Resúmenes de fin de año

Si todo sale bien, el mes que viene se vencen las últimas cuotas del colchón, los anteojos, y las botas, así que estrenaremos año nuevo con los hombros más ligeros.

Las tres compras con tarjeta simbolizan el ingreso triunfal a la edad adulta, a la que pensé que jamás llegaría con algo de dignidad. Y sin embargo acá estoy, aburguesado al punto de no poder conciliar el sueño sobre un camastro viejo, achinado de tanto leer libros sin cristales con aumento y con los dedos de las patas gangrenados si no me abrigo los pies cuando llega el invierno.

El paso del tiempo te hace entender que la necesidad no tiene cara de hereje, tiene cara de resumen de tarjeta de crédito.

–¿Qué son todas estas boludeces que ponen con iniciales? –le pregunto a mi compañera mientras reviso el papel que me mandan mensualmente con el detalle de los gastos.

Ella le pega una hojeada mientras mastica un durazno.

–Mirá cómo nos cagan con sutileza –insisto mientras señalo montos pequeños que no se sabe qué son.

Las cifras varían desde los 19 pesos hasta los 700 mangos. No hay manera de que recuerde a qué corresponde cada gasto.

–Deben ser los costos de mantenimiento y esas cosas –intenta explicarme ella.

–¿Costos de mantenimiento? ¿Las tienen en incubadoras con alimento balanceado a las tarjetas? ¿Ahora te volviste capitalista que justificás este choreo? –le digo exagerando mi malestar.

–Vos sos el que se tienta con sacudir los tarjetazos –comenta como al pasar y se hace la que sigue leyendo.

El resumen de la tarjeta es la simplificación mensual de mi decadencia: de alguna manera somos esos gastos olvidados, esas compras sin premeditación, esa hipoteca irresponsable que excede nuestras posibilidades todos los meses.

El crédito es el opio de los pueblos, una tentación plastificada que te hace perder la noción de tu verdadera situación económica, una promesa de solvencia tan mentirosa como una publicidad.

–Te dije que a estas cuotas después hay que pagarlas –ironiza finamente mi compañera.

Jeroglíficos salados

Por mucho que me empeño, no lo puedo descular: el resumen de la tarjeta es un jeroglífico inexplicable lleno de ítems extraños. El día que pueda entender qué es lo que me cobra mes a mes esta gente, haré una celebración con bebidas y comida. Y pagaré todo en cuotas.

–¿Y estos 1500 mangos? –le muestro–. ¿También son de mantenimiento? ¿Ah?

–No, eso es de nafta, ¿no guardás los tickets cuando cargás?

Me quedo callado y sigo repasando. Hay una chicana velada en su pregunta, porque ya sabe que jamás guardo papeles escupidos por una máquina registradora.

De pronto encuentro un gasto abultado y levanto los brazos como si me estuvieran asaltando en diferido.

–¿Y acá? ¿Qué son estas cuatro lucas? ¿Qué somos, los Beverly Ricos?

–Es una extracción por cajero –explica, paciente, mi compañera–. Los débitos figuran con estas letras, los pagos con estas otras y a las extracciones las anotan así, ¿ves?

La miro en silencio. Esta ceremonia de leer las cuentas se repite cada 30 días y yo siempre hago la misma escena. Admiro mucho la paciencia de esta mujer, y cada día que pasa agradezco que estemos juntos, sobre todo cuando me encachilo con alguna compra innecesaria motivado porque hay cuotas cómodas para pagar.

Gracias al temple de acero que ella tiene, zafamos de comprar un horno portátil prefabricado, una mezcladora de cemento y un lavavajillas enorme que no hay lugar donde ponerlo. Todas cosas utilísimas que no pude convencerla de que nos hacían falta.

Estamos en la recta final de 2018, un año nefasto, horrible que envenenó todo progreso, un racimo de meses cargados de bajones sociales, un calendario completo de inequidades y malestar general.

–¡Para Navidad nos vamos a regalar una hidrolavadora! –le dije la semana pasada, y ella me miró como si le hablara de salir a profanar tumbas.

Más de una vez, en el último tiempo los sueldos se nos fueron volando por la ventana antes de que pudiéramos acariciarlos, pero nos las apañamos.

Premios y castigos

Ahora estamos en ese bache nebuloso entre Navidad y año nuevo. El calor es infernal, la presión se nos va al piso, vamos hasta las orejas de vitel toné y tenemos la mitad de las muelas rotas por la garrapiñada.

–¿Y estos 580? –le pregunto–. Este gasto es de esta semana.

–Ferretería –contesta ella sin mirarme antes de ir a la cocina a tirar el carozo.

Me avergüenza quejarme por lo de la tarjeta cuando hay gente que está seriamente al borde del abismo, pero antes que nada soy argentino y sólo sé despotricar.

–¡Qué hijos de puta los del súper! –digo revisando otros ítems.

No fueron pocas las cosas que a lo largo de este año nos brindaron tranquilidad: las chicas están bien, todavía podemos destapar una cerveza de cuando en cuando, la gata tuvo mil gatitos, me dieron bien los triglicéridos, y tuve más ganas de escribir que en otros periodos de la vida.

–Y River –acota mi compañera–. Este año ganamos nada menos que el (nombre de la competencia que ganó su equipo).

–Y River, nena –acuerdo–. Claro que sí. Aunque todavía no entiendo eso de incluirse en el plural cuando decís “ganamos”, es como festejar que tuviste sexo cuando en realidad te clavaste una hora de porno.

–Pero que ganamos, ganamos –insiste con una sonrisa enorme que eclipsa el quilombo de interpretar las tarjetas.

El vapor de la tarde nos envuelve. Hay tufo de verano gasolero.

Aprovecho nuestra cercanía y le acomodo un mechón de pelo detrás de la oreja. El perfume del durazno en su rostro, sumado al despelote de las chicharras en el caldo del aire, me cambia el humor y se lo agradezco.

Todo balanceado

Esta semana salió la noticia de un viejo que se ganó el gordo de Navidad en España, y que se murió al día siguiente de cobrar el premio. La vida a veces se parece mucho a una parodia.

–En unos días estrenamos año nuevo –dice mi compañera, entusiasta.

Le digo que sí, y agrego que 2019 está en pañales pero que me huele a que ya está todo cagado.

–Te das cuenta de que mi pesimismo va a ir de mal en peor, ¿no? En un par de años voy a estar más viejo y más gruñón, ¿te va a gustar todavía leer los resúmenes de la tarjeta conmigo?

Se hace la que lo piensa unos instantes. Interpretamos un papel a dúo en el escenario de la cotidianidad que es parte de la obra en construcción de nuestras vidas.

–Mi cariño se mantendrá intacto a menos que compres con la tarjeta cosas que no necesitamos, como la hidrolavadora.

–Vos no entendés nada porque te criaste en el campo –le digo.

Cuestión de suerte

Le muestro la noticia del señor que se murió después de cobrar el premio gordo de Navidad.

–Lo primero que haría yo con toda esa guita sería hacerme un flor de comedor –le digo señalándome los dientes.

–A los tratamientos de conducto los podés pagar con la tarjeta –me apunta ella.

–Ma qué tratamiento de conducto, con esa guita me hago sacar hasta la última muela y me lleno la trompa de implantes. Siempre quise tener la jeta como un muestrario de Chicles Adams, ¿sabés cómo quedaría yo con una boca como la de Pepe Cortisona?

–¿El de Condorito?

–Ese, ese. O como los dientes de Matt Dillon en Loco por Mary. Andaría todo el día riéndome así –le digo exagerando una carcajada.

Ella levanta su dedo pulgar y me guiña un ojo. Me pregunta qué otras cosas haría con el premio de Navidad.

–Básicamente le pondría implantes de marfil a todas las personas que conozco.

–¿A mí también?

–A todo el mundo. Me compraría una fábrica de dientes, la gente vendría desde todos los puntos cardinales a dejarse el comedor como nuevo: habría largas filas de personas chochas esperando ligar unos dientazos de este tamaño; niños, viejos, bebés y mascotas, le pondría dientes a todos.

–Bueno, ¿y después qué?

–Y después no sé, haría un viaje a algún lado, pero la verdad es que me da paja pensar en armar bolsos, clavarme en aeropuertos y comprar dólares. Los viajes son estresantes.

–Mientras pensás en qué gastar tu fortuna ficticia, ¿podrías conectar la garrafa de gas así cocinamos algo?

Le digo que sí. Le ofrezco hacer una tarta. Hay choclo, hay queso, hay jamón, hay atún en lata, hay huevos. Todo pagado en cuotas con la tarjeta. Todo financiado en traicioneras fetas bancarias.

No puedo comer harina, así que abro la alacena y saco una bolsa de premezcla para celíacos. Y antes de prender el horno hago un avioncito con el resumen de la tarjeta, que me sale perfecto.

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