Pistas para saber si llegó tu hora

A mediados de los ’90, y por motivos que no vale la pena aclarar, las vueltas de la vida me hicieron coincidir para una cena en la misma mesa del restaurante donde estaban el entonces presidente del club de fútbol Belgrano, el actor Tristán y una bruja. La presentaron así: “Y ella es tal, que es bruja”. Me llamó la atención que todos tomaran con naturalidad el hecho de que una persona tuviera como profesión la hechicería y la magia, pero como suelo mirar el mundo de una manera infantil, ese plantel que formamos, digno de las películas de Narnia, me pareció simpático.

Había más personas en la mesa, pero los detalles escapan a mi memoria. Además, en esa velada el vino corrió parejo y sin pausa, y lo que en un comienzo era camaradería y lenguaje cuidado no tardó en convertirse en un aquelarre en el que los frenos inhibitorios se fueron al tacho.

Esa iba a ser mi primera borrachera fuerte. Hasta entonces era del chorrito de blanco en vasazo de soda con hielo, apenas uno que otro sodeado liviano. Pero acá el vino tenía color jeringa de análisis y todos lo tomaban natural (tibio) y sin rebajarlo con nada.

Al tercer brindis me puse a contarle chistes a Tristán. Jamás sabré qué le pareció mi rutina, porque entre los efectos etílicos y la mala iluminación del lugar, la verdad es que me costó leer en su mirada otra sensación que la del hastío por tener que aguantar a un cordobés borracho con aspiraciones de artista.
En esa época era lo que más quería, me parecía el camino natural. Hasta creía que era cuestión de elegir la rama y que después el árbol de la vida se acomodaba. En mi ingenuidad pensaba que alcanzaba con “evitar” las empresas y los empleadores para ser feliz.

Al momento de esa cena me encontraba preparando mi primer guion para hacer café concert. Una locura, y le debo a Tristán y a su mirada esquiva el no haber caído en la tentación de pensar que las estupideces que se me ocurría escribir estaban reñidas con el talento.

Sin embargo, esa noche ocurrieron varias cosas. La primera fue que en un momento la bruja se cambió de asiento y se puso a mi lado. De la nada. Motu proprio.

El misterio de su profesión, la dulzura empalagosa de su perfume y el tintinear de las monedas que pendían de su collar me absorbieron de repente. Yo no había hablado nunca con una mujer que usara bandana y supiera cosas del pasado y del futuro y tuviera las uñas de los pies tan largas.

Así que entre fascinado y borracho, mientras los demás brindaban entre devaneos sobre los designios del club de fútbol, yo aproveché para hacerme el seductor con la señora.

–Cuando su marido quiere salir, ¿le dice a los amigos que va a preguntarle primero a la bruja? –le dije entre muchas otras pavadas dignas de responder con una bofetada.

En perspectiva calculo que habrá sido una mujer de la edad que yo tengo ahora. Pero cuando tenés 20 años, la gente de más de 40 te parece eterna de vieja. Igual la bruja me gustaba. Había algo entre rústico y seductor en su rouge resquebrajado, tal vez una lascividad añeja en el granulado que se acumulaba en sus pestañas.

Y la verdad es que cuando sacó las cartas del bolso y cruzó las piernas, dejé de tener los ojos a media asta y los abrí por completo.

–Vamos a ver qué nos dice la suerte de vos, bebé –dijo.

El presidente del club se inclinó hacia mí para susurrarme:

–Tranquilo vos, pendejo.

Nada nuevo bajo el sol

Algo de lógica tiene. Digo, esto de guiarse por la influencia de las estrellas no es nuevo. Los primeros marineros usaban el cielo como un mapa y así esquivaban las corrientes que los podían estrolar contra los arrecifes. Hay un montón de religiones antiguas que festejaban la alineación de los astros decapitando gente, por ejemplo. Ni hablar de esas culturas que levantaban corrales circulares con piedras que si les da el sol no sé qué día del año, se ven cosas.

No lo digo yo, lo dicen los canales de documentales. Los druidas, los aztecas, los maoríes, los comechingones, los pueblos jíbaros y hasta los camioneros de larga distancia se guían por el cielo. ¿Y en la antigüedad? Esa gente no tenía internet ni GPS, y sin embargo mirá los quilombos que armaron guiándose con las estrellas.

¿Los egipcios? No cualquier caído del catre te levanta una pirámide que dure mil años con los cimientos en la arena. Está bien, liquidaron generaciones enteras de personas, fueron crueles, despiadados y dejaron un tendal de sufrimiento, pero los tipos tenían unos calendarios que eran para sacarse la gorra.

El secreto siempre está en las estrellas. Y en lo que necesitamos oírles decir de nosotros. A esto lo saben desde Ludovica Squirru hasta la gitana que te tironea la manga en una plaza.

Dentro de la futurología y el estudio del cosmos hay disciplinas que me resultan simpáticas en su forma de entender la relación que tenemos con el universo.

La bruja me hizo cortar el mazo, me habló de cerca y hasta me festejó un par de chistes más que hice, animado por el nivel de tinto en sangre.

–… dice que entra un chupado a un velorio y encara para donde estaba la viuda…

–Sacá la primera carta y dala vuelta.

En un momento de esa noche extraña, el restaurante cerró las puertas y sólo quedó nuestra mesa iluminada. Tristán se sumó a la lectura para relatarla como si fuera un partido de fútbol y el presidente del club me dejó clavada la vista con severidad, porque cada vez que la bruja terminaba una frase me apoyaba la mano en la rodilla. Rodeados de mozos que se habían sumado como espectadores y pedían recomendaciones para jugar a la quiniela, la bruja sacó de repente la carta del esqueleto en bicicleta con un reloj en la mano y se hizo un silencio inexplicable. Yo ya no sabía si estaba en un restaurante o en un sketch de Sofovich.

Raro, como encendido

Sólo una cosa me quedó grabada de todas las que dijo la bruja en esa velada. Una cosa sola porque era demasiado irreal para ser cierta. Demasiado imposible. Pero como hay un testigo de lo ocurrido en esa cena, alguien que esa noche no estaba lacio del pedo como un servidor, sé que no lo soñé.

Me cuesta reconstruir cómo acabó aquella jornada, porque para mí la película se terminó cuando me puse de pie y todo el chupi se me fue a la frente (y luego la frente se me fue al piso).

Tengo flashes, como la de estar parado frente al espejo del baño mirándome los dientes todos violetas, o la de increpar al mozo que se había puesto insistente con un autógrafo de Tristán, al grito de: “No le podés sostener la mirada, caradura, ¿qué clase de fan sos?”. Un horror.

No volví a ver a la bruja. Tampoco al directivo de Belgrano. Mucho menos al actor. Y por el bien de la sociedad occidental, también me alejé del vino tinto.

Pero la pica con las profecías de la bruja me siguió durante años.

A la fecha, mi relación con el esoterismo sigue siendo de desconfianza. Con mi compañera solemos leer los horóscopos porque vienen pegados a los crucigramas en el diario. Y a fuerza del hábito de recrearnos con lecturas varias, terminamos chequeando diagnósticos de cartas astrales y esas cosas que son un poco más elaboradas.

Hay parejas que se entretienen jugando al tenis, nosotros disfrutamos chusmeando las novedades que nos depara el futuro según la inspiración de los redactores de futurología.

Esa prosa ampulosa me despierta desconfianza. Y es que siempre desemboca en pronósticos panorámicos que parecen una estafa: “Un mes para grandes cambios”. Vamos, muchachos, si me van a embaucar pónganse las pilas y garanticen mínimo que voy a recibir de regalo un unicornio.

En las últimas semanas, sin embargo, algo raro comenzó a pasar.

De pronto las lecturas se pusieron, ¿cómo decirlo?, más específicas. Está bien, no anunciaban la llegada inminente de un unicornio, pero apuntaban con precisión inquietante sobre aspectos tan finitos de nuestra realidad cotidiana que, muy a regañadientes, tuve que aceptar que nos iban como un guante.

Reloj, detén tu camino

Ahora bien, desde que los pronósticos se afinaron y están yendo cada vez más al hueso, a nosotros se nos empezaron a romper los relojes. A ver, que dicho así suena hasta poético, pero de verdad que los relojes que tenemos cerca empezaron a fallar uno por uno.

Ojo que yo no soy de esos que tienen delirios místicos. Y me considero lo suficientemente despierto como para que no me embarullen con argumentos de folletín. Pero que de un tiempo a esta parte los relojes se están rompiendo posta.

Primero fue el de la cocina. Cambiamos la pila, anduvo un par de días más y paf. Después le tocó al que usa mi compañera en la muñeca. No hubo forma de hacerlo andar otra vez. A ese le siguió el del auto y luego hasta se murió el que usamos para despertador.

El último en clavar la pala fue el reloj que compré en Singapur en un ofertón de internet que resultó ser un chasco.

–¿Te das cuenta de lo que le pasa a los relojes que tenemos cerca? –me preguntó esta mañana, pero me hice el desentendido, y sin embargo insistió.

–La bruja no te había dicho a vos que…

–Jamás menciones lo que dijo la bruja –la interrumpí–. Menos ahora que está el tema de los relojes rotos.

Es un misterio. Porque puede tratarse de una profecía autocumplida, de una casualidad rotunda o de… Me da un poco de julepe pensarlo. Y mirá que no creo en nada. El tema es que incluso los relojes muertos tienen razón al menos dos veces al día.

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