Aprovechar a fondo las pasantías

Mientras cursaba la universidad un día nos avisaron que una agencia buscaba pasantes. No había muchas referencias sobre la tarea, más bien descripciones vagas, eufemismos para que el trabajo pudiera pivotear entre la idea de una rica experiencia y la explotación lisa y llana. Nos anotamos un montón. Además, la paga era buenísima.

Cuando nos entrevistaron la primera vez, nos explicaron que el formato del compromiso había cambiado por no sé qué pedido del “cliente”; ahora sólo nos necesitarían por dos jornadas. La paga era la misma. Firmamos todos sin titubear.

Esa misma tarde un tipo con pinta de profe de gimnasia se presentó y empezó a desplegar una serie de elementos sobre la mesa.

–Estas van a ser sus armas –dijo.

Había walkie talkies, unos cronómetros, dos parvas de folletos y gorritos de color rojo.

–La tarea no va a ser simple, pero van a estar bien equipados y no les va a pasar nada –agregó.

Mi amigo Esteban levantó la mano y preguntó si se podía fumar.

–Ni acá ni en las carpas –fue la respuesta taxativa.

–¿Es como un campamento? –quiso saber una compañera a la que solía extorsionar para que me prestara los resúmenes.

–No, no –contestó el profe en yoguineta–. Es la Fico, en el Chateau; nosotros somos los encargados de organizar las entradas.

–Pidamos ir al baño y nos vamos a fumar –me dijo Esteban por lo bajo.

–Gordo, no estamos en el secundario. Y tratá de no hacerte notar porque nos van a enchufar la peor tarea.

–Vamos a necesitar un grupo para la folletería, el cuenta ganado –enumeró mientras levantaba uno a uno los elementos de la mesa. El cuenta ganado eran los cronómetros, que servían para ir apretando el botón por cada uno que ingresara. La idea era saber el número de visitantes por jornada.

Empezamos a murmurar entre nosotros. El profe nos pidió paciencia y nos explicó que tendríamos que estar en grupos de cuatro por ingreso (ya no recuerdo cuántos eran). Ahí teníamos que cortar los tickets, apretar el cuenta ganado y entregar un folleto. Más atrás, en una segunda línea, los deteníamos una vez más para tomarle algunos datos. Parece que esta gente quería saber si los que entraban habían estudiado, tenían un ingreso mayor a no sé cuánto y si andaban en auto.

¿Qué tan difícil podía ser?

–Vamos a necesitar algunos voluntarios para una tarea específica de coordinación táctica –dijo el profe. Y yo instintivamente levanté la mano.

–Levantá vos también –le dije a Esteban.

–Si me llegan a empernar con algo que demande hacer esfuerzo, renuncio y me voy –contestó mientras levantaba la mano.

Tareas específicas

Los que nos ofrecimos levantando la mano podríamos usar los walkie talkies. Iba a haber una persona responsable de la comunicación por puesto, así se podía estar en contacto con las demás carpas. A Esteban le tocó la que estaba cerca de la mía. Nos podíamos asomar y mirarnos las caras.

A la mañana temprano nos mostraron las instalaciones y recorrimos la Fico en su momento previo al estreno, con electricistas en escaleras y gente barriendo los pisos.

Nos avisaron que en breve se abrirían las puertas. Nos metimos en las carpas y organizamos un recorrido entre vallas para que la gente entrara como un ratón al laberinto en busca del queso. Así podíamos hacer más lenta la cola y darle tiempo al que estaba al último para anotar los datos. También hicimos pilas de folletos y nos pusimos las gorras y unas pecheras que tenían un logo con un burrito cordobés de gesto bobalicón que estaba parado en dos patas sobre un bordado que decía “Córdoba”, sin acento.

–Vamos a fumar antes de que entre la gente –fue lo primero que me dijo Esteban para estrenar los aparatitos de radio.

Nos encontramos a mitad de camino, compartimos el encendedor y nos pusimos a ver la valla. La cantidad de gente detrás del alambrado apabullaba.

–No pienso contar el ganado –dijo mientras largaba dos columnas de humo por la nariz que se le hicieron un rulo sobre el pecho–: les voy a dibujar los números.

–Tratá de no meter la pata porque no vas a cobrar un mango.

–Vos fumá –me contestó aspirando una seca larga como un bostezo.

Volvimos a nuestras carpas cuando nos sonaron los handis. Era el profe de gimnasia que estaba junto al ingreso con unos binoculares.

–¡Vuelvan a sus puestos, estamos dando puerta! –dramatizó.

–Qué ganas de romper las pelotas –dijo mi amigo al tiempo que dejaba caer el cigarrillo.

La primera oleada de gente nos tomó por sorpresa. Para peor de males nos empezaron a hacer preguntas. Yo intentaba contestar lo que podía mientras apretaba el botoncito del cuenta ganado.

–Los baños están señalizados, señora; esta entrada es para la jornada de mañana, flaco; dejen pasar a la chica de atrás que está embarazada.

Sonó el radio y Esteban me pidió que me asomara. Había una ambulancia frente a su carpa.

–Se desmayó una vieja –me comentó por el radio–. Van a desviar la fila de gente de acá, ¿querés que te los mande así te volvés loco?

–Ni se te ocurra, gordo. Te juro que te pongo una zapatería en el cu…

–Se la voy a pasar a la carpa de Sarazasaza.

Sarazasaza era una compañera que cuando se ponía nerviosa se le atropellaban las palabras en la boca. Su apodo era una onomatopeya.

–Pobre Sarazasaza.

La maniobra hizo que la fila frente a la carpa de Esteban se desordenara. La gente empezó a apurar el paso hacia la siguiente entrada.

Romper defensas

–¡Esteban! ¡Sarazasaza, sazasaza! –gritó por la radio nuestra compañera. Frente a su carpa comenzaron a mezclarse las personas de la fila primera con la de los que habían sido desviados. Ya no parecía un grupo de gente sino una horda.

Mi compañero y yo salimos para mirar y descubrimos otras dos columnas que avanzaban hacia nosotros. Otra compañera que tomaba los datos dentro de mi carpa empezó a revolear los ojos.

–¡Es una baja de presión! –diagnosticó, veloz, otra que tenía la pechera del burro al revés porque era punk o heavy metal–. ¡Necesita azúcar!

La gente en la entrada de nuestra carpa comenzó a mover peligrosamente las vallas intentando asomarse para ver.

–Dejen pasar, hijos de puta, nos estamos muriendo de calor –espetó un señor mayor que se abanicaba con varios folletos.

Intenté poner orden pero no hubo caso. Volvió a sonar el radio. Era el profe de gimnasia que nos ordenaba contener a la gente a toda costa. Con pesar nos anunció que el puesto de Sarazasaza había caído. Me tomé unos segundos para volver a asomarme y me encontré frente a frente con Esteban. Tenía un cigarro colgando de los labios.

–Pobre Sarazasaza, tuvo que venir gente de la organización para evitar la filtración, pero tampoco pudieron hacer mucho. La gente está entrando por ahí sin control.

Me asomé y vi a una marea de cabezas abanicándose, empinando botellas de gaseosa o haciéndose sombra con diarios y folletos. La carpa de Sarazasaza se había convertido en un pasillo liberado y nuestra compañera lloraba sentada en el pasto.

–Ahí se llevan a la vieja desmayada –observó Esteban mientras pisaba otro cigarro–. Te vengo a buscar para el almuerzo.

Mientras se alejaba escuché al profe de gimnasia en su radio. Lo retaba por no estar en su puesto de trabajo.

–No me moví de la carpa ni una sola vez –contestó mi amigo.

Tuvimos que quitar las vallas para priorizar el cuenta ganado. En las otras carpas, más alejadas, todo había salido bien. De nuestro lado había caído Sarazasaza y Esteban estuvo parado por un buen rato. Nosotros nos habíamos llevado la peor parte del trabajo. Ya no sentía los dedos de tanto apretar el botoncito.

–Hay sánguches de milanesa, pero están todos como húmedos –me avisó Esteban–. Nos vamos a agarrar una cagadera de loro pichón.

Cuando la afluencia de gente mermó, salimos de las carpas y miramos el cielo fulgurante. De alguna manera habíamos sobrevivido a la primera mañana. Pero todavía faltaba la tarde, que vendría con cansancio y la ropa oscura de tanto chivarla.

Nos fuimos bajo un árbol con mi amigo y destapamos dos cocas. Después de bajarse casi la mitad del contenido, Esteban me anunció que renunciaba. Lo hizo usando el aire de un eructo.

–Es un día más, gordo; no lo desperdiciemos, es buena plata.

–Reinstalándole el Windows a mi tía un par de veces gano lo mismo.

Lo pensé unos segundos.

–Tengo la compu de ella en casa. No sabés el juegazo que le instalé. La vieja se compró una PC supersónica. Tiene 64 de memoria –me tentó mi amigo.

–¿Tu tía o la máquina?

–Tu hermana –dijo encendiendo un cigarro. Inmediatamente después apretó el botón de la radio y le sugirió al profe de gimnasia que se metiera el cuenta ganado, la gorra y el handy en una parte del cuerpo que suele ser demasiado estrecha para tales fines.

Usé durante muchos años la remera como piyama. La tela, hay que reconocerlo, era buenísima.

Esta entrada fue publicada en Breve relato. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Aprovechar a fondo las pasantías

  1. Irene dijo:

    Prefiero los relatos donde no hay amontonamientos, ni hace tanto calor.
    Por comentar algo, no más…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *