Educación sexual indagatoria

Las preguntas más difíciles de contestar siempre te toman por sorpresa. Estamos haciendo tiempo frente a la maestra particular de idiomas y mi hija me dice que unos compañeritos se pusieron a hablar de sexo en el recreo.

–Pero no entendí, pa, porque decían algo del “sexo anual”. ¿Qué es el “sexo anual”?

Criar hijos es como caminar sobre un campo minado en la oscuridad. No hay mapa, no hay un sendero evidente, los padres vamos a tientas y cada paso puede desencadenar un estallido que deja la psiquis haciendo chinelita en el aire.

–Cuando salgas de la seño hablamos y te explico, ¿querés? –propongo para ganar tiempo.
–Dale –me dice y tocamos el timbre.

Me da mucho miedo que una repuesta descuidada, pacata o esquiva se traduzca de acá unos años en largas sesiones de terapia para superar la pelotudez mía como padre. Pero igual me encanta la pregunta, el desafío que representa, pero sobre todo que haya un canal de comunicación entre nosotros por el que puedan circular estas dudas. Me consta que no es lo más frecuente. Sigue leyendo

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Es hora de abandonar la ciudad

La mudanza estaba prevista para cuando pasara el invierno, pero la cochera se fue a las nubes, los gastos fijos contrajeron inflación mórbida y el gas envenenó nuestras finanzas con una boleta apocalíptica. Decidimos aprovechar nuestras ventajas (pocos muebles para trasladar y una necesidad imperiosa de reacomodar los caminos pensando en un futuro sin tanta hipoteca) y armamos los bolsos para irnos a vivir del otro lado de los peajes, en esa frontera temible para cualquier hijo de departamento que se conoce como “lejos de la ciudad”.

–¿Qué tan frío puede ser el invierno fuera del ejido urbano? –fue lo último que le dije al living vacío del departamento, mientras hacía equilibrio para cerrar la puerta y no dejar caer la maceta sobre bolsa de consorcio llena de calzones y medias.

El plan de contingencia empezó a cobrar forma después de varias sobremesas haciendo números.

Es la postal de la vida moderna: una pareja agazapada sobre los garabatos en un cuaderno mientras repite hasta el infinito operaciones matemáticas para que la calculadora del celular muestre guarismos distintos.
–Esta cifra con signos de pregunta y admiración que anotaste acá indica que para acomodarnos tendremos que pasar una buena temporada sin comprar zapallos en almíbar, ¿no?

Mi compañera volvió a teclear en el teléfono y movió la cabeza afirmativamente.

Lo próximo que supe era que estábamos cargando el auto como si huyéramos de un brote zombi.

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Bombero involuntario del apocalipsis

El muchacho que atiende la ferretería tiene la nariz más grande que he visto en mi vida. Curiosamente, no desentona con su rostro. Es un pibe entre los 15 y los 19 años que cada vez que lo saludo responde:

–Bien, por lo menos.

Va siempre vestido con un equipo de gimnasia muy holgado sobre su cuerpo delgado y recto como una tubería. Nunca sé qué es el “por lo menos” de su saludo, pero entiendo que forma parte de su sistema de diálogo automático para relacionarse con los clientes.

Tiene otros recursos al estilo. Si comento “Veo que limpiaron a fondo el local”, me contesta: “No, mal” (que en realidad quiere decir lo opuesto, o sea “Sí, bien”). Si digo que hace calor o hace frío, responde “Zarpado” (que es una forma de reafirmar lo dicho).

Es una ferretería pequeña al costado de la ruta, hecha de ladrillos de cemento hueco y techo de chapa, y creo que compro ahí porque me da ternura el minimalismo del emprendimiento.

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Aprovechar a fondo las pasantías

Mientras cursaba la universidad un día nos avisaron que una agencia buscaba pasantes. No había muchas referencias sobre la tarea, más bien descripciones vagas, eufemismos para que el trabajo pudiera pivotear entre la idea de una rica experiencia y la explotación lisa y llana. Nos anotamos un montón. Además, la paga era buenísima.

Cuando nos entrevistaron la primera vez, nos explicaron que el formato del compromiso había cambiado por no sé qué pedido del “cliente”; ahora sólo nos necesitarían por dos jornadas. La paga era la misma. Firmamos todos sin titubear.

Esa misma tarde un tipo con pinta de profe de gimnasia se presentó y empezó a desplegar una serie de elementos sobre la mesa.

–Estas van a ser sus armas –dijo.

Había walkie talkies, unos cronómetros, dos parvas de folletos y gorritos de color rojo.

–La tarea no va a ser simple, pero van a estar bien equipados y no les va a pasar nada –agregó.

Mi amigo Esteban levantó la mano y preguntó si se podía fumar.

–Ni acá ni en las carpas –fue la respuesta taxativa.

–¿Es como un campamento? –quiso saber una compañera a la que solía extorsionar para que me prestara los resúmenes.

–No, no –contestó el profe en yoguineta–. Es la Fico, en el Chateau; nosotros somos los encargados de organizar las entradas. Sigue leyendo

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Mientras tanto, los ravioles flotan en las casas

Es justo y necesario esperar que en cualquier momento haya un salto evolutivo a la altura de la realidad que estamos viviendo, y que en ese salto podamos superar la existencia del pelotudo que está primero en la caja del supermercado en este momento.

Ya es de noche, hay una humedad como para coleccionar hongos y el tipo discute con la cajera como si la chica fuera la hija del dueño, como si ella estuviera complotada para dinamitarle la economía marcándole equivocadamente el precio de un kilo de papas llenas de tierra.

–¡Me las estás cobrando como si fueran batatas! ¡Me querés estafar!

–Señor, anoté mal el código, son números parecidos, no fue mi intenc…

–¿Con cuántos harás lo mismo? ¿Ah? ¡Y nadie se queja!

Yo estoy tres lugares más atrás, y desde acá me doy cuenta de que la chica está cansada, igual que nosotros, y que la gente cansada a veces puede meter la pata. El tipo ya venía lleno de bronca –andá a saber por qué– y explotó por el lado de los tubérculos. Típico. Sigue leyendo

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