Sobrevivir a un casamiento

Si hay algo que me deprime soberanamente son las fiestas de casamiento, esas ceremonias pomposas que la gente organiza un tiempo antes de divorciarse. No llevo la cuenta de los compromisos de esa índole a los que tuve que asistir, pero sé que no disfruté de ninguno. Me dan calor y sueño las misas, me enferma saludar en el atrio a los codazos con las tías llenas de rouge, pisando al suegro y masticando granos de arroz para darle palmadas enérgicas a una pareja que hace 15 años que no veo.

De quienes conozco, el 80% que se puso anillos frente a un cura, hoy van por la vida con su certificado de soltería y una sonrisa alienada.

Con esto no quiero decir que esté en contra de las uniones, ojo; sólo estoy a favor de que no me inviten y me ahorren el sufrimiento. Tengo menos onda que una bandera de lata y me da tos andar bailando en trencito con una pechera de enormes tetas de plástico.

Cada vez que me anunciaron una próxima fiesta me dio gastritis y malestar general, y tuve que empezar a llamar gente para disfrazarme de muñeco de torta. Tengo un solo “ambo”, que es de cuando iba al secundario, y unos zapatos con el cuero manchado de fernet y pasto seco que no dan más.

Mientras hay quienes aprovechan los días previos a la fiesta para dorarse al espiedo, yo siempre ostento un rostro macilento, con ojeras profundas. Mientras hay quienes dejan de comer sólidos dos meses antes para que les entre una pollera, yo siempre tengo que pedir ayuda para que me cierren el pantalón y me hagan el nudo de una corbata que parece de cartapesta.

***

Hay parejas por las que aposté sin equivocarme: alcanzaba con ver el entusiasmo del novio cuando pasaba la cuñada para entender que esa unión estaba condenada a muerte. En una fiesta, aprendí con el tiempo, la gente se muestra tal cual se imagina que queda bien: así ves viejos con sacos mostaza, primos cancheros con jeans y anteojos negros, suegras con unos brushing criminales que parecen recién electrocutadas.

Perfumes dulzones, alientos de inanición forzada, fajas debajo de los vestidos, medialunas de chivo en los sobacos. Y esa deprimente predisposición para sumarse a cualquier festejo.

Me resulta difícil entender qué hace que los seres humanos pierdan la dignidad antes de la pata flambeada. En mi caso, toda la fiesta es una cuenta regresiva con el objetivo de volver a sentarme a fumar en el sillón de casa. Jamás contraje unión marital, primero porque no creo que al amor haya que certificarlo en público firmando papeles, segundo porque son carísimas las instancias que rodean al trámite.

Allegados me han comentado de las bondades de hacer una lista de regalos en un shopping, o de esquilar a los tíos de Oncativo que tienen campo y no se amilanan para jugarse con un aire acondicionado. Pero a mí es la parte que me resulta menos estimulante, porque no sueño con microondas, juegos de platos temáticos ni jugueras multifunción.

Si tuviera que elegir hoy regalos de casamiento, a la lista la haría una tabaquería del centro. O en una casa de motos de baja cilindrada, sin marchas.

Me molesta la costumbre de los regalos porque, si saco la cuenta, con lo que llevo invertido en listas ya me podría haber comprado un vuelo de ida a alguna playa. Y eso sin contar que para resolver el tema de la ropa, también hay que abrir las manos y dejar rodar las monedas. ¡Yo no quería ir! ¡Guarden mi lugar para la prima que viene de Brasil!

***

Asistí a muchos tipos de fiestas: algunas de novios con padres y suegros acaudalados, en las que todo es champán y platos magros con yuyitos, y otras con gente más humilde, que se contenta con una choripaneada y un equipo de música a los pedos.

Sin embargo algunas bodas rayan con el minimalismo forzado. Recuerdo el casorio de una joven pareja, muy lindos los dos. La fiesta era en las afueras de la ciudad (otro hábito objetable, llevarte a un descampado con carpa), y la plata –confesaron los novios–, alcanzó raspando para el roulé de pollo. Era una especie de quinta rústica, al mediodía de un diciembre tórrido, de esos en los que se te resbalan los anteojos por el puente de la nariz. Apenas si había una botella de tinto y una de gaseosa por mesa. Dentro de la carpa empezamos a hervir en cámara lenta. Los sacos de los varones quedaron para vestir las sillas mientras las mujeres se apantallaban con lo que fuera.

Antes del plato principal ya no había más bebida, y a las hieleras sólo les quedaba agua sucia. En la mesa donde yo estaba había un señor de situación económica favorable: –Acompañame al súper, vamos a ponerle onda a esta fiesta, viejo –me propuso.

Yo no tenía relación con este buen hombre, pero me pareció muy noble su deseo, así que me trepé a su auto y partimos con rumbo al primer almacén que viéramos. Tomamos por la Circunvalación y empezamos la búsqueda.

No me gusta conversar con extraños o con gente que tenga mucho dinero. Jamás encuentro temas que nos hermanen y termino haciendo entrevistas con la esperanza de que se acabe todo rápido.

–¿Cómo los conocés a los chicos? –me dijo a los 10 minutos de silencio incómodo.

–No sé quiénes son. Vine con una chica que los conoce.

Más silencio. Carraspeos. Subir y bajar cristales. Y por fin apareció un almacén.

El señor tomó un carrito y me indicó que hiciera lo propio con otro. Fuimos directamente al sector de bebidas y empezamos a bajar botellas. Elegí unos tintos para mi mesa y los separé de otras botellas medio vinagres. Saqué también unas latitas de energizante, que está muy de moda para mezclar con cosas.

–Cargate unas cervezas –ordenó mi compañero de compras. Sin chistar, bajé cuatro packs de las más caras.

***

Llegamos a la caja con los dos carros a tope y dificultad para empujarlos. Cuando el chico que atendía nos mostró la cuenta, a mí se me bajó la presión. Era como el fondo de comercio de una concesionaria. Mucha plata.

–¿Vamo y vamo? –ofreció el señor potentado.

–No sé si llego… a fin de mes después de este gasto, quiero decir.

–Bueno; vos aunque sea pagá las cervezas.

Antes de volver a la fiesta pasamos por una estación de servicio y arrasamos con las bolsas de hielo.

Cuando llegamos fuimos recibidos como héroes. Ya había gente bailando al sol, pero ninguno se había puesto la corbata de vincha: faltaba la motivación correcta.

Cuando el señor de buen pasar abrió el baúl, la gente se nos vino encima. Tuve que frenar a un par que querían sacar las botellas de vino que había apartado para mí. Hubo entredichos, una bolsa de hielo que se rompió, y una fila de gente que iba y venía buscando botellas para poner en la mesa.

–Así sí –dijo el señor pudiente–. Ahora parece un casamiento en serio.

Busqué con la vista a mi chica. No la vi. Me puse debajo del brazo dos tubos de tinto y con la mano libre cargué un pack de cervezas. Me fijé en un árbol frondoso con una rueda de sulky clavada al medio y me le fui al humo. La música empezó a sonar con estridencia y todos brindaban entre vítores.

En el pack de las cervezas venía el ticket. Hice la cuenta mentalmente, era una suma ridículamente alta para comprarle la bebida para el casamiento de una gente que no conocía.

Fui dejando los cadáveres a un costado. Me emborraché bastante más rápido que de costumbre, y debe haber sido por el calor. Un sopor narcotizante me hizo aflojar los párpados. Entre largos pestañeos vi al novio en andas de un grupo de amigos, mientras la novia tiraba el ramo para atrás.

Recién entonces ubiqué a mi chica. Saltó desde atrás de un grupo numeroso de personas y atajó el ramo con una precisión que despertaría envidia en cualquier arquero de fútbol.

La vi cuando se incorporaba y se sacudía la tierra de la cadera derecha. Me buscó con la mirada y cuando me encontró, se vino hasta mí: –¿Qué hacés así? Parecés un chupado en una plaza; ¿adónde te metiste, se puede saber?

–Es una historia larga –abrevié–. Te prometo que te la cuento toda si me llevás a casa.

–Atrapé el ramo –dijo con la bola de flores maltrechas en una mano.

–Genial –contesté.

–Me prometiste que íbamos a bailar…

Me enjugué el sudor de la frente con el dorso de la mano y me puse de pie lentamente, justo cuando empezaba a sonar la canción Resistiré.

Fue proverbial. Agradecí mentalmente que omitieran el vals: fue el único gesto noble en esa tarde inolvidable.

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3 respuestas a Sobrevivir a un casamiento

  1. Hector dijo:

    Bueno, no soy de entender claramente lo que leo. Pero me parece que te gustan los caaamientos, asi que te invito al mio, es ahora el 23 de diciembre, y si podés contactarlo al viejo ese, caigansé con algo para tomar, que seguro va a estar escaso.

  2. Sandra dijo:

    Lo acompaño en el sentimiento, Playo.
    No asisto a fiestas de 15, casamientos ni esa cosa espantosa llamada fiesta de 50 donde se dedican a hacer revival de los 80. La excusa es infame, general y sincera: “no voy a fiestas”.
    Inventar una excusa para no ir es feo pero fumarse todo lo que describe acá tan bien es peor, eh.
    Saludos van.

  3. Irene dijo:

    Tu vida parece una sucesión de hechos ingratos, desagradables, y yo que soy muy de ponerme en el lugar del otro… qué manera de sufrir!!!
    Lo de las fotos a los egresados; el concurso literario; las terapias del dolor; los calores al sol, con ropa incómoda, entre desconocidos… Me voy a tomar un poco de aire, analgésicos ya tomé!!

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