Importar las fiestas

Me gustaría esquivar el tema de las Fiestas, pero será imposible. Son fechas sensibles y, aunque no comulgo con ellas, ya están acá; no hay nada que hacer al respecto. Sin embargo, lo mío no es enojo sin fundamentos, tampoco un resentimiento de índole religioso: se trata de angustia en su más acabada expresión. Me angustia mucho que haya gente disfrazada de Papá Noel con el calorón que hace en estas tierras, y ni hablar de que adoptemos íconos de gaseosa para ilusionar a los más pequeños con la llegada de trineos cargados de bolsas.

También por estos días me bajonea el empacho con los programas de televisión de temática de nieves y norteamericanos enfundados en casacas, botas y gorro de lana.

Pensaba en esto mientras me agarraba la cabeza en la cola de un Rapipago. Mientras avanzábamos como zombis hacia las cajas nos disputábamos con los codos sudorosos el aliento de un aire acondicionado con fatiga. Veía pasar a la gente por la vereda, enajenada por la locura de las compras. Pensé en la romería que tuve que sortear para cambiar un ventilador en el centro.

Las temperaturas en Córdoba suben hasta dejar cruces de sudor en las remeras, y en ese caldo la devoción por el gordo de traje rojo parece tan de utilería. En vez de aprovechar las ganas terribles de andar en patas, los feriados redentores, muchos prefieren las colas en cámara lenta de los shoppings, donde se le da muerte a los aguinaldos y donde descubrimos que los sueldos tienen las piernas tan cortas como la mentira.
Nadie todavía ha podido explicarme por qué nos aferramos tanto a rituales plásticos, al vitel toné y a la mayonesa de ave, flagelos todos que podrían evitarse con un baño de sinceridad.

Las Navidades pueden resultar una flagrante contradicción: la mesa de dulces a la hora del postre, con más calorías que un acoplado con chocolate. O los petardos de las doce, que en la Biblia no figuran, pero que hacemos estallar para castigar a los pecadores y a los perros.

Mis Navidades suelen ser tranquilas y reposadas. No siento la necesidad de mostrarme distinto, ni de redimirme con el entrechocar de copas rebosantes de sidra. En estas fechas no quiero verme atrapado en una telaraña de estratagemas para reunir familias que ni se hablan, o para sembrar la mesa de platos sobre los que la gente joven cena con prisa para rajarse a la calle. Así de lejos me siento de esas costumbres.

Esta noche habrá muchos hogares en los que las mesas estarán vacías. Y habrá gente sola en departamentos, casas y puentes, personas que no tendrán copa ni frutas abrillantadas para pellizcar del pan dulce que no pudieron comprar. En esos hogares no habrá fuegos de artificio ni promesas para el año que viene: sencillamente porque prometerse cambiar cuando no hay un billete, es un contrasentido.

Gente con gorros navideños y señales de la cruz golpeándoles el pecho volverán a cerrar las puertas de sus casas, y de esas mesas no habrá ni una sobra para quienes tienen menos. ¿En cuántas heladeras se pondrán negras las frutas y se agriarán las cremas, todo al amparo de un recogimiento falso que se disipa cuando silba la primera cañita voladora?

Alegría confusa, balances con resultados tuneados, los bostezos de la sobremesa. Si no apuesto por la religión las mismas fichas que le pongo al sarcasmo, es porque no veo argumentos que me hagan cambiar de parecer.

No me gustaría que esta Navidad me encuentre otra vez en modo reflexivo, porque se me arruga el ceño y a esta edad hay que cuidar el cutis. Ojalá tenga suerte y me sume a las filas de quienes, sin profesar devoción por los rezos, se limitan a paladear el sabor controversial del feriado. Toda vez que pude quitarme el estigma navideño, sentí felicidad y no quiero que hoy sea una excepción: confieso que añoro más la mañana sin despertadores del 25 que la cena con risas, llantos y los niños correteando del 24.

La premisa de esta noche es mirarse a los ojos mientras chocamos vasos, poner la radio para la cuenta regresiva cuando terminen los villancicos, y sembrar las raíces del árbol de Navidad con cajas de regalos. Pero yo no quiero colgar botas rojas laxas ni cepillarme los dientes a la una menos cuarto para quitarme los restos de ensalada waldorf.

Llámenme negativo, pesimista o insensible, pero libérenme de los sentimientos encontrados, de las luces intermitentes de los arbolitos, de los arreglos florales con nieve artificial para colgar en las puertas, del sudor debajo de las barbas blancas de algodón.

Yo sólo quiero una mesa franca, con las pocas personas que en verdad aprecio, pero no la quiero reñida con un calendario: quiero que el único ritual que se repita sea el de elegir a la gente en las sillas de los costados.

Bienaventurados los que se preparan para esta noche con ropa limpia y que lavan las culpas con un duchazo. Bienaventurados los que llegan a la celebración munidos de una bolsa con petardos. Los que van a contestar todos los mensajes del teléfono, los que saldrán a la vereda o treparán a una terraza para ver la humareda debajo de las nubes cuando terminan de estallar las bombas de estruendo.

La cola del Rapipago está repleta de gente con las boletas hechas cilindros en las manos. Algunos las usan para abanicarse. Todos vamos en una danza hipoacúsica hacia los mostradores blindados. Cuando faltan dos personas para mi turno, suena mi teléfono. Está prohibido usar el aparato en esos lugares, así que lo saco del bolsillo para ponerlo en silencio. En la pantalla veo el nombre de mi hija. Me da bronca cortarle, así que me llevo el teléfono a la oreja de manera furtiva.

Sé que para ellas la Navidad tiene un sentido particular, porque no han podido sacudirse de encima el bombardeo pavloviano de las acciones comerciales. Y después de todo, son todavía pequeñas. Y cada vez que les veo la ilusión del 24 en los ojitos abiertos, sé que voy a sucumbir.

Les toca pasar esta noche conmigo, y de pronto la idea me parece tan fresca, tan simple, tan necesaria, que me relajo. Después de todo, es una noche más de las tantas que disfrutamos. Si para ellas es necesario tener la ilusión de un regalo, hay que ponerse el traje, subir al techo y reír con voz ronca. Igual que el año pasado.

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3 respuestas a Importar las fiestas

  1. Elrober dijo:

    Gracias por lo de siempre, la emoción mezclada con una risa de lado que reconforta. Publicate un libro que quiero que me lo firmes. Como a todos los otros.

  2. alberto baru dijo:

    Don Playo, le deseo de corazón que esta noche buena sea tan buena como seguramente usted y sus chicas se lo merecen.

  3. Mirna dijo:

    “(…)Yo sólo quiero una mesa franca, con las pocas personas que en verdad aprecio, pero no la quiero reñida con un calendario: quiero que el único ritual que se repita sea el de elegir a la gente en las sillas de los costados (…)”.
    Como siempre José dando en la tecla justa.

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