Segunda profesión asegurada

Ya casi no hay monedas en circulación. Parece una nimiedad, pero sumado a los terremotos, los tsunamis, el jopo de Donald Trump y las publicidades políticas horribles de nuestros candidatos improbos, todo me da la pauta de que estamos sobre cuerdas flojas. No es un invento que la plata rinda menos, y eso indefectiblemente me lleva a pensar en la gente que en este momento no tiene trabajo. ¿Cómo haría yo llegado el caso? A veces me pregunto, ¿qué haría hoy si me quedo en la calle? La idea me hace tiritar aunque no haga frío.

Tengo un título genérico de comunicador, disciplina que me faculta para realizar un cúmulo interesante de tareas, todas para nada rentables. Además está el tema de la edad: si viviéramos en el Medioevo ya se me habrían caído todos los dientes y estaría pidiendo pista, todo orinado, en la puerta de un mercado.

Pero en vez de eso vivo en una era moderna acunada por el capitalismo sauvage, entonces tengo incertidumbres existencialistas a mis cuarenta y tantos.

Debo reconocer que dos décadas atrás el panorama era todavía más acuciante. Lo resumiré diciendo que el ingreso monetario al hogar peligraba. Y agregaré que para evitar la catástrofe, necesitábamos a un productor asesor de seguros matriculado.

Es compleja la explicación; sólo diré que había posibilidad de heredar la administración de unas pólizas, pero para gestionarlas había que tener el carné que certificara tu pericia en el rubro. La idea fue de mi madre, que propuso que los tres varones (mi viejo, mi hermano y yo) estudiáramos para rendir el examen correspondiente y así no perder esa fuente de ingresos.

Las posibilidades de éxito se multiplicaban por tres si los varones nos poníamos “de cabeza” a estudiar para obtener el título. Mi viejo, jubilado medio al pedo, estuvo de acuerdo; mi hermano, estudioso y aplicado, secundó la moción; y yo dije que sí porque había en el temario cosas como “siniestro”; “fallecimiento” y “desastres naturales”, así que me daba morbo.

Por delante teníamos un examen libre de opción múltiple, que se rendía dos semanas más tarde, ese mismo mes. Todo calzaba justo, sólo restaba ponerse a subrayar los apuntes.

Mi hermano propuso un método de estudio dividido en dos instancias: primero cada uno leía en su casa y nos juntábamos al día siguiente a evacuar dudas. Cada uno partió a su domicilio con seis kilos de apuntes y la sospecha de que estábamos haciendo un esfuerzo digno.

Esa noche tiré los apuntes sobre la mesa, hojeé los títulos sin mucho interés y después les puse un cenicero encima. Había un libro entero con leyes, cada una repleta de artículos. Y había que sabérselos de memoria. También había fotocopias que se veían como si estuvieran mojadas. Y dos cuadernitos con leyes accesorias que no figuraban en el otro socotroco de asuntos legales.

En ese momento dudé: yo quería ser novelista famoso para poder recluirme en una casa de campo a ver series, ¿qué estaba haciendo con toda esa bibliografía tan específica? ¿Estaba traicionando al artista que vive en mí en pos de tener unos mangos para alivianar los fines de mes? Como tantas veces en la vida, la duda se volvió un cachorro molesto que me tironeaba las medias.

Nada seguro

Al día siguiente nos vimos otra vez. Mi viejo había leído menos que yo, y se puso a discutir de leyes con mi hermano. Toda la reunión duró cinco minutos, hasta que anuncié que se me daba mejor estudiar solo. La verdad era que a ninguno nos entusiasmaba la tarea, pero sabíamos que había que rendir y aprobar –uno de nosotros al menos– para no pasarla mal, y eso generaba cierta tensión.

El problema de mi viejo era la oxidación, que le dificultaba la incorporación de tantos datos nuevos en tan poco tiempo (y el hecho de que el último libro que hojeó fue una guía telefónica para buscar una sucursal del correo, allá por los ’90). El problema de mi hermano era, básicamente, mi viejo, de quien se sentía responsable. Y mi problema era que prefería arrancarme los dientes de adelante antes que volver a estudiar.

La última vez que los vi antes del examen, mi hermano le explicaba no sé qué cosa de patrimonios y cortes de luz y mi viejo le discutía las causas de muerte aceptadas para cobrar una póliza.

Como hago siempre, dejé todo para el final. Unas noches antes del examen me dio un poco de ansiedad y me tomé cuatro litros de Coca regados sobre una pizza. La noche siguiente me dio acidez, por lo que me cambié a bebidas no carbonatadas con empanadas. Y cuando faltaban 12 horas para rendir, me entró el julepe y la descompostura, como dos espuelazos en los costados.

Quise bucear en la cantidad ridícula de páginas que había que saber, pero naufragué con bostezos y me puse a fumar mirando la ventana.

La hora señalada

Nos encontramos los tres en la entrada de un edificio de oficinas donde estaba la gente que venía de Buenos Aires a tomar la prueba. Uno era un flaco tan alto que la corbata parecía de metro y medio. Tenía el pelo engominado y cada vez que pasaba entre los pupitres, dejaba un perfume dulce como el de un hotel alojamiento. El otro era un pelado petiso y retacón, con la cara inquietantemente parecida a un sapo. Y después estaba la chica, prolija, discretamente sexy, con unas piernas que, al cruzarse, hacían volar los papeles.

–Por favor, señores –empezó diciendo Corbata larga–, somos todos grandes, así que ahorrémonos el disgusto de tener que reprender a alguien por copiarle al compañero.

Yo estaba sentado al fondo, mi hermano al medio y mi viejo adelante.

–Les vamos a pedir que no nos hagan preguntas –agregó Cara de sapo–, si han estudiado, no hay nada que no se entienda.

–La puta, me olvidé los lentes –se escuchó la voz de mi viejo.

La chica de las piernas se llevó el dedo índice sobre los labios y le dedicó una mirada de reprimenda.

Miré las hojas del examen. Era una resma de cuadritos que había que marcar buscando las respuestas correctas. Había opciones, pero todas me parecían correctas.

–Venga, mija– se escuchó que decía mi viejo–. Explíqueme bien qué hay que poner acá.

Mientras la chica se agachaba para ver de qué se trataba, aproveché para mirar alrededor. Mi hermano marcaba a conciencia, con el ceño fruncido. Mi viejo llamaba alternativamente a Corbata, a Cara de sapo y a Tacos altos. A mi lado había una señora mayor que jugaba con los eslabones de plástico que formaban la cadena que sujetaba sus anteojos. Había varios viejos productores de seguro, todos con la ropa mal planchada, o con unos sacos de bolsillos descosidos que asomaban como lengüetas.

Me puse a pensar en una aventura con Tacos altos. De pronto se desataba el apocalipsis zombi y tenía que rescatarla. En el camino buscando la huída le pateaba la entrepierna a Corbata y empujaba a Cara de sapo escaleras abajo. Ya en la calle, Tacos altos me besaba como agradecimiento por liberarla de esa trampa de muertos vivos. Nos mudábamos a una casa en el campo toda llena de alambrados y juntos nos proponíamos volver a poblar la Tierra.

Después ella se ponía pesada con que me la pasaba soñando boludeces y al final se iba con un cazador fachero lleno de armas que andaba en una moto de gran cilindrada.

–No le puedo dar todas las respuestas, señor –le dijo Tacos a mi viejo.

Decidí que ya estaba harto de estar en ese ambiente depresivo de gente mordiendo los capuchones de las lapiceras. Entonces empecé a marcar a la bartola: una equis acá, otra allá, una que otra “Todas las anteriores son correctas” y así hasta que llegué al final.

Tenía delante de mí la última hoja y, de puro rebelde, marqué la segunda opción de las seis preguntas restantes. Después me levanté, entregué la hoja, saludé muy amablemente y me fui a fumar un cigarro a la vereda.

No me quedé a esperarlos porque demoraban y además tenía ganas de caminar por la ciudad. Empecé a patear tranquilo y sin prisa. Iba pensando en la misma idea recurrente para armar una novela que no va a arrancar nunca.

Esa noche llegué a casa, me bajé una cerveza de un pelotazo y me fui a dormir con la cara roja como un tomate.

Pasaron los días. Mi viejo y mi hermano me hablaron un par de veces por teléfono y les dije que estaba ocupado. No compartía su ansiedad porque mis estadísticas de rendimiento siempre dieron números en rojo.

Cuando llegaron los resultados de las evaluaciones fue para todos una sorpresa: el único que aprobó fui yo.

El curro me duró unos meses hasta que perdí los clientes y me olvidé de entregar no sé qué papeles a tiempo.

Igual me sentía un mercader de la muerte diciéndole a la gente que se iba a morir en cualquier momento. En algún lado está mi certificado, pulcro y discreto, el documento que deja constancia de que puedo hacer un montón de cosas que ni sé quéson.

A veces, cuando me aparecen los políticos en las propagandas de Internet y la televisión, tiemblo. Mi pesadilla recurrente es que tengo que volver a rendir o salir a buscar trabajo. Me siento estúpidamente tranquilo con mi plan b. Aunque lo que más me tranquiliza es no tener que usarlo.

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Una respuesta a Segunda profesión asegurada

  1. Angel dijo:

    Tu relato… por el formato… una genialidad capaz de ubicar mi cena (sorrentinos con estofado) estacionados entre mi glotis y epíglotis como ascensor a medio piso de carcajadas combulsionantes. Saludos!!!

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