Balada triste sin trompeta

Esta profesión me ha dado cosas maravillosas, como tener franco los lunes y los domingos. Mi semana laboral comienza desfasada, un poco después de que se fue la mufa de la mayoría. Así no me angustio los domingos por la tarde con los partidos por la tele (mi compañera es muy futbolera), ni tengo que renegar con un despertador los fatídicos lunes. Es más, me puedo quedar hasta tarde haciendo fiaca mientras el mundo pone el motor en marcha.

Por supuesto que no todo es color de rosa, ya que nadie parece bancarse que estés al pedo un día hábil, entonces te encargan trámites y cosas que no harías en tu perra vida un día que para vos es domingo.

La otra cosa que me dio esta profesión es la posibilidad de conocer mucha gente de diferentes ámbitos: cordobeses, argentinos y extranjeros. Y además, cada uno de esos encuentros es un entrenamiento para entrevistar. Me gusta la entrevista, es un género que cultivo e intento honrar, aunque no siempre me salen como me gustaría. Existen condicionantes y el tiempo es uno de ellos. Algunas veces hay tan poco margen para hablar en profundidad que hay que improvisar para generar la confianza suficiente para que el entrevistado se sienta cómodo y dé lo mejor de sí, o se saque el casete.

Tuve oportunidad de entrevistar a gente viajando en auto, o rodeada de una jauría de perros que nos hacían conversar a los gritos. Hablé una hora con Julio Iglesias sin saber que era él, y conversé con Alberto Maiztegui en el living de su casa.

Pero la entrevista que más expectativas me generó fue con Olga Garaventa, la mujer que acompañó a Roberto Sánchez, alias Sandro, hasta el último aliento.

Tengo una relación especial con el músico, en el sentido de que asocio su existencia con un pasado infantil en el que me daba mucha curiosidad hurgar las tapas de los discos de vinilo. En casa había un combinado y una repisa llena de esos sobres enormes que adentro tenían un plato negro que daban ganas de masticarlo (me comí la primera canción de varios long plays, confieso).

Uno de los que me llamaban la atención era el de un señor muy delgado que en la foto estaba congelado en un meneo pélvico. Ese disco sonaba a veces más fuerte que los otros, y así pasó a formar parte de la banda de sonido de mi infancia. No entendía casi ninguna letra al comienzo ni estaba al tanto de la trascendencia que tuvo el cantante en, por ejemplo, Latinoamérica.

Seguí a Sandro por varios canales de televisión y lo busqué en varias listas de videos de YouTube. Me gustaba su música, pero todavía más su forma de ser, las entrevistas que daba y cómo miraba ciertas cosas de la vida. Y la verdad es que me entristeció su final. Por eso la chance de hablar con Olga me resultaba tan interesante. Estaría a un grado de separación de una persona que embrujó a generaciones enteras y acabó convertido en leyenda.

De primera mano

Cuando Olga Garaventa empezó a trabajar para el representante de Sandro, era una perfecta desconocida que apenas si se sabía un par de canciones del ídolo. Es más, había ido a un recital, pero no lo disfrutó. Y esa fue una de las cosas que en el entorno del cantante valoraron para incorporarla como personal, porque a Sandro no le gustaba mezclar las cosas. Olga trabajaba a la mañana en mantenimiento y a la tarde como secretaria. A Sandro lo veía cada tanto. Pero un día, justo en la previa de un viaje a Rosario, el cantante la llamó por teléfono y le dijo: “Señora, tengo un beso encadenado entre los labios, y la llave de ese beso la tiene usted”. Olga, atareada como estaba, respondió: “Ah, bueno. Muchas gracias. Chau”. La mujer pensó que el cantante se había equivocado de persona.

Con el tiempo, Olga aceptó la propuesta de Roberto, que fue clara y sin rodeos: “Yo estoy en una situación complicada, esto no va a ser un camino de rosas sino de espinas, porque mi estado de salud es complejo, vos pensalo, no te voy a obligar”. Y en algún momento, Olga se instaló con él y le ayudó a respirar la dificultad de los últimos alientos.

Una amiga me contó que de chica fue varias veces a recitales de Sandro acompañando a su tía.

–Yo tenía ocho o nueve años y estaba en medio de una histeria colectiva viendo a un señor de bata que cantaba de costado. Pero mirá lo que es la inocencia, en un momento le pregunté a mi tía si las toallas de mano que le tiraban eran para que se terminara de secar (a mí me daba la impresión de que recién salía de bañarse).

–¿Le tiraban toallas?

–En realidad eran bombachas. Bombachones. Pero en la oscuridad yo veía volar esos calzones enormes y me imaginaba eso.

La relación de Roberto Sánchez con su alter ego y las seguidoras del personaje era cercana y se retroalimentaba de manera permanente. La noticia de todos los años era el cumpleaños de Sandro y el peregrinaje de fans que se agolpaban frente a la casa de Banfield a la espera del saludo de rigor que les brindaba el ídolo.

“Las chicas”, como él las llamaba, tenían contacto permanente con él: Sandro era fan de su club de fans.

En el último tiempo el Elvis argentino comenzó a usar mochila de oxígeno. Tenía la salud minada, y un enfisema de esos bien voraces le estaba pasando el fuelle a retiro.

En sus últimas apariciones, con internaciones cada vez más frecuentes, el cantante usaba un tubito de plástico que le cruzaba la zona del bigote. Sin eso, se ahogaba irremediablemente.

Un ícono de acceso directo

Me gustó la charla con Olga, tenía montones de anécdotas y detalles que me parecían joyitas que iban quedando sobre la mesa y yo tenía que recogerlas antes de que las trapeara el mozo.

En un momento me confesó: “Era un placer sentarse hablar con él. Hemos pasado noches enteras hablando de lo que te imagines. No he conocido a una persona con más cultura general. Pero también costaba mucho que entendiera algunas cosas, sobre todo del cuidado de su salud. Fundamentalmente del cuidado de su salud. Tenía momentos en los que se complicaba porque el mundo estaba a sus pies y le costaba entender que tenía que cuidarse, yo lo cargaba porque le decía que se creía que Dios era su secretario, sobre todo con el tema de las comidas. Pero los cinco años que pasamos como matrimonio fueron muy felices”.

Le pregunté un montón de cosas, y me detuve en la casa de Sandro, un enigma de intrigas palaciegas al que no había accedido casi ningún periodista.

–¿Cómo es la casa? ¿Me la describís?

–El casco, lo que es la casa principal, abajo tiene un living enorme, un comedor, el hall, el estudio de Roberto, otro living y un baño. Arriba, dos dormitorios de huéspedes, un baño, el gimnasio, otro baño, una habitación en suite. Después hay un jardín de mil quinientos metros con una pileta olímpica y la entrada del garaje para siete autos, y en frente, cruzás un patio y tenés otra casa: ahí hay un piano bar, que es donde nos casamos; y hay dos dormitorios más, otros dos baños y el rincón del ídolo (que es una sala con los cuadros y las fotos). Arriba de todo eso están las buhardillas y las terrazas y el lavadero. Es enorme.

La descripción de Olga era hermosa. Me dijo que le gustaba caminar la propiedad en la más absoluta oscuridad. Y yo me imaginaba su silueta fileteada por la luz de la luna, los pasos firmes de familiaridad, el perfume de un espacio íntimo que la protegía del resto del mundo.

En ese resto del mundo había rapaces supuestos herederos, abogados con hambre de remate y mezquinos autoproclamados albaceas. ¿Cómo hacía una persona sola para cubrir tantos frentes en un campo de batalla tan enorme?

“Él (Roberto) se quiso casar para acallar esos comentarios para cuando no estuviera. Hasta en eso pensó. ‘Yo no quiero que a vos te pase nada ni te falte nada. A vos nadie te puede venir a decir nada. Vos sos mi esposa’. Él me lo dejó en claro: ‘Olga, es tuyo. La decisión que tomes va a estar bien’, me dijo”.

Esta semana se cumplió el octavo de muchos aniversarios por venir. El 4 de enero de 2010 Roberto Sánchez se fue a mirar desde abajo cómo crece el césped.

Mientras repaso algunas de sus canciones y fotos, siento una extraña nostalgia por algo que ni siquiera me pertenece.

De alguna manera, en el instante en que Sandro pasó a jugar en primera en el club de las nubes, todos quienes aprendimos a apreciarlo nos convertimos en el mismo fantasma desangelado que es Olga en esa casa.

Y mientras ella camina los recuerdos de un amor criticado, nosotros nos conformamos con transitar sobre la evocación del fenómeno. Es una lástima que los ídolos tengan derecho a dejarnos tan solos.

Esta entrada fue publicada en Breve relato. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Balada triste sin trompeta

  1. Constanza dijo:

    ¡Qué artículo tan hermoso! Desde Barcelona, soy fan lectora de este blog y comparto con el corazón la maravilla de librar domingos y lunes.
    Sandro,un referente indiscutible en la música argentina y para los que somos rosarinos, sin dudas una figura popular.
    Me encanta la naturalidad con que escribís, escucho las palabras. Comentario de ésta servidora que algna vez terminó locución y alguna vez ejerció.
    Gracias.

  2. Irene dijo:

    Voy a tener que hacerme el hábito de visitar el sitio de La Voz, porque me encantan tus publicaciones.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *