Convivir con la parca

En el año 1978, un grupo reducido de hombres desesperados clavó la pala sobre la tierra que cubría el cuerpo de Charles Chaplin, fallecido un año antes. Los profanadores improvisados robaron los restos de la mítica estrella del cine mudo para pedirle rescate a la familia. Convencidos de que habían dado con una modalidad inteligente de conseguir dinero fácil, se quedaron descolocados cuando recibieron la respuesta del entorno del artista: no les iban a soltar ni un peso partido al medio.

Los hombres se vieron entonces en apuros y, apremiados por la avidez de metálico, decidieron conservar el cuerpo y continuar con las negociaciones ofreciendo descuentos y cómodas cuotas, para ver si sacaban algunos mangos. Pasaron 11 semanas y nunca les llegó el premio consuelo. Y como la conservación de los cuerpos profanados no era especialidad de los forajidos post mortem, al final los terminaron agarrando. Desde entonces, el cuerpo de Chaplin descansa cerca del lago Lemán, bajo dos metros de hormigón para disuadir a potenciales emprendedores del desentierro.

Me gusta esa historia por diferentes razones, entre ellas porque encierra nuestra fascinación por la muerte, que convierte a los cadáveres en tótems o amuletos. La muerte es cautivante cuando la parca pasa a degüello a nuestros íconos, y entonces ya no es sólo el morbo quien toma las riendas, sino que hasta las circunstancias de un deceso pueden despertar diferentes pulsiones. O directamente abonar una leyenda.
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Técnicas para evitar los ronquidos y los sueños violentos

La vida es una eterna paradoja, y un día que pinta promisorio y feliz puede terminar de una manera desagradable. Lo que hay que lograr es no llevarse el veneno a la almohada. Si me acuesto angustiado, enojado, triste, o muy lleno de empanadas árabes con Coca, duermo mal. Me ha costado un Perú y la mitad del otro entender que de noche me convierto en un lavarropas gordo que gira sobre su eje a los trompadones, mientras ronca como si tuviera un rastrojero en la boca.

Esta no es “una idea que me hago”, tiene una base empírica que la comprueba, y son los videos que graba mi señora las pruebas irrefutables. En el fondo creo que intento acostarme a dormir con la cabeza lisa sólo para evitar escucharme en el teléfono de mi chica. Soy como un elefante con asma. La cara se me tuerce en una mueca espantosa y por ahí me dan unas apneas que generan más suspenso que un berretín de Hitchcock.

–Qué espanto, por el amor de Dios borrá eso –suele preceder al “buenos días”. Y lo digo inmediatamente después de ver el registro de ese exorcismo que son mis noches agitadas.

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Luna de miel en Buenos Aires

Estábamos en la época lisérgica del menemismo, en la que hasta yo con esta cara cobraba cosas en dólares. Se me hace difícil recordar el año exacto, creo que puede haber sido 1994 o 1995. Era mi primera vez solo en Buenos Aires y me sentía adulto, curtido, aventurero e implacable. Había conocido a la chica en una fiesta en Córdoba y ahora iba a su encuentro en la gran ciudad.

Mientras pisaba una colilla antes de trepar al colectivo, pensaba en su figura rellenita y en su auto, que era chiquito pero rajaba como un cohete. Mi entusiasmo estaba sustentado en la idea de probar las mieles de la adultez: recorrer la ciudad, chapar furiosamente en las esquinas emblemáticas y escuchar tangos.

De no ser por la tremenda descompostura de vientre que me tuvo en vilo toda la noche, diría que el viaje no fue tan malo. Siempre me gustó el colectivo, aunque la espalda ya no me aguanta como antes. Me seduce el bamboleo para salir de la terminal, ver las luces espaciándose a medida que nos alejamos de la ciudad. Todo eso es lindo, salvo que estés “con desarreglo”.

Ahora sé que nunca debí haberme servido ese vaso de café agrio como canapé de luciérnaga. Me lo tomé para pasar garguero abajo unos alfajores de maizena que me asfaltaron todas las muelas, convencido de que la resistencia hercúlea de mis jugos digestivos iban a procesar todo. Grueso error.
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Sobrevivir a un casamiento

Si hay algo que me deprime soberanamente son las fiestas de casamiento, esas ceremonias pomposas que la gente organiza un tiempo antes de divorciarse. No llevo la cuenta de los compromisos de esa índole a los que tuve que asistir, pero sé que no disfruté de ninguno. Me dan calor y sueño las misas, me enferma saludar en el atrio a los codazos con las tías llenas de rouge, pisando al suegro y masticando granos de arroz para darle palmadas enérgicas a una pareja que hace 15 años que no veo.

De quienes conozco, el 80% que se puso anillos frente a un cura, hoy van por la vida con su certificado de soltería y una sonrisa alienada.

Con esto no quiero decir que esté en contra de las uniones, ojo; sólo estoy a favor de que no me inviten y me ahorren el sufrimiento. Tengo menos onda que una bandera de lata y me da tos andar bailando en trencito con una pechera de enormes tetas de plástico.

Cada vez que me anunciaron una próxima fiesta me dio gastritis y malestar general, y tuve que empezar a llamar gente para disfrazarme de muñeco de torta. Tengo un solo “ambo”, que es de cuando iba al secundario, y unos zapatos con el cuero manchado de fernet y pasto seco que no dan más. Sigue leyendo

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Terapia del manejo del dolor

El consultorio estaba en el living de su casa, dividido en dos por una cortina: de un lado, tres sillones para sala de espera; del otro, una camilla, un grabador con música celta y una fuente diminuta con agua corriendo entre piedritas.

Cuando un dolor nos aqueja, la capacidad de razonar se nubla, y llegué a la consulta con Doña Nieves harto de lustrar camillas en las guardias de los hospitales y en los consultorios de los especialistas. Mi problema era la espalda y no había encontrado un solo médico avispado que no me hiciera la prueba de tocarme la nariz con la punta de un dedo para recomendarme después que fuera a natación. Me molesta que la cura definitiva para algunos galenos sea meterse al agua.

Comencé a probar soluciones alternativas, no tanto porque crea en la medicina no tradicional, sino porque ya no me aguantaba viviendo dentro de mi cuerpo. Lo curioso en estos casos es que cuando empezás a preguntar, todo el mundo conoce a alguien que “hace magia”.

Doña Nieves había armado una rutina de control del dolor a base de ponerle play a una música de meditación llena de ruido a gotitas y a tres o cuatro gaviotas en random. A decir verdad, lo bueno del tratamiento de doña Nieves era que al comienzo te podías relajar. Y en ese sentido, me tenía sin cuidado la música funcional: es más, después de la primera consulta casi que me había vuelto fanático del registro plañidero. Pero cuando el tratamiento comenzó a avanzar, las prácticas se volvieron menos ortodoxas, y mi desconfianza se agrandó como miga en el agua. Sigue leyendo

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