Festejos moderados

Mi compa y yo cumplimos años la semana pasada. Se me ocurrió ir al Centro a comprar un regalo. La ocasión lo ameritaba. También quería algo de ropa para mí, aunque detesto los probadores porque les ponen unas luces como para cocinar un pollo al espiedo. Me molesta tener que sacarme y ponerme ropa que me queda chica y mantener la cortinita cerrada para que no vean la vejez de los calzones.

Tampoco me hace gracia salir en medias a caminar por las tiendas como si fuera Iván de Pineda en un desfile. Y me cae definitivamente mal que me digan que me queda bien algo que a todas luces me queda como una patada en los huevos.

Pasé por lugares donde vendían bolsos, otro donde vendían todo por no sé cuántos pesos. Por fin me detuve frente a una zapatería. El calzado femenino viene cada año más feo, unas cosas con plataformas para rengos. ¿Qué pasó con los tacos y las sandalias?

Descarté enseguida la batea para mujeres y me concentré en la de los hombres. Había cosas de gamuza, de charol, con hebillas arriba y a los costados. Ahora parece que se usan los zapatos puntudos como si fueras Aladino. Un chico que atendía se me acercó.

–¿Tendrás algunas zapatillas que no sean así con estas puntas?

Me indicó un estante de calzado más deportivo. La mayoría eran de colores estrambóticos, bien para hacer deporte. Me toqué la panza y me deslicé hacia el sector de sport elegante.

Vi unas zapas que no estaban nada mal. Le pedí mi número al chico y me senté a esperar. Mientras hacía tiempo veía mujeres que entraban a subirse en esas plataformas horrorosas.

–No me quedan en marrones, así que te traje en blancas –dijo el chico mostrándome una caja abierta.

Parecían las zapatillas de O.J. Simpson.

–Son enormes –observé–. Y el blanco ensucia rápido.

Elegí algunos modelos más para probarme. Intenté con varios pares y caminé el local de una punta a la otra muchas veces luciendo las llantas.

Pregunté el precio y me di cuenta de que no me iba a alcanzar ni para los cordones. Me apenó la cantidad de cajas abiertas que tenía alrededor, la cantidad de bollos de papel tirados y la cantidad de cordones que me había tenido que colocar el muchacho para que probara cada una de las opciones.

Cuando terminó de guardar todo de mala gana observé mis propias zapatillas a un costado: en unos minutos habían envejecido hasta rozar el patetismo. Metí las patas y me las acomodé con un movimiento rápido de tobillo. Estaban bien domadas.

Más opciones

A la tarde siguiente le pedí a mis hijas que me acompañaran. Había descartado los zapatos y tenía en mente un jean, porque todos los pantalones que tengo me hacen ver como si usara pañales y anduviera en skate. Entramos a una casa muy de moda, me levanté la remera y le mostré a la vendedora mi talle. La chica dijo un número y se fue a buscar opciones para mi kilaje.

Al rato regresó con una parva de pantalones que tuve que llevar al probador. Le pedí a mis niñas que me esperaran sin moverse. Me desvestí y me miré al espejo. La luz me resaltaba las ojeras como a Nosferatu. Hice lo que pude para calzarme la prenda y salí.

–Te queda bárbaro– me dijo la chica.

En el espejo del pasillo vi mi reflejo. El pantalón era demasiado ajustado, se sentía como tener las piernas envueltas en un rollo de film. Mi torso lucía grotesco con las piernas como palos sosteniendo una bolsa de papas.

–Con esto no me voy a poder agachar –le dije.

–Pero te hace más canchero. Ahora se usan así. ¿Querés que te alcance unas botas, así te probás el look completo?

–No me convence, si me agacho se me va a ver la ray…

–Pero ahora se usa así –insistió la vendedora–, es re canchero.

A un costado mis niñas aguardaban sentadas en un sillón leyendo una historieta. Caminé hacia ellas y les pregunté qué les parecía. Las dos me miraron y se rieron. “Te queda horrible”, me dijo la más pequeña.

El diagnóstico fue suficiente. De regreso al probador volví a mirarme en el espejo. Me miré los pies de hobbit y resoplé.

–¿No hay uno que no sea tan ajustado, algo más suelto? –pregunté.

La chica me dijo que se iba a fijar y se perdió entre las mesas del local. Mientras la esperaba, aproveché para conversar con mis niñas y me di cuenta de que comprar ese pantalón hubiera sido un error garrafal.

Lo peor era la presión en la entrepierna y en la cintura, donde el vientre pujaba por un espacio para poder desbordarse. El que inventó esos pantalones no sabe lo que es tener el pupo lejos del espinazo. Las chicas empezaron a resoplar.

Me informaron entonces que tenían hambre y que estaban aburridas. Les dije que yo también y volví al habitáculo. La luz de adentro era un infierno dicróico y empecé a transpirar. Intenté quitarme el pantalón. Fui desenroscándolo piernas abajo mientras rebotaba contra las paredes del probador, bañado en transpiración. Y me vi en el espejo: un señor grande de barba que va golpeando con los glúteos y los codos el durlock hasta quedar en calzoncillos.

Conseguí salir antes de que me viera la vendedora y escapamos con las chicas hacia la calle.

–¿Qué es “canchero”, pa? –me preguntó mi hija mayor.

–No sé, hija. Hace años que no escucho esa palabra.

Con la frente más chica

Descarto la inversión monetaria en aras de renovar el ropero y me hago otra escapada al Centro para encontrar cosas más accesibles. Esta vez voy solo y quiero comprarle algo a mi compañera. La ciudad levanta temperatura, las baldosas están en llamas y la gente va y viene con cara de que les han chocado el auto.

Me meto en un negocio de baratijas que tiene aire acondicionado. Miro y huelo sahumerios, sopeso pirámides para la buena onda y acaricio narguiles pensando en fumar como un descosido. Cuando siento que el cuerpo ya no se me evapora, vuelvo a la calle.

Los cumpleaños me joden un poco, hay una tiranía de la felicidad que me resulta sospechosa. Durante muchos años, la fecha de mi onomástico era la oportunidad que esperaba para rajarme a las sierras a comer un asado. Solo. Sin teléfono.

Y todavía hay gente que tiene el tupé de ofenderse si no estás disponible.

Al resto del mundo le encanta celebrar que está un poco más cerca del hueco, y entonces hay que llamar por teléfono, fabricar conversaciones cordiales y expeditivas que nos permitan quedar como personas educadas y despedirnos rápido.

Voy surfeando mi sombra hirviente por la peatonal. Hay que esquivar roturas, carteles de “Obreros trabajando” y vallas. Después de seis años de tener las manos cruzadas, al gobierno se le ocurre hacer estallar la ciudad en un puñado de días para presumir de expeditivo.

Me meto en una galería donde el aire está un poco más fresco. Me produce la misma sensación que las cocheras o las obras en construcción, cuando te echan un aliento frío en medio del vapor.

Vidrieras con relojes, vidrieras con aritos. Soy pésimo haciendo regalos. Una vez le regalé una caja de habanos a una novia que no fumaba.

Me paro en un local en el que hacen tatuajes. Hay una chica en short con una pierna sobre la camilla. Se está haciendo una flor en el empeine. Una amiga le sostiene la mano mientras ella mira al techo y se muerde el labio.

Hace 20 años que me quiero hacer un tatuaje pero nunca me puse de acuerdo para elegir la tipografía.

De pronto las cuatro décadas y pico me caen encima. Ahora tengo la edad que tenían los viejos que yo miraba desde abajo cuando era adolescente. Tengo la edad que tienen los padres, la gente grande con trabajo, hijos y obra social. Tengo que pagar cuentas, ir a reuniones, mostrarme adulto y responsable.

Aunque sienta que todo es parte de una mascarada, sigo caminando. Cuando me quiero acordar, mis viejos zapatos me han sacado del casco céntrico y ya estoy en un barrio de casas bajas. Me gusta mirar las fachadas, imaginar cómo serán por dentro.

A veces también fantaseo con que gano un Quini y entonces hago inversiones para vivir de rentas. Compro con la mente y nadie de mi entorno tiene que volver a trabajar.

Vuelvo a casa y con mi nena tomamos mate. En la ventana el sol se filetea a través de la persiana.

–Adiviná qué yuyo le puse –me dice ella.

Y le sonrío. Le digo que no tengo regalos y ella le resta importancia.

Me guardo para mí la idea de que estamos muy cerca de algo que se parece a la felicidad, aunque no hayamos agarrado ni una cifra en la lotería.

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Una respuesta a Festejos moderados

  1. Mónica dijo:

    Estimado José: me alegra profundamente volver a leerte…Debo decir que anduvimos transitando, por cierto tiempo, caminos similares y que tus palabras me han hecho sentir profundamente identificada con tu sentir. Entrar aquí ha sido como entrar en una cohera fresquita en un agobiante día de verano.
    Saludos desde el sur!

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