Rebalsar la copa del más allá

Juro por todo lo que quieras que cuando prendimos la luz, sobre la mesa se leía clarito, escrito con cera de vela y en latín: “Espiritum diabolicum”. Fue la primera vez que jugué al juego de la copa y todavía estaba en el colegio secundario. El mío era un colegio de varones así que no veíamos jamás a personas de otro sexo que no fueran parientes o personal educativo.

Un poco por eso elegimos juntarnos en la casa del santiagueño, ya que tenía una hermana algo mayor que nosotros y a todos nos gustaba.

Pero en lo personal también debo reconocer que abogué para que hiciéramos contacto espiritista en su domicilio por si algún diablo se ponía loco: no quería saber nada con llevar esos quilombos a casa.

Esa noche también estaban las amigas de la hermana del santiagueño, y había una chica en particular con la que no pude generar un buen vínculo: mi avidez por una experiencia sobrenatural chocaba de frente con su formación ultracatólica.

–Vos sos boludo, nene –me dijo ante mi insistencia–, te va a aparecer un fantasma en serio y te vas a arrepentir toda tu vida, ya vas a ver.

Los demás estaban indecisos, pero yo ya había tomado la iniciativa y estaba recortando las letras, los números y las palabras “sí” y “no” para hacerle más fácil la comunicación a cualquier entidad extradimensional que anduviera al pedo ese sábado a la noche.

La hermana del santiagueño trajo unas velas y el propio santiagueño en sí mismo se las ingenió para burlar el cerrojo de una vitrina donde la madre guardaba los vasos más conchetos, todo esto a pesar del cagazo mayúsculo que se le notaba instalado en la cara.

La copa tenía la pinta de andar bien para nuestros propósitos poco santos, pero de todas maneras la pasamos mano en mano para sopesarla y evaluar su diseño.

Los padres de mi compañero se habían ido a una fiesta de casamiento, así que comimos la pizza y ordenamos todo para dejar la mesa a disposición de nuestro contacto con el más allá.

Yo mismo me encargué de acomodar los papelitos y de encender las velas. Y la chica ultra católica no paraba de decirme:

–Qué tonto que sos, nene. Qué tonto.

Finalmente alguien dejó a oscuras el living y la vela nos puso a todos una máscara amarillenta de solemnidad sobre la cara. Lo único que sabía era que pasara lo que pasara, a la copa no se la podía dar vuelta. Esa sola instrucción tenía en el manual de esoterismo que me había inventado.

Y que había que tener un papel y un lápiz para ir anotando las cosas que surgieran de la charla con los muertos.

–Shhh callate un rato vos –le dije a la joven dogmática–. Y si sos miedosa, andá a tu casa.

Propietario de ultratumba

Unos años más tarde volvería a practicar el juego, esta vez en un departamento en planta baja perteneciente a un flaco que no sé quién era pero que vivía solo y entonces le caíamos todos los que estábamos al pedo los fines de semana.

Era un tipo más grande que solía hacer fiestas en su casa para seducir veinteañeras. Hacer el juego fue su iniciativa. Según nos explicó, quería comunicarse con el espíritu de la difunta dueña del departamento para que le dijera si había dejado una plata escondida.

Para esto se valdría de un tablero “oficial” que un pariente le trajo de un viaje al exterior. Era un tablero hermoso de madera lustrada así que me puse a estudiarlo.

–Flaco, no me lo manosees porque la grasa de la mano le saca propiedades –me pidió el dueño de casa.

Dejé el tablero sobre una mesa ratona y me acomodé en un sofá. Había mucha gente en torno a esa mesita, todos iguales de expectantes. Era una noche inusualmente cálida de agosto y las ventanas estaban abiertas.

Es increíble cómo la sugestión puede obrar en la gente, porque ni bien el tipo puso la copa sobre la madera y pidió silencio, el lugar quedó como una tumba.

–Los que no estén de acuerdo con estos rituales, los que tengan dudas, los que tengan miedo –dijo el flaco con un marcado acento cordobés– es el momento de que se vayan.

Jamás escuché nada con tonada cordobesa que me pareciera solemne. Así sea un discurso para reivindicar, no sé, la lucha contra la matanza de osos panda. Los cordobeses hablamos de una forma difícil de tomar en serio.

Creo que es algo similar a lo que les pasa a los brasileños: ya sea por la forma de arrastrar las vocales o por usar vocablos cariocas, todos se nos ríen si abrimos las bocas.

–Es la hora. Apaguen las luces y respiren profundo –dijo el chamán improvisado.

El departamento daba a un patio interno y quedó un tenue haz de luz que venía de afuera. Adentro formamos una corona de rostros oscurecidos frente a los que flotaba ocasionalmente la brasa roja de un cigarro. Nadie le quería sacar la vista al tablero.

Wifi, danos una señal

La tercera y última vez que hice esta pavada fue en el campo, una madrugada en la que ya no sé cuántas botellas de cervezas habíamos tumbado de puro aburrimiento. Supongo que la falta de internet promovía cualquier acción para gambetear las horas muertas en esos años mozos.

Éramos un grupo de jóvenes veraneantes con ganas de probar sensaciones nuevas sin gastar nafta en el auto, así que cuando surgió lo del juego de la copa, a todos nos pareció una buena idea: nada mejor que una noche de enero con grillos y fantasmas.

Hacía calor y estábamos en cueros. De pronto uno que tomó el rol de conductor de la ceremonia garabateó las letras y los números con un fibrón sobre la mesa de fórmica.

–Vamos a usar esto porque acá no hay copas –dijo alzando un jarro de chopp.

No hubo disenso. Es increíble el grado de irresponsabilidad de los veraneantes que se arriesgan a abrir un portal con el más allá por el mero hecho de estar en pedo.

–En esta invocación puede tocarnos cualquier espíritu, así que abran bien los ojos y presten atención –nos instruyó el que sí o sí tenía que ser chamán por el pelo largo y la vincha.

Todos asentimos impostando solemnidad, porque como te ven te tratan y este no podía ser otra cosa que brujo con esas sandalias franciscanas.

Espíritu engañoso

La noche en que la ultracatólica se amotinó para que no convocáramos a ninguna entidad del tercer tipo, pasaron dos cosas. Primero, me di cuenta de que me había enamorado de su estrechez y de su compromiso ciego con una ideología; segundo, encontré el mensaje escrito sobre la mesa y casi me hago encima.

En esa velada le hicimos varias preguntas al aire con la esperanza de que la copa nos cantara la posta letra por letra, pero no hubo verdades reveladoras.

Pero cuando encendimos la luz se vio clarito sobre la madera de la mesa, escrito con la grasa de la vela, “Espiritum diabolicum”. Y del salto que yo pegué casi me hago un sombrero con el plafón del techo.

–¿VISTE, VISTE? –le decía a la religiosa al tiempo que hacía molinete con los brazos–. ¡LOS ESPÍRITUS EXISTEN!

La chica empezó a llorar, pero de risa. No tardé en entender que ella misma había escrito el mensaje en la mesa.

Jamás me sentí tan solo y vulnerable en una sesión de espiritismo. De más está decir que nunca volví a tener contacto con ese grupo de gente.

El inquilino del diablo

La experiencia en el departamento del tipo que organizaba reuniones para engrupir a veinteañeras también reveló dos cosas. Primero, que el tema genera mucha tensión. No lo entendí en su momento, pero varios de los asistentes ya estaban en edad de tener problemas reales, muertos reales, duelos de carne y hueso, y a nadie le gusta que le rompan las bolas por ese lado.

Lo segundo que descubrí esa noche es que a la gente le gusta llorar en público si hay luz baja.

Fue una sesión muy emocional con quiebres a moco tendido, todo esto antes de que viéramos cómo la copa empezaba a deletrear.

El espíritu que nos atendió la llamada esa noche era un tal Mirko y no tenía nada que ver con la propietaria, pero se mostró muy dispuesto a saciar nuestra curiosidad.

Entre las preguntas que se hicieron, hubo una que fue el broche final para la experiencia, porque la respuesta fue “Van a morir” (en realidad creo que no terminó de deletrear el “van” y que al resto lo dedujimos).

No hizo falta que el cristal llegara a la letra “r” para que se desatara la estampida; alcanzó con que en la ventana del departamento se trenzaran en combate dos gatos de pelaje oscuro salidos de la nada.

Al grito de ¡Gatos negros! ¡Gatos negros!, nos autoevacuamos hacia las calles entre alaridos para jamás volver a vernos.

Campo santo

La última experiencia fue la más reveladora. Por algo dicen que la tercera es la vencida.

En esas vacaciones en las que hicimos una ronda descamisada de borrachos en torno a la posibilidad de conocer qué onda con el más allá, no fue la sugestión la que hizo de las suyas.

Lo que ocurrió nos cambió la perspectiva de las cosas a todos pero no puedo decir más porque no me gusta tentar la suerte. Y aunque me encantaría entrar en detalle, hicimos un pacto. Y creo que no está para nada bien romper un pacto entre caballeros. Los pactos se respetan, sobre todo si están hechos con los muertos.

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Una respuesta a Rebalsar la copa del más allá

  1. Edi dijo:

    A mi solo me dió la impresión que la ultracatólica estaba con vos y vos solo pensabas en la copa?

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