Somos la selfie que borramos

Esta semana estaba por bajarme del auto para entrar al trabajo y me agarró un ataque de llanto culpa del Petete Martínez. Pero para ser justos debo decir que la responsabilidad no fue suya sino de la entrevista radial que el conductor le hizo al changarín que dijo haber encontrado un bolso lleno de plata.

Una vez leí que la noticia de alguien que devuelve dinero es casi tan frecuente en los medios como los informes que hablan del boom del tango. Pero aun sin motivo aparente para quebrarme como una espiga, me brotó un nudo enorme en la garganta cuando escuché que el tipo había devuelto medio palo verde.

Y para cuando contaron que encima, en un gesto de honestidad brutal, también rechazó una casa como recompensa, yo ya venía con la vista acuosa y se empezaron a deformar los autos de adelante.

El Parkinson en la pera me agarró cuando el periodista dijo que el changarín sólo había pedido a cambio un trabajo en blanco.

Para entonces me encontraba en el último semáforo. Tuve que mirar a los costados para cerciorarme de que no hubiera conocidos entre los demás autos, básicamente porque agarro una cara de pelotudo indescriptible cuando lloro.

Calculo que eso le pasa a todo el mundo, las debilidades delatan las fibras secretas de las que estamos hechos. Por eso también será que borramos las selfies con papadas: hemos aprendido a editarnos a nosotros mismos para estar siempre presentables; a nadie le gusta que lo vean con la nariz adornada con un racimo de globos de moco mientras la cara se le arruga como un bollo de papel.

Cuando estacioné, el changarín empezó a contar la experiencia en primera persona y ya no me pude bajar del auto. ¿Cómo iba a entrar al laburo con semejante cara de bestia?

–Petete y la rep… –empecé a decir en voz alta y justo me estacionó al lado un colega y me dio todavía más vergüenza, así que me hice el que buscaba algo en la guantera mientras ahogaba un alarido.

Volví a estar solo y me miré en el espejo: parecía un sobreviviente de una batalla con almohadones mojados.

Para hacerla corta, al final nos desayunamos todos (incluido el pobre Petete) con que el changarín había fabulado la historia. En los medios del país y alrededores todavía están repitiendo con gusto a sapo.

Razones ocultas

Nada hay más feo que la cara de uno mismo cuando está llorando. Hay mucha vulnerabilidad manifiesta, mucha vergüenza, mucho fluido descontrolado.

En el llanto uno está indefenso, expuesto, con el cuero al revés. Por eso la gente se encierra en los baños a esconder la tristeza. Por eso muchos pierden los estribos en el cine a oscuras, o en los velorios.

No suelo darle rienda suelta a las lágrimas y hago lo imposible para evitar que me vean, sobre todo, mis hijas. Resabios del “los hombres no lloran”, un reflejo que viene incorporado en los de mi generación, criados con los sentimientos retaceados a cuenta gota.

Ya lo dijo Mafalda, este no es el acabose, sino el continuose del comenzose de ustedes.

Claramente, mientras más atrás nos remontamos en el formato de relación entre padres e hijos, más encorsetadas se muestran las emociones. Y alcanza con recordar las prácticas sociales para con los infantes en la historia reciente para llevarse –mamita querida– ambas manos a la cabeza.

Mi viejo me ha contado algunas veces que en el colegio los hacían arrodillar sobre maíz, y que había un sacerdote que les dejaba los nudillos como un bombón de la Costanera a reglazos limpios. Pienso en la posibilidad de que algo así le ocurra a mis hijas y me estremezco.

No he conversado mucho sobre el tema porque mi viejo no es muy dado a hablar de su niñez, algo entendible cuando los momentos lindos quedan opacados por experiencias traumáticas.

Con otra óptica

Es una lástima, pienso a veces, que las emociones hayan tenido tanta mala prensa en el pasado. Por suerte mi viejo aprendió a canalizar esa mufa, y quien lo conozca dirá que lo ha conseguido a través del humor, pero en el fondo intuyo que también lo habitan amarguras.

Sé que hay una falla extraña en nuestra comunicación, pero a pesar de las limitaciones (él me trata de usted y yo no le digo “papá” desde que dejé los pañales), de alguna manera conseguimos romper algunas barreras impuestas por nosotros mismos.

Después de casi cinco décadas como hijo se pueden ver muchas facetas de un padre.

Pensar en él me lleva a situaciones, a ejemplos concretos. Y en esos hechos entiendo ahora, se puede ver también la materia prima de la que está hecho, eso que lo hace único.

El Pepe es el que se comió los huesos chupados de media perdiz en un escabeche porque se olvidó “los” lentes y arrancó por el plato de los desperdicios. También la voz que cada tanto me brota en el teléfono para preguntar qué novedades hay.

Mi viejo es todo eso y también el que no ha leído un solo libro desde que terminó la facultad (ni los que yo edité), pero que recorta los artículos que publico y los guarda.

También el que me dice cada tanto “Muy buena esa boludez que pusiste de una nota con un tipo que cantaba, no me acuerdo cómo mierda se llamaba”.

Mi viejo es todas esas acciones, todas esas memorias. Es el señor que me pone un billete grande en el bolsillo del pantalón para mi cumpleaños todos los noviembres (siempre el de mayor numeración, aunque en el último onomástico creo que me cagó porque me dio uno de 500 y ya hace rato que circulan de mil).

Clips modernos

Más de una vez mis hijas me preguntan por qué con él no nos abrazamos, por qué somos parcos. Creo que les cuesta entender que el cariño se expresa de muchísimas formas, y a veces sin hablar ni tocarse un dedo.

Tal vez todavía la edad no les permita verlo. Me consta que el tiempo tiene que pasar hasta que caen ciertas fichas.

La vida me ha enseñado –ahora que estoy en su lugar intentando desmalezar el camino infernal que es el mundo para mi propia descendencia–, cuáles son las cosas que admiro de él. Y calculo que las pongo acá porque en la reputísima vida me animaría a decirle estas cosas de frente: ninguno de los dos sabríamos qué cara poner ni para dónde mirar.

Es increíble cómo son de diferentes las realidades hacia arriba (con los padres) y hacia abajo (con los hijos), pero al estar justo al medio del camino, algo por fin decanta.

Y empieza a cobrar sentido de manera retrospectiva.

Será que estoy en edad de pensar muchas huevadas. A la crisis económica hay que sumarle la de la edad y te encargo dos pichones de esa junta.

Palabras más o menos

–¿Qué le dirías al Pepe si pudieran hablar y esas cosas? –quiso saber una vez mi hija.

Y la respuesta, como todo en esta vida, estaba tan cerca que ni la veía.

Ahora la sé. Con la misma certeza con la que puedo saber si mi viejo entendió una cosa que yo escribí por el esfuerzo que hace para comentarla.

–Que aprendí de él mucho más de lo que parece.

Esa es la que va y lo comprendo justo en estos días.

Mi viejo va a ser siempre para mí el tipo gruñón con el encule fácil, pero al mismo tiempo será también el tipo que entró al departamento con una libreta universitaria dos días después de que mi vieja se lamentara no haber podido cursar una carrera en la facultad (fue solito y sin avisar la inscribió de prepo; mi vieja se recibió con medalla de oro mientras ambos trabajaban, y él a la vez se encargó de criarnos).

Hay que ser muy necio para no ver en esas actitudes ejemplos rotundos, modelos a seguir.

Claramente con mi viejo jamás llegaremos a ver una película juntos (se duerme apenas empiezan), jamás vamos a escuchar un disco de rock (ni de nada, tiene algo con las expresiones artísticas que lo aburren soberanamente).

A la fecha conozco tan bien todo lo que nos separa que eso ha hecho que sea más fácil ver aquellas pequeñas cosas que nos unen.

Me reservo la mayoría, porque encima sé que a esto lo va a leer y después no va a saber marcar mi número en el celular y cuando se pueda comunicar va a dar un montón de vueltas y a decir un montón de boludeces.

La vida tal vez sea simplemente entender al otro, ponerse en su lugar, intentar no joderle la existencia a nadie.

De ser así, a él le debo las lecciones más claras al respecto.

En fin. Creo que estoy queriendo decir que ya pasadas las ocho décadas de vida, che viejo choto, ni vale la pena aplaudir cuando se suma una vela a la torta.

A esta altura del partido, alcanza con decir feliz cumpleaños papá, por el medio que sea. Ni siquiera hay que coronar con un te quiero para cerrar la idea.

Hay cosas que, gracias a cómo nos tenemos calados, se dicen sin usar ni una sola palabra. Y valen más que un bolso repleto de guita.

Esta entrada fue publicada en Breve relato. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Somos la selfie que borramos

  1. eVer dijo:

    José, en esta me hiciste reír y casi llorar… me estás llegando a la fibra bastante fácil ultimamente…

    Abrazo y saludos al Pepe

Responder a eVer Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *