No olvido el patio del colegio

Yo sabía que a esa hora de la mañana me esperaban una buena y una mala: primero, el placer de imitar a un tenor cantando el himno mientras izaban la bandera; segundo, la amenaza del Tanque Marini, un compañerito que se afeitaba los bigotes desde segundo grado y que –por alguna razón emparentada con el sadismo– disfrutaba del dolor ajeno casi tanto como de chupar el saché de los juguitos congelados.

Su técnica favorita para infligir castigo era la aplicación trapera de un tincazo en el cartílago de la oreja.

¡Cuánta maestría había en ese golpe salido de la nada!

Recuerdo como si fuera hoy el ruido, el fogonazo de adrenalina y susto, y la brutalidad de la impotencia (sobre todo cuando era invierno) al sentir que se te partía la carne como si fuera una galleta de agua.

El Tanque Marini se había ganado el apodo por el calibre de su humanidad y su peso específico. Pero a pesar de esa anatomía monstruosa se las ingeniaba para hacer movimientos ninjas mientras formábamos fila y –escurriéndose entre la hilera de piernas– daba el tincazo sin hacerse notar, justo en el instante en que la directora carraspeaba para dar los buenos días.

El colegio era céntrico y el patio donde formábamos quedaba a la sombra de un edificio de departamentos que hacía reverberar el eco del grito.

A pesar del temor al tincazo, me parecía una hora mágica: la noche se disipaba en colores psicodélicos y las luces de livings y cocinas de la fachada que teníamos al frente se iban encendiendo con un patrón tan errático como seductor.

De pronto en la oscuridad brotaban cuadros, y así aparecía primero la señora en bata que le pasaba el peine a una nena con uniforme verde. Más arriba, un viejo pelado que marcaba números en el teléfono junto a un velador. Y a la izquierda un padre de saco y corbata que preparaba tostadas a dos nenes indiferentes al desayuno (aunque muy concentrados en espiar con la nariz pegada al vidrio cómo formábamos allá abajo y a lo lejos).

Había una magia fuerte en esos hogares de pronto desnudados, una sensación de calor lejano encajonado en ventanales, pero todo ese idilio contemplativo de la cotidianidad se fracturaba cuando este gordo aparecía de la nada por detrás y te ponía la oreja al rojo vivo.

Rutina diaria

Las primeras veces grité, y a consecuencia de eso tuve que presenciar mi ceremonia favorita desde la oficina de la directora por alterar el orden público.

Así aprendí a sufrir los ataques en silencio y cuando por fin dominé el difícil arte de tragarme mis propios alaridos, el Tanque terminó por descartarme como víctima para ensañarse con la oreja de Peralta, a quien no al pedo apodaban “Cabeza entre paréntesis”, “Tapa de yerbera”, o, sencillamente, “Dumbo negro”.

La crueldad de los niños se mide también en el ingenio para denigrar a los que tienen rasgos distintivos.

Hoy me conecto con esa época gracias a que tengo hijas en edad escolar y las comparaciones son inevitables. En líneas generales las escuelas de mi niñez son parecidas a las de ahora, aunque algunas cosas mejoraron bastante. Y celebro principalmente que el número de mentiras haya disminuido tanto.

Versiones desencontradas

Los de mi generación tuvimos que hacernos grandes para dinamitar el universo histórico-patrio que nos habían fundado en la cabeza Billiken y Anteojito durante la primaria. En lo personal, pude reorganizar ese período gracias a (la lectura de y las charlas con) una persona que aprecio mucho, la escritora Cristina Bajo.

Su docencia involuntaria me permitió jubilar la iconografía infantil de paraguas, escarapelas y gente pintada con corcho quemado, cosas que durante años celebré en carácter de realidad histórica tan indiscutible como la existencia del papá Noel de la Coca-Cola.

Fechas como el 25 de mayo siguen teñidas con la mística escolar, pero a esta altura las contextualizo mejor, y entonces a la postal de empanadas calientes para viejas sin dientes le puedo sumar en paralelo una monarquía europea de calzones sucios, un Napoleón voraz que montaba con la mano enterrada bajo la solapa del saco, y tantos otros detalles que me ayudan a saber mejor cómo funcionaba el mundo que heredamos.

En ese sentido, nuestra historia personal funciona bastante parecido a la Historia con mayúsculas, un trazo grueso que acomodamos a la medida de lo que queremos justificar. Y aunque a veces descubrir que has estado viviendo en un idilio resulte tan brutal como el tincazo de Marini, vale la pena informarse y dejar que el pensamiento se enriquezca y evolucione.

Me costó bastante terminar la escuela (por cuestiones de incompatibilidad con el sistema de amonestaciones y de cantidad de materias a rendir en marzo), tal vez por eso hice tanta fuerza para sepultar la experiencia.

Sin embargo donde quiera que vaya arrastro conmigo la bienhechora sensación de esas mañas gélidas con el himno hecho vapor en la punta de los labios. Calculo que en el fondo siempre seguiré siendo el mismo chiquilín de mentón retraído que veía con ilusión el despegue lento de una bandera que subía al cielo partiendo en dos la anatomía de un edificio de departamentos.

Cada tanto me da por pensar que nunca dejamos de ser niños uniformados en color caqui, que nunca olvidamos la tibieza perfumada de las camperas de las seños, y que nos marcan a fuego tanto esas experiencias como el reto enérgico que a veces recibimos cuando hay que enderezar la displicencia de la infancia.

Yo a eso debo sumarle la risa tenebrosa del Tanque Marini, que brotaba segundos después de arruinarle la jornada a alguno con alguna maldad que a la fecha todavía la víctima debe estar tratando en terapia.

Pasillos lejanos

Toda mi escuela primaria cabe completa en un puñado de imágenes que ruedan por pasillos de techos altísimos. Vaya uno a saber cuántas veces los caminé en el cumplimiento de esa rutina que parecía tan absurda como interminable.

A pesar del tiempo, me alcanza con cerrar los ojos para que regrese el perfume de aserrín y kerosene con el que trapeaban las baldosas para eliminar el barro de nuestra procesión cuando llovía a cántaros.

A veces, cuando mis niñas me preguntan cómo era el mundo de mi infancia, pienso en la marea de caras cruzadas por bigotes ochentosos que eran los padres despidiéndose en la puerta de ingreso. Y también en otro chiste del Tanque Marini, que consistía en darte un cachetazo de revés en la zona testicular al grito de “¡Salude al rey!”.

En algún momento del viaje me hice grande, pero a mis cuarenta y tantos la escuela sigue siendo una maraña rara que huele a tiza y a madera añeja del salón de actos.

Me gustaba mucho el salón de actos. Sobre todo cuando me tocaba actuar en alguna de esas obras desprolijas que las seños adaptaban con sobreabundancia de papel maché, linternitas pálidas y diálogos plásticos.

Ahora mi hija me manda una foto. Está disfrazada de lavandera de época.

Yo lamento no tener a mano una de mis tiempos, cuando me calzaba la galera de cartón, absolutamente convencido de que “Frenchyberutti” eran un solo guaso.

Nenes de antes

Aprendemos a odiar los lunes y el invierno precisamente en el colegio. No tengo certezas pero tampoco dudas: de esos años uno arrastra la veneración al sol cuando amanece más temprano para anticipar la inminencia de las vacaciones, y también se contamina de por vida con el hastío de preparar la tarea sobre la recta final del domingo.

Ya en carácter de padre me tocó regresar a esos tiempos aunque con una angustia en diferido. De todas formas, el universo escolar con sus ceremonias y recurrencias se parece bastante al que yo viví.

En la actualidad, algunos actos (sobre todo los de jardín de infantes) son verdaderos shows de bailes en los que algunas seños sacan a relucir el histrionismo danzante que reprimen durante el cursado, pero en líneas generales las celebraciones patrias se han sofisticado: ahora hay parlantes bluetooth, padres con la cara tapada con un celular y los discursos son más cortos.

Pero todavía quedan niños que se tientan de risa en la fila mientras uno que otro se queda con la mirada perdida en algo que está más allá del plano de la realidad.

Me siento raro cuando asisto a las ceremonias escolares en la actualidad porque cada evocación es un chispazo, pero también me gratifica entender ahora parte del misterio de la infancia, que es un tesoro gigante que siempre valoramos a destiempo.

Cuando veo a mis niñas en la fila agradezco en voz baja que no tengan un Tanque Marini de compañero. Y me regodeo pensando en todo el camino que tienen por delante, en todo lo que les queda por descubrir.

Tal vez cuando sean grandes se les despierten estas mismas inquietudes que me visitan en estas fechas de llevar y traer personitas con disfraces acartonados.

Qué poco originales somos los padres a la hora de pedir deseos.

Yo sólo espero que en ese viaje relámpago que hagan con la memoria hacia el pasado encuentren algo más que un cielo invernal inmenso que les raspe los huesos en el patio de un colegio olvidado.

Ojalá tengan suerte y las iluminen mil ventanas templadas. Ojalá sean felices y no les duela el eco de ningún tincazo.

Esta entrada fue publicada en Breve relato. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *