Compras al pedo por internet

Hola, mucho gusto; yo soy el que compró el reloj por internet. Ya sé, ya sé, un tipo universitario, con familia a cargo, formado en trabajos cercanos a la publicidad, y de todas formas… Mucho gusto. Soy el que metió la gamba hasta el muslo. Pero la culpa es de los publicistas que saben cómo acordonarte cuando no te la estás esperando.

Esto pasó hace más de un año. Algunas páginas raras debo haber estado navegando porque cuando empecé a cerrar todo, quedó flotando una ventanita más chica que el resto en la que aparecía un reloj que si lo ves te caés de culo. Sobre todo por el precio. “Eshte reló pué sé tuio por un euro”, dijo una voz española y sensual en la soledad de mi living en esa madrugada.

Ya me estaba por ir a dormir, pero la voz como que me dio intriga. Y el precio, y que decían que te lo llevan a cualquier lugar del mundo.

Trabajé un tiempo en agencias de publicidad. Incluso tuve que hacer proyectos con creativos publicitarios en otros momentos de mi vida. Estudié una carrera que un poco te habla de eso. Y no cabe duda, la publicidad es la más sutil de las manipulaciones para que abramos las manos y dejemos caer las monedas. Y, sin embargo…

¿Querés que te diga más? La historia de la modernidad es un combate contra la seducción ficcional mal usada por la publicidad: el relato épico para que compres tampones, la apelación al golpe bajo para que te decidas por un mueble ideal para empotrar el tele. Los creativos publicitarios son los responsables de que necesitemos cosas que no necesitamos.

Lo digo con bronca, con pesar y con vergüenza, porque soy de caer seguido en la trampa.

Me ponés un reloj a un euro, con una voz gallega sensual, con una foto que parece que el reloj es de La guerra de las galaxias, y además me mostrás que adentro tiene tres ventanitas redondas en miniatura con más agujas que andá a saber qué miden, y te juro que lo pienso.

Ma qué lo pienso: me le fui al humo. Miré sobre mis dos hombros primero y me agazapé sobre los detalles del envío. Y la coroné poniéndome los lentes para ver bien el número de la tarjeta de crédito, alumbrado clandestinamente por una lámpara de bajo consumo sin tulipa.

Después cerré y apagué todo, como si hubiera estado viendo pornografía a escondidas.

Todo llega

Esto de la compra vil del reloj fue hace como un año y medio. Me acordé en estos días, ahora que está de moda el hot sale. Confieso que demoré un buen rato en entender qué es el hot sale. Básicamente se trata de un grupo de comercios que se ponen de acuerdo para promocionar ofertas en internet en determinado período. Ahora le dicen hot sale, antes se llamaba semana de ofertas a secas.

La modernidad viene con estas cosas que si no tenés tarjeta de crédito medio que te quedás afuera, pero que si estás bien bancarizado, te sirven para faenarte la vida en cuotas.

Sé que es así. He trabajado codo a codo con publicistas engañando a la gente, y acá me tenés.

Sale el hot sale y un colchón te hace falta. ¿A quién no le importa mejorar el sueño? No hay tiempo de consultarlo con la almohada. Tiene que ser ya, porque es el hot sale, porque tengo planes de pago, porque la publicidad dice que me va a cambiar la vida y porque en las propagandas de colchones siempre hay gente feliz con las patitas en alto.

Mi compañera es inmune a estas boludeces. En el fondo me viene bárbaro. Yo intento convencerla de cada cosa que aparece en el monitor sacando chispas de ofertas. En realidad no busco su permiso, lo que necesito es su parsimonia, la forma en que le resbala el capitalismo:

–¡Mirá! ¡Una cortadora de pasto con hélices en 12 cuotas y te ahorrás casi mil pesos!

–Ajá.

–O esto, mirá, un cubrecama con el mapa de Londres y las capitales. ¿No estaría buenísimo tener uno?

Creo que “Ajá” debe ser una especie de conjuro, porque cada vez que lo dice me convierte las ofertas imperdibles en una pelotudez insignificante.

–¿Te parece comprar tal o cual cosa sólo porque está de oferta?

–… y en cuotas.

–Igual.

–Siempre quise un juego de platos de Kill Bill.

–Pero con una mano en el corazón, ¿realmente nos hace falta?

La venganza es un plato que se degusta frío y la publicidad obra de maneras misteriosas. Desde que estuve indagando en esas búsquedas para aprovechar la semana de ofertas, ahora me aparecen cartelitos de publicidad por todos lados. Me siento invadido de colchones, máquinas de cortar pasto y acolchados con mapas de distintos países que se me metieron en el mail y en las redes sociales.

Antes te bombardeaban con ofertas para agrandamiento de genitales, ahora te conocen bien, mejor que nadie. Ahora van al hueso.

–Lo bueno es que nunca caigo en la tentación –me jacto.

Obviamente no le digo lo del reloj que compré un tiempo atrás. Más vale que tampoco menciono que después de la operación de comercio internacional me llegó un mail de Singapur donde tenía que depositar no sé qué para autorizar la salida del producto desde el puerto de Shangái o no sé dónde mierda.

Matate que no le iba a reconocer que di por perdida la guita, y que después me avisaron que no quedaba stock y que tenía que elegir otro reloj si no quería perder el monto ya abonado.

¿Vos te creés que yo, con la edad que tengo, te voy a reconocer que no conforme con haber hecho ya una cosa que a todas luces es una cagada enorme, fui y elegí otro reloj en una página escrita en ruso en la que sólo quedaban modelos que arrancaban todos en un mínimo de 10 euros?

Ni en pedo le iba a decir que toqué todos los botones de la página porque no se entendía qué había que poner; ni en pedo le iba a blanquear que soy un peligro con un billete en la mano.

Puerta a puerta

Amo las casualidades. Me gusta pensar que hay como una concatenación de hechos fortuitos que coinciden para alinear los patitos del universo: al día siguiente de la charla sobre no comprar cualquier sorete que aparezca flotando en internet, me llega una encomienda rarísima.

Aprovecho que estoy solo y empiezo a quitarle el envoltorio al paquete. Está cerrado de una manera tan hermética que, a pesar de tratarse de nailon y stickers, me cuesta mucho destrabar.

Con los dientes voy desgarrando mientras rememoro mis últimas metidas de gamba virtuales. ¿Habré comprado joyas sin querer cuando buscaba fotos subidas de tono?

El paquetito está lleno de códigos de barra y números. Mientras chupo el plástico imagino la cadena de manos que han puesto este envío entre mis dientes, cuánta de esa gente ni se enjuaga después de hacer pis.

Adentro hay un reloj. Me cuesta entender de qué se trata, pero cuando me cae la ficha, siento que le gané un pulseada al diablo.

–¡TOMEN HIJOS DE PUTA! –le grito a la habitación vacía, con un trozo de nailon enganchado en un canino.

El reloj está envuelto en una especie de celofán atado con una cintita de colores. Me siento festejando un cumple en el primario.

Ni lo dudo y me meto en la boca el envoltorio pequeño también. Chupo y muerdo con fruición para abrir el premio, y mientras devoro la barrera que me separa de la apoteosis de la pelotudez humana, me concentro en el sabor del material que tengo en la boca.

Hay sudor de las manos de los que manufacturaron esto vaya uno a saber en qué cueva debajo de qué montaña. Ni baño debe tener esta gente. Pienso en los relojes viajando a lomo de mula hasta llegar al puerto. Imagino los contenedores flotando en alta mar, en el escorbuto de los marineros, los estornudos que le habrán echado encima y la cantidad de ratas de distintas partes del mundo que hicieron caca sobre mi compra.

Después caigo en cuenta de que el paquete llegó sano. Las veces que he visto paquetes enviados desde el exterior, llegan “espiados”. Pero a este parece que nadie lo abrió. Raro. Bien por mí.

Desempacando

Sopeso la pieza con una mano y me invade un a sensación extraña: debería sentir asco porque estoy con ganas de arrodillarme en señal de respeto por la oferta y la demanda. No es sólo el reloj. El reloj me importa un pedo. Es haber completado el círculo, tener en la mano la prueba de que yo pude hacerlo, que ya tengo edad para comprar un reloj de mierda en la otra punta del planeta si quiero.

Por internet y con una tarjeta. Yo solo contra el mundo.

Lo primero que descubro es que la calidad del material no es una cosa como para volverse loco. De hecho, me cuesta apretar los botones del costado. Y me empeño en que respondan hasta que me doy cuenta de que son de fantasía, al igual que los tres circulitos con agujas que tiene , que están pintados y son muy realistas.

Da la hora, eso sí. Atrasa un toque, pero te recontra ubicás. Y si no fuera porque me queda medio laxo de muñeca, diría que es un derroche de facha.

Lo importante es la imagen. Como te ven te tratan. La publicidad lo sabe. Los creativos de las agencias descorchan espumantes y encienden cigarros con billetes gracias a eso.

Soy crítico con las herramientas de venta, un hombre grande con obligaciones y esas cosas, y acá me tenés.

Intento armar una estrategia para blanquear esta compra absurda delante de mi compañera, justo en un momento en el que hay que cuidar el billete como nunca y yo me mando la nave nodriza de las compras al pedo en la web. Por un momento me enredo pensando en mentir diciendo que se trata de un regalo. Estamos tan habituados a no ser nosotros mismos, a editarnos. La autenticidad se condena con más rigor que un asesinato.

Decido invitarla a que nos riamos de todo esto.

Me gusta sentarme a conversar con ella sobre cómo la modernidad te jubila los paradigmas de un plumazo, en cómo lo preestablecido tiembla, en todo el derecho que tienen las personas de cagarse en uno que otro prejuicio en pos de ser un poco menos infelices.

Todo esto con mi relojazo en la muñeca.

Me gusta ver con ella cómo el río empieza a fluir en contramano, lo importante que es sacarse la culpa y dejar de sufrir por un racimo de mandatos.

Habría que buscar siempre primero la felicidad. Los animales hacen eso. Lo sé porque un conocido adoptó un perro.

Ponemos algo de música. Estamos al día con la factura de internet. La vida en cuotas. ¿Me baño ahora o mañana temprano?

–¿Me decís la hora con tu reloj nuevo?

–Claro, nena. Según este aparato, estamos listos para poner una regia peli donde se caguen a tiros mientras picamos algo.

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2 respuestas a Compras al pedo por internet

  1. Camilo dijo:

    Crónicas de una vida moderna.
    «C’est la vie»

  2. elrober dijo:

    Jodido ésto de vivir con sicólogas, te hacen ver lo pelotudo que sos demasiadas veces al día. Pero lo impresionante es el esfuerzo para intentar demostrar que no lo sos jajaja

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