Autoridad y pugilismo

Voy saliendo de una tienda que está dentro de un shopping. Por todas partes se respira la opresión de los tiempos navideños: la gente se congrega en estas versiones modernas del infierno a reventar los aguinaldos en la previa de las celebraciones religiosas y yo me uno al peregrinaje.

Por fuera los aires acondicionados bufan como animales prehistóricos y por dentro las escaleras mecánicas nos suben y nos bajan para que podamos orear la mufa.

Hay adornos por todas partes. Hay carteles que anuncian promociones. Somos una fauna organizada y previsible. Si hubiera estudiado filosofía se me ocurriría algo interesante para decir, pero apenas me da el marote para buscar la salida.

Después de varias vueltas sigo sin saber qué comprarle a mis hijas y decido que mejor es irme a casa. Por eso me sorprende la voz del guardia que me detiene en la puerta.

–La mochila –me dice.

Hace poco leí que un signo de vejez es empezar a aplaudir cuando suena una canción que antes bailabas. Agrego que también es signo de vejez ponerse práctico. La sensación de que el tiempo es valioso me ha hecho poner en la balanza cada segundo que transcurre, y a estas alturas odio perderlos en discusiones bizantinas.

Pero viste cómo es, algunas cosas te superan.

–¿Perdón?

–Necesito que me abras la mochila –me dice el guardia.

Suelo ser una persona colaboradora, pero me agarrás en pleno diciembre intentando abandonar la romería que es un shopping, y la paciencia se me agota muy rápido.

–De ninguna manera –le digo, y el muchacho entonces amaga con llevarse la radio a la boca, mirándome con una mezcla de asombro y nerviosismo.

–Señor –arremete–, le estoy pidiendo amablemente que me muestre…

–Te voy a corregir: primero, no me pediste amablemente nada; segundo, no sos policía, así que no tenés ninguna autoridad para “pedirme amablemente” que te muestre mis pertenencias –me escucho decir elevando la voz.

El vientre de las mochilas


En estas ocasiones recuerdo siempre la escena de Darin en Nueve reinas, cuando en un bar intenta timar al mozo con el vuelto de un billete que en realidad no le entregó. El personaje explica que el secreto de la estafa es que cuanto más escándalo hacés, más rápido la gente quiere que te vayas.

No me considero un estafador (ni siquiera un actor), pero a la hora de pelear contra una injusticia me puedo metamorfosear en cuestión de segundos.

La situación me indigna primero y me avergüenza después. Quizá porque soy una versión aggiornada del viejo de la bolsa, un hombre mayor con mochila que lleva algunos libros, recibos de sueldo del año del pedo, paquetes de tabaco reseco, una billetera acartonada que me regalaron para un cumpleaños y que se mojó y secó mil veces.

En los distintos compartimentos de mi morral tengo un abanico para los días tórridos –que mis hijas ruegan que no utilice en público–, y hasta una mini farmacia compuesta de analgésicos, pastillotas para la acidez y píldoras para la descompostura de vientre.

Todo esto está barajado convenientemente con papeles para liar cigarros, capuchones de lapicera y una que otra gomita para el pelo.

Mi mochila es un asco, pero la siento como una sucursal de mis dominios. Sé que si la sacudo y la doy vuelta, de adentro puede salir cualquier cosa. Y en ese sentido se parece mucho a mí.

El guardia es un veinteañero que está dejándose crecer el bigote y disfruta de su autoridad con uniforme. Tal vez no sea su culpa, tal vez toda la historia de la humanidad nos haya empujado hasta estos diciembres tórridos en los que entramos y salimos de los centros comerciales para trocar nuestros ahorros por promesas de felicidad.

Él cumple el rol de contralor, yo soy uno de los tantos idiotas que caminan un shopping con semejante clima buscando un regalo para poder pagar en cuotas.

Por mi gran culpa


La culpa nos acompaña a lo largo de la vida como una mascota melosa. A esta altura es difícil saber si responde a un condicionamiento religioso, a un efecto residual de la cultura o si es un fenómeno inherente a nuestra entidad de seres humanos viviendo en comunidades.

Yo la siento en todo momento, pero con más intensidad cuando salgo de un local comercial en cuyas puertas hay alarmas: no puedo esquivar la sensación de que van a empezar a sonar las chicharras a pesar de que no tengo por costumbre rapiñar productos de las góndolas.

Una sola vez me sonó la alarma y poco más me tiré cuerpo a tierra con las manos en la nuca.

Resultó que en la caja registradora se olvidaron de sacarle un abrojo a un libro que había comprado. Por suerte tenía la factura.

Pero esta vez no había comprado nada. Y hasta me atrevo a decir que si el muchacho me lo hubiera pedido de buena manera, habría colaborado con gusto de entrada, porque mi primera reacción es siempre la de un tipo sumiso.

Me jodió el tono y la implícita sospecha de que yo era una especie de delincuente navideño.

–Señor, le estoy pidiendo… –comenzó a explicar, pero le dije que no con la cabeza y sin bajarle la mirada.

–Macho, ni siquiera fuiste capaz de usar la educación para hacerme frenar.

Noto que instintivamente las manos se me hacen puños. De pronto ya no soy un peatón que se pasea por el shopping, narcotizado de capitalismo; ahora estoy erizado por la adrenalina, enojado por la prepotencia, molesto por el precio de los calzoncillos y las bermudas.

Presiento –con temor– que todo mi cuerpo está listo para llevar el tema hasta las últimas consecuencias.

Lecciones de boxeo


Me han cagado a trompadas un par de veces y con justa razón. En cada oportunidad perdí básicamente porque no sé pelear. Una sola vez tomé lecciones de boxeo, y con una clase alcanzó para que me diera cuenta de que lo más cerca que puedo estar del viril deporte de los puños es el living de casa viendo una pelea en YouTube.

La vez que me inscribí en el gimnasio fue porque me entusiasmaba convertirme en pugil para pertenecer a un grupo de adolescentes muy hormonales que, cada vez que salían, terminaban a los sopapos en las veredas.

En la primera clase el profesor (un hombre bajito, morrudo y con la nariz como un ñoqui aplastado) me hizo subir al ringside, donde me puso dos guantes inmensos y una especie de casco acolchado.

Era un lugar horrible con un espejo en la pared: la imagen que me devolvió me dio mucha tristeza, ahí estaba yo con unos pantalones cortos que me quedaban largos y con dos zapatillas viejas por las que asomaban un par de medias de vestir. Me sentí un personaje de una película de Chaplin.

Pero convencido de que los hombres se hacían a los golpes, escuché las instrucciones de aquel profe diciendo que sí con la cabeza sin entender nada.

–Ese pie va adelante y ese va atrás –me explicó–. Esta mano subila un poco y esta ponela acá.

Y entonces sonó una campana y el tipo se puso a saltar por todas partes amagando a pegarme. Se me ocurrió sacar ventaja de la situación y le tiré un puñetazo que le dio en una ceja. Grueso error. Para mi sorpresa, el tipo se encegueció y me recontracagó a sopapos hasta que me tuve que tirar al piso. Nunca volví a ese gimnasio.

Cuerpo a cuerpo


Pienso en mis lecciones de boxeo mientras le sostengo la mirada al guardia en el shopping. Siento que una palabra suya bastará para enajenarme. Recuerdo el video que recibí ayer de un vendedor ambulante dentro de otro centro comercial, donde un guardia le rompe una ceja.

Las injusticias me enceguecen. Es diciembre y todo está mal, y hay gente pasando necesidad y me siento un imbécil que se da el lujo de pasear como si estuviéramos en Suiza. Otra vez la culpa.

¿Por qué tolero la impertinencia de este pelotudo de uniforme? ¿Por qué se junta tanta gente a nuestro alrededor? ¿Esa señora nos está filmando?

Me titila un ojo y me tiemblan las manos. Y mientras imagino que rompo todo a patadones al grito de “¡Libertad, fraternidad y no me toquen la mochila!”, escucho que me entra un mensaje al teléfono.

Es una de mis hijas. Acaba de volver de su viaje de estudios y me manda un mensaje de audio. Veo su foto de perfil, el nombre con el que la tengo agendada, y los últimos emoticones que intercambiamos.

Pensar en ella me barre la furia inducida por los villancicos, la impotencia ante las ofertas tramposas, los mandatos sociales y las culpas. Cuento hasta diez.

Y mientras reflexiono sobre los efectos nocivos de seguir la corriente, de naturalizar la precarización laboral y de preservar el amor en tiempos de cólera, me muerdo el labio, pongo la mochila sobre una rodilla y empiezo a abrir el cierre.

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