El miedo de noche

El velador parpadeaba con cada trueno. En las sierras siempre parece que la luz le tiene pánico a las tormentas.

Mientras yo leía, el viento afuera desparramaba las hojas que no alcanzamos a poner en bolsas de consorcio. Barrimos como unos descosidos toda la mañana pero nunca es suficiente para mantener a raya el otoño.

Aproveché que mi compañera estaba en la ciudad y me puse a tomar limonada con la firme intención de terminar de leer un libro de cuentos terroríficos.

Estaba justo disfrutando de una historia de fantasmas cuando por fin la electricidad se dio por vencida y me quedé mirando la lámpara convertida en un globo de ceniza que se fundió a negro.

–Ta que lo tiró de las patas –dije ante el repentino cambio de ambiente.

Cuando se va la luz es como si el mundo se detuviera.

Me di cuenta del quilombo que mete la heladera apenas se quedó muda, y estaba reflexionando sobre cómo nos habituamos a ciertos sonidos cuando escuché afuera el gruñido de la perra.

A veces, cuando estoy solo, me da por hablar en voz alta para hacerme compañía. Y suelo imitar un registro literario para despuntar el vicio: es mejor verbalizar lo que no escribo que no escribir en absoluto.

Dije: “El animal se quejaba como si el diablo le soplara las orejas”.

Será que me escuchó. O que algo la asustó. Por lo que sea, empezó a ensayar un ladrido seco y gutural.

–Tranquila, nena –dije en voz alta, un poco para calmarla a ella y otro tanto para calmarme a mí mismo, pero el eco de mi propia voz reverberó sin efecto para ninguno de los dos.

Ensayo de ceguera

Por estas tierras la luz se corta bastante seguido, así que siempre tenemos a mano las velas y la linterna. Los chispazos del encendedor me quedaron pegados en la vista por varios segundos hasta que se encendió una llama discreta sobre el plato.

La portada del libro (con una cara horrible congelada en medio de un alarido) se me antojó inapropiada bajo la luz mortecina.

“El hombre se arrepintió enseguida de no haber elegido un libro de autoayuda para no cagarse encima”, murmuré.

En una época solía ser valiente. Pero se ve que a medida que nos hacemos viejos los temores se sueltan de la correa y vuelven para decir presente cuando menos lo esperamos.

Subí la persiana del living para mirar.

La oscuridad tiene algo de amenazante, y todavía más cuando los relámpagos la interrumpen para sacar radiografías del esqueleto de los árboles del otro lado de las ventanas.

Noté que la perra –con el lomo encrestado– gemía y giraba en círculos hociqueando hacia el portón.

Achiné los ojos y alcancé a ver que en el camino de la entrada había una señora gorda y desaliñada apoyada contra un árbol, muy quieta, mirando hacia la casa.

Silencio eléctrico

Tragué saliva con ruido. ¿Qué hacía una señora grande a esa hora, parada en medio del campo? ¿Necesitaba ayuda o era una aparición?

Y peor, ¿por qué la perra, que le ladra hasta a las moscas, mariconeaba girando sobre su propio eje en vez de salir volando hacia el peligro mientras yo me metía en la cama y me convertía en un bicho canasto envuelto en la frazada?

Siempre me intrigó el carácter de escudo mágico que tiene la ropa de cama.

Cuando mis hijas eran pequeñas y se cortaba la luz de noche –a pesar de que estábamos en habitaciones contiguas–, apenas la oscuridad se ensanchaba hasta tragarnos ellas corrían a guarecerse a mi lado tapándose la cabeza.

Es el reflejo más antiguo ante una amenaza, aunque claramente un trapo sobre el marote no alcanza para desactivar el peligro, se ve que contribuye para deshacer el hechizo del pánico.

Retrocedí despacio sin respirar. Metí la mano en el bolsillo y saqué el celular.

¿Debía llamar a la policía? ¿Y decirles qué?

“Buenas noches, los llamo porque soy un grandote boludo de más de 40 que se acaba de asustar porque le tiene miedo a las viejas cuando hay tormenta”.

Abrí el wasap y le mandé un audio a mi compañera.

–Hola, mi amor; se fue la luz y viene un tormentón de la gran siete, así que avisá cuando llegues porque hay una vieja parada en el portón que no me saca la vista de encima. Besis.

Volví a asomarme por entre las maderas de la persiana.

–¿A quién busca? –le grité a la oscuridad.

“Su voz sonó entrecortada, como si el miedo le estuviera robando el aire”.

Ante la falta de respuesta, retrocedí sin hacer ruido para comprobar si estaba todo cerrado.

Me encontraba repasando mentalmente los cerrojos, las trabas y las rejas cuando el fogonazo de un rayo dejó el interior de la casa como el negativo de una foto.

“El ruido fue tan fuerte que sintió como si un espectro le metiera la mano en el pecho y le contara por dentro una a una las costillas”.

Recursos infantiles

De puro cagazo con sobresalto trastabillé marcha atrás y me llevé puesta la mesita con el velador y la jarra de limonada.

Puteé en voz baja, tomé aire para calmarme y volví a asomarme por otra ventana.

Como en las películas de terror adolescente, la silueta de la mujer de pronto desapareció entre relámpago y relámpago.

–¿A quién busca, señora? –repetí con un tono bastante poco logrado si la idea era sonar intimidante.

La única respuesta vino del viento que hizo rodar las hojas caídas sobre el piso como si fueran zapatos a la rastra.

De pronto noté que estaba empapado de sudor y que tenía fideos cocinados en vez de piernas.

Agarré el teléfono y le mandé otro mensaje a mi compañera.

–¿Vos estás esperando gente? ¿Podés venir o al menos clavarme el visto porque estoy al borde de quedar seco de un bobazo?

Tormento con tormenta

Hubo otro rayo tremebundo seguido de un cimbronazo que amenazó con sacar de los goznes las puertas.

–¡AY LA RECONCHA DE LA LORA VIEJA Y LA REP …! –me salió la queja en formato alarido.

Por unos instantes el mundo se puso en negativo de nuevo, volviendo el ambiente un híbrido de noche y día con intermitencias.

En las películas siempre muestran que los protagonistas buscan un arma para defenderse. Me sentía ridículo pensando en el calibre de todos los cuchillos en la cocina.

Imaginé que salía a la noche iluminado por los relámpagos armado con el sable curvo que usamos para cortar los zapallos. ¿Eso intimidaría a alguien? ¿Quién se asustaría con mi torso fofo de tetillas caídas y mi cara de dibujo desanimado?

Tal vez lo mejor era usar un Tramontina, que es para la mierda más práctico para el combate cuerpo a cuerpo. Pero ¿mango de plástico o de madera?

Agarré otra vez el teléfono. Ni un acuse de recibo.

Volví a asomarme desde otra ventana y no alcancé a distinguir la silueta en el portón.

Bajé la vista y descubrí que tampoco estaba la perra.

Fantasmas de la noche

Mientras deslizaba la espalda por la pared hasta sentarme en el piso, decidí que iba a mandar un mensaje de despedida. Esto no podía ser sino la muerte misma que venía para llevarme de los pelos.

Me daba bronca la situación, pensé que me esperaba un final algo más glamoroso, no este cliché de película adolescente.

“Masticaba una mezcla de rabia y resignación ante la indiferencia de su esposa, cuyo silencio era la confirmación de que la muerte se burla de los planes que tenemos para esquivarla”.

Miré el teléfono. La señal era mala pero los mensajes habían llegado a destino, solo que mi compañera no los había escuchado todavía.

Me dispuse a decirle que la quería mucho, aunque había decidido usar un tono reprobatorio ante su falta de respuesta, cuando de pronto la vi ponerse en línea.

El primer mensaje de audio que le había mandado se puso azul. Después el otro.

Y entonces apareció la leyenda que me avisaba que estaba escribiendo.

–Recién me desocupo –tipeó ella–; espero que cuando te acuerdes que dejamos las bolsas de hojas secas colgadas en el portón, el cagazo que te agarró se te despeje un poco y resuelvas qué vamos a hacer con la cena.

Volví a mirar por la ventana e insulté en voz baja. Silbé un par de veces y escuché que la perra se acercaba a la ventana.

“Decidió que cocinaría verduras hervidas con queso gratinado, se acomodó la camisa dentro del pantalón y devolvió el libro de cuentos al estante: era hora de volver a poner la casa en funcionamiento y lo sabía”.

Le mandé un último mensaje para contarle del menú y omití que había hecho mierda la jarra.

La electricidad volvió a insuflarle vida a la casa apenas salió enviado el texto, y una euforia estúpida me calentó las venas en medio de la sinfonía de pitidos del televisor, lámparas revividas y el bramido seco del motor de la heladera.

–Estaré metido en la cocina así que ni sueñes que voy a salir a abrirte el portón –dije para finalizar la conversación.

Me contestó con un “jajaja” largo, mal tipeado y acompañado de caritas que no me hicieron ni media gracia.

Esta entrada fue publicada en Breve relato. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *