Pasión docente

Al profesor de física y química lo apodaban “El mono” y era la imagen viva de Einstein: mismo pelo desordenado, mismo bigote tupido, mismo gesto de lengua afuera cada vez que le dabas una buena respuesta.

Su histrionismo se activaba como un gato salpicado con agua apenas entraba al aula, y no había tema o explicación que no motivara un despliegue circense que nos impedía pestañear durante las dos horas que duraba su materia.

Nunca le presté tanta atención a una persona parada.

Recuerdo bien cómo esperábamos que su clase nos partiera en dos la monotonía de la semana, a pesar de que en nuestro grupo no había ni uno con vocación de científico.

Pero incluso a sabiendas de que no íbamos a seguirle los pasos en algún laboratorio, el viejo (¿habrá tenido 55? ¿60?), de infalible traje marrón y corbata celeste, entraba al aula siempre de un modo distinto –literalmente– para mantenernos al borde de las sillas.

A veces hacía su ingreso caminando marcha atrás y de espaldas (para explicar cómo funcionan algunos átomos que se repelen); otras lo hacía con su corbata reubicada festivamente sobre la frente mientras daba saltitos (para graficar el entusiasmo de algún investigador que descubrió andá a saber qué cosa en soledad y brindando con pipetas).

Fuera como fuera, antes de que sonara el timbre que mataba el recreo, ya estábamos esperándolo en silencio, como cuando va a comenzar una película.

Una vez dio toda la clase sin hablar, haciendo señas y anotando cosas en la pizarra.

En otra oportunidad llevó un set de agujas para coser cuero y nos mostró cómo eran algunos engaños practicados por los faquires, aplicándose pinchazos en la cara interna de los codos, para que no quedaran dudas de que con las leyes de la física no se jode.

Me sorprendería saber que alguno de los que cursó su materia en el colegio no lo recuerde.

Diferentes estilos

La contracara de El mono fue el resto del cuerpo docente que en distintas etapas de mi vida me regaló una colección de momentos soporíferos llenos de datos para memorizar y fórmulas sin un ejemplo de aplicación práctica.

Contabilidad, geografía, matemática, ¡y música! se volvieron un lastre pesado que había que remar con dificultad hasta diciembre.

La vida quiso que emprendiera un largo derrotero de repitente. Pero la única materia que aprobé antes de quedarme de año por primera vez fue la de El mono.

Obtuve una buena calificación. Y después de firmarme la libreta, hasta me puso cara de Einstein y me dio un firme apretón de manos rematado con un chiste.

No le dije gracias. Debería haberle contado lo que sentía con sus clases. Lástima que la juventud no se caracteriza por la devolución solemne.

Hay pocos profes en mi memoria a la altura de El mono: sin dudas está la seño que me hizo descubrir la poesía en la escuela primaria, la profe del bachillerato acelerado para adultos que me prestó sus libros de literatura, y uno más que, en rigor de verdad, no era docente.

Se trataba de un señor de ademanes delicados que fue a dar una charla cuando me encontraba cursando la carrera de comunicación.

Romper todo

Fue en uno de esos seminarios genéricos y optativos en los que te anotás para sumar puntos al currículum. Yo ya venía de fracasar exitosamente en carreras como psicología, medicina y cine, y me había inscripto en esto de la comunicación porque me dijeron que el título te facultaba para hacer casi cualquier cosa: desde tirar cables de una cámara hasta conducir un programa de radio, pasando por escribir guiones, redactar frases ingeniosas en folletos y sacar fotos en los casamientos.

Estaba lejos de sospechar que la buena fortuna me pondría a tipear estas humedades en una redacción periodística, porque la prensa gráfica no estaba en mis planes… Hasta que este señor pelado llegó un día al aula invitado por la cátedra y se puso a fumar mientras calibraba un aparato para reproducir filminas.

Estoy seguro de que la primera reacción fue codearnos con algunos compañeros mientras revoleábamos los ojos, sospechando que la clase iba a ser un plomo.

Entonces este buen hombre empezó a hablar, y cuando me quise acordar, estaba igual de embobado como cuando escuchaba las clases de “El mono”.

Hasta entonces, en la carrera habían puesto énfasis en las bondades del periodismo, pero lo primero que hizo el invitado fue mirarnos por sobre el puente de los anteojos y soltar:

–No se engañen, muchachos, que los periodistas no son todos santos.

Y acto seguido empezó a pasarnos imágenes proyectadas sobre una pared. “Este es famoso porque se mandó tal plagio”; “A esta foto la sacó tal, pero si miran bien, está trucada y le tuvieron que sacar el premio que le dieron”.

Lo que en principio parecía que iba a ser una aburridísima colección de diapositivas terminó siendo un compendio de casos alucinantes que su voz finita maridaba con anécdotas, chascarrillos y datos jugosos.

Me quedé las dos horas con la boca abierta. ¿Quién era este viejo y por qué no lo teníamos de profe? ¿Cómo sabía tanto de periodismo si era diseñador gráfico? ¿Por qué fumaba tanto y se tocaba todo el tiempo la pelada?

Antes de salir al primer recreo, nos preguntó si sabíamos quién había inventado la moda de ponerle un título a las noticias.

–Vayan a dar una vuelta así no se duermen y cuando vengan, les cuento –prometió.

Clase en criollo

Yo no quise salir del aula. Aproveché que se despejó el recinto y me acerqué con genuina curiosidad a hacerle preguntas. Siguió fumando mientras me respondía y volvía a repasar sus diapositivas ampliando explicaciones.

El entusiasmo hacía que sus ojitos pequeños giraran dentro de los cristales de sus anteojos. Me animé y le pedí más material, y hasta le di mi flamante correo electrónico para que me enviara notas, artículos, fotos y trabajos.

Cuando el resto de los compañeros volvió para la segunda parte de la clase, me cambié de asiento a la primera fila.

–Resulta que hubo un tipo –empezó a explicar de la nada–, que se llamó Émile Zola y que con una nota cambió la forma de hacer periodismo gráfico para siempre; ¿conocen la anécdota?

Todos dijimos que no con la cabeza.

–Bueno. Hasta que apareció este Zola, las tapas de los diarios eran un bodrio, así que les voy a contar su historia para que vean que no todos los periodistas son mala gente; todo empezó un 22 de diciembre de 1894, cuando metieron en cana a un militar que se llamaba Dreyfus, ¿lo sintieron nombrar?

Volvimos a negar con la cabeza.

–El pecado de Dreyfus –dijo– era ser judío.

Acusación en el título

El resto de la clase, el disertante nos contó que antes los diarios no eran tan fáciles de leer como ahora.

–Todavía no se había inventado el diseño gráfico como lo conocemos en la actualidad, y entonces la tapa de los diarios se destinaba para largas columnas de texto que no daban respiro al lector –explicó.

Según nos contó, la cosa cambió cuando un milico de origen judío llamado Alfred Dreyfus fue injustamente acusado de espionaje en aquellos años, y condenado brutalmente al exilio en una cárcel de las colonias francesas en Sudamérica, donde estuvo casi una década a la sombra.

–En realidad al tipo lo voltearon los antisemitas, pero nadie lo decía abiertamente –explicó–, pero el tema desató un quilombo mayúsculo y la familia del militar estaba desesperada, y habló con Dios y María Santísima para ver si lo rescataban.

Uno de los que se hizo eco de la defensa de Dreyfus en 1898 fue el escritor Émile Zola, que decidió sacar a la luz el tema y gestionó que el diario L’Aurore, en su edición del 13 de enero de 1898, pusiera en primera plana su nota bajo un título bien grande: “Yo acuso”.

–El uso del titular –explicó–, grande y vistoso y con más gancho que un anzuelo, disparó las ventas de esa edición, y desde entonces el mundo editorial ya nunca fue igual.

–¿Qué pasó con Dreyfus? –le preguntaron desde el fondo.

–Lo que tenía que pasar: lo soltaron, retomó su carrera militar y se retiró con honores.

Esa clase fue una de las pocas en las que me agarroté la mano tomando apuntes.

Todavía tengo el cuaderno, en el que incluso hice una caricatura del disertante: su nombre figura anotado entre paréntesis, y aunque para muchos no sea conocido, Miguel “Cachoíto” De Lorenzi –supe más tarde–, fue un referente entre sus pares.

Sería justo decir que hay personas que te hacen ver lo cotidiano de una manera novedosa –sin que te des cuenta–; a veces simplemente se paran frente a vos un rato y te cambian la vida para siempre.

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