Feliz cumple, Supermán

En el verano de 1991 vi con estupor a mi primo convertido en una especie de mono peludo con sombra de barba hasta la aureola de los párpados.

Se acercó a saludarme y casi no lo reconozco: llevaba las orejas cubiertas casi por completo con sendas almohadillas de vello tupido y era difícil decir dónde terminaba la cabellera de su cara y empezaba la del torso.

Lo que más me impresionó fueron sus brazos y sus piernas, que parecían alfombras enrolladas.

–¿Qué carajo te pasó?

Me pareció notar que se ruborizaba con la respuesta, pero no estoy seguro porque las mejillas estaban camufladas de una maraña hirsuta de pelos negros.

–Hice un tratamiento con hormonas para no quedarme pelado –confesó.

El año anterior mi pariente había empezado a batallar contra una calvicie que le estaba haciendo retroceder notoriamente el jopo; cada vez que se pasaba la mano por la frente se le salían los mechones como si estuviéramos en Chernobyl.

Cuando volví a verlo noté que las hormonas habían hecho bien el trabajo, aunque sólo de las cejas para abajo.

Por esas cosas del azar la explosión capilar había conquistado su anatomía por completo… a excepción de la cabeza, que ahora se lucía en todo su esplendor como una rodilla afuera del agua.

El flagelo de la calvicie no es menor y conozco a muchos hombres que, en el afán de evitar ganarse el apodo genérico, probaron de todo: ungüentos, implantes, masajes, estimulación eléctrica y hasta el indecoroso truco de camuflarse el balero con una ristra delgada de mechones nacidos en la sien.

Ni hablar de los que directamente pasan a vivir bajo la sombra de un peluquín. De chico pensaba que eran androides.

Hablé del tema bastante con mi pariente. Pero bastó una frase para dejar en claro el origen de su obsesión.

–¿Qué mujer se va a enamorar de mí así todo pelado? –me dijo con resignación.

Le palmeé el colchón de pelos que le cubrían los hombros para darle aliento, pero eso no mejoró su humor.

Modelo para desarmar

Los cánones de belleza siempre son un problema. Intento explicarles eso a mis hijas toda vez que puedo.

En estos tiempos en los que las redes sociales se alimentan vorazmente con la mejor versión de nosotros mismos, ser agraciado parece ser lo único que importa en esta vida.

–Desconfíen del mundo que les muestra Instagram tanto como de las publicidades de los bancos –les advierto a cada rato–; en el mundo real la gente no anda todo el tiempo con cara de selfie, en la vida real somos todos una foto carnet desfigurada del encule y el sueño.

–¿Las personas ciegas tienen Instagram? –me pregunta una de ellas.

–La verdad es que no sé, pero calculo que no les hace falta.

–¿Entonces los ciegos son más felices, pa? –quiere saber la otra.

Pienso en algunos abordajes literarios sobre el tema para dar una respuesta. Me viene a la cabeza, por un lado, la resignación poética de Borges, que le dedicó varios versos a su impedimento.

Después pienso en la crueldad del mundo ficcional retratado por José Saramago en Ensayo sobre la ceguera, y por último recuerdo el tercer capítulo de Sobre héroes y tumbas, llamado “Informe sobre ciegos”.

–En ese libro un personaje escribe la teoría de que hay un complot milenario de los no videntes para gobernar el mundo –les cuento–, pero me parece que el autor usa una metáfor…

–Ajá; pero ¿los ciegos son felices o no, pa? –me interrumpe una.

–Me parece que las personas son felices independientemente de si ven o no, pequeñas hijas preguntonas; ni siquiera tener dinero garantiza la felicidad.

–¿Por eso vos no sos rico, pa? ¿Es porque preferís ser feliz? –inquiere la otra.

–La riqueza no siempre es material, enanas; a veces tener una familia, amistades y una pasión, es más importante que tener la billetera llena.

–¿De qué trabajan los ciegos para ganar plata? –pregunta una.

–¿Y cómo saben qué ropa ponerse y si están bien peinados? –agrega la otra.

Me quedo pensando unos segundos. A veces prefiero que me pregunten sobre política o educación sexual.

Superhombre se busca

A finales de los años ‘70, un actor de dos metros de altura, deportista y bien parecido, se presentó al casting de una película. Para obtener el papel se puso lentes de contacto y se acomodó la cabeza, porque venía peleando desde su adolescencia con la alopecia y ya casi tenía perdida la batalla.

De alguna manera, Christopher Reeve consiguió el protagónico que lo haría mundialmente famoso como “el hombre de acero”. Reeve protagonizó no una sino tres películas en el papel de Superman, héroe nacido en el comic a finales del mes de mayo de 1938.

La primera película de Superman se estrenó en 1978 y fue un éxito rotundo.

Ya industrializado a la manera hollywoodense, Reeve se sometió a numerosos tratamientos para evitar que se le terminaran de volar definitivamente las chapas y consiguió hacerse un lugar en la meca del cine con look renovado de galán indiscutible.

Así comenzó una carrera contrarreloj para despegarse del personaje con capa, y consiguió colar su anatomía y dotes actorales en varias producciones.

Así trabajó con directores de la talla de John Carpenter y con colegas como Morgan Freeman, Anthony Hopkins, Emma Thompson y Hugh Grant.

Pero para las audiencias era muy difícil verlo de civil, con ese look tan Clark Kent que tenía.

Sin dudas pasó a la posteridad como “el” Superman, y no pudieron destronarlo en su reinado ninguno de todos los actores que lo precedieron y sucedieron en el rol.

Lo curioso en el caso de Reeves es que una de sus mayores pasiones era el activismo por los más necesitados, y así es que quiso aprovechar el éxito de Superman para llevar un mensaje esperanzador a quienes estaban en la vereda opuesta del personaje.

En silencio y sin hacer alharaca, el actor dedicó casi la totalidad de su tiempo fuera de pantalla a colaborar con asociaciones de ayuda a las personas con parálisis física.

El héroe más héroe de todos los tiempos iba a hospitales a visitar gente en silla de ruedas, daba charlas a personas que habían sufrido lesiones medulares y donaba dinero a organizaciones encargadas de mejorar la calidad de vida de quienes estaban conminados a la quietud absoluta.

Pero la vida tiene una forma bastante cruel de enseñarnos qué sabor tiene la ironía.

Cambio radical

A finales del mes de mayo de 1995, y en la plenitud de su existencia, el héroe sobre el que rebotaban las balas se cayó de un caballo mientras hacía equitación y se pulverizó las vértebras cervicales.

De la noche a la mañana, el actor y el personaje quedaron engrillados a la misma silla de ruedas que tanto se empeñó en hacer abandonar a las personas por las que sentía empatía.

Hacía relativamente poco que Christopher Reeves se había casado en segundas nupcias con quien sería su compañera hasta el final, Dana Morosini.

El accidente puso a prueba al hombre y a la pareja.

Reeves contó en su autobiografía que no quería seguir viviendo, Dana lo convenció de lo contrario y le hizo ver que aquella era una gran oportunidad para redoblar los esfuerzos en su lucha por un mundo más justo.

Final agridulce

Reeves escribió varios libros y dirigió algunos proyectos audiovisuales, además de actuar luego del accidente.

A pesar de su condición, no paró de dar conferencias y de presentarse en público para mostrar que la fortaleza no se la daba el traje.

Junto a Dana armaron una fundación y dedicaron los últimos años de la vida de ambos a un trabajo sostenido que le abrió puertas a un montón de gente.

Recuerdo todo esto ahora, en la semana en que el personaje del comic cumple 80 años, y justo en la semana en que casualmente se conmemora el accidente de Reeves, que murió a los 52, cuando por fin su anatomía se dio por vencida (dos años antes de que un cáncer de pulmón se llevara a Dana, que no había fumado un cigarro en toda su vida).

Esta realidad narcotizante que habitamos a veces nos obliga a sufrir por boludeces. Pero entiendo que hay que madurar para darse cuenta de cuáles son las prioridades.

Ahora que lo pienso, a mi primo calvo no le fue tan mal después de todo, ya que se enamoró y tiene un montón de hijos.

Y si lo pienso mejor, los ciegos trabajan, se enamoran y dan vueltas por la calle dándose el lujo de vestir como se les cante sin que se les borre la sonrisa.

Será que el gran desafío de nuestra existencia es descubrir lo verdaderamente importante, eso que tenemos frente a nuestras narices, esperando que conectemos los puntos para que se nos revelan el dibujo claro de las razones que existen para celebrar la felicidad. Quisiera contarles la historia de Reeves a mis hijas. Me gustaría hablarles de las dos caras de las monedas, de las prioridades y de lo inútil que resulta rendirle culto a la frivolidad.

Ojalá no se me olvide mencionarlo la próxima vez que las vea.

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Una respuesta a Feliz cumple, Supermán

  1. jose m negrelli dijo:

    Gracias Playo. Siempre que te leo se me diluye la mufa … al menos por un buen rato.

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