Terapia del manejo del dolor

El consultorio estaba en el living de su casa, dividido en dos por una cortina: de un lado, tres sillones para sala de espera; del otro, una camilla, un grabador con música celta y una fuente diminuta con agua corriendo entre piedritas.

Cuando un dolor nos aqueja, la capacidad de razonar se nubla, y llegué a la consulta con Doña Nieves harto de lustrar camillas en las guardias de los hospitales y en los consultorios de los especialistas. Mi problema era la espalda y no había encontrado un solo médico avispado que no me hiciera la prueba de tocarme la nariz con la punta de un dedo para recomendarme después que fuera a natación. Me molesta que la cura definitiva para algunos galenos sea meterse al agua.

Comencé a probar soluciones alternativas, no tanto porque crea en la medicina no tradicional, sino porque ya no me aguantaba viviendo dentro de mi cuerpo. Lo curioso en estos casos es que cuando empezás a preguntar, todo el mundo conoce a alguien que “hace magia”.

Doña Nieves había armado una rutina de control del dolor a base de ponerle play a una música de meditación llena de ruido a gotitas y a tres o cuatro gaviotas en random. A decir verdad, lo bueno del tratamiento de doña Nieves era que al comienzo te podías relajar. Y en ese sentido, me tenía sin cuidado la música funcional: es más, después de la primera consulta casi que me había vuelto fanático del registro plañidero. Pero cuando el tratamiento comenzó a avanzar, las prácticas se volvieron menos ortodoxas, y mi desconfianza se agrandó como miga en el agua.

Igual aguanté cuatro sesiones sobre la camilla, con esa música que a los cinco minutos te hacía sentir que te estaban velando.

El tratamiento de doña Nieves estaba lleno de rituales. En la primera sesión me explicó sucintamente:

–Ió te wá curá, iá vai a vé vó.

Le sonreí a medias y me entregué a la última solución posible antes de que me diera a la bebida.

En ese primer encuentro doña Nieves me pidió que me quedara en calzoncillos y me empezó a manipular la cabeza como si fuera la de un perrito de adorno de un taxi.

–Eto te va a relajá lo hómbro; ¿sentí cómo te lo relaja?

La verdad es que no. Se lo dije con lágrimas en los ojos:

–Señora, si sigue con esos movimientos se va a quedar con mi marote en la mano.

El comentario la desconcertó, así que comenzó a pasearse alrededor de la camilla sacudiéndome un brazo primero, el otro después y luego las piernas. A cada sacudón que le daba a mis miembros se me nublaba la vista. Los tironeos de miembros me hacían saltar de la camilla como si estuviera convulsionando.

Cada tanto doña Nieves me señalaba:

–¿Sentite cómo te crujen la coiuntura?

Los huesos me hacían ruido, efectivamente, pero estábamos a años luz de que la sensación fuera placentera.

La primera sesión terminó y doña Nieves me puso sobre los ojos una toallita con olor a rejilla de la cocina y le dio play a unas canciones de Enya que me produjeron sensaciones encontradas. La primera, que quería de vuelta mi dinero. La segunda, que no volvería a escuchar música para relajación ni así estuviera con un ataque de nervios: el efecto que comenzaba a notar en mi cuerpo era el de un odio asesino para con los compositores perezosos que sólo usan un par de notas para generar esos climas de responso.

Relajarse y no gozar

La verdad es que volví a verla porque no me quedaban alternativas. Ya me había decapitado como a María Antonieta y había intentado desmembrarme como a Túpac Amaru, pero esto recién comenzaba.

El segundo día llegué antes y escuché cómo doña Nieves hablaba con otro paciente, un hombre muy mayor que andaba en muletas. Yo aguardaba hojeando una revista Gente edición de verano, llena de fotos de personas lindas en traje de baño y frases ridículas como título. Estaba intrigado con una entrevista a dos páginas en la que salía una modelo al borde de la pileta en pose sexi, bajo el título: “Se prendió fuego mi casa y salvé a mi mascota de milagro”.

Doña Nieves me hizo pasar y me atendió a camilla caliente.

Me quité la ropa, le di el billete acordado y la vi ponerse unos guantes de lavar los platos:

–Ahora vai a tené que abrí la boca –me explicó–. Lo masaje en la encía relajan lorganismo.

Y sin que pudiera preguntar más detalles, me metió una mano entera en la trompa y empezó a apretarme las muelas y el paladar. Yo no sabía si me molestaba más el dolor que me producían sus dedos atenazados o la náusea saborizada a látex que me embargaba.

Esa sesión fue demoledora, e incluyó un masaje descontracturante facial que casi me rompe los pómulos y el tabique de la nariz. En un momento doña Nieves se excusó y me dejó solo en la salita. Las vertientes falsas de la fuente en miniatura caían con la cadencia de la primera orina matinal, pero no conseguían el efecto esperado. Creo que no hubo una de nuestras cuatro sesiones en la que no me imaginara a mí mismo tirando la fuente por la ventana.

La sesión de los guantes en la encía me dejó sin poder comer sólidos los días siguientes. Sentía como si hubiera estado masticando piedras. Pensé en decirle a la sesión siguiente que abandonáramos el tema de los guantes para lavar los platos, pero no hizo falta. En nuestro tercer encuentro no vi los guantes, pero observé con un tanto de preocupación un pote rosado enorme de crema Hinds, y supe que se venía otro invento de la señora.

–Lo masaje, padre –me explicó mientras se hacía una montañita de crema en la palma de la mano– son la mejor forma de sacá la contractura. Iá vai a vé vó.

Esa tarde tuve que ponerme boca abajo y esperar hasta que doña Nieves me adobara como se hace con un chancho antes de meterlo a la parrilla. El perfume de la crema Hinds combinado con las canciones de guitarristas, gotas y gaviotas, me produjo una especie de trance. En realidad estaba disfrutando mucho la sobada de doña Nieves.

La mujer aprovechó que yo estaba indefenso boca abajo y me contó la historia de su familia, sobre la cual no retuve ni un solo dato. Pero enajenado como estaba, no caí en cuenta de que doña Nieves siguió masajeando por mi espalda y mis brazos hasta llegar a mi cabeza, donde enterró los dedos cremosos para presionarme el cuero cabelludo.

–Si no te curái con eto, tai má chau que hola –diagnosticó en ejercicio de una seguridad que me resultó inquietante para alguien sin diplomas colgando en las paredes.

De esa tercera sesión salí para descubrir algo nuevo: para quitarse la grasa de la crema del pelo hay que aplicarse al menos cuatro shampúes. Y así y todo te queda medio crespo.

En mi inocencia padeciente volví por última vez una semana más tarde. No le daría otra oportunidad, porque hasta el momento la técnica de doña Nieves no estaba dando resultado. A menos que la idea fuera hacerme sentir otros dolores y humillaciones para que olvidara mi espalda.

En nuestro último encuentro pasó algo que me descolocó por completo: doña Nieves pidió que me sentara en su falda.

A upa

La mujer me explicó que con “la técnica del upa” podía nivelarme la cadera para enderezarme el chasis. Como ya dije, el dolor puede hacernos bajar la guardia y dejarnos al borde de la indignidad. Salí de la camilla vestido sólo con mi calzoncillo de elásticos flojos y unas medias tres cuartos. Me puse tímidamente de espaldas a ella, quien desde su silla se palmeó dos veces la falda invitándome.

Me vi a mí mismo retrocediendo hasta ella y acomodando el trasero sobre su regazo. Recuerdo que me costó hacer equilibrio y que ella me tomó por la cintura y me ubicó delicadamente para que no me fuera para los costados.

Acto seguido empezó a despegar uno y otro pie del suelo, haciendo que sus rodillas me bambolearan las ancas. Todo esto, con música new age y ella tarareando.

Mientras su arrullo mecía mi humanidad calamitosa, yo pensaba cómo se vería una foto de esa escena en el fondo de pantalla de la compu de mi casa.

Me perdí –adrede– la quinta sesión, que era con acupuntura.

Desde esa experiencia guardo un poco de recelo con la música de relajación. Y como un perro pavloviano, cada vez que escucho una canción de esas con gotitas y pajaritos, se me viene a la cabeza la imagen perturbadora de la mujer teniéndome a upa.

Al final, me curé de la espalda, pero todavía no tengo coraje para visitarla y contarle cómo hice.

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2 respuestas a Terapia del manejo del dolor

  1. Irene dijo:

    Conozco de dolores terribles y camillas por propia experiencia, estuve a punto de no poder seguir leyendo varias veces, pero así y todo terminé riendo. Buen mérito.

  2. alberto baru dijo:

    Ay! por Dios.
    Es indignante, Don Playo, que un intelectual de su talla consienta que alguien que le habla de esta manera: “–Ió te wá curá, iá vai a vé vó.” le realice prácticas medicas ilegales en su humanidad.
    Realmente Ud. se merecía algunas acciones mucho más perversas de las que recibió.
    El dolor no debió llevarlo a poner en práctica aquel axioma que reza: El fin justifica los medios.
    Abrazo jodón.

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