Todo es mentira

Más de una vez, como peatón, me ha tocado hacer ese gesto ridículo de amagar con apurar el paso cuando un auto me da prioridad para cruzar una calle. En vez de continuar ejerciendo la tranquilidad de los pedestres, me decido por un movimiento doble: agradecimiento con la cabeza primero y minitrote después, hasta llegar a la vereda opuesta. La educación con la que los caminantes les cedemos el paso a los vehículos es maravillosa.

Algo similar al ejemplo anterior me ocurre cuando, por alguna razón, tengo que desandar el camino que estoy transitando. Inexplicablemente, antes de hacer un giro de 180 grados, me aseguro de poner cara de “ah, me olvidé de una cosa, por eso me vuelvo”, como si alguno de los que caminan las veredas pudiera estar preocupado por la dirección en la que voy yo.

Los seres humanos estamos repletos de automatismos como estos, que se relacionan con las conductas aprendidas y todo eso de lo que habló Pavlov, el señor ese al que se le babeaban los perros.

Claro que hay buenas costumbres y en pos de ellas solemos actuar, pero también influyen en nuestras acciones la imagen que queremos dar de nosotros mismos. Ya lo dijo no sé qué psicólogo: nuestra personalidad es una mezcla de cómo nos ven los demás, cómo nos vemos nosotros, y cómo somos realmente sin darnos cuenta. Sigue leyendo

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Te sonará la anécdota si sos de Córdoba

Diego Capusotto es el que más clara la tiene con el tema. De alguna manera, tanto él como su socio creativo, Pedro Saborido, consiguieron sacarles la ficha a las impostaciones de los melómanos aficionados y de los artistas reputados. El gran mérito de la dupla fue poner en pantalla los efectos residuales de la pasión musical, que nos lleva a límites insospechadamente ridículos.

Con sketches como el de “Están hablando del faso”, o el del tipo que tiene mil técnicas para disimular que no se sabe la letra de una canción, consiguió mostrar una cara vergonzosa de la relación que a veces tenemos con la más antigua de las artes.

También en el programa de Capusotto hay un constante juego de palabras con las letras de las canciones y con los nombres de las bandas y solistas. Roger Kosher es un judío que hace música de Pink Floyd con palabras en hebreo. Bombita Rodríguez es un cantante montonero, y así.

Las canciones que escuchamos a lo largo de nuestra vida ejercen efectos químicos sobre nuestro cerebro. Así ocurre que se nos pega como caca al zapato la letra de Des…pa…ci…to (suerte sacándose ahora la melodía de la cabeza). Y así también es como algunas piezas quedan asociadas a momentos que evocamos cuando volvemos a escucharlas. “La música transporta”, dicen. Y de eso no cabe la más mínima duda.
Aunque, hay que decirlo, a veces el viaje puede ser confuso. Sigue leyendo

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A las puteadas con otros automovilistas

Hubo un bocinazo pero ni miré. La maniobra se me pasó por alto. Pudo haber sido una falla de cálculo en la esquina, tal vez pasé demasiado cerca; igual no era para tanto. Levanté la mano en señal de disculpas, pero para mi sorpresa el auto aceleró y se me pegó a un costado sacudiéndose como si estuviéramos filmando una escena de una película policial.

El conductor del otro vehículo hacía chirriar las gomas cada vez que yo me adelantaba y cuando se me ponía a la par, me tiraba el auto para que yo reaccionara. El suyo era un coche moderno, todo brillante y polarizado: si me chocaba, a él le iba a costar bastante más caro el chapista.

La persecución con bocinas y puteadas siguió por varias cuadras en las que no había semáforos. Yo venía escuchando un disco de folklore y, por increíble que parezca, de los parlantes empezó a salir Coplas de un payador perseguido, en la voz de Jorge Cafrune. Me sentí un caudillo en fuga, un renegáu, un Chacho Peñaloza. Le hice señas a la sombra que manejaba el otro rodado de que ya había entendido el mensaje y me concentré en mi camino, restándole importancia al episodio. Pero el otro conductor estaba molesto y no iba a parar hasta aleccionarme.

Ofuscado, mi perseguidor se comió un par de badenes en su intento por hacerme pagar la falta. El paragolpes y la patente sacaban chispas, pero el conductor ni se inmutaba.
Desde donde estaba distinguía dos siluetas dentro del vehículo, una en cada asiento. Podía tratarse de un fisicoculturista loco, de un asesino serial que se levantó cruzado o de un psicópata entusiasta con ganas de mejorar el mundo a tiros. Cualquiera de las opciones me daba temor. Sigue leyendo

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Carta a mi niña desde el pasado

Mi niña: me gusta lo que hacen en tu escuela cuando les enseñan que entre las personas hay diferencias y a esas diferencias hay que respetarlas. En verdad que eso me deja más tranquilo que tus potenciales rendimientos en matemática. Me gusta cómo le dan batalla, lentamente pero sin detener la marcha, a los prejuicios y a los dogmas rancios desde el aula. Me hubiera gustado ir a una escuela así, donde le hubiese escrito tranquilo mil poesías a Mónica Guido, o hubiera estudiado piano sin temor a que me dijeran que era “un mamita”, como se hacía en mi época.

Me alegra mucho que haya cada vez menos escuelas que no mezclen varones con mujeres. Y me gusta cómo las seños retan a los nenes que dicen cosas feas de las chicas o las empujan. Yo recuerdo haber visto pocas cosas así en mi colegio varonil: las seños eran unas “yeguas” porque no estaban “bien atendidas” y las mamás lindas eran “ligeras de cascos”.

Qué distintas son las cosas ahora.

Pero no me da para celebrar del todo, porque justo hoy una escuela como la tuya amaneció llena de sueños muertos. Es un lugar lejano al que le llamamos Primer Mundo, una geografía simbólica que ya tiene naturalizado el espanto. Sigue leyendo

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La orientación vocacional temprana

La idea de que no haya un lugar específico para aprender a ser escritor (y que te lo certifiquen), me pareció injusta: había una carrera para ser buen lector, pero no para tipear como Dios editorial manda. Cualquier disciplina en la rama de las artes cuenta con respaldo académico: se puede uno graduar en pintura, en música y en teatro, pero no hay claustro que ponga diplomas de escritor en la mano de nadie.

Busqué carreras que tuvieran algo que ver con la escritura, porque cuando terminara el secundario debía inscribirme en algo. Mientras, aproveché para seguir formándome a mi manera: eligiendo libros por la tapa, abriendo las orejas cuando alguien hablaba de autores y pidiendo recomendaciones en Rubén Libros y en El Espejo, las únicas librerías en las que todos los que atienden son buenos y generosos lectores.

Nombres como Borges y Cortázar eran los más repetidos; el primero me aburría soberanamente porque no le entendía las palabras y el contexto, mientras que el segundo me llegó de una manera explosiva.

Hasta el momento tenía dos nombres. Me ayudó a sumar jugadores mi amistad con una tía mayor que gustaba de leer y escribir; fue ella la que me enseñó los trucos básicos para llevar un texto a buen puerto sin pasar vergüenza. De su mano vinieron Rilke, Mouppassant, Chejov y otros cuyos nombres no recuerdo, pero que te iban separando los yuyos frente a la cara como si fueran machetazos.
Gracias a María Esther me dediqué a buscar libros perdidos y olvidados en las librerías de usados, y me quedaban la punta de los dedos plastificadas de mugre de tanto pasar las hojas mientras elegía a quién llevarme a la mesa de luz. Las enseñanzas de mi tía fueron intensas, y aunque no me pude memorizar más de tres o cuatro reglas de ortografía, mejoré bastante cuando empecé a leer.

Algunos consejos básicos fueron: evitar la repetición de palabras, la voz pasiva, respetar la introducción-nudo-desenlace y eliminar las cosas terminadas en “mente”. Sigue leyendo

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