¿Era o no Julio Iglesias?

Creo que me gustan las bromas telefónicas desde que empecé a escuchar al más grande cultor de la práctica, el inefable Doctor Tangalanga, cuya habilidad para sacar de quicio al interlocutor dejó una huella en mi memoria en la década del ‘90. Eran tiempos en los que no existía el identificador de llamadas y todavía dependíamos del teléfono fijo.

Fueron años de impunidad para los bromistas, que usaban el aparato a la manera de un ring-raje.

La estrategia del fallecido humorista era simple: se hacía pasar por una persona cualquiera y, con tono ceremonial, primero enredaba a la víctima del otro lado del auricular con pedidos, reclamos o planteos de lo más inverosímiles. Luego, invariablemente, la llamada terminaba entre gritos e insultos. Con esas bromas, Tangalanga grabó varios casetes, y fue celebrado en muchas oportunidades por su velocidad y estoicismo.

La forma de encarar las charlas se convirtió para mí en un norte, aunque mi estrategia siempre fue ligeramente distinta, ya que no llegué nunca a un enfrentamiento verbal. A mí lo que siempre me sedujo fue cambiar la voz y la tonada para poner al interlocutor en una situación incómoda.

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Cementerio indio a la cordobesa

Lo contó con tanta naturalidad que casi se me escapa el dato. Tuve que pedirle que lo repitiera:

–Huesos humanos –dijo- Eran todos huesos humanos porque era un cementerio indígena.

Estamos en la cola del banco y no hay prisa. Nos movemos entre las cuerdas y cuando se detiene el avance, giramos hasta encontrarnos y seguir conversando. No tendrá más de 50 años, delgada, y con una cartera estrujada en el pecho. Evidentemente, confía más en sus brazos que en los policías repartidos en el salón.

–¿Pero la casa era suya?

–No. Le cuento bien para que se haga una idea –contestó mientras bajaba la cartera.

Habíamos empezado comentando algo del clima y, en algún momento, la conversación giró, vaga y errante, hasta tocar el tema de las casas de campo. Y entonces la mujer me contó que su familia tenía una en Alpa Corral. Y que su padre y sus tíos la habían levantado sobre un viejo cementerio indio.

–Cuando empezaron a armar los cimientos aparecieron los primeros jarrones y vasijas. La mayoría se rompieron con los palazos. Mi papá y mi tío pensaban que eran juguetes o algo por el estilo. Igual no se distinguían bien –se justificó–. Parecían bolas de arcilla.

Por dentro sentí una ligera incomodidad.

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Nace un artista emergente

Era tal la obsesión de mi madre y de mi abuela por la limpieza, que cuando me fui a vivir solo me pasé tres años en la más rotunda de las mugres. La regla por excelencia que establecí fue no volver a tender una cama nunca jamás. Ni siquiera tener escoba. Ni usar la vajilla. Ni lavar la ropa.

Tenía a mi favor la cercanía de un lavadero y un ejército de motos delivery dando vueltas a la manzana. Durante tres plácidos años me limité a revolcarme en el barro como un chancho.

Durante ese período, mi familia y yo nos vimos poco. No aceptaba el mandato familiar, me sentía un guerrero.
Siempre que iba al pequeño departamento era como entrar a un quirófano. Y apenas me veía mi madre, decía: “Hola, hijo. Estás gordo”.

En verdad lo estaba; era una vaquillona cebada con pizza, lomito y empanadas. “Tenés la ropa y el pelo sucios. Ni se te ocurra ir a saludarla así a tu abuela”, solía despedirme. De esto se desprende que no nos frecuentáramos tanto con mi abuela en esos años.

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Penetración cultural

Suelo esperar el final de las películas basadas en hechos reales para conocer la verdadera cara de los protagonistas. Pero casi siempre hay un petiso gordo de bigotes detrás del personaje que representa Brad Pitt. Y la mujer del verdadero protagonista no es Megan Fox sino una señora entrada en años y llovida de canas. Entiendo que se trata de licencias del cine y que hay que aceptarlas en pos de preservar la verosimilitud para que la historia funcione. Pero igual me perturba esa manipulación cerebral tendiente a hacernos creer que los hombres comunes no son nada hasta que los semidioses hollywoodenses les dan vida.

El séptimo arte del hemisferio Norte está lleno de cosas que aceptamos sin chistar. Los lugares comunes son, sin ir más lejos, la pista sobre la que corren las ideas más festejadas. Y si nos ponemos a pensar, hemos incorporado muchos de esos clichés a nuestra forma de decodificar las historias en general. Así y sólo así se explica que asimilemos los recursos de las fórmulas cinematográficas yankis con naturalidad: como que las conversaciones telefónicas terminen sin una despedida (los actores cortan y ya está, no se dicen ni chau); o que no haya knockouts que te dejen roncando (a pesar de los trompadones que se reparten); o que nadie se despeine teniendo sexo; o que al policía gruñón le toque siempre un compañero joven y rebelde; o que los malos les expliquen sus planes con lujos de detalles a los buenos antes de apretar el gatillo para despacharlos.

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Desde los albores de la sexualidad

La primera teta desnuda y sensual que vi en mi vida, se me grabó tan a fuego en la cabeza que hoy podría cerrar los ojos y dibujarla con precisión quirúrgica, a mano alzada, sin titubear. Han pasado muchos años y todavía siento que puedo copiar en un papel cómo era esa redondez impactante, en qué lugar entre los hombros se ubicaba, y qué forma exacta tenían las aureolas que me dieron un guiño cómplice y ciego para salir de la preadolescencia.

Era un seno audaz, erigido con soberana libertad en la segunda página de una revista de alto voltaje y poca monta, llamada Eroticón. Los de mi generación, hago la salvedad, forjamos nuestra imaginación a golpes de carencias, porque no nos quedaba otra. El amor, para nosotros, se gestó de manera burda sobre papel de revista. Pienso en esto ahora que estamos en edad de mandar a la cama a los niños, porque la tele nos bombardea con cuerpazos, insultos y sexualidad constantemente. Hace un tiempo estábamos haciendo zapping con mis hijas y tuve que cachetear el control remoto cuando Santiago Segura –en la piel de Torrente–, abusaba con destartaladas embestidas de una mujer fronteriza que dormía sobre un sillón. Eran las tres de la tarde.

A veces siento que me sale un Alien moralista por entre las costillas, o que envejecí y me convertí en una tía de ruleros que lanza pantuflas contra los aparatos de televisión. Otras, sin embargo, recuerdo mis periplos para conseguir información y estímulos en edades tempranas y me ataca el remordimiento: ¿tengo derecho de privar a mis hijos de todo aquello con lo que yo soñé cuando era más chico? ¿Será que yo anhelaba un festival sin censura motivado sólo por el sabor de lo prohibido, y a ellos les resultará más fácil resolver sus complejos y ausencias?

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