Instrucciones para arruinar recuerdos

Necesitaba un trabajo y cuanto antes, mejor. Por eso repartí currículums en lugares de lo más disímiles, buscando siempre sobresalir y convertirme en una persona digna. Pienso en eso mientras me recuerdo a mí mismo en oficinas y salas de esperas abrazando un cilindro de papeles sudados, en el que el 80 por ciento del contenido era mentira y el otro 20 estaba tuneado con descaro.

No hace muchos años, era complicado hasta imprimir la hoja con la foto porque no entraba en un disquete junto con los certificados escaneados. Y los que te entrevistaban podían ser “de una consultora” (una especie de agentes de la Matrix que te ahogaban con la baranda a perfume) o “de recursos humanos” (por lo general, una chica bonita que te hacía dibujar gente parada en la lluvia y con eso se daba cuenta si tenías el perfil del que se sube al techo con un rifle). También quise timar con el currículum a un par de gordos de camisa blanca dueños de “una empresa” en el garaje de la casa.

Tal vez porque me quedaba la cara muy colorada tras afeitarme para las entrevistas (después de pasarme la track me lleno de granos), en la mayoría de los casos no pude pasar el proceso de selección, así que me decidí a probar suerte en la actividad independiente. Trabajé en un par de agencias de publicidad sin nombre que funcionaban en departamentos, en ellas redactaba avisos para radio, y todo fue bien hasta que se disolvieron los emprendimientos dejándonos a “los creativos” sin un peso y en la calle.

Por ese entonces conocí la fotografía y quise ser el mejor, tipo National Geographic. Aunque el manejo de las cámaras y los procesos de la imagen me vuelven loco, mi destreza es pavorosamente limitada. Y gracias a ella, arruiné una entrega de diplomas importantísima. Sigue leyendo

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Convivir con la parca hasta que llegue la muerte

En el año 1978, un grupo reducido de hombres desesperados clavó la pala sobre la tierra que cubría el cuerpo de Charles Chaplin, fallecido un año antes. Los profanadores improvisados robaron los restos de la mítica estrella del cine mudo para pedirle rescate a la familia. Convencidos de que habían dado con una modalidad inteligente de conseguir dinero fácil, se quedaron descolocados cuando recibieron la respuesta del entorno del artista: no les iban a soltar ni un peso partido al medio.

Los hombres se vieron entonces en apuros y, apremiados por la avidez de metálico, decidieron conservar el cuerpo y continuar con las negociaciones ofreciendo descuentos y cómodas cuotas, para ver si sacaban algunos mangos. Pasaron 11 semanas y nunca les llegó el premio consuelo. Y como la conservación de los cuerpos profanados no era especialidad de los forajidos post mortem, al final los terminaron agarrando. Desde entonces, el cuerpo de Chaplin descansa cerca del lago Lemán, bajo dos metros de hormigón para disuadir a potenciales emprendedores del desentierro.

Me gusta esa historia por diferentes razones, entre ellas porque encierra nuestra fascinación por la muerte, que convierte a los cadáveres en tótems o amuletos. La muerte es cautivante cuando la parca pasa a degüello a nuestros íconos, y entonces ya no es sólo el morbo quien toma las riendas, sino que hasta las circunstancias de un deceso pueden despertar diferentes pulsiones. O directamente abonar una leyenda.

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El cuento del tío

Mi abuela perdió un valioso juego de vajilla con el cuento del tío. En medio de un aprieto económico, allá por los albores de la década de 1980, puso un aviso en el diario para ver si se hacía de unos mangos con los utensilios heredados, para tener un respiro. Se presentó un tipo muy bien, que le contó que estaba casado con una mujer postrada en silla de ruedas que era fanática de los platos y los cubiertos de esa calidad.

Mi abuela se apiadó y lo ayudó a cargar las cosas en el baúl para ir a mostrárselas a la desafortunada esposa. Estacionaron en doble fila frente a un edificio en Nueva Córdoba y el tipo le pidió a mi abuela que bajara a tocar el timbre, así el portero le abría la puerta mientras él estacionaba.

La vajilla, el auto y el conductor desaparecieron apenas mi abuela se puso los anteojos para encontrar el botón junto a la palabra “Encargado”.

Eran otros tiempos y el terreno para las estafas era llano y acogedor: bicicletas financieras y billetes engordados a ceros, épocas sin redes sociales para advertir sobre estos engaños.

La anécdota de mi abuela siempre motivó la burla de uno de sus yernos, que se la recordaba cada vez que iba a su casa a cenar. Sigue leyendo

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Bachillerato acelerado para adultos

Terminé el colegio secundario en un bachillerato acelerado para adultos, tras haber fracasado con honores en todas las instituciones educativas en las que mi magro rendimiento –o mi conducta volátil– se confabuló para dejarme sin banco. Ya huérfano de alternativas dignas para otro año como repitente, el acelerado se presentó como la última oportunidad, y decidí que había que dejar de pavear por lo menos dos años para rajar por la puerta grande (o cualquier otra que hubiera abierta) con el título debajo del brazo.

Estaba en los albores de la década menemista, entonces las profesiones modernas todavía no se habían inventado, así que no había posibilidad de convertirse en “game taster”, “youtuber” o “empleado de un cyber”. En esos años sólo podías ser “alguien” en la vida si levantabas tu futuro sobre tres pilares: el inglés, la computación y el secundario terminado más o menos dignamente. Claramente no iba a ser mi caso.

La sede del bachillerato era una casona vieja con habitaciones acondicionadas como aulas y un patio común a todos los cursos. El primer día descubrí que yo era uno de los alumnos más jóvenes, y que el otro se llamaba Mariano. Él hacía ya tres años que cursaba el acelerado, pero todavía no estaba listo para salir al mundo. Quería ser ingeniero electrónico para arreglar aparatos sofisticados, pero no sabía ni la tabla del siete; nunca dijo cómo pensaba hacerlo, pero tenía esa obsesión. Suya fue la tarea de instruirme, como si estuviéramos en el patio de una cárcel, sobre quiénes eran cada uno de los personajes que compartían el recinto educativo con nosotros.

–Ese es cafisho. Aquél de la gorra corre en moto y está re loco. El de la remera verde vende faso –decía mi flamante amigo mientras señalaba con las cejas a quienes nos pasaban por delante.

–¿Quién es el de musculosa? ¿Qué le pasó en la cara?

–Es fisicoculturista; la semana pasada le abollaron la trompa en el quiosco de la vuelta.

–¿Y la chica del escote?

–No te metas con la chica del escote. Esa levanta clientes acá y está en pareja con el gordo lleno de aritos en la cara. Son tranquilos, pero muy embrollados. No te metas con ellos.

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Ella y su ventana indiscreta

Cuando tenía doce años me escapaba del aula. Pedía permiso para ir al baño y me iba, deseoso de llegar a los pasillos desiertos y en silencio, donde el perfume del aserrín con querosén había ganado todas las batallas. Me gustaba cerrar la puerta, mirar a mis compañeros doblados sobre los bancos e irme a paladear mis minutos de libertad. Tenía que eludir al celador gordo con los bigotes cortitos: era la amenaza de reprimenda. Por eso me pegaba a las paredes y avanzaba con cautela, ya totalmente inmerso en mi fantasía de ánimos escapistas. Cuando abandonaba el aula sentía que el mundo era todo para mí.

A veces entraba al salón de actos por una puerta secreta que daba a una habitación donde había maniquíes decapitados, estructuras de yeso que simulaban fuentes, arcadas y columnas. Un mundo en ruinas que terminaba en una abertura que conducía al escenario. Después de cruzarla, aparecías frente a un tropel inanimado de butacas. Me sentaba sobre las tablas desgastadas, improvisando un cenicero con el cuenco de la mano. Y me ponía a fumar mirando las gradas, los cortinados y el piano. Después levantaba la tapa nacarada y apoyaba un dedo en una tecla. Era agradable la sensación de la suavidad del color marfil, la facilidad con la que brotaban sonidos bajo el peso de las yemas, mientras el culo giraba sobre el banquito y los pies empujaban los pedales hasta hundirlos en el fondo, donde hacían tope con ruido.

Había días (muy pocos días) en los que la suerte estaba de mi lado: llovía, y las mañanas se ponían oscuras de nubarrones y las gotas a lomo del viento empujaban los ventanales, mientras el edificio cimbraba con los truenos.

El celador estaba lejos, dedicado a los papeles y al mate, entonces hacía mis caminatas con holgura, imaginando que mi misión era llegar a la última aula del ala más vieja del colegio, que estaba en reparación.

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