Oh, esos guasos que eran

Ahora los adolescentes impusieron la moda de terminar las frases con un “Ah, re” (abreviado “ahre”), que es una especie de latiguillo que enfatiza de manera sintética la ironía de una afirmación.

Pero el recurso no es para nada novedoso. Me lo hizo notar un compañero de trabajo:

–Nosotros hacíamos lo mismo cuando éramos jóvenes, sólo que usábamos la terminación “Osoguasoqueran”, que es una contracción de la expresión “Oh, esos guasos que eran”.

Y es cierto; casi todas las observaciones que hacíamos terminaban así, apelando a la exageración con el amague de una explicación más amplia que se quedaba trunca.

–Me acuerdo –rememoro–. De hecho, a fuerza de economizar la cantidad de letras, el original “ohsoguasoqueran” terminó siendo un “osoguaso”, o directamente “osoqueran”.

Pero el destino de los términos de moda es el de los cueros secos que las víboras abandonan en la banquina de la comunicación.

Palabras como “caquero”, “falluto”, “pijotero”, “regio” y “macanudo” están ahora secándose bajo el sol del olvido, y otras nuevas entran en vigencia con fuerza, a veces para reemplazarlas, otras para nombrar fenómenos que no existían.

Y en esto tiene mucho que ver Internet, que promovió un intercambio cultural como no se ha visto jamás en la historia de la humanidad.

Mi colega sostiene que Internet es la fábrica de mutaciones lingüística más grande del universo.

Del hombre a La Mona

Esta semana empezó a circular un video protagonizado por el cantante de cuarteto más conocido de Córdoba. En uno de sus bailes el músico hizo algunos regalos a los cientos de fanáticos y entre los afortunados apareció un pelado que se ganó una suma de dinero.

Jiménez le preguntó qué iba a hacer con la plata.

El hombre le contestó que iba a usar el dinero para celebrar una costumbre norteamericana llamada “baby shower”, una especie de fiesta para recibir la pronta llegada del bebé. Pero la pronunciación del inglés desconcertó al cantante.

–(Me viene) justo para el “beibi yaguar” de mi hija –dice el hombre en el video.

El cantante quedó en pausa y repreguntó, pero no consiguió entender la expresión.

El video comenzó a circular entre los teléfonos celulares, saltó a las redes sociales y acabó en lugar preferencial en los portales de noticias. Finalmente algunos informativos ubicaron al protagonista y lo entrevistaron.

El hombre, llamado Fernando, pasó de ser un asistente más a un baile a convertirse en una cara conocida asociada con un latiguillo que –como ocurrió no hace mucho con el “ve vo”– va camino a incorporarse al acervo cultural de nuestra provincia.

–Esto pasa gracias a Internet –reflexiona mi colega–. Nadie está preparado para este fenómeno.

Eso, en la actualidad, se llama “volverse viral”. Y para los veteranos de Internet es una monstruosidad imposible de explicar.

Usos y costumbres

Vengo de un tiempo digital menos brioso que el actual. Y aunque nunca pensé usar esta frase, tengo que decirlo: “en mi época”, cuando para conectarse había que escuchar cómo dialogaban el modem y el teléfono con unos ruidos espantosos, no había redes sociales y las cosas ocurrían con menos prisa.

De hecho el contenido que circulaba en Internet se podía dividir en dos grandes grupos: de un lado estaba la información académica (noticias con fuentes citadas y artículos científicos con firma), y del otro una marea de contenido falso que buscaba desafiar el intelecto y la imaginación.

El chiste entonces era saber separar las aguas entre ficción y realidad.

En esos primeros años de conectividad era frecuente que se tomaran por ciertas algunas ocurrencias verdaderamente disparatadas. Por ejemplo había un sitio web que mostraba las 24 horas del día una bombilla de luz supuestamente encendida en 1899 que todavía no se había apagado.

Alguien se había tomado el trabajo de armar la página y transmitir el video en vivo (en realidad era una foto animada) para mostrar que las compañías eléctricas tenían un negocio montado en torno a la caducidad de los foquitos de luz y que todos éramos rehenes del timo, porque si un foquito estaba bien armado, no se quemaba nunca.

Es un ejemplo bastante liviano. Había otros. Los mejores eran las leyendas urbanas que circulaban y condimentaban las sobremesas.

Estaba el caso del muchacho que le había regalado a su novia una boa constrictora. Según contaba la historia (escrita con nombres, fechas, locaciones y datos supuestamente ciertos), la chica llamó a la veterinaria porque el ofidio no comía y se negaba a dormir en la cesta acondicionada a tales fines.

–Duerme en el piso, toda estirada, al lado de mi cama –le explicaba la chica al veterinario.

–Señorita –le advertía el hombre–, tiene que deshacerse urgente del animal, que no está inapetente sino que se recuesta a su lado para medirla y, posteriormente, comérsela.

Todo esto pertenece a la prehistoria de Internet, cuando circulaban las anécdotas de gente a la que le sustraían órganos vitales y despertaba en bañeras repletas de hielo.

Pero por alguna razón que no puedo explicar, toda esa magia inicial derivó en un escenario violento y caótico. Hoy lo que encontramos apenas abrimos un navegador de Internet es fricción.

Babilonia binaria

Hay un muchacho que hace un programa de humor político por Internet y lo putean de lo lindo. A la manera de Tato Bores, pero con recursos básicos de edición de video y una modesta puesta en escena, el canal de YouTube País de boludos analiza con observaciones agudas y chistes ingeniosos algunas cuestiones de la actualidad.

El ejercicio no es novedoso –el humor político es tan viejo como la política misma–, pero lo interesante son las pasiones encontradas (por usar un suave eufemismo) que generan los chistes y las reflexiones, algo que se refleja en los comentarios de cada video que publican.

Los improperios van desde un inocuo “gordo pelotudo” para referirse al conductor, pasando por injurias y calumnias de implicaciones variopintas, hasta epítetos que rozan cuestiones ríspidas que involucran la salud, la formación cultural y la ideología de los que están detrás de la producción del programa.

El encono en Internet es el signo de nuestros tiempos: nadie puede explicar por qué tenemos esa imperiosa necesidad de putear al prójimo en todos los idiomas, incluido el arameo.

Los muchachos de País de boludos encontraron una vuelta interesante para catalizar el odio visceral que sobrevuela el contenido publicado: en cada emisión incluyen la reacción sin filtro de los “espectadores” al final del programa, en una sección parecida a un “cartas del lector”, en la que se repasan los comentarios más crueles, amenizados con música relajante.

Es curioso, pero ese ejercicio de resiliencia motivó que muchos usuarios aspiren a aparecer en el epílogo de cada emisión y que aumenten las visitas y los suscriptores del canal. La bronca tóxica y pestilente sigue estando ahí, aunque reciclada. Envidio la dureza del cuero de esta gente.

Atrapados en las redes

Hace unos meses comencé –más por cuestiones de salud mental que por esnobismo– a alejarme de las redes sociales. Fue un proceso lento, una marcha atrás instintiva a lo Michael Jackson, un retroceso similar al del asador sofocado frente a una parrilla repleta de brasas que busca el reparo de un viento más fresco.

No fue un divorcio ruidoso ni con pompas, ni siquiera dejé mensajes al estilo de “Muchachos, dejo esta red social porque me tienen la paciencia al plato”.

Pero comencé a notar que la hostilidad y la intolerancia me estaban haciendo mella y se me activó un mecanismo de defensa para evitar el colapso.

Después de varios meses limitando el uso a lo indispensable, no tengo muchas conclusiones sobre los beneficios de la abstinencia. Sólo espero que tanta hostilidad tenga fecha de caducidad, y que putear a un semejante caiga en desuso, como los términos viejos.

–Ya vas a volver –me dijo mi colega–, no se puede vivir sin Internet ni redes sociales.

Y tal vez tenga razón. Ni soy filósofo ni mago, pero igual puedo advertir que estamos condicionados por la inercia.

–Pasa que añoro los tiempos analógicos –le confieso a mi colega–, cuando el pensamiento del otro no nos molestaba. Hoy me entero de que mi vecina es seguidora de Gisela Barreto, que mi primo vitorea la pelea entre Baby Etchecopar y Roberto Navarro, y me entra una amargura que no te puedo explicar.

–Sos un romántico incurable, boló –me diagnostica.

–¿Te acordás? También usábamos mucho el “boló” al término de cada frase, como una variable sintética del “boludo” –apunto en tono reflexivo.

–Cierto. Hasta que a finales de los 80 entró en vigencia el “culiado”. Entonces las frases empezaron a cerrarse con ese término. ¿Te acordás, boló?

–Claro, culiá.

–Internet está poniendo de moda muchas boludeces y la nuestra fue una generación bisagra.

–Osoguasoqueran.

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