Carta a mi niña desde el pasado

Mi niña: me gusta lo que hacen en tu escuela cuando les enseñan que entre las personas hay diferencias y a esas diferencias hay que respetarlas. En verdad que eso me deja más tranquilo que tus potenciales rendimientos en matemática. Me gusta cómo le dan batalla, lentamente pero sin detener la marcha, a los prejuicios y a los dogmas rancios desde el aula. Me hubiera gustado ir a una escuela así, donde le hubiese escrito tranquilo mil poesías a Mónica Guido, o hubiera estudiado piano sin temor a que me dijeran que era “un mamita”, como se hacía en mi época.

Me alegra mucho que haya cada vez menos escuelas que no mezclen varones con mujeres. Y me gusta cómo las seños retan a los nenes que dicen cosas feas de las chicas o las empujan. Yo recuerdo haber visto pocas cosas así en mi colegio varonil: las seños eran unas “yeguas” porque no estaban “bien atendidas” y las mamás lindas eran “ligeras de cascos”.

Qué distintas son las cosas ahora.

Pero no me da para celebrar del todo, porque justo hoy una escuela como la tuya amaneció llena de sueños muertos. Es un lugar lejano al que le llamamos Primer Mundo, una geografía simbólica que ya tiene naturalizado el espanto. Sigue leyendo

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La orientación vocacional temprana

La idea de que no haya un lugar específico para aprender a ser escritor (y que te lo certifiquen), me pareció injusta: había una carrera para ser buen lector, pero no para tipear como Dios editorial manda. Cualquier disciplina en la rama de las artes cuenta con respaldo académico: se puede uno graduar en pintura, en música y en teatro, pero no hay claustro que ponga diplomas de escritor en la mano de nadie.

Busqué carreras que tuvieran algo que ver con la escritura, porque cuando terminara el secundario debía inscribirme en algo. Mientras, aproveché para seguir formándome a mi manera: eligiendo libros por la tapa, abriendo las orejas cuando alguien hablaba de autores y pidiendo recomendaciones en Rubén Libros y en El Espejo, las únicas librerías en las que todos los que atienden son buenos y generosos lectores.

Nombres como Borges y Cortázar eran los más repetidos; el primero me aburría soberanamente porque no le entendía las palabras y el contexto, mientras que el segundo me llegó de una manera explosiva.

Hasta el momento tenía dos nombres. Me ayudó a sumar jugadores mi amistad con una tía mayor que gustaba de leer y escribir; fue ella la que me enseñó los trucos básicos para llevar un texto a buen puerto sin pasar vergüenza. De su mano vinieron Rilke, Mouppassant, Chejov y otros cuyos nombres no recuerdo, pero que te iban separando los yuyos frente a la cara como si fueran machetazos.
Gracias a María Esther me dediqué a buscar libros perdidos y olvidados en las librerías de usados, y me quedaban la punta de los dedos plastificadas de mugre de tanto pasar las hojas mientras elegía a quién llevarme a la mesa de luz. Las enseñanzas de mi tía fueron intensas, y aunque no me pude memorizar más de tres o cuatro reglas de ortografía, mejoré bastante cuando empecé a leer.

Algunos consejos básicos fueron: evitar la repetición de palabras, la voz pasiva, respetar la introducción-nudo-desenlace y eliminar las cosas terminadas en “mente”. Sigue leyendo

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¿Hay o no hay vida extraterrestre?

El gran problema de los defensores acérrimos de los extraterrestres en la Tierra es que se visten muy raro. No se trata de una cuestión científica sino de corte y confección. Entre los que testimonian que fueron abducidos y los peritos que dan pruebas o muestran videos todos movidos, siempre hay bufandas raras, moños y camisas estrafalarias. Ni hablar de los peinados estilo científico de Volver al futuro. Lejos de ser este un señalamiento discriminador, la observación apunta a que al creyente enfervorizado le hace falta trabajar el marketing para conseguir empatía.

El otro día en una cena uno de los comensales empezó con el tema ovni. No sé si estábamos conversando de gastronomía, política internacional o el Carrera de mente, él se limitó a enganchar el tema con los aliens.

–Ellos nos conocen más de lo que creemos– dijo.

No le preocupó quién lo escuchaba, y en cierta forma admiré el compromiso con su creencia, por más infundada que el resto de los que estábamos en la mesa pensáramos que era. En mi favor debo decir que lo escuché atentamente. Me gusta entender qué piensan los demás y por qué.
Según nos explicó, los extraterrestres son buenos y quieren ayudarnos, pero no se animan a bajar.

–Imaginate cómo nos ven de arriba, con las bombas atómicas, las hambrunas, las dictaduras y Donald Trump –comentó.

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Balada triste sin trompeta

Esta profesión me ha dado cosas maravillosas, como tener franco los lunes y los domingos. Mi semana laboral comienza desfasada, un poco después de que se fue la mufa de la mayoría. Así no me angustio los domingos por la tarde con los partidos por la tele (mi compañera es muy futbolera), ni tengo que renegar con un despertador los fatídicos lunes. Es más, me puedo quedar hasta tarde haciendo fiaca mientras el mundo pone el motor en marcha.

Por supuesto que no todo es color de rosa, ya que nadie parece bancarse que estés al pedo un día hábil, entonces te encargan trámites y cosas que no harías en tu perra vida un día que para vos es domingo.

La otra cosa que me dio esta profesión es la posibilidad de conocer mucha gente de diferentes ámbitos: cordobeses, argentinos y extranjeros. Y además, cada uno de esos encuentros es un entrenamiento para entrevistar. Me gusta la entrevista, es un género que cultivo e intento honrar, aunque no siempre me salen como me gustaría. Existen condicionantes y el tiempo es uno de ellos. Algunas veces hay tan poco margen para hablar en profundidad que hay que improvisar para generar la confianza suficiente para que el entrevistado se sienta cómodo y dé lo mejor de sí, o se saque el casete.

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Cosas de la edad

Mi hija me pregunta por qué tengo la nariz más grande ahora que en las fotos de cuando ella nació. “Y las orejas también, ¿por qué se te agrandó la cara?”, quiere saber.

–Es que pasados los cuarenta, cada uno tiene la cara que se merece, hijita.

–¿A todos los viejos les crecen partes de la cara?

–Sí, pequeña. Es que llega una edad en la que todo se nos descontrola. Incluso nos salen pelos en las orejas y en la nariz –agrego mientras le muestro mis lianas nasales y los pelos eléctricos que empiezan a salirme por todas partes.

–¡Qué asco! ¿Por qué no te afeitás adentro de la oreja, pa?

–No se puede –le explico–. Si por mí fuera, no me dejaría un solo pelo de las cejas para abajo. Porque mirá cómo tengo las cejas.
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