Reguetón y sexo bajo la tormenta

La lluvia comienza a salpicarnos el parabrisas apenas pasamos el peaje. Son las primeras gotas del tormentón bíblico que nos aguarda agazapado algunos kilómetros más adelante en la ruta. El reloj marca las seis de la tarde de un día a finales de enero, pero parece de noche.

Tengo que aminorar la velocidad, voy concentrado, la pregunta me toma por sorpresa:

–Después de que nacimos nosotras –quiere saber mi hija desde el asiento de atrás– vos ya no tuviste más sexo, ¿no?

La idea de que su padre se convirtió en célibe tras el nacimiento de ella y su hermana me causa gracia, pero permanezco serio al volante. Me produce una enorme satisfacción que podamos conversar estos temas. Y me da mucha ternura la inocencia de la pregunta, en parte porque la frecuencia sexual tras los partos tiende a bajar casi a cero, así que mi pequeña no está tan errada.

–Los padres somos de carne y hueso –digo mientras aumento la velocidad de las escobillas así puedo ver mejor el camino–, no nos convertimos en muñecos de cera después de tener hijos; seguimos siendo personas con ganas de hacer cosas.

–Pero entonces qué, ¿vos todavía hacés el sexo? ¿Cuándo? ¿Por qué? –se apresura a preguntar, presa de un torbellino de dudas y contradicciones.

Es evidente: en el horizonte de su idea de sexualidad no hay lugar para la reincidencia, mucho menos para las tormentas borrascosas del placer por el placer mismo. Y si yo me viera desde afuera, también pensaría que estoy para otras cosas y no para andar haciendo cochinadas.

Esto pasa desde que el mundo es mundo, a los hijos nos cuesta entender que nuestros progenitores son humanos y están vivos del ombligo para abajo.

–El sexo es algo importante y muy lindo –le respondo con seriedad mientras le hago señas a una camioneta para que pase–, pero es normal que los hijos sientan que el sexo de los padres es algo asqueroso, cuando crezcas vas a entender que es algo común que le pasa a todo el mundo.

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–Pero vos ya sos viejo –insiste ella con algo de tino–, ¿para qué querés seguir haciendo el sexo?

Anormalidad normalizada

El cielo se oscurece todavía más. Ahora los truenos se cuelan en la conversación entre los rayos y las centellas.

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–¿Te parece que soy viejo? Yo me siento bastante joven y con energía –le digo y aprovecho para mirarme en el espejo retrovisor: estoy cansado, me acabo de fregar los ojos y tengo las cejas como un diablo.

–Pa, estás lleno de canas y ya tenés hijas grandes –me retruca ella con lógica blindada–, ¿para qué seguís con el sexo?

–Yo me pregunto lo mismo, hijita pequeña; pero la vida real no es como en las publicidades, entonces las personas que no son jóvenes o hermosas también tenemos ganas de disfrutar de las cosas lindas.

Se hace un silencio con más truenos. Ahora la lluvia es una cascada cegadora que pone todo de color gris. Apenas si veo las balizas de los coches que se van a la banquina a esperar que pase la tormenta.

Mientras evalúo buscar un refugio, recuerdo que a su edad yo pensaba lo mismo.

Me pongo a masticar la bronca del condicionamiento religioso y cultural que nos obliga a vernos como autómatas programables y de pronto mi hija mayor me sacude con otra pregunta ideal para tardes de lluvia.

–Pa, ¿qué es una orgía?

Muerte al reguetón

La pregunta no es casual e intento contextualizar antes de decir alguna barbaridad.

Entre las dos me explican que en la canción Súbete, de un tal Lary Over, hablan de hacer una orgía. Les pido que googleen la letra para ganar tiempo y pensar la respuesta. Cuando la leen en voz alta, el auto casi se me va a la banquina.

Me gusta el piquete que tiene la vecina

Yo me imagino si se me sube encima

Hacemos una orgía

Baby tú eres mía

Ahora no deja e’ buscarme después que esa noche yo la maté

No se conformó con lo que le hice y tuvimo’ que darle los tres

Ah ah ah

Hacemos una orgía

Baby tú eres mía

Ahora hay pequeños lagos formándose en la ruta y yo tengo los nudillos blancos sobre el volante: quiero tirar el teléfono por la ventana, putear a los productores musicales que foguean a estos artistas y ponerle una zapatería en el culo al tal Lary Over.

Los siguientes 20 kilómetros me dedico a explicar una por una las líneas de la canción: voy cambiando marchas mientras teorizo sobre los movimientos culturales como el feminismo, hablo del Concilio de Trento, hablo de la lucha por el sufragio y sobre el final de mi soliloquio, termino diciendo que el Lary Over me parece un pelotudo de mesa de saldo.

–No te enojes con nosotras –me piden–, no sabíamos que esa canción hablaba de esas cosas.

–De ninguna manera me enojo con ustedes, no estoy furioso sino preocupado; ¿es conocida esa canción?

–Sí –me explican con naturalidad–, sale a cada rato en Tic-toc.

Esas aplicaciones nuevas

Tic-toc es una de las tantas redes sociales que pululan en la actualidad y a las que se puede acceder de manera muy simple mediante un teléfono. En esa red social uno “fabrica” videoclips con pistas de audio predeterminadas.

Me siento un viejo choto porque dejé de prestarle atención a estos programitas nuevos y ahora me cuesta horrores entender qué son y a qué contenido estás expuesto cuando empezás a usarlos.

El otro día leí un estudio sobre las nuevas generaciones embobadas con los teléfonos, aunque no creo que el fenómeno sea exclusivo de los más jóvenes porque de hecho veo cada pelotudo grandote paveando con un celular frente a la cara que ya no me quedan dudas: el futuro llegó para dejarnos en ridículo a todos, sin distinciones etarias o de credo.

–Ustedes no tienen la culpa, el único responsable es el idiota de Lary Over por ponerle ritmo a una letra tan horrible –digo antes de que un charco inmenso haga desaparecer los faros de adelante bajo el agua.

Mal tiempo y mala cara

La primera –y única– clase de educación sexual que recibí en mi vida estuvo a cargo de un señor de sotana en un colegio católico. En resumidas cuentas, este buen hombre nos dijo que si nos tocábamos en la entrepierna nos iban a salir pelos en los ojos, se nos iban caer los dientes y el diablo iba a llevarnos de las pestañas al infierno.

Mientras el coche avanza con dificultad pienso en que tiene que haber un punto medio entre el cuco de la sotana y este reguetón horrible que ahora es moda.

Demoro algunos kilómetros en entender que ese punto medio soy yo mismo.

De pronto el camino es una gran laguna y el motor empieza a toser amagando con apagarse, así que me pongo a buscar una zona despejada para poder recuperar el aliento.

Apenas estaciono, la caja de cambios se da por vencida y se clava definitivamente; la palanca no acepta ninguna marcha para ningún lado.

Un padre con el auto varado en medio del agua que amenaza con tapar el vehículo en el que van sus hijas es, de alguna manera misteriosa, una metáfora perfecta. Lo único bueno de todo esto es que será un viaje difícil de olvidar para ellas y para mí, sobre todo si tengo que llevar el auto al mecánico para que lo resucite.

Arrullados por los truenos de las sierras, dejo que el auto descanse.

–Tengo miedo –dice una de ellas.

–No hay nada que temer –respondo, y propongo temas triviales de conversación para quitarle dramatismo al momento a la vez que intento hacer entrar alguna marcha para que el vehículo se mueva.

Y en un momento consigo que la segunda me dé bola, y esa marcha me da confianza para seguir a como dé lugar.

Hacemos el resto del camino a muy baja velocidad y con las balizas puestas.

Ya deben ser las siete de la tarde de un día a finales de enero cuando ellas por fin se tranquilizan. La ruta está repleta de charcos y desperdicios flotantes pero nos las arreglamos para circular.

Hay autos enterrados en las banquinas, hay familias empapadas con el agua hasta las rodillas. Avanzamos como si estuviéramos en una película de zombis.

Les prometo que habrá merienda suculenta si me tienen paciencia.

–¿Podemos comer tostadas con manteca? –quieren saber.

Me acomodo las cejas, el jopo y me limpio el sudor de la frente.

–Tostadas con manteca para todo el mundo apenas lleguemos –digo.

Entonces el cielo empieza a agrietarse para dejar salir los últimos rayos de sol de la tarde; aparece un arcoíris, los pajaritos cantan y, como en la vida misma, lo único que nos da tranquilidad es seguir adelante.

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