La magia de los buenos vendedores

Voy cada tanto porque tienen como unos vigilantes raros que están para chuparse los dedos, pero la verdad es que también me cae muy simpática la chica que atiende la panadería. Hay algo en su inocencia rural cálida que me da paz. Supongo que su alegría natural me hace disfrutar por contagio.

Tenemos estrictos diálogos comerciales que se han vuelto una rutina que hacen más llevadera la transacción y la locura de los precios. En esa rutina yo arranco pidiéndole que me repita el nombre que le han puesto a esas facturas, que no se puede creer lo que están. La chica me dice algo así como “Churrinchas” (por alguna razón jamás lo retengo).

–Muy bien. Metamé todas las churrinchas en la bolsa, m’hija –le ordeno, solemne, cada vez.

Ella se ríe, murmura algo sobre cuidarse de peso mientras pesa la mercadería y me pregunta si quiero algo más.
Siempre digo que las churrinchas deberían estar declaradas como artículo de primera necesidad y a ella le parece gracioso. “Chocho él con sus churrinchas”, comenta para sí con irreverencia coparticipada. Y ese comentario alcanza para que el clima de la panadería se vuelva luminoso.

Me gusta comprar churrinchas por las churrinchas en sí mismas y por el ritual de hablar con la chica que atiende la panadería. La conversación es trivial pero ella ostenta la habilidad de los entrenados a diario, esa agudeza hecha a base de memorizar respuestas automáticas, salidas graciosas, juegos de palabras oportunos y hasta frases hechas que riman con el monto a abonar.

Siempre admiré esa viveza que convierte a un simple vendedor en un manipulador inofensivo que nos hace abrir las manos con alegría. Por eso disfruto cuando el vendedor de praliné me enchufa cuatro paquetes en vez de tres; me gusta que me saquen el dinero suavemente.

Y en el caso de la chica de la panadería, me gusta su estrategia transparente: no apela al ingenio, no se quiere pasar de piola, no cancherea.

Es lo que es: una chica de no más de 20 que disfruta de su trabajo. Y casi de manera involuntaria –acá su genialidad innata– contagia una energía que se desparrama como la luz de un foco. Por un momento, en esa operación comercial plañidera se disuelven los dramas, las angustias, y todos parecemos una coincidencia maravillosa.

Hay personas que tienen capacidad de generar esos climas. Nací y me crié en un departamento céntrico sobre la Peatonal. Y de mi infancia recuerdo un mago que vendía pollitos sentado en un cantero en la esquina de 25 de Mayo y Alvear. A veces me sentaba junto a él para mirar sus trucos.

Bajo la mirada de la niñez el tipo era un ser sobrenatural, aunque ahora que lo pienso, con la perspectiva que da haber alcanzado la mediana edad, entiendo que se trataba de un flaco usando al máximo el ingenio para juntar unos mangos.

Nada por aquí, nada por allá

En esa época el mundo era mucho menos peligroso que ahora y yo me pasaba el día junto al mago en el cantero intentando ver la realidad desde su óptica. Detrás de nosotros teníamos el local de Don Disco, en donde vendían, precisamente, música en vinilo. Y al frente estaba el Cine Mayo.

Me crié en la cuadra más céntrica de toda la ciudad, y era el único pibe que vivía en ese barrio. Parece increíble, pero en ese tiempo los niños podían quedar unas horas al cuidado del viejo que atendía la relojería, del acomodador del cine (en dupla con el kiosquero, don Rigatuso) y de los dueños de la heladería Yigantis.

Mis viejos trabajaban todo el día, así que el patio de mi casa era una alfombra de baldosas con música bursátil de la que todo el mundo quería salir huyendo: esa era mi casa. Y mis niñeros eran los trabajadores de la peatonal.

En las cuadras cercanas me conocían y me saludaban a través de las vidrieras. Mi vigilancia estaba repartida entre esos vecinos diurnos que eran el viejo Feliche desde el mostrador del hotel, los dos pelados que atendían el local de Novedades Belmont, la chica de la óptica Lara y el diariero.

Mi viejo le pedía a Rigatuso que me dejara atender el quiosco un rato hasta el mediodía, o me pagaba una entrada al cine y entonces el acomodador me dejaba guiar a la gente con la linterna y no me decía nada si me zampaba dos películas seguidas de los Tres chiflados.

El centro es el barrio más raro de toda la ciudad y lo entiendo recién ahora. Me crié escuchando cómo hablaban entre sí los cajeros de los bancos, los vendedores ambulantes (puedo recitar de memoria y en lista los cantitos de cada uno de los que caminaban con mercadería esas cuadras).

Y la labia de los quinieleros, la cintura maradónica de las chicas que trabajaban en la lomitería Ufo para sacarse de encima a los borrachos, la rectitud y las miserias de los porteros de todos los edificios de todas esas cuadras, fueron una guardería extravagante.

En la puerta de mi edificio aparecían todas esas personas como por arte de magia ni bien comenzaba el día. Amanecía y al rato nomás un montón de gente levantaba persianas, montaba mesas, daba vuelta sillas, ponía música de Julio Iglesias a todo volumen y le daban comienzo a ese desfile interminable de transeúntes que iba en todas direcciones hasta que se hacía de noche.

La peatonal era un lugar extraño que se rebobinaba cuando caía el sol para mostrar el revés de esa magia, las luces de los faroles cabeceando el crepúsculo, el peregrinaje menguando y la desaparición sin despedida de mis tutores de la infancia, un montón de personas de cara conocida que se esfumaban en la noche para abandonar el centro.

–A la gente les gusta que vó le regaléi una sonrisa –me enseñaba ese mago callejero del cantero mientras hacía aparecer y desparecer unos pompones entre los dedos–. Vó a una persona la hacé reí y iá tení la mitá del laburo hecho, ya va vé lo fácil que sueltan la moneda cuando se le ven lo diente.

El mago vendía los pollitos que usaba para los trucos de magia. Los entregaba en cajas de zapato y eran el pilar de su empresa.

–A tu viejo le tendríai que decí que te compre uno poíto de mascota –me decía siempre–. Lo poíto son idiále pa lo departamento.

Su número era imbatible en esos años: primero hacía unos pases con las cartas, luego contaba el dilema del huevo y la gallina y finalmente se sacaba el pollito del sobaco del saco. La mayoría de las veces los niños terminaban a los alaridos para que los padres les compraran un bicho de esos de mascota.

Abracadabra, macho

Siempre me fijé en cómo se comunican los desconocidos. Me gusta esa literatura de mediación, esas referencias genéricas a los tópicos: la política, el fútbol o al estado del tiempo, son los cimientos para el palacio gramatical de la empatía. Y el idioma del comercio diario está hecho también de actitud, de una cuota de irreverencia seductora que da ganas de soltar las monedas.

Siempre me encantó que la única forma de soportar la toxicidad del capitalismo sea ensayar una buena sonrisa.

Pero claro, la atención al público es un arte que no todos saben cultivar, y para uno que se la pasó viendo cómo le volaban las manos (y el ingenio) a los lustrabotas, cómo se ganaba con excelsa maestría una comisión el vendedor de electrodomésticos Giuliá, y cómo saludaba el recepcionista del hotel Crillón cuando pasabas por la puerta en patineta, esa habilidad termina por convertirse en un rasgo que distingue a las personas especiales.

Confío en esas personas. Los que le ponen humor, amor e ingenio a las jornadas son los únicos que salvan el mundo.

Y la chica de la panadería, con su inocencia rural cristalina y sus churrinchas, me despierta esa sensación inexplicable de familiaridad, de confort y de tranquilidad que sentía estando al cuidado de los extraños de la cuadra de mi niñez. Ella tiene el don.

Por eso, creo, me jodió cómo la trataron los dos muchachotes esta mañana. Porque de inmediato sexualizaron el ambiente con gorjeos lascivos. Y porque verbalizaron toda esa mediocridad regida por la violencia, y hasta se codearon para celebrar un doble sentido con la forma fálica de los productos y la necesidad de algunos clientes de consumirlos para calmar no sé qué cosa.

Lo que comenzó como una mañana confortable con perfume de harinas pasó a ser tenso y despiadado.

Los tipos insistieron, ya no conformes con haber cambiado el humor del recinto, ahora envalentonados por el escándalo de su agresividad. Temí hoy por la chica. Y por mí. Porque estoy gordo, canoso y me duelen las coyunturas cuando hay humedad. Y porque ya no sé si tengo ganas de cambiar el mundo. Es demasiada responsabilidad.

Entonces la chica hizo su jugada y nos dejó de cara.

–Se suspende la venta por hacerse los vivos –dijo–. Y se mandan a mudar o la llamo a mi prima que es la policía que está en la esquina.

Lo dijo señalando la puerta con una seguridad blindada. Y los tipos se fueron sin chistar.

Mientras terminó de llenar mi bolsa de churrinchas le dije que no me había creído lo de la prima y entonces se rió. Le dije que se quedara con el vuelto y la escuché clarito: “Chocho él con sus churrinchas”. La frase barrió el aire como una varita mágica.

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4 respuestas a La magia de los buenos vendedores

  1. Jose Negrelli dijo:

    Genio

  2. Martín dijo:

    Excelentes palabras para definir los detalles de la cotidianeidad y volver a pensar en la niñez.

  3. Rodrigo Villar dijo:

    Tremendo texto, qué manera de pasearnos por distintos tiempos y distintas vivencias.
    Hermoso como siempre.
    (Debajo del botón de publicar comentario hay unas letras en chino que asustan un poco).

    • Daniel dijo:

      las letras chinas dicen (segun google): Suscríbase a las últimas notificaciones en este sitio (ya suscrito, ¿desea cancelar? Simplemente deje la casilla de verificación y deje un mensaje)

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