Señora en la banquina

Cada vez que ingresamos a Córdoba por la ruta 5 –a los bostezos y apurados para no llegar tarde al colegio–, vemos a la misma señora que corre por la banquina. Es una mujer mayor, vestida de equipo de gimnasia naranja, rematado con una gorra deportiva.

–¡Ahí está, ahí está! –señalan mis hijas cuando la descubren.

La mujer corre todos los santos días entre –calculo yo– las 7 y las 8 de la mañana. Y combina su trote rítmico con un saludo general a los automovilistas.

–Saludala, pa –me piden las chicas y yo toco bocina tres veces.

Jamás alcanzamos a verle bien la cara. La mujer aparece unos segundos en el parabrisas, se muda fugazmente a las ventanas del costado y en un santiamén empieza a hacerse chiquita en el espejo retrovisor, agitando los brazos al viento.

–¿Por qué corre? –quiere saber la más pequeña.

–No sé hija. Supongo que porque es sana.

–A vos no te vi correr nunca, pa.

–Ni me verás jamás, hijita de mi corazón; algunas personas no nacimos para desplazarnos con rapidez, a menos que vayamos en auto.

A pesar de que me río y hago chistes, intento siempre cerrar el avistamiento de la mujer que corre con alguna reflexión motivacional que pondere los beneficios de la actividad física. Jamás hice ningún deporte pero eso no me impide entender que las personas que practican esas disciplinas tienen menos problemas de salud.

Una cosa es ser sedentario y otra muy distinta es ser obtuso.

Imágenes paganas

Es muy difícil calcular la edad de una persona al costado de la ruta, pero creo que la señora que corre debe andar entre los 60 y los 70 años.

Y cada vez que la veo me quedo pensando en ella. Me gusta que mis niñas ejerciten otro músculo que también considero valioso, que es la imaginación, entonces les pregunto estupideces para que usen la cabeza.

–¿Cómo se imaginan que es la casa de la señora que corre?

Las chicas se quedan pensando. Una se muerde una uña, la otra echa aliento en la ventanilla y dibuja un corazón con el dedo.

–Para mí que tiene una cocina enorme y un montón de gatos –dice la más grande.

–Para mí tiene perros. Dos perros. Y una casa toda lujosa –dice su hermana.

–¿Lujosa cómo, hija?

–Así con ventanas todas grandes y una mesa larga con un montón de sillas y un “mayormodo”.

–Mayordomo –corrige su hermana–, se dice mayordomo, pero eso ya no se usa más; los mayordomos sólo existen en los libros y en las películas viejas.

Costumbres ruteras

Pienso en las películas viejas. Últimamente veo muchas de esas. Por una parte, tienen el poder seductor de la nostalgia, pero por otra me permiten reflexionar sobre el paso del tiempo.

Me gusta mucho pensar en el efecto del paso del tiempo sobre las personas.

–Ahí va una chica hablando por teléfono –apunta mi hija.

Es otro hábito que cultivamos para que no se nos haga largo el viaje: contabilizar las imprudencias de los conductores al volante.

Cuando yo era chico, recuerdo, contábamos las patentes que terminaban en números pares o adivinábamos qué letra tendría el auto que nos estaba por pasar. Ahora mis hijas contabilizan a los conductores que manejan mirando el celular; por viaje vemos una cantidad pasmosa de personas con la atención repartida entre el parabrisas y la pantalla pequeña: cada uno es una desgracia en potencia.

A veces me pregunto si de estos traslados hacia el colegio recordarán algo cuando sean grandes.

En mi niñez solía transitar esta misma ruta cuando no existían las autovías, cuando era apenas un sendero de asfalto agrietado y la velocidad máxima de los coches no superaba los 80.

Las patentes de Córdoba en esa época empezaban con X y me parecía injusto que no nos hubieran dado la letra C. Nunca entendí por qué le había tocado nuestra letra a los porteños.

Eran tiempos en los que el parque automotor era puro Falcon, 504, R 12, Rastrojeros y Citroën 3cv, y ni por casualidad veías gente corriendo en las banquinas. Menos gente mayor.

Lo más lindo de esa época era que no hacía falta ir rápido a ninguna parte. Tal vez por eso la gente no corría: correr es un concepto moderno, antes todo era más lento y reposado. Lo reafirmo cuando veo series o películas ambientadas en los años previos a la invención del teléfono celular.

–Ese viejo viene hablando también –señala mi hija al conductor que tenemos a la derecha.

Justo en ese instante, en el espejo retrovisor, me aparece de golpe una camioneta inmensa que me hace señas de luces. Pongo el guiño para avisarle que me voy a correr, pero a mi lado tengo al vehículo del señor con su teléfono, así que no puedo hacerlo de inmediato.

El conductor de la camioneta en mi espejo retrovisor insiste con vehemencia.

Cuando por fin me hago a un lado la camioneta me rebasa y el hombre al volante me dedica una mirada de desprecio. También viene con el teléfono en la mano.

Se está haciendo muy complicado usar el celular con esta costumbre de manejar en el mientras tanto.

Metáforas a contramano

A veces pienso que la mujer que corre en la banquina es una metáfora. De alguna manera, está ahí, a contramano de la velocidad de los coches, imponiendo su ritmo de trote lento aunque más provechoso.

En su novela 22/11/63, Stephen King inventa un personaje que viaja al pasado. Lo que más me impactó fue la descripción de la intensidad de los olores y los sabores.

En definitiva, nuestra memoria emotiva está regida mayormente por el olfato y por el gusto.

Yo recuerdo con más precisión el olor a jabón blanco de la pileta donde despanzurrábamos las mojarras del río que el perfume de mi propio desodorante. Y tengo estaqueado en la memoria el sabor de las empanadas árabes de mi tía de Los Cóndores con mucha más fuerza que el olor a fritura del comedor donde almuerzo a diario.

Tengo una relación especial con los olores. Me gustan algunos por su poder embriagante (el Liquid Paper, la nafta) y otros por su pureza (el de la yerba buena entre los dedos, el interior de los autos nuevos).

Aprovechamos el viaje y abrimos un paquete de pepas de membrillo y nos las vamos repartiendo.

La ciudad nos arrulla con su fulgor hostil para darnos los buenos días y nosotros entramos en ella con las muelas asfaltadas de migas, inundados por el olor a humedad del tapizado.

¿Será este el perfume que les quede grabado a mis niñas cuando evoquen su infancia? ¿O la felicidad para ellas tendrá el perfume del combustible de la máquina cuando corto el pasto?

¿Tal vez el olor de las lunetas bajo el sol al mediodía de los sábados? ¿Quizá la madera que cruje en un hogar en pleno invierno cuando anochece bien temprano?

Bajar la velocidad

Ingresamos a la Córdoba de siempre en la repetición de una rutina semanal que nos va tallando muescas en la memoria: las persianas de los negocios que se levantan a nuestro paso, las motos que se nos cuelan como flechas por ambos costados sin usar casco.

Un viejito en bicicleta con una bordeadora en el regazo.

Bocinas, semáforos intermitentes, policías apostados entre conos en el asfalto.

Calculo cuántos minutos faltan para que toque el timbre del colegio.

–¿Llegamos bien, pa?

–Claro, hija –miento, porque vamos con algo de retraso.

–Cuando vivías en la ciudad llegábamos siempre tarde, ¿te acordás? –me dice la más pequeña.

Digo que sí con la cabeza mientras me muerdo el labio y paso raspando entre un auto y un colectivo.

–Y comíamos pizza todo el tiempo. ¿Por qué no cocinabas? –quiere saber.

–Sí cocinaba –la interrumpe su hermana–, pasa que sólo hacía salchichas con puré.

Hago fuerzas para no reírme. Por dentro voy rogando que cuando sean grandes, de este tiempo le queden los mejores recuerdos y no todas las falencias que tengo como padre.

Pero no se puede modificar el pasado a menos que lo agarremos cuando está calentito, en su formato de presente.

Decido escribir sobre la señora que corre entre los pastos de la banquina porque lo hace con intuición y desparpajo y me siento identificado.

Tal vez porque su saludo genérico nos da la bienvenida a la ciudad cuando amanece y eso me recuerda a diario que nada es fácil, y que para vivir bien hay que hacer un esfuerzo tremendo.

También porque cada texto es, en cierta forma, un mensaje en una botella. De alguna manera, este de hoy lleva garabateado algo que se parece mucho a un agradecimiento.

Esta entrada fue publicada en Breve relato. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *