La mejor amiga del hombre

Le tiro la pelota para que la busque, pero me mira con esa profundidad sabia que tienen los perros, un gesto a medio camino entre contemplación enigmática y cara de “no entiendo qué quiere este gordo boludo”.

–¡Busque! –le ordeno, y ella me da vuelta la cara con indiferencia.

El entrenamiento canino nunca ha sido mi fuerte. En el año 2007 me encariñé con un cachorro que llegó a casa y que bauticé como Chinasky. Jamás vi a un animal comer y cagar tanto al mismo tiempo: su proceso digestivo parecía una espiral sin fin, y su voracidad sólo era comparable con el calibre de sus deposiciones, que aparecían a toda hora por todos los rincones de la casa, inundándonos de una fetidez irrespirable.

Si no se desgració encima de mi cama, estoy seguro, fue por una cuestión de incompatibilidad de altura.

Me pasé varias semanas entrenándolo para que hiciera sus necesidades afuera, y un buen día por fin entendió cómo era la onda y solito salió al patio para plantar un flor de sorongo en el pasto.

Recuerdo que festejé la conquista con alegría desmedida, me sentía como el petiso ese que entrena perros en Discovery Channel. Sigue leyendo

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La ñata contra el vidrio

El palo enjabonado se estampó contra el parabrisas, y el chico se asomó por la ventana dibujando un molinete en el aire con el dedo índice. Me estaba indicando que el servicio de limpieza del parabrisas no tendría costo.

–No tengo un mango, flaco –me disculpé.

–Yo tampoco, papá; pero te lo wá limpiá lo mismo y te lo wá dejá en HD –me contestó.

Hasta no hace mucho, yo sostenía la hipótesis de que los semáforos se inventaron para que la gente en auto se hurgara la nariz. Pero en cuanto se puso de moda el celular, primero, y enviar mensajes de texto, después, me llené de dudas. La epidemia se desató de manera lenta pero implacable, y al poco tiempo afectaba a la mitad de la población mundial.

Esto coincidió con el estallido de las redes sociales, que dejó como saldo un reguero de gente chocando a otros autos por mirar la pantalla del teléfono.

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Oh, esos guasos que eran

Ahora los adolescentes impusieron la moda de terminar las frases con un “Ah, re” (abreviado “ahre”), que es una especie de latiguillo que enfatiza de manera sintética la ironía de una afirmación.

Pero el recurso no es para nada novedoso. Me lo hizo notar un compañero de trabajo:

–Nosotros hacíamos lo mismo cuando éramos jóvenes, sólo que usábamos la terminación “Osoguasoqueran”, que es una contracción de la expresión “Oh, esos guasos que eran”.

Y es cierto; casi todas las observaciones que hacíamos terminaban así, apelando a la exageración con el amague de una explicación más amplia que se quedaba trunca.

–Me acuerdo –rememoro–. De hecho, a fuerza de economizar la cantidad de letras, el original “ohsoguasoqueran” terminó siendo un “osoguaso”, o directamente “osoqueran”.

Pero el destino de los términos de moda es el de los cueros secos que las víboras abandonan en la banquina de la comunicación.

Palabras como “caquero”, “falluto”, “pijotero”, “regio” y “macanudo” están ahora secándose bajo el sol del olvido, y otras nuevas entran en vigencia con fuerza, a veces para reemplazarlas, otras para nombrar fenómenos que no existían.

Y en esto tiene mucho que ver Internet, que promovió un intercambio cultural como no se ha visto jamás en la historia de la humanidad.

Mi colega sostiene que Internet es la fábrica de mutaciones lingüística más grande del universo. Sigue leyendo

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Señora en la banquina

Cada vez que ingresamos a Córdoba por la ruta 5 –a los bostezos y apurados para no llegar tarde al colegio–, vemos a la misma señora que corre por la banquina. Es una mujer mayor, vestida de equipo de gimnasia naranja, rematado con una gorra deportiva.

–¡Ahí está, ahí está! –señalan mis hijas cuando la descubren.

La mujer corre todos los santos días entre –calculo yo– las 7 y las 8 de la mañana. Y combina su trote rítmico con un saludo general a los automovilistas.

–Saludala, pa –me piden las chicas y yo toco bocina tres veces.

Jamás alcanzamos a verle bien la cara. La mujer aparece unos segundos en el parabrisas, se muda fugazmente a las ventanas del costado y en un santiamén empieza a hacerse chiquita en el espejo retrovisor, agitando los brazos al viento.

–¿Por qué corre? –quiere saber la más pequeña.

–No sé hija. Supongo que porque es sana.

–A vos no te vi correr nunca, pa.

–Ni me verás jamás, hijita de mi corazón; algunas personas no nacimos para desplazarnos con rapidez, a menos que vayamos en auto.

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Muerte a los autores y a las novelas

Las sillas son un indicador de jerarquía. El señor del otro lado de la mesa se acomodó en la suya y estiró las piernas. Su asiento se lo permitía porque era una butaca digna de Juego de tronos, mucho más cómoda que la mía, que no tenía ni apoyabrazos.

–Y novelas no escribiste ninguna –me dijo mientras revisaba mi currículum.

Dije que no con un carraspeo. Mi negativa quedó flotando en el aire como un globo listo para estallar.

Siempre odié las entrevistas laborales, me ponen nervioso, siento como si estuviera bajo sospecha de un delito grave.

–Te explicó la secretaria por qué te llamamos, ¿no? –me preguntó sin mirarme.

Le dije que sí. Pero la verdad es que no había entendido nada. La chica me dijo que el dueño de la empresa estaba buscando alguien que escribiera una biografía. Cuando pregunté de qué, me dijo “A eso tenés que hablarlo con él”. Y antes de cortar me pidió que llevara un currículum.

–¿Pero tenés idea más o menos de cómo se escribe una novela? –quiso saber el hombre del sillón, y yo me removí incómodo en mi asiento.

Es una pregunta muy compleja. No sé responder preguntas complejas.
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