La resaca de los concursos literarios

Publiqué mis primeros textos en una antología de una editorial que estaba en Bahía Blanca. Llegué ahí por un aviso en el diario y la mecánica sencilla (vos ponías plata y ellos juntaban a muchos como vos en un libro) me entusiasmó. El resultado fueron cuatro páginas dentro de una antología horripilante. El responsable de la edición, un porteño bicho y de mucha labia, nos embaucó a todos los participantes y nos sacó unos buenos billetes.

En esa época no había ni mail ni celular, así que “los originales” se enviaban por correo tradicional, y al cabo de unos meses recibías el paquete en tu casa: 10 ejemplares con una tapa y una tipografía que te licuaban el alma. Pero de pronto algo tan mal diseñado y con tan poco empeño se convertía en tus primeras páginas encuadernadas: era lo más cercano a la felicidad que te podía brindar la escritura.

Yo quería ser escritor. Desde el momento en que descubrí que había gente que firmaba las historias que leía, supe que yo también quería contar historias por escrito. Pero lo supe cuando todavía no estaba listo para escribir nada, así que me dediqué mayormente a leer. En mi casa había muchos libros, pero todos malos. Best sellers tediosos o novelas primerizas que se desmoronaban a medida que les ibas pasando las páginas.

Opté por el cómic y la novela gráfica, y durante mucho tiempo abrevé en las cenagosas aguas de la pelotudez aventurera con dibujitos musculados. Me gustaba leer historias del espacio exterior y de superhéroes, pero no junté coraje para escribir lo mío hasta mucho después, ya terminando el secundario. Mientras tanto, escribí kilómetros de poemas de poca monta y bien edulcorados: la poesía era el único terreno en el que uno decidía cada cuánto apretar el “Enter” y nadie podía decirte nada.

Continué con el hábito de buscar concursos que me mantuvieran vivo el entusiasmo: me leía los avisos clasificados y las noticias breves buscando un certamen promisorio, algo que me acercara a la legitimidad. Y esa primera edición de Bahía Blanca me produjo una sensación ambigua. En calzones y con el libro en la mano reflexioné: ¿es un logro o un capricho? ¿Me parece a mí o es el libro más feo que vi en mi vida?

Decidí que lo mejor era sepultar mi efímero paso por el universo de las letras y hacerle caso a mis padres con una carrera seria: la escritura, por mucho que me gustara, no era para mí.

Pero así como le pasa a un bronquítico con el tabaco, me pasaba a mí con esto de tipear. Y reincidí.

La siguiente apuesta fue un concurso literario para seleccionar a los ¡40! autores que integrarían una novedosa antología. Esta vez me incliné por la narrativa y mandé un par de historias que todavía me persiguen como el recuerdo de un crimen espantoso.

Como era de esperarse, todos quedamos seleccionados, y a la semana nos juntamos “los autores” a “diseñar el libro” con el “editor”.

La hora señalada

La cita fue en el bar que está dentro de la estación de trenes frente a la terminal de ómnibus. No pudieron asistir las 40 plumas, así que sólo éramos unas 15 personas en torno a una mesa pequeña llena de pocillos de café. Me ubiqué junto a una señora que tenía un olor a placard que volteaba. Me preguntó mi nombre. Le contesté y me sonrió: tenía rouge sobre los dientes.

La conversación comenzó a fluir en torno a la calidad de las obras y de la edición, un aire de onanismo colectivo empezó a darme asma. El editor se presentó como contador. “No de cuentos sino de contabilidad”, aclaró. Nos explicó que este libro tenía muchas oportunidades y que si se lo daba a conocer, más de uno de los autores podía “pegarla”.

Un viejo de traje y moño casi se desgracia de ilusión sobre la silla:

–¡Hagamos la presentación, hagamos la presentación! –gritó, y el resto de la comitiva aplaudió la iniciativa.

Yo miraba la puerta con ganas de volver a mis mandatos familiares y dejar de pavear con esto de ser artista. La señora de los dientes con pintura se levantó de la silla y sugirió consejos para la presentación del libro.

–Hay que armar una mesita con sanguchitos y gaseosa –dijo como si se hubiera iluminado mágicamente.

–Tiene que haber lecturas en voz alta para que la gente conozca los textos –apuntó uno con pinta de oficinista.

–Y un presentador. Que sea famoso –agregó el viejo que había gritado primero.

Antes de que pudiera decir que me bajaba del proyecto, el editor me puso la mano en el hombro:

–Vos sos el más joven –diagnosticó–; creo que vos deberías encargarte de organizar el evento.

Siempre tuve problemas para decir que no, pero esta vez tuve reflejos e inventé una enfermedad que me obligaba a pasarme varias horas por día en el hospital.

La responsabilidad toda recayó en la señora de dientes pintados. Para cuando nos despedimos, yo ya tenía en claro que iba a ser uno de los eventos más tristes en los anales de la literatura argentina.

Lugares comunes

Las presentaciones de libros son decididamente un bodrio: hay que hacer sociales, hay que sonreír, todo el mundo tiene mal aliento, el vino que sirven es agrio, las gaseosas están tibias y el pan de los sanguchitos de miga empieza a hacer willy desde los bordes hasta quedar como la suela de una alpargata mojada.

Llegué al salón tarde a propósito para no tener que saludar a todo el mundo. Me ubiqué en una silla al fondo como un ninja para pasar inadvertido. En el asiento del lado estaba el editor, que me palmeó el hombro y me preguntó si estaba mejor. Contesté que sí, pero que en un ratito debería irme para seguir el tratamiento.

Como era de esperar, la señora de los dientes coloreados pasó al frente y agarró el micrófono.

–Yo soy (nombre que no recuerdo), escritora cordobesa desde hace muchos años –comenzó diciendo–. Publiqué un poema en una revista muy importante de la zona norte, otro en una antología que se hizo en Santa Fe, y varias cartas de lector mías salieron en distintas revistas del país, todas muy prestigiosas.

El editor me codeó e hizo un gesto de orgullo al tener a semejante figura entre nuestras filas. El olor a naftalina era insoportable, y había muchos parientes obligados que carraspeaban o pegaban unos bostezos diabólicos.

–No es fácil encontrar un libro con tantos autores importantes reunidos –continuó la señora con los dientes rojos–: en este libro van a descubrir a escritores muy buenos, como (otro nombre que no recuerdo), que también publicó conmigo en la antología de Santa Fe. Y muchos más –agregó como para que entendiéramos que sólo ellos justificaban el trabajo de la imprenta.

Después de un monólogo autocelebratorio bastante aburrido, la escritora abrió un portafolios, sacó una parva de papeles y dijo:

–Ahora cada autor va a pasar a leer un texto suyo.

Yo amagué a levantarme y el editor me detuvo poniéndome la mano en el antebrazo:

–Esta es la oportunidad de lucirse, amigo –me dijo. Y con el gesto me obligó a quedarme sentado.

La mujer leyó casi 10 minutos con un tono monocorde de resultados soporíferos. Cuando terminó, aplaudieron dos o tres, y pasó lo que temía.

–Bueno, ya leyó una señora mayor con experiencia –dijo–, ahora le toca a alguien de las nuevas generaciones.

Vi que se ponía en puntas de pie detrás del atril. Me buscaba entre el público porque yo era el más pichón de la caterva. El editor levantó una mano y me señaló con la otra:

–¡Acá está el escritor más joven de la antología! –gritó.

Los aplausos fueron cerrados y poco entusiastas. El hombre me empujó hacia el frente y avancé.

Fue como un sueño en los que no se puede correr ni gritar; me sentía desnudo, descalzo y debiendo materias del secundario.

Cuando estuve frente a la mujer me tendió un libro y me dijo por lo bajo:

–Tratá de no leer rápido porque no se te va a entender nada. Hacé como hice yo.

Me quedé detrás del atril pasándole las hojas al libro para encontrar las dos humedades que llevaban mi firma. Las manos me temblaban como si estuviera tocando un cable pelado. Noté también que me caían vertientes de sudor por las mejillas. Pero ya estaba en el punto de no retorno.

Aclaré mi garganta, levanté el libro y dije “Buenas tardes”. El micrófono acopló y ensordeció a la audiencia. A la tercera frase tartamuda comenzó a levantarse la gente. La mujer de los dientes nacarados me hizo señas desde el público para que continuara. En un paréntesis busqué con la mirada al editor, que estaba abandonando la sala con un cigarro en la boca.

Terminé esa lectura aturdido por los nervios. Ojalá hayan desaparecido todos los ejemplares de ese libro espantoso. Aunque lo que más temo es que en algún lugar del mundo hay una persona que tiene un casete con la filmación de ese evento.

A veces pienso en esa cinta. Es mi némesis, de esas cosas de las que no se puede volver atrás.

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2 respuestas a La resaca de los concursos literarios

  1. Despeinada dijo:

    Parece cuento de terror…
    Lo tuyo fue masoquismo puro: Hablar en público así solo, basta para hacer como conejo lampareado… si además sumas leer algo propio. Yo no sé cómo hace ahora la gente con tanto teléfono grabando todo.

  2. Simon dijo:

    El miedo de todo escritor, ¿No?, digo a entregarse plenamente a la escritura y que la final nunca hagas ni un mango con eso. Hace mucho te leo, primera vez que que comento. Saludos.

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