Dos cachorras

Hace un mes, alguien nos tiró por encima del alambrado dos cachorras caninas (de raza genérica) recién destetadas.

Descubrimos los regalitos por la mañana, cuando nuestra perra se puso a ladrar como loca mientras iba y venía volteando macetas y sillas en señal de protesta.

–Son hermosas –dijo mi compañera apenas las vio.

Estuve de acuerdo, aunque el diagnóstico estético estaba lejos de calmar la ansiedad que me daba sumar bolsas de alimento al presupuesto.

Me dio por las bolas que nos empujaran así a una adopción forzada, pero a puro movimiento de rabos se terminaron quedando.

Una es flaca como un suspiro y la otra parece un globo con pelos: las bautizamos como BruceLea y Cerdusconi, aunque mi compañera las llama cariñosamente Flacunza y Peluda.

Y comen como lima nueva. Apenas el plato toca el piso se abalanzan con la fruición de los famélicos.

–Despacio, despacio –les digo en medio de un torbellino de bolitas de balanceado que saltan para todos lados cuando zambullen el hocico en el recipiente.

Las cabezas van y vienen como aspiradoras y no me dan ni cinco de pelota.

Por su parte la Fanta, nuestra perra oficial, tardó unos días en aceptar a las nuevas integrantes de la manada. Ahora se limita a mordisquearlas cada tanto y a pasarles corriendo por encima cuando ve que las acariciamos.

Hay tanta ternura en sus ataques de celos que me causa gracia.

Nos gusta ver cómo se les compone el pelaje y se les disimulan las costillas a medida que van ganando peso: es un espectáculo glorioso el de las enanas meándose de gusto ante un plato lleno para dormir después –relajadas como si las estuvieran velando– en su hogar nuevo.

A veces, cuando salgo a caminar y las llevo pegadas a los talones, o cuando abrimos la puerta y nos mueven la cola en señal de buenos días, pienso que todo el mundo debería tener mascotas.

Las mascotas tienen siempre buen humor. Debe ser porque no leen noticias ni usan redes sociales.

Enseñanzas virtuales

El que parece que anda de mal humor es mi vecino, al que filmamos el otro día tirando los soretes de su perro por encima del alambrado a nuestro patio.

–¿Qué le pasa a la gente con nuestro alambrado? –le pregunté a mi compañera mientras le pasaba el mate–. ¡Con razón estamos tan llenos de caca por todos lados!

–Increíble la caradurez –observó ella–, habría que decirle algo.

Lo charlamos y decidimos guardar silencio (y el video) para seguir conviviendo en paz, porque ya estamos bastante cansados de rozar con la gente.

Por eso mismo tampoco discutí con el veterinario, que nos quiso hacer un plan de pago para vacunar a las perras nuevas cobrándonos una fortuna. Al final terminamos comprando las jeringas y se las pusimos nosotros directamente, ayudados por generosos tutoriales en YouTube.

–…ceme el favor, mil mangos de mano de obra para pinchar un cuero –dije, y mi compañera estuvo de acuerdo.

En el último tiempo nos hemos volcado alevosamente a la autogestión por dos razones: la primera, la plata no alcanza.

La segunda, en la plataforma de videos se puede aprender a hacer de todo.

Viendo videos en YouTube me animé a desarmar y a limpiar el calefón, a poner a punto la motoguadaña y también a purgar el motor de una bomba de agua.

En las últimas semanas, y con la llegada de la primavera, me enganché con los videos de los hippies que enseñan cómo armar huertas caseras.

–Mirá este gringo entrerriano los frutales que tiene –le comento a mi compañera–, el hijo de puta está lleno de naranjos, manzanos, durazneros, y todo prolijito, acomodado y sin moscas.

Como no tenemos cable, a veces cenamos viendo videos de gente que filma sus huertas en diferentes lugares del globo.

Hay mucho youtuber español que se la pasa tirando referencias en euros. También un chino que vive en Colombia y que anda en patas entre los yuyos. Y un argentino medio fumón que da consejos para hacer compost y criaderos de lombrices mientras se rasca la barba.

–¿De qué vive esta gente? –comento–, ¿cómo hacen para pagar la luz, el gas y ponerle nafta al auto?

En el fondo siento envidia porque parecen felices. Es otra de las trampas de la virtualidad, donde todo está editado para lucir perfecto.

–¿Ahora querés ser agricultor? –pregunta mi compañera mientras me roba una batata del plato.

–No, quiero andar en patas como el chino, rascarme la barba como el argentino y recomendar venenos caseros para las hormigas hablando en gallego.

–Lo hagamos –dice ella, y la facilidad con que acepta mi delirio me hace correr un frío por la espalda.

–Mirá que esto es un paso más allá de la huertita que tenemos, estoy pensando en sembrar, no sé, almendros, trufas, esas boludeces que se exportan y son caras.

Ella asiente con la cabeza y me pide que ponga un video en el que un matrimonio yanqui arma un invernadero.

Planes a futuro

En la sobremesa hacemos números. Es uno de nuestros hobbies, armar un proyecto como si lo fuéramos a empezar mañana mismo.

Buscamos precios de alambrados perimetrales, puntos de venta de lombrices californianas y ofertas de viveros para un potencial comienzo de nuestra empresa.

–Habría que recortar gastos extra, pero calculo que si nos organizamos y empezamos a producir alimentos, en algún momento seremos autosuficientes o algo por el estilo –digo revisando las anotaciones.

Mi compañera tiene a las dos perritas en la falda mientras yo intento serenar a la Fanta, que no está de acuerdo con que les hagamos upa a las pequeñas.

Sin querer queriendo, estamos planeando un salto evolutivo para nuestra parcelita discreta de zapallos, tomates y zanahorias.

Como me gusta soñar en grande (con efectos especiales y mucha elipsis), en un par de pestañeos me veo a mí mismo disfrazado de gaucho cargando cajones de frutas exóticas en una camionetota último modelo.

–¿No querías ser artista vos? –se burla ella con ternura.

–Sí, después de que triunfemos como agricultores hippies voy a escribir un libro de consejos para sobrevivir al apocalipsis zombi cultivando verduras –bromeo.

–Tenemos que conseguir gallinas –intercede ella y la Fanta gruñe en señal de protesta.

El tiempo es ahora

Nos vamos a dormir y cabeceamos la almohada pensando en un huerto modélico.

Me dejo caer en la negrura del sueño mientras muevo mentalmente pérgolas llenas de parras, o planto y desplanto tomateras, alcauciles y limoneros frondosos de acuerdo a la dirección del viento.

En medio de la oscuridad le pregunto a mi compañera si no le da vértigo pensar en un plan alternativo, si está dispuesta a pasar el resto de la vida en una huerta haciendo injertos.

–Podemos empezar mañana mismo –me dice con un bostezo.

Cae la noche en el campo y las almohadas se perfuman de objetivos nuevos.

En algún lugar de la casa las perras juegan antes de dormir; se mordisquean, gruñen y después hacen silencio.

Me concentro en el canto de los primeros grillos que ensayan su regreso primaveral. Pienso en los árboles que acompañan esa coreografía soltando brotes discretos, y en las flores estallando en cámara lenta mientras los pastos alzan los brazos al cielo.

La vida es una ráfaga que pasa por el escritorio donde trabajamos y se lleva consigo nuestros mejores años y nuestros más nobles deseos.

Me calman nuestras respiraciones profundas y pensar en la fragilidad de los ecosistemas, en el equilibrio caprichoso que hace que subsistamos respirando un aire como no hay en millones de kilómetros fuera de este invernadero tibio flotando en la frialdad del espacio.

Entonces escucho un ruido extraño en el patio.

Cambio de estación

La primera semana después de que nos mudamos el año pasado, un ratero pasó a visitarnos mientras dormíamos y aprovechó para llevarse lo que pudo cargar con las manos.

La sensación de impotencia me acompaña desde entonces, será por eso que nunca me relajo del todo.

Sin despertar a mi compañera salgo en patas y calzones de la cama hacia la puerta de entrada. La Fanta gruñe y pronto se suman al coro BruceLea y Cerdusconi.

Encabezo la hilera de defensa armado con un palo de amasar y salimos los cuatro a la inmensidad de la noche, donde nos ilumina una luna amarilla como una rodaja de hueso.

El futuro –según las ficciones que consumía en la infancia– iba a ser un mundo habitado por gente con túnicas viviendo en comunión pacífica con la naturaleza y la tecnología.

No habría guerras, conflictos, hambre o explotación. Ni vecinos tirándonos bosta a propósito, ni gente descartando cachorros, ni veterinarios timadores, ni rateros huyendo con mis ojotas y mis herramientas.

Estamos lejos de las utopías, en soledad, codeándonos con nuestros miedos.

Por eso me alivia descubrir en la galería a una familia de sapos que se turna para cabecear una puerta ventana tratando de entrar para buscar bichos.

Respiro hondo y acaricio a las perras para descomprimir las tensiones.

De regreso a la cama me siento bien. Es hermoso estar acompañado en el afán de domar un mundo tan simple y a la vez tan complejo.

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Una respuesta a Dos cachorras

  1. Laura dijo:

    Yo te regalo las lombrices… Si alguien te las roba, te regalo más. Al mundo le faltan muchos sueños, muchas rúculas de florcitas pálidas creciendo en cada patio y de vez en cuando, como me pasa a mí, despertarse con un ruido en el patio que resulta ser el estallido de un limón bien jugoso al reventar contra el piso.

    Es posta la oferta de lombrices 🙂

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