Corredores nocturnos y artistas ecológicos

La vida está llena de contrasentidos. Pienso en eso mientras camino por Nueva Córdoba y me pasa por el costado una tropilla de gente corriendo por la vereda. Visten ropa deportiva. Al parecer, le pagan a un gimnasio para que los trate como pichones de marines norteamericanos, haciéndolos trotar la vuelta a la manzana. La primera vez que los vi pensé que se trataba de algún cuerpo de elite que entrenaba en zonas urbanas, pero las contexturas físicas y las caras siempre parecían salidas de Locademia de Policía, así que desestimé esa explicación. Cuando supe que corrían como parte de la rutina del gimnasio, inmediatamente reafirmé la ingeniosa observación: somos tan contradictorios que vamos en auto hasta el gimnasio a hacer bicicleta fija.

Una de los corredoras que viene de frente me resulta familiar, apenas si reconozco a una actriz bajo la máscara de hipertensión que le cubre la cara: parece una manzana en almíbar, pero eso no basta para camuflar su belleza. Alcanzo a girar medio cuerpo hacia una vidriera llena de corpiños y me pasa de largo sin prestarme atención. La belleza me intimida, así que me quedo observando furtivamente cómo llega hasta la esquina para quedarse saltando sobre la misma baldosa antes de que le dé vía libre el semáforo.

Sintiéndome a salvo, giro para retomar mi camino, y me doy de frente con otro conocido mucho menos agraciado.

Él se autodenomina “gestor cultural”, que en su caso sirve de sinónimo para “hombre intenso por wasap”. Siempre lo he visto como a un fanfarrón que te vende una flota de buzones, aunque debo reconocer que su insistencia no tiene límites a la hora de promover alguna actividad. Lo conozco de hace años, y cada vez que nos encontramos por obra del azar, me abduce de cualquier conversación para contarme sobre los eventos que está armando, o sobre las actividades que hizo hasta el momento.

–¡Negrito! –me dice–. ¡En vos venía pensando!

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Yo fui un acosador

En el año 2010 hubo un extraño alineamiento de planetas y me tocó en gracia una invitación para participar en un festival de literatura en Barcelona. Era la primera vez que cruzaba el océano y ponía los pies sobre el cielo del Viejo Continente. La experiencia fue una epifanía literaria en muchos sentidos, porque hasta que estuve de regreso, la sensación general que me embargaba era la de que toda la gente de la organización se había equivocado de nombre y que mi presencia en ese encuentro era un error.

Hacía relativamente poco que había descubierto a un autor catalán, Albert Sánchez Piñol, autor de dos novelas fantásticas que disfruté como un loco (Pandora en el Congo y La piel fría), y la posibilidad de llegar a sus pagos me habilitaba a escudriñar en las librerías para dar con algunos de sus libros menos difundidos en Latinoamérica, así que como buen fanático, estaba que me salía de los zapatos, y me dediqué gran parte de esos días a recorrer librerías, ya no sólo encontrar ejemplares de Sánchez Piñol, sino para cargar en el bolso todo cuanto pudiera traer de regreso a la Argentina.

Ocurrieron algunas cosas impensadas en ese viaje, fuertemente marcado por la presencia de escritores.

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Los cielos del centro

Lo mejor era que mi vecina se podía robar la llave de la terraza. Subíamos a ver la tarde suicidándose contra las ventanas de las oficinas del centro, veíamos al sol mordiéndole la silueta a las antenas, a los pilares rematados en bollos de cable.

Y la luz de esos días de otoño le ponía a ella la piel como un durazno, y yo le hubiera dado, con todo gusto, un mordisco.

No hacía falta decir mucho. Uno que otro “mirá allá”, cuando las palomas planeaban sobre la peatonal y se perdían en la sombra de los balcones.

El centro desde arriba era un túnel de hormigas con un techo de telarañas negras.
Nunca me animé a decirle que me gustaba. Nunca atiné a tomarle la mano. Y lo pensaba. Y hasta calculaba el momento en que algo en la forma en que se quebraba el día sirviera para darme valor.

Nunca lo hice. Todavía me queman los labios los besos que no atiné a convidarle.

A veces estábamos ahí arriba hasta que nos tapaba la noche. Y sentados sobre las membranas calientes, seguíamos observando en silencio. Abajo el mundo bullía ensayando el regreso y nosotros mirábamos el agua de los tanques de los otros edificios, donde moría de vez en cuando una luciérnaga.

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Los boliches de Córdoba

Uno de los primeros indicios de que vas haciéndote grande es que dejás de conocer los lugares que están de moda. De buenas a primeras los compañeros de trabajo te invitan a un cumple en el bar al que va todo el mundo y que no tenías idea de que existía. El universo se amplía cada vez más y por ende hay más oferta. Lo comprobé hace poco, cuando el dueño de un boliche me convocó por cuestiones laborales.

–Vos tenés arriba de 40 –diagnosticó–, así que seguro conocés la movida de los ‘80 y los ‘90.

–Maso –mentí.

En realidad salí bastante poco toda mi vida: soy aburrido, tengo mal filo para las relaciones sociales y bailo como si estuviera pegado a un enchufe; pero la verdadera razón es que los lugares atestados de gente me dan claustrofobia.
–Nosotros queremos darle un perfil como el que tenía Factory, ¿te acordás? Queremos que explote. Vos sos de esa época, La Pepa, LeFreak, LeChic, Chimbote…

En realidad no pisé ni uno de esos lugares. Mi juventud se limitó a andar deprimido, los boliches no entraban en la ecuación. Pero esos nombres me trajeron recuerdos. Estuve en algunos y por motivos de fuerza mayor: Long-Champs, uno de Alta Gracia y en un par de las sierras. No conozco Bató, ni La Barra. Ni Partenón, ni Hangar 18. Jamás me metí en Papá Charlie ni en Studio Uno. Ni en Kronopio.

–O antes –continuó–. Vos sos de mi generación, cuando íbamos a las fiestas escolares, ¿no?

Tampoco en mis años escolares puse una pata en las fiestas, ni del Santo Tomás, ni del Sagrado Corazón, ni del Corazón de María.

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Evolución del mueble con rueditas

Es un recuerdo difuso, más como una foto que como una secuencia. Es 1983 y un señor de bigotes aparece en la televisión, monocromático y aplaudido, con una banda que le cruza el pecho y un bastón en la mano. Yo tengo 9 años. La sensación que flota entre mis tíos y mis padres es de emoción. No la entiendo, pero sé que debe ser importante. El año anterior me había tocado escribir cartas para unos soldados que habían ido a una guerra. Las cartas fueron a parar a una bolsa, donde también pusimos los chocolates para combatir el frío.

De esa postal salto hasta una en mi casa, y me veo a mí mismo frente a un televisor viejo, que al arrancar y al apagarse, amenaza con transportarme a otra dimensión cuando aparece el punto de luz en medio de la pantalla, como el flash de una foto. Y antes que las imágenes, aparecía el sonido. Y enseguida la gente se materializaba como fantasmas en un cuadro en tonos de gris.

Cuando no “sintonizaba” bien, había que golpear el aparato en la nuca, y eso hacía saltar la imagen hasta que se acomodaba. También había una antena de dos orejas que mi padre orientaba hacia la ventana, y que luego debía acomodar con precisión milimétrica para captar los programas sin que los protagonistas se cortaran en dos, con las piernas barridas hacia la izquierda y el torso hacia la derecha.

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