Técnicas para evitar los ronquidos y los sueños violentos

La vida es una eterna paradoja, y un día que pinta promisorio y feliz puede terminar de una manera desagradable. Lo que hay que lograr es no llevarse el veneno a la almohada. Si me acuesto angustiado, enojado, triste, o muy lleno de empanadas árabes con Coca, duermo mal. Me ha costado un Perú y la mitad del otro entender que de noche me convierto en un lavarropas gordo que gira sobre su eje a los trompadones, mientras ronca como si tuviera un rastrojero en la boca.

Esta no es “una idea que me hago”, tiene una base empírica que la comprueba, y son los videos que graba mi señora las pruebas irrefutables. En el fondo creo que intento acostarme a dormir con la cabeza lisa sólo para evitar escucharme en el teléfono de mi chica. Soy como un elefante con asma. La cara se me tuerce en una mueca espantosa y por ahí me dan unas apneas que generan más suspenso que un berretín de Hitchcock.

–Qué espanto, por el amor de Dios borrá eso –suele preceder al “buenos días”. Y lo digo inmediatamente después de ver el registro de ese exorcismo que son mis noches agitadas.

–Entendés que no exagero, ¿no? –me dice mi mujer. Parece que ha terminado de pelear contra un orco del Señor de los Anillos.
–Por favor, tengo compañeros de trabajo sádicos –exagero–. Borrá y yo hago el mate.

Me da más miedo que se viralicen mis noches de miseria respiratoria más que un video erótico que demuestre que en la intimidad soy como Marlon Brando en su decadencia.

–Piedad –insisto mientras me rasco camino a la ducha.

***

En mi búsqueda de la paz interior y todas esas pavadas de gente con túnica, me decidí por algunas técnicas que suelen deslizarme hacia los brazos de Morpheus, el negro de la Matrix, cuando se me complica. Una es la música, preferentemente barroca, con curas antiguos tocando guitarras en las iglesias. Otra es repasar las cosas buenas que me ha regalado el día. No es un ejercicio simple, y la más de las veces te lleva con la imaginación a la cola de un Rapipago, pero a veces sirve.

Sin embargo, el fin de semana pasado casi me quedo sin recursos.

El día empezó bien. Mi pequeña Lulú cumple años y eso la pone contenta. Se encamina pausada pero inexorablemente hacia ese territorio de confusión y ortodoncia que es la adolescencia. La miro festejar el tiempo que le queda antes de que le salgan granos y termine llorando por un flequilludo que mastica chicle en la puerta del colegio.

Todavía no depende de un celular ni me grita para que salga de su pieza. Ahora todavía es pequeña y está entusiasmada. Quiere que la lleve a un shopping que tiene adentro una casa para juegos. Ese va a ser su regalo, así que paso por el cajero y lo sacudo como si fuera una piñata. Voy haciendo cálculos mentales: si logro convencer a la pequeña y a su hermana de que no son horas de comer hamburguesas, me ahorro una cuota del colegio.

Odio los shoppings. Me dan sensación de que puede venir un tsunami que me haga terminar chocado contra un auto de terroristas que vienen persiguiendo un alien. Algunas fobias son inexplicables, y el que esté libre de pecado que arroje la primera receta.

Siempre me siento mal vestido. Ando con unas zapatillas náuticas que parecen de la época del Titanic (pero son como andar sobre una alfombra de osos panda) y una campera que se para sola. Y los jeans, siempre grandes, como de rapero que se le ve el elástico del calzón.

***

Cargué la tarjeta con crédito para los juegos con una cifra irrisoria que duró lo que una ventosidad en una tormenta. El frenesí de ellas y la culpa mía por ser un padre defectuoso me hizo perder la cuenta. De pronto ya no sólo iba yo a cargar sino que lo hacían ellas, con la inconciencia de quien no tiene que hacer aportes jubilatorios ni cancelar créditos bancarios.

Cuando me quise acordar, mi descendencia no se había limitado a manejarme la billetera, sino que me había dejado al borde de la anorexia monetaria. Y todavía faltaba la merienda.

De nuestro paseo por el palacio del capitalismo regresé esquilado y aturdido. Mientras hacía números y me mordía el labio, caí en cuenta de que nos llevamos de premio un llavero con una carita sonriente y seis caramelos. El llavero y las golosinas más caras de la historia.

Pero en el retrovisor había sonrisas, y cuando el espejo te devuelve eso, bueno, chau Pinela. No nos vemos seguido, pero tratamos de entedernos, de aceptarnos como somos y disfrutarnos a nuestra manera. Y con un “gracias por llevarnos, pá; sabemos que los shoppings te dan miedo” estoy hecho.

En eso venía pensando cuando llegué al semáforo de una avenida. La luz verde me invitaba a pasar, como es frecuente. Entonces un grupo de adolescentes de diferentes tamaños se precipitó casi hasta la mitad de la calle. Instintivamente, hice un cambio de luces.

***

El escupitajo fue trapero, pero hay que reconocer la excelsa maestría para embocarla en un ángulo tan jugado. No lo vi venir; fue un esputo con efecto que se partió en dos contra el filo de la ventanilla y me decoró el costado izquierdo de la cara.

Con la tibieza de la humillación pendiendo de una oreja, frené y saqué medio cuerpo por la ventana. Nos separaban algunos metros, pero desde atrás empezaban a empujarme las bocinas. Un colectivo hacía frenéticos cambios de luces.

Uno de los retoños en fase casi adulta se acomodó la visera de la gorra hacia un costado y me preguntó si me pasaba algo. También mencionó el aparato reproductor de mi progenitora.

–¿Qué pasó, gordazo? –quiso saber la más grande de mis hijas.

Dudé entre responderles, ponerme a llorar a los gritos o arrancar un cartel de “Pare” para enseñarle a esos pendejos simiescos a respetar a los mayores, por más que tengan cara de poco ágiles, como es mi caso.

Me limité a lanzar un pusilánime “Estas cosas se pagan, pedazo de …” mientras subía y bajaba una canasta imaginaria hecha con los dedos de una mano.

Tuve que arrancar cuando el conductor de atrás también se asomó para mencionar el aparato reproductor de una hermana que no tengo. Me temblaban las gotas de la oreja de la bronca. Y tuve que ponerme a explicarles a las chicas qué había pasado, por qué, con qué consecuencias. Todo eso mientras me implosionaba debajo de la garganta una molotov de impotencia.

El malestar me duró bastante. Me cuesta desprenderme de las sensaciones fuertes. Y como es habitual, empiezo a recrear mentalmente la escena para contestar una respuesta sorpresiva, impensada y demoledora. Tan original como inteligente. Cualquier cosa menos esa chiquilinada de cagón que apela al karma sin decir malas palabras.

Esa noche intuía que ni Bach, ni Beethoven, ni Leo Mattioli me iban a poder sacar el veneno.

Me bañé y fui a arropar esos cuerpitos que de pronto se volvieron grandes y confusamente similares a los bebés cuyos pañales se les desbordaban hasta la nuca un par de pestañeos atrás. El tiempo pasa, las observo mirar el techo, repasar lo que han hecho y visto. Imagino cómo se construirá en sus cabezas la idea de un padre. Cada cosa que hacemos forja un destino. Me pongo a pensar en eso mientras las veo ponerse de costado y abrazar la almohada.

–Te regalo el llavero, gordo –me dice la más chica con un bostezo.

–Es horrible, pero lo acepto.

–Los caramelos no –agrega con los ojos cerrados.

Mientras piso un Pony filoso y puteo entre dientes, les dedico una última mirada. Me da mucha intriga saber en qué se convertirán, qué destinos van a explorar y cuánto tardarán en perdonar a un padre descuidado pero que las quiere con locura.

Pensar esa noche en que el karma puede obrar de manera reversible me hizo relajar el cuerpo. Quizá los adolescentes escupidores no hayan tenido la suerte de experimentar esta sensación; una cosa fuerte que trasciende el tiempo, la distancia y hasta los miedos.

A pesar de la amenaza de una noche revoltosa, sonreí contento y dormí como un búfalo muerto. Lo sé porque a la mañana siguiente no hubo video.

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