La huerta de los Ingalls

Y un día, por fin, estuvieron listas para la cosecha. Mi compañera había preparado la tierra en invierno, luego sembró todo lo que encontró a mano (incluso esponjas con formas fálicas que dicen que son muy útiles para la exfoliación).

Yo acompañé el proceso de hacer nacer verduras como si me hubieran contratado de veedor.

–Acá habría que poner una guía; ahí falta más abono; esos plantines están muy juntos.

–¿No te dan ganas de participar más activamente? –quiso saber más de una vez ella entre jadeos mientras le daba palazos al suelo.

Y la verdad es que no. Me gusta ver cómo se bate a duelo todos los días con la tozudez de la tierra, y mientras ella mete rastrillo, pico y azada, yo siento que soy un Charles Ingalls que le da ánimos.

Es nuestro pacto: ella consigue que comamos orgánico y yo paso la máquina de cortar pasto.

Después de lluvias torrenciales, de algún que otro golpe de sol generoso y de sacar cagando a las liebres hambreadas, conseguimos presenciar el milagro.

–Jodeme que eso es un zapallo –dije cuando descubrí que de la planta colgaba, efectivamente, un zapallo.

Y al zapallo le siguieron los tomates. Y a los tomates la acelga, y a la acelga unos cosos que no sé qué son, y a los cosos las zanahorias. Y así.

–Lo conseguiste, nena –le dije por estos días ofreciéndole un mate.

La vi sonreír detrás de su máscara de sudor y barro, en medio de una nube de mosquitos orbitando el planeta hermoso de su rostro, con su triunfo musicalizado por las chicharras que cantan a los santos pedos desde los árboles.

–Lo conseguimos –corrige, y en ese plural generoso siento que comulgamos con el equilibrio del cosmos o alguna pelotudez esotérica por el estilo.

En efecto, hay algo de mágico en esto de sembrar para cosechar.

–Esta noche vamos a cenar tortilla de acelgas criadas por nosotros –anuncia ella–; sin agroquímicos, sin pesticidas, todo sano y natural.

Cada vez que me habla de comida se me empieza a juntar baba y lo sabe.

Todo nuevo bajo el sol

Mientras preparamos la cena vamos mordiendo cosas crudas que sacamos de la tierra. Las zanahorias son pequeñitas, pero tienen un sabor delicioso y las liquidamos tipo canapé antes de voltear la tortilla en la sartén.

–Es increíble que tiremos una semilla y salgan cosas para poner en la mesa –observo mientras lustro el zapallo con un repasador; es una verdura perfecta, de catálogo, dan ganas de sacarle una foto antes de lastrársela.

–¿El hambre te pone místico?

–Me siento un pachomamo con todo esto –le digo sobando los tomates–, ahora quiero sembrar más; bananas, mangos, cosas exóticas y ají puta parió.

Con paciencia me explica que hay frutas y verduras que acá no van a prender; aparentemente los heladones del invierno de las sierras son bastante selectivos y hacen mierda todo.

De hecho, este año tendremos que tapar el limonero, el naranjo y el mandarino si queremos disfrutar de los cítricos en algún momento, porque son árboles muy jóvenes.

Estar fuera de la ciudad te cambia el eje de las preocupaciones: ahora me interesa más cómo es el ciclo de vida del tomate cherry que si me puse desodorante.

–Y las esponjas fálicas esas que sembraste, ¿se las puede comer en ensalada?

–Es la primera vez que las planto, hay que ver qué sale.

–¿Qué va a salir? Una esponja con forma de p…

–Probá este tomate –me interrumpe acercándome un tenedor a la trompa.

Es alucinante. Tiene sabor a misión imposible. Me siento como Matt Damon cuando come las papas que hizo crecer en Marte.

Cuidados intensivos

Mientras cenamos leemos información sobre los ciclos de la luna, sobre las temporadas para cada verdura, sobre cantidades de sol y agua. Yo no entiendo nada pero le digo que sí con la cabeza mientras trago la tortilla sin masticar.

Tengo la impresión de que es la primera vez que pruebo la acelga.

–Comé despacio –me sugiere.

–Ahora que somos hippies –bromeo–, podríamos dar de baja la luz, comprar una cocina a leña y hacer rituales escuchando Mercedes Sosa.

–Dejá de hablar humedades y probá el zapallo.

No puedo parar de meterme cosas en la boca. En un momento me veo en el reflejo de la ventana: la espalda doblada como un anzuelo sobre el plato, los pelos en punta, el torso desnudo y salpicado de barro, la barba descuidada y los anteojos para ver de cerca.

En short y en patas comiendo cosas sacadas del barro, parezco un mono.

Después la miro a ella, que no sé en qué momento se dio un baño y está fresca como una lechuga. Tiene el pelo recogido en una cola prolija, un vestido que le queda muy bien y mastica con la boca cerrada.

–¡É yico apállo! –mascullo extasiado.

Devoro con hambre ancestral, manducando como si los comechingones me lo hubieran encomendado.

–Cuando terminemos de cenar –propone– nos ponemos a diseñar el gallinero; con dos gallinas podemos abonar la quinta y tener huevos todo el año.

Vuelvo a decir que sí con la cabeza mientras pienso en hacer unos ricos pollos a la parrilla cuando nos cansemos de los huevos.

Flora y fauna

–También podríamos tener ovejas –sugiero–, vendo la máquina de cortar pasto y les dejamos a ellas la tarea, y en cuanto se descuiden, las rapamos y nos hacemos unos cárdigans.

–Son muchos bichos, es muy complicado –diagnostica.

–Podríamos tener también vacas –retruco pensando en un flor de costillar a la estaca–, y chanchitos o corderos patagónicos.

–Me parece que lo más sensato es tener lo que podamos cuidar y aprovechar, lo que estás proponiendo vos es armar un zoológico.

Tiene razón y el día ha sido provechoso así que no le discuto nada. De todas formas busco en el celular cuánto cuesta un pichón de cordero patagónico, pero después me desanima pensar en darle muerte a un animal que estuvimos cuidando sólo porque queda rico cocinado a las brasas.

O me faltan el valor que tenía en Michael Landon en la serie o me volví vegano.

–Esta mañana me comentaron donde almuerzo todos los días que les había caído mal una cosa que escribí sobre el olor a fritura –le cuento mientras lavo los platos–, encima no supe explicarles que era una licencia literaria, que en realidad cocinan rico y sano, al final quedé como el culo con esta gente.

–¿Te sorprende quedar mal con la gente? –ironiza ella.

–Lo que me sorprende es que alguien lea lo que escribo; o que la gente lea en general, cada vez es más difícil dedicarle tiempo a las palabras impresas.

Buenos pensamientos

Los vasos brindan entre ellos dentro del fregadero mientras mi compañera me alcanza los utensilios con los que cocinamos.

Observo sus movimientos, la manera decidida en que pone cebolla de verdeo cortada dentro de una botellita en el freezer, el modo resuelto en el que separa los restos de comida para llevarlos a Santiago de Compostera, como di en llamar el pozo donde hacemos el compost.

A veces siento que el equilibrio es frágil, que en cualquier momento las cosas se pueden ir al carajo. Me cuesta quitarme el hábito de dinamitar las buenas rachas con pensamientos negativos.

–Mientras digerimos los zapallos y la tortilla, Donald Trump puede estar acariciando un botón rojo con el que nos va a poner una bomba de sombrero –pienso en voz alta.

Ella está embutiendo conservas dentro de algunos frascos. Se hace la que no escuchó, así que insisto.

–Digo, nosotros acá cenando lo más panchos cosas orgánicas y todo el mundo listo para volar en mil pedazos, ¿no te parece una locura?

Me dice “ajá” y se va a buscar la comida para los gatos y la perra. Apenas las bolitas de alimento repiquetean en el plato, los animales se vienen al humo.

Cinco felinos maúllan restregándose unos a otros. Un can hace ruidos de chimpancé mientras se babea sobre el piso.

–Podríamos hacer zapallo en almíbar –comenta mientras retrocede hasta el patio, donde la oscuridad se la traga junto a los animales.

La escucho hablar con los bichos, recomendarles que tengan paciencia, que no salten ni se arranquen los ojos entre ellos. Por alguna extraña razón, le hacen caso.

Ahora es de noche y las nubes del cielo se rasgan las vestiduras para desnudar el brillo eléctrico de las estrellas. Hay luna. Hay rocío. Miro por la ventana para ver a mi compañera, pero no la distingo.

Enjuago los cubiertos y me pongo a pensar en las obligaciones de la semana, en los enroques que hay que hacer para buscar a las chicas, en el tiempo que hay que destinar a viajar para poder entrar a la ciudad y dejarse arremolinar por el delirio de las obligaciones.

Pero todo pierde peso ante la cosecha de hoy, ante esta sensación de estar en una serie televisiva de los años ’80.

–El dictador coreano también debe tener ganas de hacernos saltar a la estratósfera –le digo a la cocina vacía mientras me seco las manos.

Vaya descubrimiento justo después de cerrar la canilla: la vida es disfrutar de las cosas sencillas antes de que la luz se nos apague para siempre.

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