Luna de miel en Buenos Aires

Estábamos en la época lisérgica del menemismo, en la que hasta yo con esta cara cobraba cosas en dólares. Se me hace difícil recordar el año exacto, creo que puede haber sido 1994 o 1995. Era mi primera vez solo en Buenos Aires y me sentía adulto, curtido, aventurero e implacable. Había conocido a la chica en una fiesta en Córdoba y ahora iba a su encuentro en la gran ciudad.

Mientras pisaba una colilla antes de trepar al colectivo, pensaba en su figura rellenita y en su auto, que era chiquito pero rajaba como un cohete. Mi entusiasmo estaba sustentado en la idea de probar las mieles de la adultez: recorrer la ciudad, chapar furiosamente en las esquinas emblemáticas y escuchar tangos.

De no ser por la tremenda descompostura de vientre que me tuvo en vilo toda la noche, diría que el viaje no fue tan malo. Siempre me gustó el colectivo, aunque la espalda ya no me aguanta como antes. Me seduce el bamboleo para salir de la terminal, ver las luces espaciándose a medida que nos alejamos de la ciudad. Todo eso es lindo, salvo que estés “con desarreglo”.

Ahora sé que nunca debí haberme servido ese vaso de café agrio como canapé de luciérnaga. Me lo tomé para pasar garguero abajo unos alfajores de maizena que me asfaltaron todas las muelas, convencido de que la resistencia hercúlea de mis jugos digestivos iban a procesar todo. Grueso error.

En algún momento me dormí, para despertarme en medio de una ruta anochecida y con los glúteos apretados como para romper una bolsa de nueces.

Ya había terminado la película doblada al castellano y ahora reinaba un silencio arrullado por los motores, mientras yo me mordía los nudillos frente a las contracciones.

Cuando los espasmos me dieron unos minutos de tregua, aproveché para conocer el excusado, pero salí de ahí disuadido por las condiciones deplorables de higiene y urbanismo que había en el cubículo. No sé cómo hice, pero la fuerza de mis cantos me permitió aliviarme recién en una estación terminal perdida a la vera de la ruta, varios kilómetros después del primer espasmo.

***

Llegué a Buenos Aires montando el sol que amanecía, desempañando los cristales para ver pasar las casas modestas que se iban entrelazando con urbanizaciones cada vez más complejas. Mientras dibujaba genitales hipertrofiados en la humedad de las ventanillas, me preguntaba si habría en el mundo alguien con más suerte que yo. La idea de que una mujer hecha y derecha dejara que le cayeran de visita mis 95 kilos de bofe, era demasiado buena. Y todo esto en la tierra del Obelisco, en el mismo suelo del que brotaron tantas novelas.

Mi experiencia con las mujeres siempre ha sido díscola, y he fagocitado residuos nasales de manera consuetudinaria durante años. Sobreviví a duras penas a la insistente estupidez de los tíos que te palmeaban la espalda incitándote a mostrarte como un macho. Tengo cientos de historias de cómo fracasé en conquistas plásticas y desconfiadas. Una vez un pariente me quitó el libro de la mano cuando estábamos en el río.

–Mirá la mina aquella –me dijo en voz baja–. Andá hablala, está sola.

Se refería a una chica que tomaba sol en la orilla opuesta. Siempre me llamó la atención que las mujeres “solas” generen ese instinto de caza que se festeja entre los varones.

–Si yo tuviera tu edad –me alentó el idiota. Y remató con la variante más hedionda de esa frase–: Yo a tu edad sabés las cosas que hacía…

Atolondrado en mi adolescencia me metí al agua y comencé a avanzar hacia la chica, totalmente en blanco, sin saber por qué estaba haciendo eso que se sentía tan artificial y furtivo. Recuerdo pisar una piedra babosa y caer de culo en un charco mugroso antes de acercarme a ella, y recuerdo quedarme sentado a un costado intentando descubrir cómo empezar la conversación que no quería tener.

Esa tarde en un río de las sierras descubrí que vivimos en una sociedad que no te deja fracasar tranquilo. Y que a los parientes no se los elige. Lamentablemente.

***

De Buenos Aires siempre tuve noticias a través de la televisión, y me había hecho la idea de que era un lugar peligroso. Con el miedo del provinciano, salí por una puerta de la estación de Retiro y me puse a buscar un taxi.

Mi tía me había dado la dirección de su casa y una serie de instrucciones para llegar, que incluían un tramo en taxi, otro en tren y unas 10 cuadras a pata. Como no podía ser de otra manera, el primer taxista que me levantó me paseó como si estuviéramos en África. A la hora de pagar, el viaje me salió casi lo mismo que el pasaje en colectivo desde Córdoba. No me animé a discutir, aunque mis finanzas habían sufrido un golpe durísimo.

No sé cómo llegué al barrio de mi tía, pero sí recuerdo que llamé por teléfono a mi percanta y nos citamos para esa misma noche. Me vendría a buscar en su auto.

–Tené cuidado, hijo –me advirtió mi tía–. Esta ciudad te come vivo.

Siempre pensé que los porteños son agrandados porque no les queda otra: efectivamente la ciudad es un monstruo que aplasta a la gente como si fueran frutas podridas.

Esa noche me bañé, le pedí prestada una camisa y un cacho de perfume a mi tío y me fui a la esquina a esperar a la chica. Buenos Aires, para muchas personas del mal llamado interior, es una meca. No sólo Dios atiende del otro lado de la General Paz, sino que además maneja más fondos y tiene más gente que el resto del país.

Pensaba en eso cuando sonó la bocina y vi que chirriaban las gomas del autito cerca del cordón de la vereda.

***

La chica parecía un tanto deslucida en comparación a cómo la recordaba. Estaba además muy apurada por hacer todo, y empezamos a pasear por la ciudad como si estuviéramos manejando una ambulancia. Yo quería chapar, era mi objetivo, tratar de encontrar el momento justo para acercarle mi caretón barbado y lleno de papada hasta la boca.

Después de varios kilómetros de conversación sin sentido, por fin paramos en San Telmo, donde me puse a tomar vino como si fuera un cosaco. Ya al tercer vaso sentí que los huesos se me aflojaron. Cuando trajeron la comida yo ya tenía un pedo como para domar en Jesús María. Y para peor de males, me puse a tragar el sushi a lo bestia. Me sentía un playboy, un hombre de mundo que comía por primera vez pescado crudo con palitos.

Al término de la cena, la chica me besó en la puerta del restorán. A mí la cabeza me daba vueltas como un trompo, pero me ayudé mirando un punto fijo en el horizonte para no hacer un papelón.

La verdad es que ante el avance de una mujer no sé cómo reaccionar. No es algo que me ocurra con frecuencia. De hecho sólo me ocurrió en 2002, en un bar de Nueva Córdoba en el que una chica me empezó a mirar fijo. Me tuve que ir porque me puso incómodo, y recién terminé de entender que tenía interés en mí cuando llegué a mi casa.

Esa noche que debía ser erótica, lujuriosa y con acceso directo a las más sórdidas fantasías no tardó nada en convertirse en un suplicio.

Yo me había comido unas 53 rodajas de pescado crudo regadas con vino. Ahora a la acidez se le sumaba la necesidad urgente de digerir todo ese bodoque de algas, arroz y canicama.

Para no entrar en detalles diré que fue una de las noches más incómodas de mi vida. Y que aprendí que no hay nada más tortuoso que dormir junto a un desconocido mientras dentro de nuestro organismo fermenta un viaje entero de excesos.

Lo que pasó esa noche no califica como encuentro sexual. Y la muchacha lo supo pronto, aunque al menos tuvo la deferencia de no sacarme a las patadas. Sin embargo, a la mañana siguiente, de manera muy amable me pidió que me retirara.

–Tengo mucho trabajo hoy –creo que dijo.

Me costó mucho salir del barrio, ni qué hablar de regresar a lo de mis tíos. En esos años no tenía celular, así que cuando mis parientes me abrieron la puerta, empezaron a putearme en lenguas que desconocía.

–¡Llamamos a los hospitales, a la morgue y a la policía! –fue el recibimiento–. ¿Adónde carajo te habías metido? ¿No te das cuenta de que somos responsables de vos mientras estés acá?

No dije nada. Armé el bolso y me fui a la terminal para regresar a Córdoba, el único lugar donde siento que mi disfuncionalidad tiene algún sentido.

Trepé al colectivo todavía conmocionado por la experiencia del fracaso. Ubiqué mi asiento y el aparato empezó a bambolearse. Me comí el alfajor de maizena que me quedaba en la campera.

Y otra vez en la madrugada, vencido por el peso de las malas decisiones, me encaminé hacia la máquina de café. El chorro salió más negro que la noche.

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Una respuesta a Luna de miel en Buenos Aires

  1. Elrober dijo:

    Una historia “de mierda” pero tan lindamente que las sábanas de las chicas de seguro van a seguir queriendo recibirte. ¡¡el escritor!! Y si, sos como el cantante de rock. Un superstar. Lindo

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