Ventajas de tener a mano una casa abandonada

Cuando veo algo que me emociona, me dan ganas de ir al baño. No me refiero a que si engancho Cinema Paradiso en la tevé termino descompuesto; hablo de que algún extraño mecanismo en el interior de mi cuerpo reacciona de manera espástica ante ciertos y determinados estímulos. Tres estímulos para ser más precisos. Los que me embargan el aparato digestivo son: los paisajes, los museos y las casas abandonadas.

Es uno de los pendientes que me quedó en terapia, entender qué conexión existe entre esas cosas y mis movimientos peristálticos. Porque resolvimos más o menos bien el tema de las fobias, erradicamos casi por completo los ataques de pánico y redujimos a su mínima expresión un complejo de inferioridad enorme.

Pero con esto no llegamos muy lejos que digamos.

Tras varios años de terapia escuché todo tipo de explicaciones nacidas en los senos de distintas corrientes, escuelas y sistemas. Algunos terapeutas de pipas fumar relacionaban mis complicaciones intestinales con episodios no resueltos en la infancia; otros profesionales de la rama del sahumerio apostaron por la somatización; y los que trabajan por Daspu redujeron todo a un temita de colon irritable.

Lamentablemente, conocer las posibles causas no me libera del yugo de la corrida apremiante hacia los baños. Ya dejé terapia, ya me cambié de barrio y acá sigo, con un paquete de toallitas húmedas en el bolso por si acaso.

Mientras el común de los mortales manotea el celular para retratar una puesta de sol que corona de brillos la pelada de las sierras, yo tengo que cabecear como un psicótico buscando desesperadamente un wáter.

¿Y en los museos? Uf. Mientras algunos se dan el lujo de boludear mirando trapos colgados en las paredes, o impostan formación académica mientras se agarran la pera frente a una pila de basura reciclada, yo enloquezco calculando a qué distancia estoy del excusado.

–¿Por qué no puedo ver todo lo que es arte contemporáneo en los museos como hace todo el mundo en vez de andar sudando mientras me castañetean las rodillas? –le planteé una vez, angustiado, a mi último terapeuta.

Como era psicoanalista se limitó a anotar andá saber qué cosa en la libreta sin tirarme ni media onda.

Pero la verdad lo que más me angustió siempre, lo que me jode sobremanera no poder superar, lo que realmente me hincha las pelotas, es no poder recorrer habitaciones vacías sin que se me licúen los órganos.

Bienaventurados aquellos que no padecen el riesgo del relámpago del desenfreno del vientre cuando se meten en una casa solitaria.

Mi aparato digestivo tiene control absoluto de mi existencia, y este es el tema que me tiene en vilo desde que dejé los pañales, porque gracias a su influencia se me hizo siempre cuesta arriba alquilar una casa como Dios manda.

Movimiento es vida

A los atardeceres y a los amaneceres me gusta verlos desde la pantalla de la compu. Así tengo resueltas las descomposturas provocadas por las bondades de un paisaje. También navego las exposiciones de los museos con el teléfono, sentado cómodamente en el baño de mi casa, custodiado por un pack de seis rollos ultra finos y munido de un oportuno desodorante con olor a bebé flotando en lavanda.

A lo largo de la vida me las ingenié bastante bien para combatir la incontinencia. Hice viajes, caminatas, una excursión en Uruguay y tres noches de campamento fuera de casa y acá estoy; no me morí, no me pasó nada.

Aprendí a respetar el capricho de mis chinchulines, y eso me ha permitido sobrevivir a viajes en colectivo en los que cada respuesta intestinal debía ser medida, discreta y funcional a esos bañitos de bondis de larga distancia que son un espanto.

El problema para mí , sin embargo, siempre ha sido visitar casas desocupadas.

Vos dirás ¿por qué va a ser un problema para semejante gordo las casas desocupadas?, y yo te diré que no es fácil señar tu futura vivienda en alquiler si no tenés más de cinco minutos para evaluarla.

Desarrollé técnicas específicas para poder sobrellevar esas visitas a los domicilios donde la vida se ha puesto en pausa. Pero inevitablemente el momento llega y tengo que salir huyendo.

Me pasó mucho sobre todo cuando buscaba casas en Parque Capital, barrio en el que abundaban las propiedades grandes, cómodas y con ese halo misterioso que siempre me hace ir de cuerpo.

Visité muchas casas a lo largo de los años: aprendí a fijarme en las humedades de los zócalos, a revisar los parches de arreglos recientes para prever futuros quilombos estructurales. Con un vistazo te analizo techos, paredes, aberturas y pisos. Me alcanza con dos tincazos para saber si una pared va a dar problemas cuando le apoye un taladro para colgar un cuadro.

El problema es el tiempo. Tengo que hacerlo rápido. No me puedo colgar hablando de humedades con los de una inmobiliaria. ¿Cuánto es la seña y cuáles son las garantías? Vamos muchachos, esto es palo y a la bolsa.

Hubo, sin embargo, una casa con la que generé una conexión distinta. Mirá que han pasado los años desde que franqueé por primera vez su entrada, y al día de hoy te cierro los ojos y la vuelvo a ver tal y como estaba.

En ese entonces vivíamos en un lugar bastante venido abajo que estaba infestado de alimañas y buscábamos algo más digno. Me empecé a fijar en esta propiedad en particular, porque aunque no tenía carteles de “Se alquila”, era evidente que estaba abandonada.

Un día, camino al trabajo, encontré a un jardinero que estaba limpiando la entrada y le pregunté si sabía algo de los dueños. Como buen jardinero, puso en pausa el barrido de hojas y no sólo me contó la historia de la propiedad, sino que para mi sorpresa sacó un manojo de llaves del bolsillo y me preguntó si quería entrar a verla.

–Más Valeria.

Cosas que ocurren cuando no te las esperabas.

Ni vivo ni muerto

A diferencia de otras visitas, esta fue tan improvisada, natural y salida de la nada que ni me dio tiempo a que me temblaran los cachetes. En un momento estaba parado en la vereda y al minuto siguiente estaba en el interior frío y vulnerado de una vivienda desconocida.

Era una casa vieja, grande y robusta; paredes gruesas, techos altos, ambientes amplios. Estaba amoblada, y se notaba que hacía mucho que estaba cerrada.

El jardinero levantó un par de persianas y la luz pareció quemar las pelusas que flotaban en el aire. Todo estaba húmedo y olía a orgía de felinos.

La distribución del interior era inteligente: living, tres dormitorios, cocina, comedor, cochera, patio y un estudio con acceso independiente. Los muebles parecían escapados de un capítulo del Superagente 86, y era difícil resistir la tentación de abrir cajones y puertas.

Pude contener la curiosidad, pero a medida que recorría los ambientes me embargaba una sensación fuerte de pertenencia, de ganas de habitar ese espacio clausurado, una necesidad inexplicable de hacer que resucitaran las aberturas.

Las habitaciones tenían las camas tendidas. Sobre el aparador del living había fotos, adornos y vajilla. En la cocina, sobre la mesa, había dos tazas puestas de revés esperando un desayuno que no se sirvió nunca.

Por la ventana se veía el patio, enorme y delimitado por una pared que garantizaba intimidad. Había un horno de barro, un gallinero, unos caniles y una parra. Todo flotaba en una marea de pasto agreste que se trepaba sin control hasta las rodillas.

–Y este era el estudio del doctor –me indicó el jardinero al tiempo que abría una puerta.

El dueño de casa había tenido un problema de salud que lo llevó a una internación de urgencia. Mientras estaban en la clínica, enfermó su mujer. Y en menos de un mes, los dos pasaron a mejor vida. Los hijos, ya grandes, vivían en el exterior. No hubo tiempo de resolver el destino de la casa, apenas si les alcanzó para cerrar con llave y dejarle una copia al jardinero para que el pasto de la entrada no tapara la puerta.

–Lamentablemente, no se vende ni se alquila. Pero mire, pase y vea el estudio del doctor, que es lo más lindo.

Nunca sabés adónde te puede llevar un videíto de YouTube. Entrás buscando un tutorial para instalar un termotanque y terminás viendo golpazos en la cabeza de jóvenes que hacen skate. El otro día creo que arranqué buscando “árboles limones época plantar” y terminé emborrachándome con videos filmados en casas abandonadas.

Y la verdad es que la idea de meterse en una casa abandonada siempre me pareció hermosa.

Hay una especie de interrupción improvisada en esos hogares silenciosos, una intimidad desnudada a la fuerza que impacta.

No puedo explicar qué efecto tienen en mí el eco de las habitaciones vacías y el perfume rancio del abandono que golpea como un cachetazo cuando abrís la puerta, pero todo eso me puede.

Pero eso suele doblarme en dos sin previo aviso en las citas con las inmobiliarias, como si cada puerta nueva que se abre me dejara lacio el vientre. Es raro. No sé si se puede controlar tomando algún remedio.

Profanador

–El hombre era abogado, ¿ve? –me contó el jardinero mientras me señalaba un diploma en la pared.

Dentro del estudio del doctor aquella tarde empecé a sentirme incómodo. Me gustaba el lugar. Estaba enamorado de la biblioteca jurídica aunque sólo fuera por cuestiones decorativas. Yo también quería un escritorio con teléfono a disco, pisapapeles y lapicero.

–Horas se pasaba el doctor acá, pobrecito –agregó el improvisado guía de excursión.

En una bandeja de plástico descansaban sobres e impuestos viejos.

En un mueble pequeño, junto a un jarrón vacío, estaba la foto del doctor en sus años mozos. Se lo notaba jovial, con una sonrisa de publicidad de dentífrico en blanco y negro. Ahí sentado sobre el capó de su auto, con su camisa blanca, sus tiradores y su pantalón pinzado, ¿se habrá imaginando a un gordo descompuesto del futuro como yo, que le fisgonearía sus espacios?

Repasé con la vista el lugar. El silencio me hacía ruido dentro de las orejas. De pronto me sentí un profanador medieval, un traficante de cuerpos muertos, un ladrón de dientes de plata. Necesité salir a tomar aire.

El jardinero me acompañó afuera y me dijo que no, que lamentablemente no me podía dejar volver con una cámara de fotos.

Durante los siguientes cuatro años pasé a diario frente a la casa. Nunca más volví a ver al jardinero. La propiedad sigue ahí, toda gris y enorme, como una tortuga muerta en un charco de sombras.

Suelo pensar mucho en ella.

Iba a inventar un final tramposo para esta historia, como que el jardinero era en realidad el médico, para ponerle un poco de picor al relato, pero la verdad es otra, mucho menos glamorosa.

La verdad es que no puedo superar mis problemas digestivos. Y que el recuerdo de la casa lo tengo a mano por si algún día me agarra algún estreñimiento repentino.

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Una respuesta a Ventajas de tener a mano una casa abandonada

  1. elrober dijo:

    Toallitas húmedas???!!! Nopodésétanmaricaaa jajaja al frente de la casa de mi vieja hubo una casa abandonada, siempre pensé entrar. Nunca me animé

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