Dos cachorras

Hace un mes, alguien nos tiró por encima del alambrado dos cachorras caninas (de raza genérica) recién destetadas.

Descubrimos los regalitos por la mañana, cuando nuestra perra se puso a ladrar como loca mientras iba y venía volteando macetas y sillas en señal de protesta.

–Son hermosas –dijo mi compañera apenas las vio.

Estuve de acuerdo, aunque el diagnóstico estético estaba lejos de calmar la ansiedad que me daba sumar bolsas de alimento al presupuesto.

Me dio por las bolas que nos empujaran así a una adopción forzada, pero a puro movimiento de rabos se terminaron quedando.

Una es flaca como un suspiro y la otra parece un globo con pelos: las bautizamos como BruceLea y Cerdusconi, aunque mi compañera las llama cariñosamente Flacunza y Peluda.

Y comen como lima nueva. Apenas el plato toca el piso se abalanzan con la fruición de los famélicos. Sigue leyendo

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Caza furtiva y escabeches deliciosos

La llegada del invierno auguraba un plan que mi viejo esperaba ansioso: salir a cazar por las Sierras con su amigo Martínez, usándonos a mi hermano y a mí de perros.

La debilidad de mi padre siempre fue la perdiz en escabeche.

Eran los gloriosos años ‘80 y Martínez –aparentemente– conocía muchos dueños de campos donde se podía uno meter para bajar esos bichos a los escopetazos limpios.

El fin ulterior era preparar las aves en aceitosos frascos llenos de cebolla y zanahoria, en los que flotaban por igual los granos de pimienta y las municiones.

Martínez y mi viejo esperaban los meses fríos y entonces ponían a punto unas escopetas del año del upite, se calzaban unos borceguíes de cuando hicieron la colimba y se alistaban para peinar la geografía serrana en busca de algún coto virgen. Sigue leyendo

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Le evolución del monstruo

Inclusive hoy –que ya soy grande y tengo más herramientas–, la bestia todavía me puede ganar la pulseada.

De todas mis obligaciones es la más agotadora, silenciosa y complicada. Y sin dudas a la que más tiempo le he dedicado toda mi vida.

Calculo que por eso siempre le tuve tanto cariño a la criatura inventada por la dupla Stan Lee-Jack Kirby en mayo de 1962. En realidad descubrí al Increíble Hulk años más tarde, cuando Bill Bixby y Lou Ferrigno (hombre y bestia respectivamente) compartían pantalla a la hora de la merienda para mostrar al único superhéroe que no tiene control sobre sí mismo.

Me identifiqué con el personaje de inmediato; a la pulcritud exasperante de Superman, al humor pícaro del Hombre araña y a la facha arrolladora de Batman, se oponía el descontrol total de ese bicho que hacía bosta todo a su paso.

Ahí donde un Iron-Man se quedaba flotando en los vientos huracanados de la duda sopesando soluciones diplomáticas, ahí donde Thor hablaba del poder de los dioses y los conjuros, Hulk arrasaba sin preámbulos, volteaba paredes y hacía volar por el aire los autos. Sigue leyendo

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Van Gogh para niños

Más o menos una vez al mes, mis hijas cambian de profesión. Creo que, salvo por las de astronauta y contador público, pasaron por todas las carreras.

–Cuando sea grande, voy a ser médica de gatos –dicen un día, con la misma convicción que al siguiente pueden asegurar que se dedicarán a ser intendentas honestas.

Lo que es la inocencia de los niños.

Hablamos cada tanto de los goberntantes cuando vemos las pintadas callejeras que califican a los funcionarios con el cordobesismo «culiadazo», y las charlas tratan temas tan disímiles como las ciencias políticas y el uso del aumentativo.

Intento explicarles todo con la mayor claridad que puedo, y a veces peco de bocón al no usar eufemismos.

Será que no quiero subestimarles la maduración, será que me encanta escuchar cómo crujen los engranajes de sus paradigmas infantiles cuando sus cabecitas van ampliando el espectro de entendimiento. Sigue leyendo

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Galopear la realidad

La velocidad máxima a la que puede correr un ser humano es de 45 kilómetros por hora (eso si hablamos de un deportista entrenado o de un preadolescente al que la madre lo persigue blandiendo en la mano una chancleta).

Por su parte, un león hambreado que se cruza con una gacela puede alcanzar los 80 kilómetros a toda baba. Y esa marca se aproxima bastante a la que puede romper un caballo, que bien espoleado y ligero de peso consigue –sobre superficies propicias– taconear los 90 kilómetros por hora.

–¿Cómo sabés esas cosas? –me pregunta mi hija.

–Porque en mis tiempos libres googleo pavadas –me sincero–. Y porque no me llevo bien con los caballos.

–¿Nunca anduviste a caballo? –quiere saber con la carita embargada por la intriga.

Le explico a mi hija que son animales demasiado altos, musculosos e impredecibles. Y que me siento más cómodo cuando están lejos.

–Monté muy pocas veces en la vida y siempre en verano –le confieso–; y es todo lo que voy a decir al respecto.

Adrede elijo callar una experiencia traumática que tuve, porque no quiero que herede mis miedos. Sigue leyendo

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