Bombero involuntario del apocalipsis

El muchacho que atiende la ferretería tiene la nariz más grande que he visto en mi vida. Curiosamente, no desentona con su rostro. Es un pibe entre los 15 y los 19 años que cada vez que lo saludo responde:

–Bien, por lo menos.

Va siempre vestido con un equipo de gimnasia muy holgado sobre su cuerpo delgado y recto como una tubería. Nunca sé qué es el “por lo menos” de su saludo, pero entiendo que forma parte de su sistema de diálogo automático para relacionarse con los clientes.

Tiene otros recursos al estilo. Si comento “Veo que limpiaron a fondo el local”, me contesta: “No, mal” (que en realidad quiere decir lo opuesto, o sea “Sí, bien”). Si digo que hace calor o hace frío, responde “Zarpado” (que es una forma de reafirmar lo dicho).

Es una ferretería pequeña al costado de la ruta, hecha de ladrillos de cemento hueco y techo de chapa, y creo que compro ahí porque me da ternura el minimalismo del emprendimiento.

Tengo debilidad por los negocios solitarios de las banquinas, y además me caen bien el chico del mostrador y su padre, que nunca se mueve de la caja y se la pasa revoleando los ojos cada vez que su ayudante se choca una banqueta.

El padre es todavía menos proclive a la comunicación que su hijo, así que se limita a señalar todo con las cejas o el mentón.

Si le preguntás qué pintura conviene para una pared exterior te indica un tacho que hay junto a la puerta usando solamente la cara. Es una habilidad envidiable.

La última vez que fui, el día estaba soleado pero el humo en el cielo barnizaba todo de dorado: había varios focos de incendio en las sierras. Desde donde estábamos se veía una columna oscura emergiendo del horizonte y trepando como un mal augurio por encima de nuestras cabezas.

–¿Con esta ceniza convendrá pintar? –pregunté para conversar un poco.

El padre se limitó a subir y bajar los hombros, así que me dirigí al chico.

–Alto bardo –diagnosticó, tajante.

La llama que llama

El fuego purifica, reinicia, y fascina. Podemos contemplar las llamas de un hogar casi con la misma abstracción con la que nos dejamos abducir por una trama televisiva. En Córdoba sabemos de fuego. Todos los años nuestro bosque nativo se seca en invierno y después viene algún idiota y prende un fósforo y sale en las noticias.

Hay campañas de concientización, hay impuestos, hay pérdidas irreparables. Y sin embargo es cíclico: alcanza con un pucho o un descuido al hacer un asado para deshacerlo todo y recomenzar.

Las sierras en esta época están a punto, secas y crocantes, pajosas e inflamables. Y quien ha visto alguna vez cómo se comportan las llamas cuando están sueltas, cuando se descontrolan, suele ser cauteloso.

Mi abuelo nos contaba cómo combatía el fuego en su niñez en la zona de Los Reartes.

Siempre decía que él y sus hermanos (y el resto de los vecinos) eran “bomberos involuntarios”, porque no quedaba otra: el fuego no descansa, no negocia, no razona y hay que extinguirlo.

La evocación de esos episodios le cambiaban el tono de voz, y el relato se volvía una epopeya digna del fin del mundo.

–Había que moverse rápido y llevar las frazadas hasta el bebedero de los animales para empaparlas y cubrirse –lo escuché contar varias veces–. El fuego es traicionero y baila con el viento, así que había que abrir bien los ojos y seguir las indicaciones de los más grandes.

Mi abuelo contaba que a veces el monte se prendía fuego de la nada, porque algún pedazo de botella hacía de lupa. Y que lo peor era el fuego a la noche. De noche hace más ruido y se escucha clarito cómo brama.

Su relato me quedó grabado como una imagen de hombres, mujeres y niños lanzándose hacia el humo del monte para golpear los yuyos con lo que tuvieran a mano. El objetivo principal era evitar que se quemaran las cosechas propias y de los vecinos, las pasturas de los animales y, obviamente, las casas.

–El problema eran los árboles, como los espinillos. Una vez que un tronco agarró fuego, no lo apagás más. Y las ramas altas sueltan un montón de chispas. Las mujeres a veces se volvían a la casa para manguerear los techos y las paredes, o para rezar y pedir que parara el viento.

Mi abuelo odiaba el viento, la sequía y el calor. Y al fuego me enseñó a tenerle mucho respeto.

En sucesivas visitas a la ferretería fui averiguando algunas cosas del muchacho. No le gusta mucho el colegio y el padre lo hace trabajar. Pero a pesar de que es una actividad que no le entusiasma, le pone mucho empeño porque está ahorrando para comprar una (“zarpada”) PlayStation.

En cierta forma, envidio su aparente despreocupación, sus brazos en jarro ante los temibles cachetazos que la realidad reparte todos los días. Los adultos no podemos darnos ese lujo.

Cultura a las llamas

Pero para mi sorpresa, esta semana, por primera vez desde que frecuento la ferretería, el muchacho se salió del guion monosilábico.

Habíamos terminado de cargar unas bolsas en el baúl y le pregunté por el colegio.

–Ahora estoy pila pila. Lo quiero terminar rápido porque ayer decidí qué quiero hacer.

–¿Justo ayer? Buenísimo. ¿Entonces qué querés ser cuando seas grande?

–Quiero ser bombero.

Lo dijo con solemnidad. Lo dijo en serio. Para confirmarlo, a continuación soltó las líneas de diálogo más extensas que le escuché desde que lo conozco.

–Me di cuenta anoche, viendo el noticiero. ¿Se enteró que se quemó un museo en Brasil?

Lo sabía. El Museo Nacional de Brasil se convirtió en una barbacoa en la que se cocinó una parte enorme del patrimonio de la humanidad. 20 millones de piezas de arqueología, geología y botánica se hicieron humo. La imagen de las llamas refulgiendo en la noche ante la mirada impasible de las estatuas que ornamentaban los techos es una postal inolvidable.

–¿Ves los noticieros? –pregunté sin disimular el asombro frente a mi prejuicio.

–Sí. Bah, los ve mi viejo mientras comemos. Y anoche pasaron lo del museo. Mocazo.

–¿Entonces te querés ir a Brasil a combatir los incendios en los museos?

–No. Acá en Córdoba nomás. El fuego habla el mismo idioma en todos lados. Acá, en Brasil y en la China el fuego es atrevido lo mismo.

Futuro imperfecto

Es imposible conocer las verdaderas motivaciones de las personas, por qué hacemos lo que hacemos. La raza humana es un enigma maravilloso y el mundo está cada vez más loco.

Mientras en Brasil se habla de que las pérdidas por el siniestro son equivalentes a una “lobotomía en la memoria” del país, el político ultraconservador Jair Bolsonaro –famoso por proponer fusilamientos a los opositores– declaró que no había que invertir dinero en los museos.

“Ya fue, ya se quemó. Mi segundo nombre es Mesías, pero yo no hago milagros”, dijo. Y aunque parezca mentira, en medio de una multitud que lo acompañaba en un acto público, esta semana lo apuñalaran en el pecho.

La realidad va dejando sin trabajo a los guionistas. A veces cuando veo las noticias me pregunto cómo será el mundo que estamos dejándole a los que vienen detrás de nosotros.

Una cubetera de hielo me patina por la espalda cuando veo que el New York Times publica también esta semana una columna de opinión anónima escrita por “un funcionario de alto rango en el gobierno de Donald Trump cuya identidad conocemos y cuyo empleo estaría en riesgo por divulgar esta información”.

El texto (titulado “Soy parte de la resistencia dentro del gobierno de Trump”), básicamente dice que el presidente de la mayor potencia del globo está loco, y que los funcionarios de alto rango del estado norteamericano se encargan a diario de ponerle coto a sus delirios para que el mundo no se vaya por el inodoro.

Milagros

A veces me da terror pensar en manos de quiénes estamos. Por eso supongo que me reconforta que el muchacho de la ferretería con su equipo de gimnasia dos talles más grandes haya encontrado su vocación en el delirio que reflejan los noticieros.

Es todo parte de un milagro inmenso, imposible de anticipar como el capricho del fuego.

En la misma semana en la que se “legalizó” la homosexualidad en India (hacía 157 años que podías ir en cana si te gustaba una persona de tu mismo sexo), en la misma semana en que nuestra crisis financiera nos deja sin aliento entre corridas bancarias, la balanza se inclina unos gramos hacia el pibe que decide cuál va a ser su aporte al mundo.

Que alguien vislumbre algo del otro lado de estos ensayos de apocalipsis debería considerarse un zarpado milagro. Por lo menos.

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3 respuestas a Bombero involuntario del apocalipsis

  1. Sandra C. dijo:

    Bello relato, como Nos tenés acostumbrados.Zarpado, por lo menos jajajaja

  2. Irene dijo:

    Conozco muchos de Río Cuarto que contestan, casi todo, finalizando con “por lo menos”…

  3. Irene dijo:

    Más allá de eso: hermosa reflexión.
    Me viene muy bien.
    Gracias.

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