Todos los vecinos del mundo y el mío

La obra está por cumplir un año y capaz que ahora se detiene. El vecino quiere armar una especie de complejo urbanístico a la medida de su divorcio, entonces tumbó paredes, destruyó canteros, construyó encima del resto de las propiedades, se hizo dos locales comerciales y le armó un nidito de amor a su ex medio cítrico para ahorrarse tener que mandarla a vivir lejos.

Todo esto ocurre en un PH muy viejo de cinco departamentos, uno de los cuales temporalmente ocupo yo por esas cosas de la vida.

Siendo las 13 de mi día franco, me desayuno con dos trabajadores de la construcción asomándose por un hueco flamante donde al vecino ahora se le antojó que tiene que haber una ventana.

Es un tipo de setenta y pico, muy poco adepto a consensuar con el resto. Desde que arrancó jamás se dignó a tocar un timbre para avisar nada de todas las cosas que hizo, que incluyeron tumbar la fachada del condominio para poner en alquiler su living como negocio de ropa y quiosco.
El hueco nuevo que aparece en el patio del vecino me da lástima. No es estrictamente mi patio, pero sé que esa propiedad está subalquilada, entonces la dueña real ni debe estar enterada.

–¿Estás enojado? –quiere saber mi pequeña.

–Hija, el papá nació enojado.

Los niños tienen ese sexto sentido que los mayores queremos olvidar cómo usar. Eso es quizá la parte más asombrosa de la experiencia de la paternidad, tratar de entender cómo ven el mundo, qué cosas les llaman la atención. Aprender de la inocencia.

Es un ejercicio inevitable: intento comparar su realidad con la que me tocó a mí mismo a la edad que tienen ahora. Y lo mejor de ese mecanismo es que el pasado se me viene encima en fetas claras todo el tiempo, así que hasta me doy el lujo de analizarlo más tranquilo para entender mis propias falencias.

Lo más interesante de este juego es que somos personas distintas, con sensibilidades, gustos y deseos que no tienen nada que ver. Y en esa revisión automática, si uno afina la puntería, se pueden ver un montón de coincidencias y disidencias esclarecedoras.

Sueño sostenido

A mí me gustaron siempre los libros porque una de las patas de la cama de mi infancia estaba hecha de ellos. Recuerdo pasarme largos minutos observando con fascinación fronteriza cómo las astillas de la madera se hincaban en las tapas de las novelas de moda en los 70.

La pata de la cama variaba de grosor y de color según los libros se fueran rompiendo con las astillas. La última pila de novelas que sostuvo mis sueños fue la colección de Corin Tellado, una autora que dedicó su vida a escribir historias cortas de amor y que figura en el libro Guinness por haber publicado todo lo que publicó.

–¿Se puede leer libros y no ir más al colegio, pa?

Cada vez que mis hijas me preguntan algo siento que me dejan al borde de un abismo. Esa respuesta improvisada y al voleo puede marcar la diferencia entre un futuro sano y de claridad y un destino de lustrar divanes de psicólogos gestálticos.

La respuesta que me viene naturalmente es que los colegios son un invento de la cultura blablablá, y que la educación avanzó tanto que hoy bien se puede no sé qué, y las escuelas Waldorf y el sistema capitalista salvaje y vámonos a vivir al campo.

Pero miro sus ojitos expectantes, su carita de tabula rasa y me contengo.

–Vas a tener que ir al colegio sí o sí. Yo ya intenté de todas las maneras posibles esquivarlo y lo único que conseguí fue repetir en mil lugares distintos y hacérmelo más largo.

–¿Vos eras mal alumno?

–No, pasa que entonces no había Google.

Zona de obras

El vecino se siente empoderado como una empresa constructora y se escuda en una tríada de argumentos bastante endeble, que incluyen “Estoy mejorando para ustedes también”; “Soy jubilado y quiero tener una entrada”; “Yo en su momento me banqué sin chistar las obras de los demás departamentos cuando los construyeron”.

Mis hijas lo bautizaron “el viejo que arregla”. Yo suelo usar nombres un tanto menos poéticos.

Sobre todo los lunes, cuando amanezco entusiasmado con mi franco y el mate se me enfría en la mano escuchando los martillazos. ¿Tengo que hacerme mala sangre o dejar que todo fluya?

Sopeso la situación. El otro día mi hija me dijo que le gustaba mucho que fuera a buscarla al colegio porque yo le cuento cosas.

–Venir conversando en el auto es lo que más me gusta. Aparte vos sabés todo –se entusiasma–. Te pregunto de dónde sacan la nafta y sabés. Te pregunto cómo es un programa de televisión y sabés. Te pregunto el número para llamar a la pizzería y sabés.

–Es cierto, hija pequeña, tu padre es un tipo muy inteligente. Aunque mi secreto es que sé buscar bien en Internet.

Así es la vida: para unos somos importantes, para otros no valemos ni una moneda.

Los martillazos se suceden y una nueva nube de polvo se cuela por debajo de las puertas.

El mundo está lleno de gente loca. Estamos rodeados de patologías, desdén, impunidad, falta de empatía e inspectores de tránsito.

Esta mañana, cuando aparecieron los albañiles por el hueco de la pared, entre los martillazos y la polvareda, decidí vestirme, comer algo rápido para sacarme el ayuno y encarar otra vez una charla incómoda con un tipo que no tiene la más mínima intención de escuchar otro argumento que no sea el suyo.

Apenas me ve, empieza a atajarse. Ni sé qué me dice. Ni me interesa. Quiero dejarle en claro que no me importa su divorcio, su situación económica ni sus planes de vida. Hoy es lunes y no tengo ganas de aguantar martillazos ni los albañiles asomados en mi ventana.

Se lo digo con todas las letras. Le digo también que desde que arrancó su obra venimos perdiendo como en la guerra.

–La bicicleta, por ejemplo, con las puertas abiertas todo el tiempo pasó lo que le dije que iba a pasar, y nos robaron.

Entonces interviene uno de los albañiles. O los dos. Me increpan arguyendo que los estoy discriminando porque indirectamente los señalo como responsables del robo. Usan un modo menos rebuscado de expresarlo.

Abstracción

Intento abstraerme para mirar la situación desde arriba. Estaba esperando con ansias este lunes para relajarme y para hacer cosas que tenía ganas. Y ahora me encuentro en un ringside en la puerta de mi casa.

–Nosotros somos de la iglesia de no sé cuánto –me dice uno de los muchachos que tiene las herramientas–, jamás te vamos a robar nada hermano.

En el enjambre de idas, venidas, dimes y diretes, siento que el estrés me ronda el pecho como un animal salvaje que da zarpazos para que le abran la jaula.

Es increíble que uno tenga que hacer concesiones con desconocidos en la puerta de su casa, pero así funciona el mundo. Me tengo que poner a explicarles a los muchachos que no se trata de algo personal, que no es que no quiera verles la cara a ellos en la ventana, sino que no quiero verle la cara a nadie.

–Así sea la Madre Teresa la que venga a revocar con ustedes, el tema es que no quiero a nadie en la ventana. Vivo ahí. No quiero.

El viejo me explica que carezco de sentido de la colaboración, que no soy un buen vecino y que soy un necio al no aceptar que el complejo de departamentos está mejor desde que él arrancó armando todo el bardo.

–Como sea. Pero no quiero a nadie en mi ventana para revocar nada.

Mi día de descanso queda dinamitado. Salgo a la calle con la paciencia herida de muerte, con acidez, con resignación, con algo de tristeza y con una parte del ojo titilando.

Las bocinas de la calle se mezclan con las puteadas de la gente. La ciudad vive enroscada sobre sí misma como un gato gris crispado, listo para devolverte un zarpazo si tratás de acariciarle el lomo.

El techo de los pozos siempre es el cielo

La puerta del colegio es un infierno de autos con los baúles abiertos y niños uniformados por todos lados.

Hay niños que corren entre gritos de alegría y chocan entre sí a los cabezazos. Me gusta ir al colegio porque revivo la sensación de libertad plena que se tiene al dejar ese lugar camino a casa.

Mientras subo las escaleras voy rememorando en fetas esa algarabía desbocada de ganar la calle, esa forma tan primigenia de disfrutar que no se tienen obligaciones.

Miro la cara de los transportistas, ¿cómo hacen para ubicar a los niños de un vistazo en ese enjambre de caritas?

En casa los albañiles habrán terminado para cuando lleguemos. En el viaje hablamos de convivir y de todo lo que cuesta.

–¿Sos feliz, pa?

La pregunta es tan compleja que sólo me sale contestarla con la verdad.

–Sólo si vos y tu hermana están bien.

–Y el viejo que construye, pa. ¿Es feliz?

–Quiero creer que sí, hija. De otra manera no se explica tanto despelote.

–Cuando sea grande quiero ser como vos –me dice–. O sea, no quiero trabajar de lo que vos trabajás. Quiero saber cosas y tener respuestas.

La miro y le sonrío. Estamos entrando a casa. Las patas de su cama son de madera y no de libros. Ojalá ese detalle haga la diferencia.

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Una respuesta a Todos los vecinos del mundo y el mío

  1. Camilo dijo:

    Martillazo en el clavo.

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