Y como la conservación de los cuerpos profanados no era especialidad de los forajidos post mortem, al final los terminaron agarrando. Desde entonces, el cuerpo de Chaplin descansa cerca del lago Lemán, bajo dos metros de hormigón para disuadir a potenciales emprendedores del desentierro.

Me gusta esa historia por diferentes razones, entre ellas porque encierra nuestra fascinación por la muerte, que convierte a los cadáveres en tótems o amuletos. La muerte es cautivante cuando la parca pasa a degüello a nuestros íconos, y entonces ya no es sólo el morbo quien toma las riendas, sino que hasta las circunstancias de un deceso pueden despertar diferentes pulsiones. O directamente abonar una leyenda.
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Técnicas para evitar los ronquidos y los sueños violentos

La vida es una eterna paradoja, y un día que pinta promisorio y feliz puede terminar de una manera desagradable. Lo que hay que lograr es no llevarse el veneno a la almohada. Si me acuesto angustiado, enojado, triste, o muy lleno de empanadas árabes con Coca, duermo mal. Me ha costado un Perú y la mitad del otro entender que de noche me convierto en un lavarropas gordo que gira sobre su eje a los trompadones, mientras ronca como si tuviera un rastrojero en la boca.

Esta no es “una idea que me hago”, tiene una base empírica que la comprueba, y son los videos que graba mi señora las pruebas irrefutables. En el fondo creo que intento acostarme a dormir con la cabeza lisa sólo para evitar escucharme en el teléfono de mi chica. Soy como un elefante con asma. La cara se me tuerce en una mueca espantosa y por ahí me dan unas apneas que generan más suspenso que un berretín de Hitchcock.

–Qué espanto, por el amor de Dios borrá eso –suele preceder al “buenos días”. Y lo digo inmediatamente después de ver el registro de ese exorcismo que son mis noches agitadas.

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Luna de miel en Buenos Aires

Estábamos en la época lisérgica del menemismo, en la que hasta yo con esta cara cobraba cosas en dólares. Se me hace difícil recordar el año exacto, creo que puede haber sido 1994 o 1995. Era mi primera vez solo en Buenos Aires y me sentía adulto, curtido, aventurero e implacable. Había conocido a la chica en una fiesta en Córdoba y ahora iba a su encuentro en la gran ciudad.

Mientras pisaba una colilla antes de trepar al colectivo, pensaba en su figura rellenita y en su auto, que era chiquito pero rajaba como un cohete. Mi entusiasmo estaba sustentado en la idea de probar las mieles de la adultez: recorrer la ciudad, chapar furiosamente en las esquinas emblemáticas y escuchar tangos.

De no ser por la tremenda descompostura de vientre que me tuvo en vilo toda la noche, diría que el viaje no fue tan malo. Siempre me gustó el colectivo, aunque la espalda ya no me aguanta como antes. Me seduce el bamboleo para salir de la terminal, ver las luces espaciándose a medida que nos alejamos de la ciudad. Todo eso es lindo, salvo que estés “con desarreglo”.

Ahora sé que nunca debí haberme servido ese vaso de café agrio como canapé de luciérnaga. Me lo tomé para pasar garguero abajo unos alfajores de maizena que me asfaltaron todas las muelas, convencido de que la resistencia hercúlea de mis jugos digestivos iban a procesar todo. Grueso error.
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Sobrevivir a un casamiento

Si hay algo que me deprime soberanamente son las fiestas de casamiento, esas ceremonias pomposas que la gente organiza un tiempo antes de divorciarse. No llevo la cuenta de los compromisos de esa índole a los que tuve que asistir, pero sé que no disfruté de ninguno. Me dan calor y sueño las misas, me enferma saludar en el atrio a los codazos con las tías llenas de rouge, pisando al suegro y masticando granos de arroz para darle palmadas enérgicas a una pareja que hace 15 años que no veo.

De quienes conozco, el 80% que se puso anillos frente a un cura, hoy van por la vida con su certificado de soltería y una sonrisa alienada.

Con esto no quiero decir que esté en contra de las uniones, ojo; sólo estoy a favor de que no me inviten y me ahorren el sufrimiento. Tengo menos onda que una bandera de lata y me da tos andar bailando en trencito con una pechera de enormes tetas de plástico.

Cada vez que me anunciaron una próxima fiesta me dio gastritis y malestar general, y tuve que empezar a llamar gente para disfrazarme de muñeco de torta. Tengo un solo “ambo”, que es de cuando iba al secundario, y unos zapatos con el cuero manchado de fernet y pasto seco que no dan más. Sigue leyendo

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