Carta a mi niña desde el pasado

Mi niña: me gusta lo que hacen en tu escuela cuando les enseñan que entre las personas hay diferencias y a esas diferencias hay que respetarlas. En verdad que eso me deja más tranquilo que tus potenciales rendimientos en matemática. Me gusta cómo le dan batalla, lentamente pero sin detener la marcha, a los prejuicios y a los dogmas rancios desde el aula. Me hubiera gustado ir a una escuela así, donde le hubiese escrito tranquilo mil poesías a Mónica Guido, o hubiera estudiado piano sin temor a que me dijeran que era “un mamita”, como se hacía en mi época.

Me alegra mucho que haya cada vez menos escuelas que no mezclen varones con mujeres. Y me gusta cómo las seños retan a los nenes que dicen cosas feas de las chicas o las empujan. Yo recuerdo haber visto pocas cosas así en mi colegio varonil: las seños eran unas “yeguas” porque no estaban “bien atendidas” y las mamás lindas eran “ligeras de cascos”.

Qué distintas son las cosas ahora.

Pero no me da para celebrar del todo, porque justo hoy una escuela como la tuya amaneció llena de sueños muertos. Es un lugar lejano al que le llamamos Primer Mundo, una geografía simbólica que ya tiene naturalizado el espanto.

Cuando veo esas noticias, como hacen todos los padres, tiemblo. Y miro alrededor buscando herramientas que me permitan entender cómo ayudarte a transitar este camino que se te está abriendo ante los ojos.

Pero justo cuando empiezo a ensayar una respuesta, cuando alcanzo a procesar la muerte de docentes y estudiantes, ocurre como anoche, que a la madrugada la musicalizan con una balacera a 50 metros de la habitación donde ustedes dejan los peluches, libros y papeles de caramelos sobre la cama.

No sé, mi niña, si para cuando salgas al mundo a vivir el resto de tu vida las cosas habrán cambiado. Yo quiero creer que sí, que ya no estarán de moda las princesas y que en Instagram habrá más mujeres reales que muñecas de plástico.

Me gustaría hacer como hacen todos los padres, que tiran máximas soberbias sobre cuántos pares son tres botas. Pero no me sale saber todo. Lo único que puedo decirte es que tengas cuidado con la gente que se la pasa intentando meter a otra gente en una caja con rótulo. Son los peores.

Te tocará pelear contra muchas cosas nuevas sobre las que no tengo ni idea. Y como ha ocurrido desde que el hombre se puso a caminar derecho, siempre habrá escollos y momentos fuleros. De esto sí estoy bien seguro: sin importar qué decidas hacer en tu vida, cuáles sean tus pasiones y disfrutes, siempre habrá cosas que no te van a gustar: las injusticias, los mandatos sociales y el brócoli. Lamentablemente, hay cosas que vienen con el combo.

Ojalá cuando leas esta carta dentro de unos años todo lo que te cuento te suene raro, como me suenan a mí las anécdotas de niños golpeados en las escuelas a las que iban mis abuelos.

Los padres, al medio

Te confieso que a mis 43 a veces me pierdo. Va todo tan rápido. Estas modernidades me han dejado a mitad de camino de tu universo y del de tus abuelos, dos de los universos más distantes que ha visto generacionalmente la humanidad. Entre vos y tus abuelos, por ejemplo, se inventó Internet, el veganismo y la moda de manejar mientras se mandan wasaps con el teléfono.

Entre tus abuelos y yo, sin embargo, todo sucedía mucho más lento. Por ahí, muy de vez en cuando, aparecía un loquito en una terraza llenando de balas las veredas. Pero eran fenómenos tan aislados que hasta nos quedaron grabados con nombres y apellidos.

Hoy los casos son tantos que ni tiempo te dan a aprendértelos.

Te escribo esto mientras tomo té en un bar y veo pasar las piernas de la gente tijereteando las veredas. Veo caras. Un viejo con los párpados vencidos. Una chica de uniforme. Una parejita de adolescentes llenos de tintura y aros. Todos pisan las mismas baldosas. Las mismas que vas a pisar vos sola cuando ya no tengas necesidad de que te lleve de la mano.

Pasa una chica con el pelo rapado a un costado. Es linda. Pienso que quizá el día de mañana te hagas estos cortes espantosos que están de moda y a mí me importará tres quinotos con tal de que te sientas cómoda y disfrutes de tus cambios.

Desde este pasado en el que te escribo tengo más dudas que certezas, mi niña. ¿Podrás acomodarte a esta realidad de tradición troglodita? ¿Seremos todavía entes en un carnaval de odios y rencores?

Nene de antes

Cuando tenía tu edad miraba programas de tele humorísticos en los que siempre había lo que por entonces llamaban “mariposón” a la caza de un remate denigrante. No sabíamos lo que era respetar esas diferencias de las que te hablo, esos matices que nos hacen únicos. A todas las brutalidades que te cuento podés encontrarlas en YouTube, te juro que para la mayoría eran perfectamente normales.

Tu generación, pequeña, tendrá que pagar los errores hereditarios. Quino le hizo decir a Mafalda que el presente no es el acabose, sino el continuose del empezose de las generaciones anteriores.

Me gusta esa forma de no deslindar responsabilidades. Es todo lo que puedo decirte por ahora, que me entran kilos de mensajes en el teléfono. Devoro toda la información que puedo de las crónicas policiales, y en un momento me mareo. Acá en el pasado se usa mucho hervirle los ojos a la gente con bombardeo de datos. Ojalá en tu tiempo hayan superado eso y estén más relajados.

Otras épocas

Veo que pasa una nena de tu edad. Va de la mano de la madre. Es la misma edad que tenían algunos de mis compañeros “amanerados” cuando yo iba al colegio. ¿Cuántos de ellos tuvieron que padecer un fatídico “capotón galloso”? (era un túnel formado por los compañeros que hacían desfilar entre ellos al desafortunado, a medida que lo escupían). ¿Cuántos de ellos se habrán vuelto locos mientras los demás festejábamos?

No sé cómo harán los otros padres para reconciliarse con lo que les devuelve el espejo. A mí a veces me abruma.

Para que te quede en claro, uno se muere intentando entender cosas, y no existe una edad en la que se puede sentar en la vereda y decir “ya sé todo”. Vas a ver. A todos nos pasa. Esa idea de que los padres saben todo es una mentira más vieja que las pinturas rupestres. Los padres no sabemos nada, los padres improvisamos. Nos equivocamos. Enmendamos y seguimos. Porque sencillamente, no se puede parar.

Pasa otro nene de tu edad. Está descalzo. Tiene los pies sucios y le ofrece a la gente agujas de coser.

Quiero escribir una reflexión inteligente para mostrarte la contradicción, pero me quedo en blanco. Me voy con la memoria hasta cuando yo tenía esa edad y caminaba estas mismas calles.

La niñez debería ser el período más feliz para una persona, y sin embargo mirá en las noticias los negritos que viven en África, un continente entero hecho de nylon.

Las piernas no dejan de desfilar y los renglones se me hacen largos. Tengo que volver a casa.

Camino por la calle Buenos Aires pensando en ver la sonrisa que te ocupa toda la carita cuando estamos por abrazarnos. ¿Qué verás en mí desde tu niñez? ¿Pensarás que soy inteligente, invencible?

Mucho no me importa, te diré. Prefiero que hablemos seriamente de nuestra mascota sapo en el cantero, o que veamos una peli entre mordidas de panza y besos sin preocuparnos.

Me gustaría garantizarte más tiempo de felicidad, dejarte como legado una fórmula única para que te lleves el mundo por delante. Pero ya ves, mi nena. Lo mío, desde este calendario, es apenas un maquillaje sobre los defectos, una pincelada de anhelo.

La verdad verdadera es que sólo creo en abrir las ventanas y besar el viento. Y sonreír si huele a milanesas, a flores o a caca de murciélago. Esas cosas chiquitas son las que verdaderamente mueven el mundo.

Te invito a que nos encontremos en ese aire futuro que entrará en tu propia ventana cuando crezcas. Prometo no señalarte errores ni reprocharte las malas decisiones.

Dejame mirarte. Dejame descubrir quién vas a ser. Los padres solemos conformarnos con esas nimiedades.

Esta entrada fue publicada en Breve relato. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Carta a mi niña desde el pasado

  1. alberto baru dijo:

    Vio, don Playo?
    Es como le decía en el comentario del post anterior.
    Saludos

  2. Irene dijo:

    A veces me acuerdo del susto que nos llevamos con lo del tumor, y luego la complicación de la vesícula… Qué hermoso y qué importante que todo aquello haya salido bien, que las niñas sigan teniendo a su papá, y nosotros podamos disfrutar estas lecturas sentidas y ciertamente edificantes. Deseo que cuides tu salud, que es también cuidarlas a ellas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *