Se lava las manos

Una vez estábamos parados con un amigo conversando en una esquina cuando de una alcantarilla vi salir una cucaracha enorme, prehistórica.

Mientras este otro me hablaba, el bicho aleteó dos veces, emprendió vuelo de forma aparatosa y le aterrizó directamente sobre los labios.

Eso sí me causó impresión, no así la confesión que me hace ahora mi amigo en un bar céntrico.

Él está muy preocupado porque la mayoría de sus compañeros de laburo no se lavan las manos después de ir al baño y el tema lo afecta un montón.

Lo conozco desde 1994, cuando empezamos a cursar la carrera de Psicología. Éramos los dos únicos varones en el aula y lo primero que me dijo fue “Nos vamos a cansar de ponerla hasta que nos recibamos”.

El vaticino quedó trunco cuando él se pasó a Administración de empresas un mes después. Hacía mucho que no lo veía, no sabía que andaba tan embrollado.

–¿Te parece que es para tanto? –le digo.30

–Boludo, es una mayoría abrumadora que pasa por los mingitorios y después sale como si nada –me responde–, ni siquiera se mojan un poco los dedos.

–¿De dónde viene la palabra “mingitorio”? –quiero saber mientras le hago señas al mozo para que traiga la cuenta.

–Del latín, los romanos usaban el verbo mingere para decir que iban a mear –me contesta refregándose con violencia los ojos–, pero ¿entendés lo que te digo?, es una locura que alguien haga el trámite y después salga con las manos sucias como si tal cosa.

Le digo que lo entiendo, pero que a mí me preocupa más la gente grande que mastica con la boca abierta o que comparte frases de Paulo Coehlo en Facebook.

–Vos te reís, pero hace unos años se hizo un estudio sobre los platitos en los que se pone el maní para acompañar las cervezas en los bares y encontraron más de 20 tipos distintos de orina en esos recipientes, ¿entendés la locura que es eso?

–Lo que me parece una locura es que se hagan estudios de semejante boludez, seguro fue alguna universidad de Massachusetts o Connecticut, en esos lugares están los científicos más al pedo de todo el mundo.

Mi amigo se queda pensando un rato con los labios fruncidos.

No sé si por genuina preocupación o porque es un maestro en el arte de hacerse el distraído, ni amaga a sacar la billetera cuando viene el mozo.

Después resopla y me cuenta que está en una encrucijada ya que –como le causa aprensión saludar estrechando las manos–, a todos sus colegas de trabajo les da un beso, algo que complica mucho su rutina porque en la empresa son como 100 monos y ya empezaron a mirarlo raro.

–O hago eso o los mando a todos a cagar por sucios –me confiesa.

–Si los mandás a hacer eso tampoco se van a lavar las manos y estás en la misma, Carlos –le digo–, ¿no probaste con hacer terapia para sacarte estos quilombos?

Me dice que ni en pedo, que esa no es una opción. Pero su mirada de parpadeos espásticos denota que quizá sería lo más acertado.

Malos hábitos

La higiene personal es subjetiva: cada uno de nosotros piensa que su cuerpo está limpio, impoluto, pero los humanos somos organismos en permanente descomposición, habitados por bacterias y gérmenes.

Una bolsa de cuero rellena de huesos, pulpas y exudados.

Estoy por contarle mi teoría cuando veo al cocinero que le preparó las medialunas con queso: está hurgándose la nariz mientras mira el televisor y me quedo callado. Temo que si comparto esa información en este contexto mi amigo arme un escándalo.

Entonces me pongo a mirar por la ventana.

Del otro lado del vidrio pasan colectivos escupiendo nubes de smog. Hay soretes de perro en las veredas. Hay cloacas colapsadas. Hay gente revolviendo los tachos de basura rebalsados de mugre.

La urbe es sucia por naturaleza, y bajo nuestros pies y detrás de nuestras alacenas hay millones de alimañas esperando que olvidemos guardar la comida en la heladera.

El tema es que si te colgás pensando en eso, se te puede quebrar la cabeza.

Entiendo la angustia de mi amigo. Su trastorno por la limpieza (me juego el marote) está relacionado con las presiones acumuladas de lo cotidiano. Estamos a merced de gobiernos insensibles con funcionarios inútiles que gastan fortunas en publicidad y en generar noticias falsas; eso y la cotización del dólar te tiran de culo en los divanes de los psicólogos, los únicos beneficiarios de este despelote.

–… con las manos sucias tocan los picaportes, los teclados, la maquinita del café y el dispenser de agua, es un asco –dice casi para sí con la vista perdida en su pocillo.

En el televisor del bar muestran imágenes de Amazonia reducida a cenizas. La escena incluye tomas panorámicas de no sé qué océano en el que flotan islas interminables de desechos plásticos.

Todo eso pasa mientras en el teléfono nuestros contactos suben fotos de mascotas a Instagram.

–Hay unos videos en YouTube donde muestran gente estornudando en cámara lenta, si los ves te morís –le cuento para distraerlo–, es como una explosión que a velocidad normal ni se nota, pero si lo ves cuadro por cuadro es como una lluvia de…

–¡Agggh, hijo de puta! –me interrumpe tapándose los oídos primero y haciéndole señas al mozo después.

“Traeme un vasito de soda”, le dice con mímica, usando las manos.

Relaciones inhumanas

Así como hay personas sensibles como él, hay otras que van por el mundo acariciando perros en la calle o tocándose la suela de los zapatos. Y todos convivimos bajo el mismo cielo: ricos y pobres; lindos y feos; jóvenes y viejos; incluso mi amigo y sus compañeros de laburo todos meados.

–El otro día venía en el auto con mis hijas y le hice cambio de luces a un pendejo al volante de un auto muy pistero, el chiquilín este me tiró el coche encima a pesar de que yo tenía prioridad –le cuento para cambiar de tema–; “Hacete a un lado, viejo pajero”, me gritó con medio cuerpo fuera de la ventanilla.

Mi amigo sube y baja la cabeza en gesto automático; por suerte no ve cuando el mozo seca el vaso con el trapo rejilla que usó para limpiar la barra.

–…y después están los hijos de puta que hacen pis sin levantar la tabla –retoma cuando le traen la soda–, hay días en los que tengo que pedir permiso para salir antes del trabajo porque no aguanto las ganas de ir al baño y tengo que salir huyendo para mi casa.

Le pongo cara de preocupación solidaria pero empiezo a notar que su obsesión me está sugestionando.

De pronto noto que su rostro está muy pálido y ojeroso. Y que tiene la frente llena de gotitas de chivo. Empiezo a preguntarme si no será mejor que este tipo esté medicado.

–…los teléfonos públicos; los controles remotos de los televisores de los hoteles; los pasamanos de las escaleras de los shoppings; los caños de los colectivos; las puertas de los taxis… –enumera antes de levantar la voz y golpear la mesa– ¡Y ESTE BAR DE MIERDA Y EL OLOR QUE TIENE ESTE VASO!

El grito me toma por sorpresa. Miro hacia el salón y le digo que me espere, que voy al baño. Su cara es una máscara siniestra.

Trabajo sucio

Atravieso el salón y lo dejo en la mesa con el cuerpo temblando. El mozo me pregunta con la mirada y un pulgar arriba si está todo bien y le digo que sí cuando le paso por el lado.

El baño está en un piso superior, hay que subir unas escaleras casi a oscuras esquivando pilas de cajones de gaseosa. Todo huele a fritura mezclada con pucho y pan mojado.

Al final del ascenso hay dos puertas entreabiertas y me meto en la que tiene el cartel de Caballeros. El habitáculo es minúsculo y ominoso.

Hay un cable del que pende un foco de luz, un lavabo con la canilla mal cerrada y todo el piso está empapado. El inodoro no tiene tabla y las paredes tienen leyendas escritas con fibra o manchas de quemaduras de encendedores.

Colgando en la pared hay un gancho con el cilindro de cartón de un papel higiénico.

Hago lo mío mientras pienso que de pedo hemos superado el Medioevo.

Termino y me pongo frente al espejo del botiquín. No hay jabón y cuando miro para abajo descubro que tengo los cordones desatados.

Hay preguntas sin respuesta con las que convivimos a diario: ¿por qué se junta pelusa en el pupo? ¿Por qué se nos pega en las piernas la cortina de la ducha?

Estoy por abrir el pico cuando empiezo a escuchar la voz de mi amigo en el salón.

–… ¡JOS DE PUTA! ¡SUNAMUGRE ESTE LUGAR! –grita.

También se escucha una voz que intenta calmarlo, pero desde acá arriba se nota que no va a tener éxito.

Empiezan a sonar ruidos como de golpes y forcejeos.

Me quedo un rato más mirando el espejo. Una voz interna me dice que debería bajar ya mismo antes de que llamen a la policía.

Pero dudo si hacer eso o lavarme las manos.

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