Paseos accidentados

Suelo elegir las horas del alba para sacar a la Fanta a que dé una vuelta. Creo que en el fondo también lo hago para no sentir tanta culpa por mi sedentarismo. Pero no voy a negar que hay algo de terapéutico en el acto de pasear un perro, incluso si cada tanto hay que agacharse a embolsar un sorete.

Las primeras caminatas fueron complicadas: un animal joven con semejante chasis no es fácil de controlar. Pero con el correr de las jornadas, el can fue adquiriendo cierto autocontrol y ya no hacía falta tironear tanto para que siguiera el ritmo.

Ahí, creo, comencé a disfrutarlo. Y calculo que ella también, pero andá a saber qué piensan los perros.

Lo que empezó como tortuosas caminatas como si estuviera domando un caballo con la correa, no tardó en volverse un paseo a velocidad crucero y paso firme, hasta relajado.

Desde la primera salida –una vez que las vacunas estuvieron en regla–, hicimos un mapa mental de zonas que hay que evitar, entre las que figuraban los domicilios habitados por perros con los que Fanta no iba a poder socializar nunca por incompatibilidad de caracteres.

Así descartamos la residencia custodiada por una perra dogo blanca: las dos veces que nos distrajimos el bicho casi voltea el alambrado para salirse, y a los dos nos espantó la ferocidad de ese animal que ladraba como un basquetbolista albino en cuatro patas.

En el mismo plano de descarte incluimos la casa con la pareja de rottweilers cuyo dueño les puso al cuello sendas servilletas de tela, como para que al mensaje tradicional de “Cuidado con el perro” haya que sumarle un tácito “Estos morfan gente”.

Y claramente no íbamos a pasar frente al domicilio sin alambrado donde viven cinco perros que parecen diferentes mutaciones de ovejeros alemanes: la primera y última vez que lo hicimos Fanta y yo rompimos el récord de velocidad en huida para evitar que nos amputaran los talones.

Ahora vivimos en las sierras así que hay senderos por todas partes y muchas posibilidades.

Si uno se organiza bien, hasta se puede caminar un buen rato sin cruzarse con nadie. Y eso me gusta mucho.

Pasos de terapia

Pasear un perro también es pasear una cabeza. Quizá tenga que ver con el ritmo sincopado de la caminata, tal vez con la contemplación desinteresada del paisaje, cuando no con el vínculo que se genera con el animal en el extremo de la correa.

Aunque ojo, que todo ese equilibrio zen puede irse al tacho en el momento en que la mascota se independiza inesperadamente de la custodia del amo y se lanza a correr, por ejemplo, detrás de un grupo de animales callejeros cuyos culos huelen mejor que las órdenes chillonas del paseador.

Y si a esto le sumamos que el humano a cargo va de ojotas, el resultado puede ser un desastre.

Esta semana, aprovechando la estrepitosa caída de las redes sociales (hubo no sé qué chispazo y de golpe se cayeron Facebook, Instagram y por último WhatsApp, lo que empujó a la humanidad hacia la Edad Media), la perra decidió por mí que era el momento ideal para salir a dar una vuelta, y lo anunció muy oronda, trayendo la correa entre los dientes.

–Vamos, humano con dificultades para relacionarte con otros seres vivos –parecía decir con su mirada de impostada ternura–, salgamos a quemar toda esa mufa que cargás encima– calculo que agregó moviendo la cola.

Era una tarde linda y elegimos un camino nuevo para explorar.

Mi compañera suele sacarla sin la correa para que la perra gane confianza. A mí la idea no me gusta ni medio, pero decidí imitarla porque quiero demostrar que puedo hacer cosas de macho alfa.

Así que nos aventuramos a caminar independizados pero a la par: ella con la nariz al ras del suelo y yo contemplando el sol fileteado entre las hojas de los árboles.

Anduvimos bastante bien el primer cuarto de hora. Recuerdo que venía pensando en el plural de «aguaribay», y que eso me llevó a reflexionar que «vacaciones» jamás se usa en singular.

–Grrr, guáu –dijo en un momento la Fanta, pero no le presté atención.

Muy lindos los paseos, pero la verdad es que son extenuantes; con el tiempo el carácter del bicho se equilibró y ya no es una pelota rebotando sin pausa, pero igual se trata de un animal con temperamento y determinación, ambas cosas comprimidas en una anatomía ágil y, en ciertas ocasiones, impredecible.

A fuerza de repeticiones acabé incorporando automatismos con la correa, entonces sin pensar daba un tirón hacia arriba cada tanto para que no se comiera una bolsa, o la mantenía firme para evitar que le clavara los dientes a la rueda de una moto que nos pasaba por el costado. Actos reflejos que sirven si el animal está atado.

Pero justo ese día la moza venía suelta.

Encuentros cercanos

Habrán sido, no sé, 10 perros de todas formas y colores. Aparecieron de repente en un recodo del camino, que estaba desierto. Las crenchas desordenadas y las cicatrices, sumadas a la sarna y a las rengueras, hablaban de un grupo de veteranos, de bichos que ya estaban de vuelta.

Ahora que lo pienso en frío, sentí algo similar al respeto cuando los vi en un primer momento, por eso no evalué el potencial riesgo.

Abandonados, marginados, apaleados y sufridos, los integrantes de esa jauría apática parecían salidos de un campo de batalla, pero ostentaban la parsimonia de los seres nobles, la tranquilidad reposada de la experiencia de vida.

Fanta creo que tuvo otra percepción. Tal vez se entusiasmó con la camaradería grupal. Andá a saber qué cosas piensan los perros.

A veces, cuando veo que me orinó una zapatilla, que volteó una maceta o se comió un geranio, me entran ganas de putearla en sánscrito.

Pero mi compañera me enseñó a ponerme en el lugar del perro.

–¿Qué sentido tiene para un animal las prioridades humanas, las sutilezas que convierten a ciertas zonas en lugares vedados? –me dijo una vez, y con razón.

Si te ponés a pensar, es imposible que otro ser que no sea un humano entienda que masticar un almohadón está mal, a diferencia de ir a buscar un palo.

–Grrrr, guáu, guáu –interrumpió Fanta mis cavilaciones antes de salir disparada como si fuera una flecha.

Reacción tardía

A lo largo de la vida me ha tocado hacer cosas para las que no estaba preparado, pero nada se compara a la sensación de ver a tu mascota huir detrás de una montonera de animales sólo por el placer de rajarse a la mierda.

Cuánta frustración anida en ese trote con tos bronquítica intentando darle alcance, cuánta indignidad hay en resbalarse con las ojotas y caerse sobre los yuyos como un fardo de heno.

–¡Venga! ¡Venga! –grité histérico con un hilo de voz sin conseguir que se diera vuelta.

Me incorporé para seguirla, pero ni bien apuraba el paso, ella me miraba de reojo y aceleraba ladrando, cosa que motivaba que la jauría se alejara de nosotros cada vez con mayor velocidad.

–¡Ta que te recontra tiró de las patas, Fanta! –grité varias veces y con menos eufemismos, durante al menos dos kilómetros, sin conseguir que me diera bola.

Cuando comprendí que era inútil, me quedé sentado un rato en la banquina: todo chivado y orbitado por una nube densa de mosquitos del dengue, tuve ganas de llorar y de cambiar el perro por un cobayo.

Regreso a casa

Debe haber sido el paseo más largo que dimos hasta ahora. Y con el que más calorías quemé desde que el bicho se mudó a casa. Nunca logré alcanzarla.

La faena se terminó cuando caía el sol y ella se cansó de correr. Yo ni sabía dónde estábamos, sólo quería marcar con el teléfono el número de alguna ambulancia que nos buscara.

Nos quedamos observándonos en medio del paisaje serrano, ella sentada sobre sus cuartos traseros con la lengua afuera, yo rezagado dos cuadras más atrás, tosiendo y lloriqueando.

–Yavavé… guando lleguemolascasa… –balbuceaba con la boca seca.

Fanta se limitó a ladear la cabeza intentando descular qué me pasaba. Cuando vio que ya no me movía, se acercó sola y me lamió una rodilla.

Hicimos el viaje de regreso en silencio, caminando muy despacio, yo con las patas destrozadas, ella sin emitir un sonido.

Cuando llegamos tuve que reprimir el impulso de cagarla a codazos para disputarme con ella el agua de su taza.

Pasamos varias horas sin hablarnos. Apenas mirándonos de reojo. Yo estaba que flotaba de la calentura.

Quise mandarle un mensaje a mi compañera para decirle que renunciaba, que soy un hombre grande y con la salud minada, que ya no tengo edad para estos disgustos ni para estas mascotas.

Fanta me miró fijo cuando agarré el teléfono. Es la primera vez que la veo sonreír con claridad.

Por la cara que me puso, sentí que lo sabía: “Las líneas están más caídas que vos, gordo sin estado”.

Pero, otra vez, andá a saber qué cosa piensan los animales.

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