Modo «invernalia»

El Tato es joven, tiene fuerza y anda sin laburo fijo. Es hijo de uno de los albañiles que construyó la casa de mis viejos y se da maña para hacer de todo.

Así que cada tanto golpea las manos y me pregunta desde la calle si hay alguna changa. A veces hay, a veces no.

–No tengo un mango, Tato –suelo decirle–, pero apenas me gane el Quini te aseguro que se acabaron los problemas.

Me está costando una fortuna ser millonario. Claramente elegí el camino más complicado, que es apostar todas las semanas un billete para embocar una combinación de números azarosa en el Quini y en el Loto. Me tengo una fe infantil, cimentada sobre la idea de que alguna entidad divina me va a recompensar por la insistencia.

–¿Quiere que arreglamos el alambre? –me propone mientras acaricia la perra–. Hacemos la jornada por comida hasta que aparezca la moneda.

Siempre termino aceptando y al final del día le pago lo que puedo, le regalo algo de ropa y nos ponemos a tomar mate antes de que el sol se diluya por completo.

Una vez le di un celular que tenía el vidrio mellado. Otra vez le pagué con un parlantito bluetooth que me regalaron para mi cumpleaños.

Me genera una sensación extraña verlo usar mi ropa, pero me alegra que pueda darle una segunda vida a una camisa o un pantalón que me quedan grandes y que su madre –una habilidosa modista– descose para adaptarlo a la anatomía del Tato.

Calculo que tiene unos 20, pero parece más chico. Y desde que lo conozco me trata de usted.

–¿Quiere que busquemos leña? –me dijo la última vez que vino–. Mire que se viene el invierno y este año va a ser bravo.

A veces, entre tarea y tarea, dejamos las herramientas de lado y hablamos de cosas de la vida.

Suelo prestarle libros y revistas y entonces me pregunta sobre autores y temas.

Dice que le gustaría escribir una novela sobre su familia. Y que en esa novela le dedicaría un capítulo entero a su abuelo, un viejo que anduvo a caballo hasta los 90 años y que se murió una noche cruzando la ruta, cuando un colectivero venía distraído discutiendo con su esposa por teléfono.

En las sierras no abundan las charlas interesantes y yo aprovecho la predisposición del Tato para no aturdirme tanto con el silencio.

Hacía varios días que no lo veía, el martes se apareció bajo la lluvia fría, con las manos en los bolsillos. Me acerqué a saludarlo pero apenas si me miró. Me habló con la vista fija en la perra.

–Está embarazada la Estela – me dijo.

Cosas de la edad

Nuestras conversaciones no suelen tocar temas íntimos y la mayoría de las veces giran en torno a la política y a la filosofía rústica de lo cotidiano, rara vez hablamos de sentimientos.

La hermana del Tato es más chica. Los conozco desde que él andaba trepado de rama en rama como Tarzán y ella lo seguía para todas partes con un osito de peluche lleno de tierra en la mano.

Me acuerdo cuando tuvimos que cargarlos a ambos en el Dodge Coronado de mi viejo para salir volando a Alta Gracia con el Tato en el asiento de atrás porque se había quebrado un brazo tratando de sacar un nido de horneros.

–Quise llevarlo a casa de adorno –le explicó al médico que lo atendió–, nunca más me trepo a un árbol en ojotas.

Pero ni siquiera esa vez lo vi llorar. Ahora, después de anunciar la concepción, no alcanzaba a distinguir si era la lluvia o el llanto lo que le mojaba la cara.

–Se viene el invierno –fue lo único que dijo antes de que lo hiciera pasar.

Ese día trabajó sin parar, y lo peor es que me hizo laburar mucho a mí también.

Aprovechamos la jornada para trozar madera, limpiar un yuyal, recoger hojas y despejar la cámara séptica que se había llenado de raíces. Hicimos todo eso tomando mates pero sin intercambiar palabra.

A la gente de campo a veces no le gusta hablar.

Al final de la jornada estábamos los dos empapados y llenos de barro. Le puse una muda de ropa limpia en una bolsa, junto con una camisa, un pantalón –que bien planchado pasa por nuevo– y medio bizcochuelo para celíacos.

Le tendí unos billetes junto con la bolsa y me miró antes de aceptar.

–No sé si te va a gustar el bizcochuelo, se pone seco como venda de momia, pero para mojarlo en el café no está tan mal.

Colores de invierno

Mi compañera –una persona infinitamente más inteligente y centrada que, por ejemplo, yo– sabe que mi afinidad por el Quini y el Loto es un gasto inútil, pero también entiende que cuando me aferro a una remotísima esperanza sobre algo, no jodo tanto la paciencia, así que se ofrece a veces ella misma a hacer la apuesta semanal.

Es bueno tener cosas en común con la pareja.

Los domingos, por caso, dejamos de lado nuestras pequeñas rutinas diarias, cancelamos las visitas de amigos y parientes y nos incorporamos a esa inmensa legión gris que sigue la serie de los dragones, el enano y la gente desesperada por sentarse en un trono a pesar de que ya se vienen los zombis.

Por cuestiones de conexión a internet la vemos al margen de la ley y en diferido: mientras hay afortunados que siguen todo en vivo y en directo con sus abonos al cable, nosotros nos empantanamos en páginas llenas de publicidad y siempre terminamos ante la disyuntiva de verla con el audio desfasado o con la imagen tartamuda.

–Está embarazada la hermana del Tato, la Estela –le comuniqué mientras intentaba encender un fuego en el hogar y ella cerraba ventanitas de publicidad en la compu.

–¿Cuántos años tienen esos chicos? –dijo compungida.

–La suficiente para entender que este va a ser un año muy complicado.

Por la ventana veíamos las montañitas de hojas desparramándose con el viento que también silbaba entre las aberturas.

En las sierras el invierno llega de repente y cuando te querés acordar, todo se pone oscuro y gris.

Y aunque no haya ni dragones ni zombis, alcanza con ver el termómetro bajar al ras del suelo para empezar a temblar.

El invierno trae consigo amenaza de sabañones, labios partidos y perfume de madera quemada. Antes, cuando se me daba por hacerme el escritor, en esta misma casa garabateaba poemas sobre el invierno y su paleta de colores gélidos. Ahora me duele mucho la rodilla cuando hay menos de 10 grados, y entonces prefiero escuchar cómo leen amigos poetas que nos visitan para compartir sus escrituras de ciudad.

Igual las visitas constantes han mermado ante los amagues de las heladas.

El único que no falla es García Márquez Fantasmal y su señora, una pareja de escritores que los fines de semana sale a dar vueltas por las sierras en un Duna viejísimo y casi siempre pasan a saludar.

A él lo bautizamos así porque es parecido al escritor colombiano, pero más flaco y con ojeras.

–¿Y si lo llamás para que le dé una mano al Tato y a la Estela? –me preguntó mi compañera.

Del campo a la ciudad

García Márquez Fantasmal tiene un almacén-carnicería y se vive quejando de que los hijos no le dan pelota para atender el negocio. Su mujer, Georgina, siempre revolea los ojos cuando lo escucha arrancar con la cantinela.

–Viejo, con la edad te ponés cada vez más hincha pelotas –suele decirle ella y nosotros nos reímos.

Mi compañera tiene esa extraña habilidad que le permite hacer enroques maravillosos.

Les hago una llamada y los invito a pasar por casa. Les digo que ya hay leños quemándose en el hogar, y que incluso les puedo reservar un mate exclusivo para ellos, que tienen el hábito horroroso de tomar la infusión con edulcorante.

Cuando le menciono al Tato, el viejo se entusiasma.

La última vez que vinieron le trajeron de regalo a nuestra perra un fémur de vaca para que el bicho termine de cambiar los dientes.

Todas las mañanas salgo de casa y atisbo en la oscuridad el hueso y la fruición enajenada de la perra que venera el amasijo podrido de tendones y cartílagos como si fuera un manjar.

–Los perros tienen que comer huesos, es así –dijo García Márquez Fantasmal cuando lo trajo, y yo no le discuto jamás a alguien que termina las frases diciendo “Es así”.

Será que admiro la seguridad que algunas personas tienen respecto a ciertos temas. O que ya no me da el cuero para discutirle nada a nadie, por más que me deje el patio como un cementerio indio profanado.

Comparo el hueso con mi rodilla.

Algunas articulaciones no se llevan bien con este tramo del calendario. Busco el número del Tato en el teléfono y le mando un mensaje de voz, citándolo para el domingo.

De alguna manera sé que el maridaje va a funcionar. El único secreto para no volverse loco en este mundo es dejar que las cosas fluyan y cada tanto hacer un esfuerzo para mover un poco las fichas del tablero.

Después de todo, la vida es un juego de tronos del que nadie saldrá victorioso. Pero a ese guion es responsabilidad escribirlo entre todos, capítulo a capítulo, palabra por palabra. Hasta que llegue el final.

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