Edgar Alan Poe bajo tierra

Me paseo dos o tres veces frente a ella con cara de traste, pero mi compañera no dice nada. Finalmente, me dejo caer en el sillón y resoplo. Recién ahí acusa recibo.

Es muy difícil pelear con alguien que tiene la psiquis sana.

–¿Qué te pasa? ¿Estás enojado?

–Enojado, enojado. Frustrado estoy; a mi edad, Paul Auster ya había escrito la Trilogía de Nueva York, García Márquez sus Cien años de soledad y Orwell el coso de la granja.

Rebelión en la granja. ¿Y por qué te amarga eso?

–Que yo sigo pelotudeando con el relato corto, no voy a poder escribir un libro bueno nunca en la vida jamás.

–También podés mirarlo desde otra óptica y pensar que Marechal no tenía 50 cuando publicó Adán Buenosayres, lo mismo que Cortázar con Rayuela; y después están Bukowski o Hemingway; todos veteranos.

–Yo no voy a poder ser nunca como ninguno de ellos. Voy a terminar como Edgar Allan Poe.

–Me parece que es muy duro ponerse la meta de otros. ¿Edgar Allan Poe no murió joven?

–Clavó la pala en 1849, y había nacido el 19 de enero de 1809; un pendejo de 40.

Mi compañera no recuerda cómo falleció el autor. Y es que en realidad nunca se supo.

–Las versiones van desde suicidio hasta patatús por alcoholismo –le cuento–. Lo encontraron delirando en la calle, lo llevaron a un hospital y antes de morir no pudo explicar qué le había pasado, ni de quién era la pilcha que llevaba puesta. Sigue siendo un misterio.

–Pobre Poe, tan bueno que era escribiendo.

–¿Pobre Poe? Acá tenés un autor que sufre, me parece muy cruel lamentarse por otro que lleva pila de años bajo tierra.

–No sabía que eras celoso literario.

–Hay mucho que no sabés de mí, al igual que de Poe. Los escritores somos un misterio.

Mala fortuna

Edgar Allan Poe tuvo una vida bastante chota. Perdió a los padres de muy pequeño y fue adoptado por una familia con mucha guita pero, lo que son las contradicciones, jamás le tiraron un cable con su literatura.

–El padre adoptivo lo odiaba, todo el tiempo le decía que se tenía que dedicar a otra cosa; al final lo terminó desheredando y lo dejó en la calle –le explico a mi compañera.

–Conseguí semillas nuevas para la huerta –comenta ella.

–Así contra la corriente escribió su obra; igual lo peor llegó después de su muerte –sigo.

Ella se acomoda un almohadón en la cintura y me pasa el mate. Es lindo hablar de frustraciones mientras se chupa una bombilla, algunas infusiones en determinados momentos son mucho más económicas que una terapia.

Aprovecho para contarle que el día que murió el autor del poema “El cuervo”, en el diario New York Tribune apareció una carta que le escribía un supuesto amigo, que en realidad era un tipo que le tuvo mucha bronca toda su vida.

–El tipo, que era crítico y editor, se las ingenió para quedarse como albacea de la obra de Poe, y es por eso que a la primera edición de las obras completas les clavó un prólogo “autobiográfico” que explicaban que Poe era un loquito drogado y medio psicópata.

–Te iba a decir “pobre Poe” pero te vas a poner celoso.

–Un tipo de mierda el editor; con esa trastada consiguió engatusar a los lectores, que estaban chochos con la idea de leer cosas escritas por alguien malvado.

–Mirá vos, siempre pensé que Poe era un tipo malo.

–No fue malo, tuvo mala prensa.

Mala pata

Hablar de escribir me pone incómodo. La única persona que se banca mis neurosis es una amiga que trabaja como correctora y que me escucha sin ponerme peros. La llamo por teléfono para corroborar algunos datos de la historia de Poe.

–¿Otra vez con la crisis de los 40? –me dice ni bien empiezo a contarle.

–¿Vos también me vas a salir con eso?

–El problema de Poe es el que tienen todas las personas que escriben: necesitan decir, necesitan que las escuchen, y como no lo consiguen, canalizan todo escribiendo, ¿me llamás para hacer terapia gratis o realmente tenés ganas de charlar?

–Yo tengo mil personas que me escuchan, no necesito una oreja, necesito escribir una novela y que me tomen en serio y ganar plata e irme a vivir a una playa.

–¿Estás escribiendo algo?

–Nada. Estamos en la era de los celulares, ya no se usa el modelo de gente angustiada frente a una hoja en blanco.

–Todavía tenés tiempo, Cervantes tenía 60, creo, cuando terminó Don Quijote, y Tolkien también era veterano cuando publicó El señor de los anillos.

–Parecés mi tía, que cada vez que me ve, me dice que la solución a mis problemas es escribir un Harry Potter. Me lo dice así cada vez: “Escribite un Harry Potter, José, que con eso te vas a llenar de plata”.

Mi amiga se ríe y termina tosiendo.

–Para eso se inventaron las tías, para decir verdades incómodas –me dice mi amiga antes de cortar.

Emprendimientos creativos

Tengo una pila de borradores de historias que no van a ir a ninguna parte. Cada vez que abro la computadora están ahí, flotando en una esterilidad horrorosa.

Mi compañera vuelve con el mate recargado. También trae galletitas para celíacos.

–¿Qué te dijo tu amiga?

–Que necesito más apoyo, que me escuchen y tiempo libre para escribir, y que tengo que hacer un viaje solo y vivir experiencias de sexo desenfrenado con amantes ocasionales para recoger anécdotas.

–¿No estás un poco grande para la crisis de los 40?

–Los 50 son los nuevos 40, nena, preparate porque esto recién empieza.

La veo fruncir los labios mientras me pasa el mate.

–En lo del viaje me prendo, en el resto de las cosas no sé, me parecen muy de los 20 años y ya estamos medio grandes.

–¿Ves que para ciertas cosas hay un tiempo? ¡Me cago en los autores y sus obras maestras!

Corrigiendo

Mi amiga me llama por teléfono de nuevo.

–Me quedé pensando, ¿vos querés escribir porque te gusta o porque tenés mucho ego y querés que la gente se asombre con tu genialidad? –dice de arranque.

–No veo la diferencia. Los escritores, por más que seamos mediocres, soñamos más o menos lo mismo.

–Entonces seguí escribiendo en Facebook y Twitter –me sugiere–, ahí tenés reconocimiento inmediato, adulación automática y circulación de texto garantizada.

–No entendés nada, con razón sos correctora –le digo y corto la llamada.

Mi compañera me señala que no fue una buena charla, y que mi respuesta sonó a berrinche.

–Con todos mis amigos me relaciono así por teléfono –le digo–, es como un código que tenemos los escritores que van camino a los 50 y no escribieron nada que valga la pena.

–¿Querés estar solo un rato así escribís?

–No, prefiero que vayamos a ver la huerta.

Cosecha propia

Los zapallos vienen bien, los tomates les siguen los pasos. Las ensaladas todavía están peleando. La tierra es demasiado dura. Cada vez que vamos a sembrar algo tenemos que esperar a que llueva y se ablande el suelo.

Hay un pozo para el compost, otro para las cenizas del asador. Las verduras tienen cartelitos para identificarlas, pero después de la lluvia se les borran los nombres y yo no sé identificarlas por las hojas: me da un poco de temor arrancar de raíz la rúcula pensando que se trata de una zanahoria.

Agarro la pala y le doy el primer golpe al piso. Está como una piedra.

–Un libro se escribe así –digo jadeando mientras cavo–, palabra por palabra, sacando lo que sobra y buscando llegar lo más hondo que se pueda.

–¿No preferís que mojemos el suelo con la manguera?

–Nada fácil –digo entre paladas–, todo difícil. El arte es sufrimiento, dolor, suciedad e incomprensión. Como este pozo de mierda que no se puede creer lo dura que está la tierra.

–Si querés podemos hacer un viaje a las tierras de Poe –me sugiere mi compañera ofreciéndome otro mate–; es cuestión de que ahorremos un tiempo y nos largamos.

Me detengo y me apoyo en la pala. Apenas cavé unos centímetros y estoy bañado en sudor.

–Lo de Poe queda en la loma de la mierda, prefiero quedarme a sufrir acá, que me sale más barato.

–Bueno, por ahí podemos irnos a algún lugar cerca, los viajes abren la cabeza, te dan perspectivas nuevas.

–¿Como cuando fuimos a la cabaña de esa vieja en Uruguay y nos pasamos una semana compartiendo las vacaciones con el plomero y su ayudante? –le digo con tono burlón– ¿Te acordás el olor que había en la pieza cuando explotó el baño?

Noto que evocar la experiencia le hace nacer una sonrisa. Me da un poco de bronca la capacidad que tiene de sacar cosas buenas de las malas experiencias. También me da pena que se tenga que fumar mis berrinches.

Vuelvo a palear fuerte.

Antes de terminar el pozo me habré olvidado de Poe, de las vacaciones y de mi crisis etaria.

–Pasame las semillas –le digo–, vamos a ver con qué nos sale esta tierra.

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