Van Gogh para niños

Más o menos una vez al mes, mis hijas cambian de profesión. Creo que, salvo por las de astronauta y contador público, pasaron por todas las carreras.

–Cuando sea grande, voy a ser médica de gatos –dicen un día, con la misma convicción que al siguiente pueden asegurar que se dedicarán a ser intendentas honestas.

Lo que es la inocencia de los niños.

Hablamos cada tanto de los goberntantes cuando vemos las pintadas callejeras que califican a los funcionarios con el cordobesismo «culiadazo», y las charlas tratan temas tan disímiles como las ciencias políticas y el uso del aumentativo.

Intento explicarles todo con la mayor claridad que puedo, y a veces peco de bocón al no usar eufemismos.

Será que no quiero subestimarles la maduración, será que me encanta escuchar cómo crujen los engranajes de sus paradigmas infantiles cuando sus cabecitas van ampliando el espectro de entendimiento.

Si les digo que el mundo es un lugar hermoso pero que muchas personas se empeñan en convertirlo en un basurero, se me quedan mirando.

–¿Los políticos lo hacen feo?

–Por ejemplo, claro.

–¿Los que pintan las paredes también?

–No siempre, hay muchos que pintan cosas y son artistas.

Les explico que las tareas artísticas en general son un trabajo. Les pongo de ejemplo a tipos que cantan, que escriben ficción o que doblan alambres para fabricar réplicas de bicicleta en miniatura.

–Los bailarines, los artesanos, los malabaristas; todos tienen un trabajo –cuento–, aunque les paguen muy poquito y casi siempre tengan que reemplazar la comida con mate.

–¿Los artistas son pobres, pa?

–No, hijita; los artistas a veces tienen mala suerte.

Elecciones complicadas

Una vez discutí acaloradamente con un señor que sostenía que los artistas son, salvo contadísimas excepciones, vagos recalcitrantes.

–Se levantan tarde, no se bañan, fuman y chupan –decía, mientras de su mano hecha un puño brotaba un dedo a la vez–, y encima son libidinosos y no respetan las normas sociales.

No me caben dudas de que habrá gente así, pero la mayoría de los artistas que admiro y disfruto están lejos de ese estereotipo: no son personas que se rascan todo el día como si estuvieran de vacaciones.

Muchos artistas sufren, la pasan mal, se sienten mal, y encima tienen que andar por el mundo a la par de gente que sostiene esas generalizaciones, o conformándose con trabajos horribles que les quitan tiempo para hacer lo que saben.

–¿De qué vas a escribir esta semana? –me pregunta una de mis hijas.

–Tal vez de esta conversación –le confieso–, de esto de ser artista y pasarla como el traste; creo que voy a escribir algo sobre un pintor que cumpliría años este sábado y que se cortó la oreja.

–¡Qué asco, pa!

Me río en voz alta. Cuando les conté que Beethoven era sordo como una tapia, también se quedaron de una pieza y fuimos hasta el cole escuchando la Novena Sinfonía a todo volumen, imitando a un director de orquesta con las manos.

–¿Tuvo un accidente ese señor que se cortó la oreja?

–En realidad, no se sabe bien. Unos dicen que Vincent van Gogh se la cortó solo; otros, que fue por una pelea con otro pintor, que se la cortó con una espada.

–Vos que sos medio artista, ¿también te vas a cortar una oreja? –dice la más grande, con picardía.

Corte y confesión

La verdad es que a veces, ante las cosas que pasan a diario, me dan ganas de cortarme otra cosa. Pero en vez de decir eso, les hablo del sacrificio, del enorme esfuerzo que es a veces perseguir un sueño, y que en muchas ocasiones las cosas que hacemos sin buscar reconocimiento y sólo por el placer de hacerlas, son las más valiosas.

–La historia de Van Gogh no es un ejemplo a seguir: es sólo un ejemplo de cómo son de diferentes las realidades de las personas.

Les cuento de sus orígenes, de sus pasiones, que incluyeron la religión y la prédica, y finalmente de cómo se entregó por completo a la pintura, dejando de lado su salud.

¿Qué clase de obstinación lleva a una persona a evitar los caminos seguros hacia la vejez (el trabajo remunerado, el matrimonio y las cuatro comidas diarias) en pos de meterse en la maleza de lo desconocido, armado sólo con el machete de la sospecha de un talento?

–Ahora es más fácil, pero en la época de este pintor que les cuento no había celulares ni wifi, así que todo lo que aprendió lo hizo solito, sin googlear nada.

–Si no había celulares, ¿cómo hacía para hablar con sus papás?

–Él ya era grande, así que más que nada hablaba con su hermano, que se llamaba Theo, y lo hacía escribiéndole cartas.

Gran parte de la historia de Vincent van Gogh se pudo reconstruir a través de la correspondencia que el pintor tuvo con un montón de gente. Pero a pesar del reconocimiento que hoy le dan en las academias, murió en la más rotunda de las miserias.

Los últimos años de vida se los pasó saltando de manicomio en manicomio. Y si no se murió antes fue porque su hermano le tiraba unos mangos para que no se lo morfaran los piojos.

Igual tuvo un momento de mínima gloria, cuando alcanzó a exponer algunos cuadros en un par de galerías. Pero es triste imaginar a un tipo tan talentoso orbitando esos lugares llenos de personas adineradas, y él sintiéndose un bicho enceguecido por una lámpara.

¿Le habrá parecido cálido el vidrio que le daba luz a una parte pequeñísima de su obra?

–¿De qué se murió el señor sin oreja, pa?

–La muerte de Van Gogh, como todo en su vida, fue confusa y no hay una versión única.

Defunción en función

Los últimos meses de vida, el pintor los pasó instalado en la casa de un médico que conoció mientras estaba internado, al que le gustaba dibujar y admiraba el trabajo de Van Gogh.

–Algo de tranquilidad tuvo el pobre Vincent, y en ese período en el que lo apadrinaron se mandó una cantidad impresionante de pinturas, porque estaba imparable; salía a caminar y dibujaba iglesias, campos y árboles, a lo bestia.

Busco en internet algunas imágenes de sus cuadros y nos pasamos el teléfono para ir viendo.

Cuando ven el autorretrato con venda sobre la oreja, me preguntan si podía escuchar después del incidente.

Les explico que se puede llevar una vida normal sin lóbulo.

–Con lo que no se puede vivir es con mala suerte: según se sospecha, a dos muchachos que andaban paveando en el campo con una pistola se les escapó un tiro que le dio en el pecho al pintor.

–¡No, pobre Vincent!

Durante mucho tiempo circuló la versión de que van Gogh se había disparado a sí mismo, pero según una biografía reciente, muy trabajada, el pintor se dio cuenta del macanazo que se habían mandado los adolescentes y decidió encubrirlos para que no se metieran en problemas.

Como sea, el pobre Van Gogh volvió a la casa donde paraba con un boquete entre las tetillas, agonizó 48 horas y después clavó la pala para siempre.

–Tenía 37 años cuando pasó eso –les cuento–; le avisaron al hermano lo que había ocurrido, fue a verlo urgente y llegó a tiempo para abrazarlo: Vincent murió en brazos de Theo, y al poquito tiempo el propio Theo se murió de tristeza. Los enterraron uno junto al otro.

Otros tiempos

–Ay, pa, qué horrible la historia de ese pintor –dice una de ellas.

–¿No hay otro artista con una historia menos triste, pa? ¿Todos los artistas pasan cosas feas así?

–No, pininas; hay muchas clases de artistas, y hay muchos que por suerte no la pasaron tan mal.

–¿Selena Gómez y Soy Luna, por ejemplo?

–Por ejemplo, sí; pasa que hoy es distinto y todos corremos con ventaja, porque es más fácil pintar un cuadro y publicarlo en Instagram, o cantar una canción y subirla a YouTube.

–¿Hoy es más fácil ser famoso?

–Puede ser, pero no hay que confundir fama con talento; de la historia de Vincent van Gogh está bueno aprender que también a veces la vida es injusta: él tuvo que morirse para que lo reconocieran, no pudo ganar plata con sus cuadros.

Casi un siglo después de su fallecimiento, y justo en el día de su cumpleaños (30 de marzo), en Londres se subastó el cuadro Los Girasoles y sentó un precedente: nunca se había pagado tanto dinero por una obra pictórica, y las más de 20 millones de libras que alguien desembolsó en 1987 se convirtieron en récord.

–No sé si me gusta la historia de Vincent. ¿Por qué no escribís de Maluma?

Tengo ganas de decirles que a Maluma le escribiría un grafiti con aumentativo en una pared, pero me llamo al silencio.

Cada vida es un mundo. Y tal vez lo más interesante en este viaje es descubrir qué cosas nos inspiran de las historias de los demás (incluida la del Maluma este).

En definitiva, esos aprendizajes nos llevan de una oreja a entender dónde está ese punto ciego al que aspiramos todos, ese misterio colorido al que llamamos realización personal.

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