Balada triste sin trompeta

Esta profesión me ha dado cosas maravillosas, como tener franco los lunes y los domingos. Mi semana laboral comienza desfasada, un poco después de que se fue la mufa de la mayoría. Así no me angustio los domingos por la tarde con los partidos por la tele (mi compañera es muy futbolera), ni tengo que renegar con un despertador los fatídicos lunes. Es más, me puedo quedar hasta tarde haciendo fiaca mientras el mundo pone el motor en marcha.

Por supuesto que no todo es color de rosa, ya que nadie parece bancarse que estés al pedo un día hábil, entonces te encargan trámites y cosas que no harías en tu perra vida un día que para vos es domingo.

La otra cosa que me dio esta profesión es la posibilidad de conocer mucha gente de diferentes ámbitos: cordobeses, argentinos y extranjeros. Y además, cada uno de esos encuentros es un entrenamiento para entrevistar. Me gusta la entrevista, es un género que cultivo e intento honrar, aunque no siempre me salen como me gustaría. Existen condicionantes y el tiempo es uno de ellos. Algunas veces hay tan poco margen para hablar en profundidad que hay que improvisar para generar la confianza suficiente para que el entrevistado se sienta cómodo y dé lo mejor de sí, o se saque el casete.

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Cosas de la edad

Mi hija me pregunta por qué tengo la nariz más grande ahora que en las fotos de cuando ella nació. “Y las orejas también, ¿por qué se te agrandó la cara?”, quiere saber.

–Es que pasados los cuarenta, cada uno tiene la cara que se merece, hijita.

–¿A todos los viejos les crecen partes de la cara?

–Sí, pequeña. Es que llega una edad en la que todo se nos descontrola. Incluso nos salen pelos en las orejas y en la nariz –agrego mientras le muestro mis lianas nasales y los pelos eléctricos que empiezan a salirme por todas partes.

–¡Qué asco! ¿Por qué no te afeitás adentro de la oreja, pa?

–No se puede –le explico–. Si por mí fuera, no me dejaría un solo pelo de las cejas para abajo. Porque mirá cómo tengo las cejas.
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Fugaz paso por la industria del doblaje

Uno de los primeros trabajos que tuve fue hacer la voz de unos dibujitos animados. En Córdoba el fenómeno de los incendios en las sierras se convirtió en un objetivo político, y entonces comenzaron las campañas de concientización. Un amigo me llamó y me explicó:

–Es una serie de dibujitos animados con capítulos cortos. Los personajes son todos animales autóctonos y vos tenés que hacer la voz del carpincho, que todavía está vacante.

–Nunca hice eso; ¿los puedo grabar en casa y te los paso por mail?

–No, pavote. Esto se hace en un estudio de sonido.

Mi amigo no sabía de cuánto era la paga, y a mí mucho no me importaba porque todavía me costaba creer que alguien estuviera dispuesto a darme dinero por hablar.

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Segunda profesión asegurada

Ya casi no hay monedas en circulación. Parece una nimiedad, pero sumado a los terremotos, los tsunamis, el jopo de Donald Trump y las publicidades políticas horribles de nuestros candidatos improbos, todo me da la pauta de que estamos sobre cuerdas flojas. No es un invento que la plata rinda menos, y eso indefectiblemente me lleva a pensar en la gente que en este momento no tiene trabajo. ¿Cómo haría yo llegado el caso? A veces me pregunto, ¿qué haría hoy si me quedo en la calle? La idea me hace tiritar aunque no haga frío.

Tengo un título genérico de comunicador, disciplina que me faculta para realizar un cúmulo interesante de tareas, todas para nada rentables. Además está el tema de la edad: si viviéramos en el Medioevo ya se me habrían caído todos los dientes y estaría pidiendo pista, todo orinado, en la puerta de un mercado.

Pero en vez de eso vivo en una era moderna acunada por el capitalismo sauvage, entonces tengo incertidumbres existencialistas a mis cuarenta y tantos.

Debo reconocer que dos décadas atrás el panorama era todavía más acuciante. Lo resumiré diciendo que el ingreso monetario al hogar peligraba. Y agregaré que para evitar la catástrofe, necesitábamos a un productor asesor de seguros matriculado. Sigue leyendo

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Mejores versiones de uno mismo

Unos meses atrás, mi compañera se cruzó con una cuenta de Instagram de un tipo con el que éramos bastante parecidos de cara. Él es un fotógrafo, se lo nota refinado y con mucho mundo encima. Para entretenernos un poco, le robé una de sus fotos y la subí a mi cuenta sin aclarar nada. Mi chica tiene por costumbre coleccionar fotos de mi cara cuando estoy embobado frente a la compu o cuando recién me levanto. Mi cuenta de Instagram está llena de fotos en las que salgo horrible. Nos reímos mucho de eso y de que el álbum de los últimos años es una línea de tiempo perfecta para ver la decrepitud de una persona.

La imagen de mi doble era medio en contraluz y no se apreciaban muchos detalles. Para mi sorpresa empezaron a ponerle Me gusta a la imagen de mi sosías y entonces pensé que sería gracioso repetir el experimento. Le robé a mi doble una serie de imágenes que me causaban gracia. En una el tipo estaba en la nieve. En otra, rodeado de mujeres hermosas. Y así. Mientras mi otro yo hacía footing en cueros, yo le robaba las fotos desde mi sofá, en calzones y rascándome un flotador.

El primer mensaje fue de una prima que hacía mucho no veía. “¡Primo, estás mejor que nunca!”. No le contesté. En una imagen en la que el tipo se estaba matando en un gimnasio empecé a poner epígrafes ridículos, al estilo de “Entrenando duro es la única forma de ser feliz. Fuerza. Power. Crossfit feroz”. Sobre la del gym llovieron Me gustas y comentarios. La mayoría ponderaba mi esfuerzo, sin saber que yo leía esas cosas mientras me tragaba un balde de Coca con una bolsa de criollos. Sigue leyendo

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