Es hora de abandonar la ciudad

La mudanza estaba prevista para cuando pasara el invierno, pero la cochera se fue a las nubes, los gastos fijos contrajeron inflación mórbida y el gas envenenó nuestras finanzas con una boleta apocalíptica. Decidimos aprovechar nuestras ventajas (pocos muebles para trasladar y una necesidad imperiosa de reacomodar los caminos pensando en un futuro sin tanta hipoteca) y armamos los bolsos para irnos a vivir del otro lado de los peajes, en esa frontera temible para cualquier hijo de departamento que se conoce como “lejos de la ciudad”.

–¿Qué tan frío puede ser el invierno fuera del ejido urbano? –fue lo último que le dije al living vacío del departamento, mientras hacía equilibrio para cerrar la puerta y no dejar caer la maceta sobre bolsa de consorcio llena de calzones y medias.

El plan de contingencia empezó a cobrar forma después de varias sobremesas haciendo números.

Es la postal de la vida moderna: una pareja agazapada sobre los garabatos en un cuaderno mientras repite hasta el infinito operaciones matemáticas para que la calculadora del celular muestre guarismos distintos.
–Esta cifra con signos de pregunta y admiración que anotaste acá indica que para acomodarnos tendremos que pasar una buena temporada sin comprar zapallos en almíbar, ¿no?

Mi compañera volvió a teclear en el teléfono y movió la cabeza afirmativamente.

Lo próximo que supe era que estábamos cargando el auto como si huyéramos de un brote zombi.

Las sierras de Córdoba tienen un atractivo magnífico, sobre todo cuando no hay que pagar las locuras que en la ciudad se pagan por un alquiler. Y aunque haya que hacer adaptaciones (rejas, ventanas, calefón), el sacudón se puede faenar poniendo en danza las tarjetas.

La financiación de los bancos es el opio de los pueblos y de los que no podemos vivir de hacer obras de arte que se vendan bien.

–Hay que ajustar todo lo que se pueda –fue la frase que cerró nuestra última noche de cuentas en el corazón de la urbe–. Si nos organizamos, vamos a estar bien.

Algunos llaman a estos destinos “el campo”, “las afueras”, o “loma del cachilo”. Pero son eufemismos para nombrar al cuco: la distancia que amenaza con quitarnos tiempo.

El bienestar de la gente parece estar reñido con los minutos que te pueda embargar una ruta.

A mí las distancias no me asustan. Lo que me asusta es que la banda de sonido de mi vida sean las bocinas mientras el cuerpo se me envejece en una contractura sin final.

Ese también fue un argumento insoslayable: no se puede desoír a la salud cuando pide reducir la cantidad de vecinos y aumentar la presencia del color verde.

Un equipo de gas en el auto y una garrafa dedicada a tiempo completo al calefactor reacomodarían considerablemente los números (también la utilización del hacha, herramienta indispensable para alimentar un hogar de leña que funciona a la vez como fuente de calor y como cocina improvisada para salir del apuro a las brasas).

El ahorro y el cambio de mentalidad venían de la mano.

–Es un primer paso para empezar; luego tendremos que hacer la huerta, el gallinero, y un sistema de recolección de agua de lluvia –le dije en un momento a mi compañera–. Creo que si todo va bien, a fin de año vamos a estar convertidos en dos regios hippies.

Manos a la obra

Acondicionar una casa pensada para fines de semana veraniegos y dejarla útil para albergar gente en invierno fue complejo, pero estamos acostumbrados a los sacudones de este tipo y sabemos aguantar sin lujos y estridencias.

El verdadero desafío era mejorar las instalaciones y las rutinas para no complicar a las niñas. Pero hasta en eso teníamos la experiencia a nuestro favor, ya que ellas son pequeñas veteranas de otras mudanzas y siempre se lo toman de un modo positivo: como buenas hijas de padres separados no ven como un cataclismo una simple caja de platos embalados.

Tuve que repasar mentalmente las experiencias anteriores para encontrar consuelo.

Evoqué así sucesivos proyectos de vida en los que yo me instalaba en un nuevo departamento defectuoso de la ciudad y teníamos que convertir esas habitaciones horribles en un hogar. Ellas siempre lo consiguieron.

La ansiedad remitió ante el recuerdo de sus caritas en cada nueva vivienda alquilada, el entusiasmo al revolear los bolsos y elegir una cama, y cómo de alguna manera se las arreglan para convertir esas piezas chiquitas en un lugar encantador para disfrutar.

Entre nosotros hay un pacto explícito que les garantiza poder de decisión absoluto sobre el decorado de sus habitaciones: pueden pintar, rayar, pegar y colgar según les parezca. No creo que exista otro modo más práctico para apropiarse de un lugar.

–¿Podemos escribir con fibras los vidrios de la galería de la casa nueva? –quisieron saber el primer día.

–Claro. Acá tienen los marcadores para empezar.

Y así de entrada, en la jornada inaugural, eligieron las camas, escondieron los bolsos en un placar y dejaron los vidrios llenos de mensajes, firmas y pensamientos.

En nuestras primeras noches de invierno bajo el cielo de las sierras hicimos camping frente al fuego y comimos batatas y papas cocinadas en las brasas. Nos fuimos a dormir con la panza llena de tubérculos y una bolsa de agua caliente por cama.

Y para nuestra propia sorpresa, la combinación de frazadas, calefactor, techo y tranquilidad nos atajó todas las feroces heladas que minaron los pronósticos para esa noche y las que siguieron.

Instrucciones para resetear

¿Estaremos haciendo bien? La pregunta se me hizo un hábito en todos los órdenes de la vida. Pero hay una trampa peligrosa al tratar de responderla, porque siempre depende de la vara con que se mida.

Estamos lejos de las ciudades grandes, es un invierno filoso, no tenemos estado físico y nuestra estantería financiera anda perdiendo tornillos cada vez que la movemos. Además está la logística en este nuevo mundo. Todo eso va en el costado negativo de la balanza.

Pero por suerte está el contrapeso. Y entonces hay más tranquilidad, se esfuma la ansiedad y tenés la naturaleza al alcance de la mano. Hay que hacer más ejercicio (a esto debería ver bien en qué balanza ponerlo) para acopiar leña, hay que estar pendiente del consumo de agua, también cargar y descargar garrafas. Pero esos nuevos hábitos diarios son balsámicos para una cabeza fatigada.

Habría que sumar un punto más en las buenas. Porque también mejora mucho la vida si sacás un poco la cabeza del lavarropas digital en el que nos pasamos buena parte del día.

–Yo creo que intentar estar bien, cuidar la salud y tener más tiempo con las niñas no puede ser malo –suele decir mi compañera.

En la zona en la que estamos brotaron en los últimos meses una cantidad impresionante de casas de barro. Están hechas con técnicas de bioconstrucción, que abaratan enormemente los costos. Se trata de familias jóvenes, con niños pequeños. De este lado de los peajes hay una inmigración lenta cuyo motivo no me quiero poner a reflexionar.

El frío en estas semanas es potente. Cuando salimos por la mañana vemos sobre el vapor del mate cocido las gotas congeladas en los grifos de afuera, los pastos amarillos barnizados de escarcha y los cristales de hielo sobre el parabrisas. Y observamos maravillados en el cielo la luna gélida como un diamante que nos hace un guiño para salir de casa.

Antes de abrir la puerta me fijo en que los abrigos estén bien ceñidos. El termómetro de la galería tiene en estos días el mercurio por el piso, aunque la verdad es que después de los tres grados bajo cero, da lo mismo que llegue a menos 20.

Igual no hay invierno que un viaje con la calefacción del auto bufando no pueda mejorar.

–Ya vendrán los días cálidos y nos vamos a olvidar de los abrigos. En unas semanas a esta hora ya será de día –les digo mientras viajamos a la par de las sierras recortadas en negro sobre azul oscuro.

–Y vamos a poder invitar amigos y hacer piyamadas. Y tener un perro –dicen a coro.

Me gusta la idea de la mascota. Hace años que no ejerzo de amo. Mientras el sol va colándose entre los techos de la entrada de la ciudad pienso en que uno se hace de las experiencias transitadas, y que el alimento balanceado debe ser carísimo.

A una ruta y media de distancia de donde estamos, el sol ya estará descubriendo el mensaje de uno de los vidrios de la casa. No habla del frío, no habla de la distancia. Habla de cumplir los sueños, de buscar la felicidad.

Me gusta tener esa inscripción en la ventana. Me hace pensar que tener un perro no estaría nada mal.

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3 respuestas a Es hora de abandonar la ciudad

  1. Jorge dijo:

    Muy lindo che!
    Y curiosamente, muy inspirador y oportuno para mí, que, junto a mi compañera y el peque, emprenderemos una nueva aventura pronto.
    Gracias!

  2. darío dijo:

    se puede saber en qué localidad estás viviendo?
    abrazos rosarinos.-

  3. valeria dijo:

    Loviu, Playín

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