Cosas de la edad

Mi hija me pregunta por qué tengo la nariz más grande ahora que en las fotos de cuando ella nació. “Y las orejas también, ¿por qué se te agrandó la cara?”, quiere saber.

–Es que pasados los cuarenta, cada uno tiene la cara que se merece, hijita.

–¿A todos los viejos les crecen partes de la cara?

–Sí, pequeña. Es que llega una edad en la que todo se nos descontrola. Incluso nos salen pelos en las orejas y en la nariz –agrego mientras le muestro mis lianas nasales y los pelos eléctricos que empiezan a salirme por todas partes.

–¡Qué asco! ¿Por qué no te afeitás adentro de la oreja, pa?

–No se puede –le explico–. Si por mí fuera, no me dejaría un solo pelo de las cejas para abajo. Porque mirá cómo tengo las cejas.

Me peino a contrapelo los bigotes que tengo sobre los ojos y adopto una cara diabólica. No le gusta. Me muestra la palma de la mano: –Das miedo con esas cejas. ¿Qué más le pasa a la gente cuando crece?

–Bueno, básicamente la gente se va desfigurando, es como una máscara de goma que se derrite sobre un calefactor.

Me mira con un gesto de temor. Intuye que eso la espera en el futuro y no le hace ni media gracia.

–Pero no duele ni nada –le digo para tranquilizarla–. Te crece la papada –enumero sacudiéndome el saco adiposo que pende bajo mi mentón–; te salen arrugas; te hace mal el vino blanco y te terminan gustando las aceitunas negras.

No hace mucho hablaba con una persona mayor que me contaba algunas cosas relacionadas con la tercera edad que me provocaban las mismas reacciones que ahora veo en la carita asombrada de mi hija.

Lo que más me impactó es que me dijera que de grande uno pierde la capacidad para dormir boca abajo. Y que cada vez le agarran más gases. China Zorrilla también dijo una vez que ser viejo no se siente diferente, pero que ella lo relacionaba con tener mucha menos disponibilidad de energía por tiempos prolongados. Vale decir, podés trapear el piso del living, pero deberás dejar la limpieza del baño para el día siguiente.

Otra persona mayor me dijo que a partir de que se pierde la libido, la mente se aclara, los pensamientos se vuelven más inteligentes y se le comienza a dar importancia a las cosas verdaderamente importantes. No me lo dijo con esas palabras, pero la idea iba más o menos por ahí.

Gustos y gustos

–Son un asco las aceitunas negras –me dice mi pequeña mientras colorea un cuaderno de mandalas–. ¿Qué más le pasa a la gente cuando se hace vieja?

–Bueno, está el tema de las canas, que alguna gente soluciona pegándose una biaba tremenda con tintura, como el señor del transporte que las llevaba el año pasado.

–¿Él también es viejo?

–No; es coqueto. Pero para que te des una idea. ¿Te acordás que la cabeza de don Martínez era negra como una témpera?

–Vos también estás lleno de canas. Tenés hasta en la barba. ¿Te vas a hacer lo mismo que el señor Martínez?

Imagino cambiando de tono y dejándome la cabeza como un muñeco Playmobil. Los potenciales comentarios de mis compañeros de trabajo me provocan un escalofrío.

Una vez me quise teñir de canoso y quedé rubio oxigenado. Me puse un líquido con olor horrible en la cabeza y en la barba, pero lejos de conseguir el cromado que ansiaba, terminé ampollado y rubio tirando a bronce.

–Te prometo que nunca me voy a teñir de negro –le digo solemne.

La observo colorear sin respetar los bordes del dibujo, la veo mordiéndose la lengua con los labios mientras desparrama los trazos irregulares para sacar a una flor de su chatura monocromática. Son los últimos resabios de la niñez. A veces veo a mis hijas cruzar la puerta y me imagino que me pasa como en las películas, que las veo entrar grandes, adultas, con sus vidas, sus pasiones y sus tristezas.

Imagino que abrimos una gaseosa y nos ponemos a hablar de economía, sus carreras. Me encanta escucharlas; creo que no hay nada más asombroso que ver cómo la realidad del día a día va cambiándoles la cabeza. El mundo les entra por los ojos y ellas lo van convirtiendo en sus propias historias. Tal vez en esa cabecita pequeña se esté formando un recuerdo de pintar mandalas mientras tu viejo se va convirtiendo en un anciano.

–¿Por eso te buscaste una novia más joven? ¿Para no sentirte tan viejo?

El razonamiento no está para nada mal. Le contesto que tal vez y ella asiente, convencida de que acaba de entender todo.

–Para el amor no hay edad –le digo.

–¿Entonces me puedo poner de novia con el Mariano? –me dice seriamente.

–De ninguna manera. Uno se pone de novio después de los 30. Antes sólo hay que tener amigos.

Sonríe. Cada vez que le hago una mini escena de celos se divierte como loca.

–Yo voy a tener seis novios –me explica mientras revisa la cartuchera y saca un lápiz azul–. Y con el último me voy a casar. Y vamos a adoptar tres perros y un gato.

–Bueno, pedíle permiso a tu madre; esas cosas las entiende y las explica mejor ella.

Postales de antes

Durante el embarazo, y ya bien entrada la infancia, estas criaturitas me parecían algo imposible, una mezcla de ADNs de andá saber dónde. Los seres humanos somos una lotería: a cualquiera le pueden tocar los pies planos como al abuelo, la giba de la tía abuela que vive en el sur y los ojos chicatos como la prima. Para peor de males, en ambas familias tienen genes libaneses, y de solo pensar en que pueden llegar a ser como esos antepasados que en mi árbol genealógico andan de rama en rama a los gritos pidiendo niños envueltos, me vuelve a estremecer.

Lo que más me gusta de ver cómo crecen es cómo se les moldea el carácter. Me intriga mucho saber en qué clase de personas acabarán convertidas. No deja de asombrarme cómo esas manitos que antes eran un racimo de papafritas ahora pueden empuñar un lápiz, colorear una estrella y ponerle abajo la firma con una dedicatoria.

–“Feliz” se escribe con zeta –le apunto. Y ella corrige.

Ahora son grandes y hacerles upa me deja agarrotado como si hubiera hombreado bolsas. Ya no son bebés, ya entienden casi todo, ya pueden cuestionar la figura paterna con fundamentos.

Todavía recuerdo cuando eran unas bocinas pequeñas y sin dientes, suaves y chillonas en la madrugada, con la fiebre engrillándoles la vigilia y con la mirada cargada de lágrimas. Por suerte la madre tenía el sueño más liviano que yo, así que no pasé tantas noches en vela como ella, pero las veces que me tocó enjugar los llantos de ojitos enormes en la oscuridad se me grabaron a fuego.

Pero esos tiempos ya pasaron. Hoy se burlan de mi vientre voluminoso y me preguntan de cuántos meses estoy embarazado. Les contesto que la apariencia física es lo de menos, que no importa cómo seamos por fuera sino cómo somos por dentro.

–Vos por dentro también debés ser gordo –me dice mi niña. Aprovecho su distracción y le muerdo un cachete suave y redondo. Fingimos una contienda física, un round de cariño con beso ruidosos, cosquillas y gritos de risa.

Terminamos transpirados, con la cartuchera abierta en el piso y los lápices regados por todas partes. Estamos boca arriba en la cama mirando el techo, jadeando por las cosquillas.

–Vos me vas a querer siempre, ¿no? –me pregunta mientras toma mi mano. Parece un buñuelito.

Imagino que el día de mañana esa manito firmará una libreta universitaria, la escritura de una casa o la compra de un auto. Lo que les queda por delante es un camino largo si todo sale bien. Porque la vida es una lotería.

A veces caminamos por la calle los tres. Ellas van unos metros por delante. Jugamos a que están solas en la ciudad y tienen que llegar caminando a la casa de los abuelos sin que las pise un auto ni las secuestre nadie. Me divierte verlas conversar como si fueran dos señoras mayores, o cómo la más pequeña se da vuelta a cada rato para ver si estoy todavía siguiéndolas.

Cuando llegamos a destino suelo hacerles una devolución. “Hicieron bien esto, hicieron mal lo otro”. Les enseño a no pisar las baldosas flojas, a prestar atención a cada cosa que pasa, a mirar para arriba, donde empieza la ciudad que nunca miramos.

Me gusta verlas en la vereda, ver cómo van pisando el mundo que les rueda bajo los pies.

Si creyera en Dios, estoy seguro que le pediría un replay de esas caminatas entre la sombra caprichosa de los árboles.

Los rayos de sol. La peatonal levantando vapor. Ellas hacia el futuro.

Y yo mirándolas reír felices. No creo que haya nada que supere eso.

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2 respuestas a Cosas de la edad

  1. alberto baru dijo:

    Me encanta cuando cuenta cosas sobre la relación con sus hijas.
    Así que genes libaneses… mirá vos, que coincidencia…
    Saludos

  2. Hector dijo:

    Ta leendooo

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