A las puteadas con otros automovilistas

Hubo un bocinazo pero ni miré. La maniobra se me pasó por alto. Pudo haber sido una falla de cálculo en la esquina, tal vez pasé demasiado cerca; igual no era para tanto. Levanté la mano en señal de disculpas, pero para mi sorpresa el auto aceleró y se me pegó a un costado sacudiéndose como si estuviéramos filmando una escena de una película policial.

El conductor del otro vehículo hacía chirriar las gomas cada vez que yo me adelantaba y cuando se me ponía a la par, me tiraba el auto para que yo reaccionara. El suyo era un coche moderno, todo brillante y polarizado: si me chocaba, a él le iba a costar bastante más caro el chapista.

La persecución con bocinas y puteadas siguió por varias cuadras en las que no había semáforos. Yo venía escuchando un disco de folklore y, por increíble que parezca, de los parlantes empezó a salir Coplas de un payador perseguido, en la voz de Jorge Cafrune. Me sentí un caudillo en fuga, un renegáu, un Chacho Peñaloza. Le hice señas a la sombra que manejaba el otro rodado de que ya había entendido el mensaje y me concentré en mi camino, restándole importancia al episodio. Pero el otro conductor estaba molesto y no iba a parar hasta aleccionarme.

Ofuscado, mi perseguidor se comió un par de badenes en su intento por hacerme pagar la falta. El paragolpes y la patente sacaban chispas, pero el conductor ni se inmutaba.
Desde donde estaba distinguía dos siluetas dentro del vehículo, una en cada asiento. Podía tratarse de un fisicoculturista loco, de un asesino serial que se levantó cruzado o de un psicópata entusiasta con ganas de mejorar el mundo a tiros. Cualquiera de las opciones me daba temor.

Me angustiaba su insistencia, su determinación, y su beligerancia, tan destilada y taxativa que parecía una sentencia divina. Nuestro desafortunado desencuentro no iba a quedar impune. Yo imaginaba que nos filmaba desde el aire un helicóptero de las noticias.

Llegamos a una avenida larga y el tipo, lejos de amilanarse, aceleró a fondo para pasarme. Disminuí la velocidad y entonces se puso delante de mí para clavar los frenos. No sirvió de mucho porque tuve que doblar en esa misma esquina, así que el hombre se quedó parado ahí, solo y a los bocinazos.

Doblé tranquilo, con el guiño puesto, con la música a nivel moderado. Me sentí aliviado, no porque el miedo me hubiera hecho mella, sino porque de verdad no tenía ganas de pelearme con nadie. Esa mecánica carcelaria de medirse la testosterona desde la ventana de un automóvil me parece una pérdida de energía irreparable.

Antes de llegar a la otra esquina observé que dentro del espejo retrovisor aparecía otra vez el justiciero de las bocacalles. Venía haciendo luces y zigzag. A esa velocidad, me alcanzaría antes de cruzar la esquina siguiente.

Cada persona reacciona de modo distinto cuando se pone tras el volante. Algunos van a dos por hora sobre la vía rápida mientras otros te pasan por la derecha; unos usan las rotondas como se les canta mientras otros ni saben que el peatón tiene prioridad (básicamente porque está en desventaja respecto de alguien que maneja un automóvil de una tonelada).

Decidí que ya habíamos llegado demasiado lejos. Además, mi coche no está para andar jugando al poliladron y menos con el estado en que están las calles. Puse las balizas y estacioné pegado a la vereda antes de bajar el vidrio.

Este mundo está lleno de odio, de sentimientos mal ecualizados. La sociedad se vuelve una fiera acorralada que sólo puede comunicarse a tarascones. ¿Por qué tenemos tanta bronca? ¿Qué nos cuesta tratar bien al prójimo? El otro es uno mismo pero en diferente cuero, y hay que saber respetar…

–¿Sos loco, la reputa que te parió? –me oí decir cuando el coche se me puso al lado.

Antecedentes

Hace muchos años yo también manejaba por una avenida y viví un episodio similar. En el asiento del acompañante venía mi primo, que es agrandado, chiquilín y poco caballero. En un cruce de calles casi coincidimos con un taxi. Pero mientras yo levanté la mano para hacerle señas de “pase” al trabajador del volante, mi primo se salió por la ventana y lo puteó de arriba a abajo. Incluso siguió insultándolo cuando ya estábamos a una distancia considerable.

Es muy probable que el taxista haya tenido un mal día. La cuestión es que el tipo pegó un giro de 180 y empezó a seguirnos. Su manera de perseguir era mucho más profesional que cualquiera que hubiera visto antes. Con gran pericia nos fue midiendo hasta que nos cruzó el auto en una calle de tierra y se bajó con un caño galvanizado en la mano.

Mi primo me gritó: –¡Acelerá! ¡Nos va a matar!

–De ninguna manera –le dije serio–. Usted lo puteó al señor, ahora baje la ventanilla y ofrézcale disculpas.

Fue humillante pero lo hizo. Casi de rodillas. El taxista al final le perdonó la vida y se fue: –Fijáte bien a quién insultás en la calle, pavote –fue su frase de despedida.

El mapa vial está contaminado de gente que no tiene paciencia. Da un poco de impotencia que te puteen por ir a la velocidad máxima permitida. O que te maten a bocinazos si frenás antes de doblar para darle paso a un peatón. Después de todo, ¿qué culpa tenemos de que la ciudad esté detonada?

Tengo la convicción de que la prueba de fuego para un conductor es cualquier calle de Buenos Aires, porque allá te aparecen autos hasta en los árboles. Igual en Córdoba tenemos lo nuestro: motodeliveries suicidas, gente que cruza las calles por cualquier lado, conductores que desprecian la vida humana, el cartel de Pare, y los autitos de Autoescuela.

Manejar puede ser una experiencia difícil, pero creo que todo depende del humor con que uno se tome las cosas. Por lo general, evito los enfrentamientos con otros conductores básicamente por la máxima esa de que “siempre hay uno que está más loco que vos”. Me tragué varios sapos sin chistar gracias a esa frase, aunque sé que cada uno de esos sapos fue también la salvación ante una segura bajada de dientes.

Freno de mano

Volví a putear al conductor belicoso. Se me había salido la cadena y no me podía controlar. Había dejado de pensar, se me habían desconectado vaya a saber qué cables y no tenía ni la más mínima intención de bajar un cambio. Quería zapatear sobre el capó de su auto, quería que viniera un camión de caudales y le pasara por encima.

Toda la maniobra, que había durado varias cuadras, fue irresponsable y peligrosa. ¿Qué pretendía lograr?

De pronto se me dio por mirar la escena desde arriba, como si yo manejara un helicóptero y entonces nos vi a los dos en esa calle de tierra, guarecidos por las sombras de los paraísos, prestos a arrancarnos la cabeza si era necesario, para que quedara en claro quién había tenido la culpa de un choque que no había ocurrido nunca.

Yo estaba apurado, tenía que entregar unos papeles antes del mediodía. Y sin embargo ahí estaba, casi por apearme del vehículo. Pero enseguida supe que habíamos hecho una locura corriendo carreritas en plena calle, en hora pico, enajenados y sin criterio, llenos de un odio asesino y egoísta: podríamos haber pisado gente, atropellado animales de mediano porte, todo sin parar la pelota ni un segundo.

¿Por qué tenía en mi pecho esa necesidad imperiosa de bajarme y agarrarme a los carterazos? No sé pelear, no tengo estado físico y ando jodido de las rodillas, pero de todas formas quería plantar la bandera de mi resistencia; no quería que el otro conductor me pasara por encima.

Cuando la ventana de mi enemigo se bajó por completo, vi a una chica en el asiento del acompañante. Detrás del volante había un sexagenario con el rostro desencajado. Tal vez un ex boxeador. El perfume de auto nuevo me inundó la nariz a pesar de la distancia.

–¡¿Adónde mierda vas, pelotudo?! –me dijo–. ¿No sabés quién tiene prioridad en una bocacalle?

La chica a su lado tenía un gesto indefinido en la cara, algo a mitad de camino entre vergüenza y sonrisa por compromiso.

El hombre me señalaba y hacía bramar el motor. Me insultaba y me pedía que bajara del auto.

La chica me miró y en su rostro adiviné que estaba en una situación incómoda.

Se me ocurrió herir los sentimientos del hombre y sin mirarlo me dirigí a la joven: –¿Por qué no le decís a tu abuelo que se calme un poco? El tipo siguió gritándome y arrancó el auto dejando una estela de polvo.

Me imaginé lo que sería el resto del día de esa persona. Y ni hablar del de la chica.

Saqué el disco de Cafrune y sintonicé la radio. Para cuando volví a la avenida grande, el cielo estaba encapotado. Me fui a terminar los trámites antes de que cerrara el banco.

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Una respuesta a A las puteadas con otros automovilistas

  1. Irene dijo:

    “Escenas de la vida postmoderna”

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