La orientación vocacional temprana

La idea de que no haya un lugar específico para aprender a ser escritor (y que te lo certifiquen), me pareció injusta: había una carrera para ser buen lector, pero no para tipear como Dios editorial manda. Cualquier disciplina en la rama de las artes cuenta con respaldo académico: se puede uno graduar en pintura, en música y en teatro, pero no hay claustro que ponga diplomas de escritor en la mano de nadie.

Busqué carreras que tuvieran algo que ver con la escritura, porque cuando terminara el secundario debía inscribirme en algo. Mientras, aproveché para seguir formándome a mi manera: eligiendo libros por la tapa, abriendo las orejas cuando alguien hablaba de autores y pidiendo recomendaciones en Rubén Libros y en El Espejo, las únicas librerías en las que todos los que atienden son buenos y generosos lectores.

Nombres como Borges y Cortázar eran los más repetidos; el primero me aburría soberanamente porque no le entendía las palabras y el contexto, mientras que el segundo me llegó de una manera explosiva.

Hasta el momento tenía dos nombres. Me ayudó a sumar jugadores mi amistad con una tía mayor que gustaba de leer y escribir; fue ella la que me enseñó los trucos básicos para llevar un texto a buen puerto sin pasar vergüenza. De su mano vinieron Rilke, Mouppassant, Chejov y otros cuyos nombres no recuerdo, pero que te iban separando los yuyos frente a la cara como si fueran machetazos.
Gracias a María Esther me dediqué a buscar libros perdidos y olvidados en las librerías de usados, y me quedaban la punta de los dedos plastificadas de mugre de tanto pasar las hojas mientras elegía a quién llevarme a la mesa de luz. Las enseñanzas de mi tía fueron intensas, y aunque no me pude memorizar más de tres o cuatro reglas de ortografía, mejoré bastante cuando empecé a leer.

Algunos consejos básicos fueron: evitar la repetición de palabras, la voz pasiva, respetar la introducción-nudo-desenlace y eliminar las cosas terminadas en “mente”.

No pasó mucho tiempo hasta que descubrí que la escritura de ficción no se enseñaba más que en talleres de ignotos barbudos, de los que tampoco salías con ninguna certificación de tus capacidades. Y lo que era todavía peor: a esta altura, ya empezaba a darme cuenta de que sería imposible vivir de escribir, a menos que me convirtiera en Stephen King o trabajara redactando avisos publicitarios.

Pasitos de bebé
Cuando me saqué la mochila del colegio secundario llegó ese inmenso llano desconcertante que se abre frente a todos: el futuro. Yo lo único que tenía en claro era que disfrutaba de escribir y que el resto de las cosas me tenían sin cuidado.

Pero como vengo de familia trabajadora y de épocas en las que se vendían las alianzas para comprar leche en polvo, la posibilidad de dejarme estar para volverme artista se cortó bastante temprano.

En mi entorno había un mandato religioso, cultural y de gente bien que, básicamente, te amenazaba con la idea de un destino funesto si practicabas relaciones sexuales desaforadas que desembocaran en un embarazo no deseado, o eras políticamente incorrecto, o dabas mala apariencia y deshonrabas el linaje.

Desde temprano supe que si no me inclinaba por una carrera con estudios tradicionales estaba condenado al fracaso. Y me parecía increíble que no se pudiera abonar una vocación en ciernes, al menos para descartarla.

El mantra de una conducta intachable me perseguía como un depredador cebado. Aunque fuera pour la gallerié, había que comportarse y dar una buena impresión: nada de usar malas palabras, nada de andar mal vestido, nada de dejarse el pelo y la barba.

Con ese peso en las cervicales chapoteé en la escuela de cine de la Nacional para ver si podía canalizar a través de los guiones, pero no funcionó. Pensé que quizá si elegía otra cosa que me gustara (como ser el Doctor Lecter de El silencio de los inocentes) daría en la tecla. Pero mi paso por la carrera de psicología fue bastante poco auspicioso, así que terminé estudiando lo que la mayoría que tiene que inscribirse ante la insistencia de los padres: comunicación. “Ciencias de la comunicación”.

La carrera me permitió justificar mi tiempo sobre la tierra y me dio la posibilidad de hacer algunas changas laborales que templaran mi organismo burgués y mantenido. Pero lo más importante, me dio la posibilidad de escribir por mi cuenta. Hice revistas, diarios y folletos. No fue una experiencia de formación marcial, pero sirvió para entender un poco más cómo funcionaban algunas cosas, cómo se podía convertir lo que me gustaba en algo medianamente rentable.

Cuando me entregaron el título metí el papel en un tubo de plástico y lo archivé. Aunque sólo había alcanzado el magro estatus de licenciado (no de doctor, como se suponía), ya estaba cumplida mi etapa de estudios.

Durante un tiempo trabajé haciendo prensa (odiaba tener que llamar a periodistas para que me ubicaran una gacetilla). Después probé suerte con la “redacción creativa” en una agencia de publicidad que me hizo trabajar como un idiota armando jingles para radio por los que nunca me pagaron.

Y en algún momento de todo ese derrotero capacitante mi tía se subió al tren de la demencia.

Visitas inesperadas
Empezó como algo ligeramente confuso y hablamos varias veces del tema. María Esther siempre había tenido problemas con la vista, y al comienzo le atribuyó a ese inconveniente las visiones. Pero de a poco el cuadro se fue agravando.

Una tarde estábamos conversando como hacíamos siempre. Me había estado leyendo algunos poemas que quería presentar en un concurso. De pronto se puso a mirar fijo sobre mi hombro.

–Usted vino solo, ¿no? –me preguntó.

–Sí, ¿por?

–O sea que no hay nadie sentado a su lado mirándome, ¿no?

Miré sobre mi hombro. Efectivamente no había nadie, estábamos solos en el departamento.

–No hay nadie. Sólo estamos vos y yo.

María Esther guardó silencio unos minutos y habló con la vista fija en la ventana.

–Si usted no ve a la persona que yo veo a su lado, quiere decir que la única que la ve soy yo. Entonces algo no está funcionando bien.

Quise minimizar el tema y le dije que tal vez podía ser fatiga visual, o una noche de sueño poco reparadora. Quizá un efecto rebote de alguna de las pastillas para la presión.

Me miró, sonrió con ternura y dijo:

–No; yo sé bien qué es: ha comenzado el proceso de mi decadencia.

Las visiones de María Esther se fueron intensificando. Un par de veces hubo que asistirla en la madrugada porque la acechaban Hombres-palo, que eran unas criaturas con la cara y las manos hechas de recortes de caña.

Inmediatamente después empezó a llenársele de gente la casa. Nadie más que ella veía esas visitas, y eso la abrumaba.

–No sé qué quieren. Me miran y no me hablan –me contó una de las últimas veces que conversamos sin que se entrometieran los Hombres-palo ni los visitantes pelmazos imaginarios.

Finalmente la internaron.

La última vez que la visité estaba contenta. Se había agenciado un novio imaginario que le presumía, y entonces ella conversaba con las visitas reales e inventadas como si estuviera en un cumpleaños.

–¿Cómo estás? –le pregunté la última vez que la vi con vida.

–Acá, escapándome de este viejo picarón que me anda rondando –me contestó sonriéndole a vaya uno a saber qué fantasma que la miraba desde la ventana.

Cuando escribí mi primer libro de cuentos, se lo dediqué a ella. Me hubiera gustado darle el borrador para que me lo corrigiera, me hubiera pasado horas enteras escuchando sus devoluciones y sugerencias. Pero a esa altura sólo me quedaba imaginar su lectura en cada renglón e imitar algún probable consejo.

El libro salió bastante amateur. Lo que yo confundía con estilo era simplemente desconocimiento de pasos básicos para encaminar una narración. Igual en la presentación hubo amigos y parientes en proporciones suficientes para comprar el equivalente al costo de la impresión. Esa noche mi editor durmió tranquilo y yo me quedé fumando hasta que salió el sol.

Una autora que se llamó Marguerite Duras dijo una vez que ser escritor es ver qué escribiríamos si escribiéramos. Parece un trabalenguas, pero en realidad es una frase ingeniosa que resume la idea de que en la escritura siempre se es un aprendiz, y que lo único que vale es lanzarse con los ojos cerrados a la pileta.

Hoy sigo pensando que no existen lugares para aprender a escribir y que certifiquen tus capacidades narrativas o poéticas, aunque soy más benévolo con esa realidad: tal vez sea mejor que no tengamos esa posibilidad.

Algunas cosas se aprenden a los golpes, cometiendo errores garrafales y reconociendo las limitaciones.

–No puedo saber si será un buen o mal escritor –me dijo una vez María Esther–. De lo único que estoy segura es de que no podrá dejar de escribir nunca.

A veces rememoro esa frase. Y mientras reconstruyo la tarde en que conversamos sobre ese tema, me debato entre pensar si fue un augurio o una condena.

Me gusta pensar que esa frase me lleva de las narices por la vida. Y que, por suerte, jamás sabré cuánto de verdad hay en ella.

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4 respuestas a La orientación vocacional temprana

  1. Carolina dijo:

    Vivimos la misma experiencia, aunque la mía sin ninguna tía de por medio. Quise escribir y la opción también fue comunicación social-periodismo (odio ese maldito guión). Conseguí trabajó en un periódico y ocasionalmente escribía la página judicial, que en la Colombia de esa o aún de esta época, siempre se cuenta con suficiente material para llenar no sólo una página, desgraciadamente nunca sufrí por falta de material. Tuve la oportunidad de dirigir la página cultural y fui inmensamente feliz. Amo el ruido de la rotativa pero pudo más la necesidad para que me alejará de allí y me dedicara a otros menesteres, menos gratos, pero que me permiten sobrevivir cada mes. Espero pronto tirar todo a la mierda y poder por fin, aunque quizás tarde, dedicarme a escribir, la verdad es que tengo mucho que contar. Me encanta leerte.

  2. alberto baru dijo:

    Muy linda historia, don Playo.
    Como buen cordobés tiene una tendencia a escribir con alguna dosis de humor casi todos sus post, lo cual es plausible; pero cuando se mete con los sentimientos y las emociones se supera ampliamente.
    Saludos
    Alberto

  3. Javier dijo:

    Te dejaría una flor de devolución, pero culpa de Marguerite Duras me vinieron unas ganas irrefrenables de ir a pechar teclas un rato, así que lo dejo aquí. Buena entrada estimado.

  4. Javier dijo:

    Te dejaría una flor de devolución, pero culpa de Marguerite Duras me vinieron unas ganas irrefrenables de ir a pechar teclas un rato, así que lo dejo aquí. Buena entrada estimado.

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