Todo es mentira

Más de una vez, como peatón, me ha tocado hacer ese gesto ridículo de amagar con apurar el paso cuando un auto me da prioridad para cruzar una calle. En vez de continuar ejerciendo la tranquilidad de los pedestres, me decido por un movimiento doble: agradecimiento con la cabeza primero y minitrote después, hasta llegar a la vereda opuesta. La educación con la que los caminantes les cedemos el paso a los vehículos es maravillosa.

Algo similar al ejemplo anterior me ocurre cuando, por alguna razón, tengo que desandar el camino que estoy transitando. Inexplicablemente, antes de hacer un giro de 180 grados, me aseguro de poner cara de “ah, me olvidé de una cosa, por eso me vuelvo”, como si alguno de los que caminan las veredas pudiera estar preocupado por la dirección en la que voy yo.

Los seres humanos estamos repletos de automatismos como estos, que se relacionan con las conductas aprendidas y todo eso de lo que habló Pavlov, el señor ese al que se le babeaban los perros.

Claro que hay buenas costumbres y en pos de ellas solemos actuar, pero también influyen en nuestras acciones la imagen que queremos dar de nosotros mismos. Ya lo dijo no sé qué psicólogo: nuestra personalidad es una mezcla de cómo nos ven los demás, cómo nos vemos nosotros, y cómo somos realmente sin darnos cuenta.

Esa reflexión siempre me llevó a justificar las estupideces que hacemos y decimos las personas; la manera en que repetimos frases hechas, la comodidad con que nos arrellanamos en nuestros hábitos porque “así se ha hecho siempre en mi familia”.

Aunque intentemos convencernos de lo contrario, nuestra percepción sobre nosotros mismos está viciada, y salvo que seamos Víctor Sueiro, es muy difícil que podamos abstraernos tanto como para mirarnos desde arriba.

La manera en que entendemos el mundo depende de tantos factores que cualquier afirmación que no sea estrictamente científica demuestra que lo que damos por sentado se puede poner en duda siempre. Como si todo fuese mentira.

Citas citables

Hay un autor que dice que la Literatura –toda ella y con mayúsculas– es apenas una isla en el gran archipiélago salvaje de la ficción.

En su teoría argumenta que nuestra relación con la ficción es prácticamente la base sobre la que se estructuran las conductas, ya que conocemos el mundo a través de ella, nos guste o no nos guste. Apelamos a la imaginación para entender el mundo. Y ya sea que estemos seguros de que la Tierra es plana o que entre nuestros antepasados figura, no sé, Mussolini, el convencimiento absoluto no puede convertir nuestras divagaciones en verdades.

Desde antes que existiera la luz eléctrica, las personas nos habituamos a cimentar algunos mandatos gracias a la ficción oral: “Había una vez un chico como vos que no quería comer las verduras”, dice la madre con el tenedor en la mano. O “Una vez una nena se peleó con la hermana y entonces apareció el hada de la buena conducta”.

Me gusta esa forma de ver el mundo edificado sobre una materia tan resbaladiza. Mamamos ficción a la par de la leche. Los abuelos cuentan cuentos. Los maestros enseñan con ejemplos inventados. Y hasta nosotros mismos para explicar algo solemos usar el imaginativo “Es como si yo te dijera que viene un marciano y tal cosa”.

Pero la clave para comprender hasta qué punto estamos bajo el influjo de la ficción puede verse en dos cuestiones puntuales.

Primero, la increíble manera en que los seres humanos completamos la historia de las personas que tenemos adelante. Alcanza con que escuchemos una voz o veamos una silueta para que nuestro cerebro se ponga a trabajar y rellene los espacios vacíos de ese ser que tenemos adelante.

En ese acto casi involuntario afloran, entre otras cosas, nuestros prejuicios, pero es un mecanismo inevitable, casi tan reflejo como respirar o inclinarse hacia el costado para soltar una flatulencia. Con esa metodología es que nos manejamos a diario para interactuar: damos por ciertas cosas que imaginamos sobre nuestro jefe, nuestro empleado, nuestro compañero de colectivo o sobre la señora que atiende el quiosco de la esquina.

No sabemos nada sobre ellos, pero nos relacionamos desde un desconocimiento que se apaña con la imaginación.

El autor cuyo nombre no recuerdo esgrime la teoría de que este fenómeno de completar los puntos suspensivos se da inclusive dentro de nosotros mismos, en la medida en que somos novelistas caprichosos que reescribimos todo el tiempo nuestra propia biografía.

Formas de recordar

Un ejemplo claro es la sorpresa que nos produce escuchar cómo recuerda alguien una situación que vivió junto a nosotros: “Yo lo recordaba distinto”, solemos decir.

Para chequear cómo funciona este artilugio hay que prestar atención a las anécdotas que los mayores repiten religiosamente en las sobremesas. Por lo general, entre una Navidad y la siguiente, las historias que cuentan los mayores varían sutilmente. Cada vez que una anécdota se cuenta pueden cambiar personajes, la ambientación y hasta el giro mismo que la propia anécdota tiene como esencia.

Así es que cada biografía se construye con una pluma interna que está en movimiento permanente, y como dice este señor que cito mal, el olvido escribe nuestras vivencias con la misma libertad con que lo hace la memoria.

“Mi viejo me preparaba todos los días un desayuno de nueve huevos con café”, escuchamos que dice alguien. O “Mi hermano se sentaba todos los santos días en la escalera de entrada a esperar al cartero”.

Para que la afirmación se vuelva indiscutible, apelamos a esa generalización que nunca deja de ser exagerada; ¿todos los días de tu infancia desayunaste nueve huevos y café sin que te estallara el hígado? ¿Tu hermano verdaderamente se pasaba cada jornada sentado seis horas seguidas en la escalera esperando que llegara alguien?

Las exageraciones son comodísimas para reforzar puntos de vista caprichosos que justifiquen nuestras afirmaciones, aun con datos falsos: “La mayoría de ‘la gente’”, decimos. ¿En serio sabemos que la muestra de gente que conocemos alcanza para hacer una afirmación así que represente a la mayoría?

Las relaciones humanas, hay que decirlo, son caóticas. Están llenas de engaños, mentiras, malas interpretaciones, aunque en muy pocos casos se justifiquen.

Ejemplos: “Cuidado con ese que viene ahí; es negro, tiene gorrita y zapatillas nuevas, como recién choreadas” (¿no se estarán confundiendo ánimos discriminatorios con supuesta inteligencia detectivesca?).

“Estoy seguro de que no me querés más y que conociste a alguien, me re doy cuenta” (¿Cómo saber si la supuesta hipersensibilidad no es el traje de fiesta de la paranoia?).

No es de extrañar que como seres humanos diferentes rocemos como rozamos, que haya fricciones y malos entendidos en todo momento.

Para sumar otra mella a la seguridad que sentimos sobre nuestra personalidad, nos comunicamos todos con un lenguaje de palabras, que tiene sus limitaciones y también sus vocablos que, dependiendo del uso que les demos, expresarán una forma particularísima de recortar la realidad.

Para peor de males, desde chicos aprendemos el poder de la manipulación. Aunque no sabemos que se llama así, entendemos que hay un código extorsivo que convierte nuestros deseos en realidad.

Primero, en casa

En nuestros hogares aprendemos buenas conductas porque, si no, la mamá se enoja. En el colegio pasa otro tanto cuando se premia y se castiga para modificar conductas. Y ni hablar de una relación amorosa, plano en el que más difícil resulta no caer en la tentación de forzar a la otra persona a obrar en nuestro beneficio.

En mayor o menor medida, todos manejamos estas herramientas sin rozar la patología. Podemos vender buzones pero no llegamos a ser como Darín en Nueve Reinas, ni el propietario del Buen Pastor, como Medina Allende en los ‘90.

Tuve jefes manipuladores, tipos que te envolvían en discursos edulcorados con los que te sembraban una idea que no era tuya, pero que terminaba germinando en tu cabeza como si la hubieras parido vos mismo. No me llevo bien con esa gente.

“No te quiero más”, nos dice un hijo. “Me vas a matar de un disgusto”, dice una tía.

La simulación es el arte más antiguo, la manera más básica de relacionarnos. “Mucho gusto”, decimos, aunque no haya ningún gusto en estrechar la mano fría, sudada y blanda de alguien que no le pone huevos a una presentación.

“Gracias, ahora me ubiqué”, le mentimos a la señora que divaga mientras nos explica dónde queda la calle que estamos buscando.

Nuestro universo es metáforas, lecturas entre líneas y mentiras piadosas.

En la simulación colectiva en que nos movemos, cambiamos según la circunstancia, entonces no hablamos del mismo modo con un hijo que con un compañero de trabajo, ni usamos las mismas palabras para conversar con un religioso que con un amigo de la infancia.

Así, atribulados y déspotas, con caretas y frases hechas, vamos por la vida intercambiando nuestras ficciones. Somos deseo, vida y representaciones. Y la historia se escribe hasta que llega el punto final, de la mano de nuestra propia muerte.

Esta entrada fue publicada en Breve relato. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Todo es mentira

  1. Irene dijo:

    Tal cual.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *