Muerte a los autores y a las novelas

Las sillas son un indicador de jerarquía. El señor del otro lado de la mesa se acomodó en la suya y estiró las piernas. Su asiento se lo permitía porque era una butaca digna de Juego de tronos, mucho más cómoda que la mía, que no tenía ni apoyabrazos.

–Y novelas no escribiste ninguna –me dijo mientras revisaba mi currículum.

Dije que no con un carraspeo. Mi negativa quedó flotando en el aire como un globo listo para estallar.

Siempre odié las entrevistas laborales, me ponen nervioso, siento como si estuviera bajo sospecha de un delito grave.

–Te explicó la secretaria por qué te llamamos, ¿no? –me preguntó sin mirarme.

Le dije que sí. Pero la verdad es que no había entendido nada. La chica me dijo que el dueño de la empresa estaba buscando alguien que escribiera una biografía. Cuando pregunté de qué, me dijo “A eso tenés que hablarlo con él”. Y antes de cortar me pidió que llevara un currículum.

–¿Pero tenés idea más o menos de cómo se escribe una novela? –quiso saber el hombre del sillón, y yo me removí incómodo en mi asiento.

Es una pregunta muy compleja. No sé responder preguntas complejas.
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El primer cronista

La humanidad evolucionó; se inventaron la rueda, la imprenta, internet y las vacunas, pero todavía no podemos superar el flagelo de empezar una conversación con el cliché: “Qué tiempo loco”. En estos días la frase rebota con más frecuencia porque estamos en los meses jodidos para Córdoba y cada dos por tres el cielo se llena de nubes que parecen salidas de un cucurucho gigante de helado.

De pronto ocurre que sobre el lomo de las sierras crecen hongos inmensos con la panza cargada de truenos, y entonces la gente se apura y pone el auto a cubierto.

Según mi tío Oscar, todo es culpa de las acciones del hombre.

–Hicimos pelota el planeta –suele reflexionar en las sobremesas antes de quedarse irremediablemente solo–, tenemos los días contados.

Cuando empieza a divagar sobre el clima y la finitud del hombre, los parientes salen huyendo. A mí me da un poco de pena, así que lo escucho.

En cierta forma suscribo a su teoría. Las tormentas vienen cada vez más intensas, y en las noticias son muy frecuentes los reportes de desastres naturales aberrantes.

No creo que sea algo casual, pero siempre sobre un tema hay dos bibliotecas y así como están los tíos Oscar, hay también gente como María, una amiga que vive en las sierras y que en 2015 perdió casi todo tras el tormentón que hubo en el mes de febrero.

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Autoridad y pugilismo

Voy saliendo de una tienda que está dentro de un shopping. Por todas partes se respira la opresión de los tiempos navideños: la gente se congrega en estas versiones modernas del infierno a reventar los aguinaldos en la previa de las celebraciones religiosas y yo me uno al peregrinaje.

Por fuera los aires acondicionados bufan como animales prehistóricos y por dentro las escaleras mecánicas nos suben y nos bajan para que podamos orear la mufa.

Hay adornos por todas partes. Hay carteles que anuncian promociones. Somos una fauna organizada y previsible. Si hubiera estudiado filosofía se me ocurriría algo interesante para decir, pero apenas me da el marote para buscar la salida.

Después de varias vueltas sigo sin saber qué comprarle a mis hijas y decido que mejor es irme a casa. Por eso me sorprende la voz del guardia que me detiene en la puerta.

–La mochila –me dice.

Hace poco leí que un signo de vejez es empezar a aplaudir cuando suena una canción que antes bailabas. Agrego que también es signo de vejez ponerse práctico. La sensación de que el tiempo es valioso me ha hecho poner en la balanza cada segundo que transcurre, y a estas alturas odio perderlos en discusiones bizantinas.

Pero viste cómo es, algunas cosas te superan.

–¿Perdón?

–Necesito que me abras la mochila –me dice el guardia.

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Resúmenes de fin de año

Si todo sale bien, el mes que viene se vencen las últimas cuotas del colchón, los anteojos, y las botas, así que estrenaremos año nuevo con los hombros más ligeros.

Las tres compras con tarjeta simbolizan el ingreso triunfal a la edad adulta, a la que pensé que jamás llegaría con algo de dignidad. Y sin embargo acá estoy, aburguesado al punto de no poder conciliar el sueño sobre un camastro viejo, achinado de tanto leer libros sin cristales con aumento y con los dedos de las patas gangrenados si no me abrigo los pies cuando llega el invierno.

El paso del tiempo te hace entender que la necesidad no tiene cara de hereje, tiene cara de resumen de tarjeta de crédito.

–¿Qué son todas estas boludeces que ponen con iniciales? –le pregunto a mi compañera mientras reviso el papel que me mandan mensualmente con el detalle de los gastos.

Ella le pega una hojeada mientras mastica un durazno.

–Mirá cómo nos cagan con sutileza –insisto mientras señalo montos pequeños que no se sabe qué son. Sigue leyendo

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Síndrome del nido vacío

Tengo que reconocer que nos encariñamos. Bueno, corrijo: me encariñé. Hasta colaboré para los nombres de los cinco gatitos recién nacidos, que se ganaron los apodos a fuerza de tener que identificarlos en esa maraña peluda que conformaban cuando se disputaban las tetas de su madre.

“Ñanjunjo” le pusimos al que nació con los ojos medio pegados; “Cementerio” se llamó el gris (parecido al que aparece en el libro de Stephen King, Cementerio de animales); el negro con diarrea se llamó “Pantero”; al blanco con manchas marrones lo bautizamos “Cara de alien”, y al que parecía un pichón de tigre, le clavamos –en un derroche de originalidad– “Tigrito”.

La tarea de mantener una camada no es fácil, menos para alguien que nunca tuvo afinidad con los animales. Pero ya que estoy en plan sincero debo reconocer que despertaron tantas emociones en casa, y hubo tanta insistencia de parte de mis hijas y de mi compañera en dedicarles cuidados, que al final me contagiaron.

–¿Te gusta tener gatitos, pa? –me preguntó la más pequeña cuando me descubrió observándolos mamar una mañana.

–No lo sé todavía, hijita; tienen olor y me muerden mucho los dedos de la pata, no te puedo responder eso.

Mis hijas siempre tuvieron mascotas caninas, muy a mi pesar. Mi compañera, por su parte, nació y se crió en el campo, y tiene historial largo en rescate de felinos y búsqueda de hogares adoptivos.

Yo apenas si tuve una tortuga y se me escapó, así que me sentí descolocado desde el primer momento en que la gata los parió, a escasos metros de la habitación donde duermo.

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