La mejor amiga del hombre

Le tiro la pelota para que la busque, pero me mira con esa profundidad sabia que tienen los perros, un gesto a medio camino entre contemplación enigmática y cara de “no entiendo qué quiere este gordo boludo”.

–¡Busque! –le ordeno, y ella me da vuelta la cara con indiferencia.

El entrenamiento canino nunca ha sido mi fuerte. En el año 2007 me encariñé con un cachorro que llegó a casa y que bauticé como Chinasky. Jamás vi a un animal comer y cagar tanto al mismo tiempo: su proceso digestivo parecía una espiral sin fin, y su voracidad sólo era comparable con el calibre de sus deposiciones, que aparecían a toda hora por todos los rincones de la casa, inundándonos de una fetidez irrespirable.

Si no se desgració encima de mi cama, estoy seguro, fue por una cuestión de incompatibilidad de altura.

Me pasé varias semanas entrenándolo para que hiciera sus necesidades afuera, y un buen día por fin entendió cómo era la onda y solito salió al patio para plantar un flor de sorongo en el pasto.

Recuerdo que festejé la conquista con alegría desmedida, me sentía como el petiso ese que entrena perros en Discovery Channel.

Aquello ocurrió justo en la jornada anterior a que dejáramos la puerta de calle abierta en un descuido y el cachorro se escapara sigilosamente para no volver jamás.

No lo reconoceré nunca en público, pero durante varias noches salí por el barrio con una linterna iluminando todos los porches, los patios y las esquinas. Anduve horas lloriqueando en cuatro patas bajo los autos de los vecinos en las madrugadas con la esperanza de encontrarlo entre las ruedas.

–¡Busque! –le insisto a la cachorra que tenemos ahora.

Como tiene las patas y el hocico naranjas, le pusimos Fanta.

En la mano llevo bolitas de alimento balanceado para premiarla, pero en vez de ir hasta el juguete y traérmelo así se come los coquitos, el bicho elige tomar carrera y saltarme encima para lamerme bien lamida toda la cara.

–Te está besando –me explica mi compañera.

–Ya sé –le digo mientras me limpio los labios–, me da impresión porque tiene aliento a bolsa arpillera llena de juanitas.

Casa tomada

En algún momento de la vida bajé la guardia y permití que ocurriera esto: que un can con las fauces llenas de bacterias me chape como si estuviéramos en una luna de miel fogosa en playas caribeñas.

Mi compañera se crió en el campo con animales desde muy chiquita y para ella la vida es como un capítulo de Tarzán y está chocha con los bichos. En plural. Porque además de la perra, tenemos una gata con sus cuatro hijitos. Todos rompiendo soberanamente las pelotas.

–A mí no me gustaban los animales y ahora tengo gatos, perra y conversaciones con un veterinario que se parece al Chino Darín en versión Traslasierra, ¿estaré haciendo las cosas bien? –pregunto de manera retórica.

Mi compañera me sonríe. Los gatos la rodean como si se tratara de una deidad. Ronronean, juegan con los botones de su camisa, se le suben a un hombro como los loros de los piratas.

A veces me da la impresión de que conoce un idioma secreto que le permite comunicarse con ellos en una frecuencia que se me escapa.

Envidio que pueda hacerlo, porque lo que es a mí, ni la cachorra ni los gatos me dan cinco de pelota.

Campo de entrenamiento

–Sin morder –le ordeno a la Fanta, que ahora se empeña en sacarme los coquitos de la mano a toda costa, sin importarle un pedo si primero se tiene que sentar o hacer una cabriola.

Masticar y tragar es el único objetivo que tiene en esta vida. Cada ejercicio, cada parte del entrenamiento que estamos poniendo en práctica a diario, sólo tiene sentido para los humanos; es un milagro que los perros acepten darnos bola con nuestros caprichos inexplicables.

–A este bicho le importa tres carajos lo que le pidamos, lo único que quiere son los coquitos de balanceado y que no le jodamos la existencia –observo.

Mi compañera la abraza y juntas se revuelcan en el pasto. La Fanta ahora se la chapa a ella mientras hace ruidos y le tarasconea las orejas.

–La única vez que entrené a un perrito lo hinché tanto las bolas que se terminó fugando –le digo–; ya no puedo adiestrar nada, es como que perdí la magia.

–Lo que perdiste es la paciencia –me contesta ella con el pelo lleno de briznas de césped y cascarudos–, dale tiempo que todavía es chiquita.

No le discuto porque para la mayoría de las cosas sobre la vida tiene más criterio que yo, así que directamente le paso los coquitos de premiación para que se los administre ella.

–Tomá, seguí vos que yo me voy a sacar los gatos del techo del auto.

Regreso al hogar

El comportamiento animal me atrae por enigmático. A veces vuelvo de trabajar y me pongo a contemplar a los bichos en el patio. No voy a negar que me resultan más interesantes que hacer zapping en Netflix.

En casa los gatos y la perra ya tienen una rutina, y me gusta ver a los felinos erizar el lomo cuando la Fanta se les acerca a los trompicones y con la boca abierta: disfruto de escuchar cómo repelen al can con sus maullidos que parecen estornudos; inexplicablemente encuentro sosiego en esa beligerancia.

A veces me pregunto qué pensarán ellos de nosotros: dos seres largos y erguidos que se suben y bajan del auto, que usan telas distintas sobre el cuerpo todos los días y que cada tanto se abrazan y se besan.

Si yo estuviera en su lugar, también me preguntaría por qué no se puede cagar en una maceta, por qué está prohibido subirse a la mesa para robarse un bife de un plato y por qué ese castigo horrible de comer todos los días el mismo alimento aburrido sacado de la misma bolsa.

Joder, si yo fuera ellos, hace rato habría destrozado la casa en señal de protesta; ¿qué es esta manía de mandarnos a mear y cagar afuera que tienen estos humanos de mierda?

A tener en cuenta

–Acordate qué te dijo el tipo que te dio la perra –me pide mi compañera.

Hago memoria, la frase exacta del exdueño fue “Si no te gusta que te muerdan las zapatillas o te ‘lamban’ con la lengua, mejor adoptá un androide”.

–Me dijo que tenías que entrenarla y cuidarla porque yo soy artista sedentario y vos tenés pinta de macha alfa –le digo solemne.

Nos reímos un rato y la sacamos a pasear en torno a la casa con la correa.

Primero es mi turno y la perra y yo parecemos dos chupados que vienen en pedo con ginebra: vamos a los tumbos, no damos pie con bola.

Después lo intenta mi compañera y enseguida hacen una coreografía perfecta, van muy orondas a paso firme esquivando obstáculos y parando cada tanto para probar las órdenes de “sentada”.

No sé cómo le salen tan rápido y bien las cosas. Yo ni siquiera entiendo lo que me explica el Chino Darín en cordobés básico cuando revisa el carnet de las vacunas y me da pastillas para que el bicho cague sus parásitos.

Sorpresa inesperada

Los últimos días fueron de mucha dedicación al entrenamiento, me terminé cansando y me di por vencido.

–No vamos a conseguir que haga caso, va a pasar por abajo del cerco y se va a ir como hizo Chinasky –reflexiono en voz alta mientras veo a la Fanta empelotudizada persiguiendo a los gatos.

Arreglé los huecos del alambre tejido, y hasta enterramos estacas de madera entre las matas de jazmín silvestre para no dejarle lugar a un potencial escape. Pero todo me parece inútil.

Además de hipertenso soy pesimista, y entonces no me cabe duda de que el bicho tiene muchas más ganas de tomarse el palo que de quedarse a verme sudar mientras le retaceo los coquitos.

–Se va a ir –le digo a mi compañera–; no me aguanta más, encima soy yo el que la lleva para que el Chino Darín le meta un termómetro en el cu…

–¡Mirá! –me interrumpe ella.

Y entonces por primera vez la vemos ponerse en guardia. Tiene las orejas paradas y el cuerpo congelado presto a un salto inminente. Gruñe ante las voces que se escuchan desde el camino del otro lado de la cerca.

Hace un amague para salir disparada hacia lo desconocido y entonces le digo una sola palabra: “Quieta”. Y se me queda mirando, esperando que le indique el siguiente movimiento.

–¡Busque! –ordeno.

Y para mi sorpresa, se va al humo hasta las voces y empieza a ladrar como loca, interponiéndose entre nosotros y el potencial peligro: con determinación, con valor, con fiereza.

Como si me entendiera. Como si le importara verdaderamente proteger con su propia vida a esos seres lánguidos que le mezquinan alimento.

Me voy a buscar un buen puñado de bolitas de alimento. Ganó ella.

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