Gusnabo y su emprendedurismo

El quiosco estaba frente a la Plaza de la Intendencia y lo atendía Gustavo, un muchacho al que todos cargaban porque tenía un apellido difícil de pronunciar que terminaba en “chila”. Le decían “Gusnabo” y dejó el colegio justo antes de entrar al secundario, cuando la madre invirtió los ahorros y comprometió su jubilación en el alquiler de un local chiquitito que vendía puchos, vino “suelto” y pebetes.

Nunca hubo un quiosco tan minimalista ni tan lleno de gente haciendo maldades en toda la zona de Tribunales. Porque apenas se supo de su nuevo emprendimiento, empezamos a caer todas las tardes después del cole: los más traviesos, decididos a joderle la fuente de trabajo. Para nuestra edad sonaba raro que alguien tuviera esas responsabilidades, ya que todos éramos mantenidos.

Encima Gusnabo se tomaba su tarea con seriedad, y eso a algunos de la barra les caía mal; supongo que porque para ellos el Gusnabo entrepeneur era un espejo en el que descubrían sus propias limitaciones.

Fueron muchas maldades las que le hicieron, como la de robarle paquetes enteros de sánguches o destaparle las botellas de gaseosa sin que se diera cuenta, para que los clientes después vinieran a putearlo. La mayoría de las chanzas eran crueles y me empalagaban: no disfrutaba para nada de su desesperación, ni de sus ojos cristalinos por la angustia. Me molestaba que una gavilla de chiquilines se ensañara con la Pyme de Gusnabo. No era justo.

El bullying tocó techo en un día cercano a la Navidad, cuando uno de los facinerosos que integraban la comitiva estable en el quiosco vio que era buena idea acercarle un encendedor al estante donde Gusnabo tenía la pirotecnia para las fiestas.

Ese día yo estaba afuera del local y casi me infarto cuando sonó la primera bomba adentro. Inmediatamente después, una humareda azulada y destellos de varios colores empezaron a saltar por sobre la bandeja de golosinas, hacia la calle. Y también por sobre la bandeja de vidrio salió Gusnabo a los gritos, con el pulóver chamuscado y la cara desencajada.

El único que quedaba en la vereda era yo.

—¿Fuiste vos? ¿Eh? ¿Fuiste vos? –me preguntaba mientras se disipaban las nubes de pólvora.

–No, nabo; ¿cómo voy a boicotear al único quiosco que me deja fumar al fiado?

Después del incidente, decidió que yo era una persona confiable, y que podía pagarle las deudas trabajando algún turno cuando él tuviera que hacer trámites.

Fueron épocas de chupinas encerrado en el quiosco, donde me apoltronaba detrás del mostrador y le destrozaba los balances diarios haciendo cuentas que no cerraban a la hora del arqueo de caja. Nunca le robé, pero tampoco di el vuelto correcto ni una vez.

Encuentros cercanos

Gusnabo tenía una clientela más o menos fija. Había un diariero gordo y medio fronterizo al que apodaban “33” (nunca supe por qué). También un policía veterano al que sólo se le pasaba el temblor de las manos si desayunaba “un cortadito” (tres cuartos de vino blanco y un chorro de soda). Linyeras, punks, abogados flamantes con traje nuevo y muchos vendedores ambulantes solían frecuentar el lugar. Y todos lo agarraban de punto.

La fauna del quiosco de Gusnabo era indómita, e incluía a un tipo que durante un año se hizo pasar por agente secreto y se tomó (en promedio) una caja de tetrabrik por jornada. También había una señora pelirroja entrada en años y en carnes que gustaba de encontrar compañía joven en el local. Un par de conocidos de la barra habían vencido el temor y conocieron su departamento, del que volvieron con historias increíbles sobre proezas sexuales sexagenarias y prácticas poco habituales con las que la mujer daba cátedra carnal. Por suerte nunca tomé coraje.

El ejemplo de Gusnabo, su aparente independencia económica y la forma en que terminaba el día contando billetes, me dio la idea de que también podía dejar el colegio y tener mis propios ingresos, sin depender de nadie para vicios, gustos y necesidades, pero no lo conseguí.

Llegó un momento en el que cada uno de los que hacía bullying comenzó a caer con amigos y conocidos a la salida del colegio. Y lo mismo pasó con los clientes eventuales, que se aprovechaban del gordo de una manera cruel. Yo siempre le sugería que se impusiera, que se defendiera, pero era inútil: no estaba en su naturaleza.

Una mañana llegué para cumplir mi media jornada y lo encontré a Gusnabo esposado a una alacena, en el fondo del local.

–¿Qué hacés así?

–El cana que toma cortadito –me explicó mientras forcejeaba con los ganchos–. Se enojó porque le di de vuelto un billete falso.

Locos y artistas

Muchos de los personajes que iban al quiosco (sobre todo cuando caía el sol) terminaron siendo artistas. Había uno que compraba un porrón, se cruzaba a la plaza y tocaba la guitarra; hoy es un cantante conocido en el ámbito local. También estaba un flaco desgarbado de pelo largo que compraba un tetra, se lo llevaba también a la plaza y, una vez vaciado, lo cortaba con una navaja para hacer con él unas esculturas que eran increíbles. Hoy ese flaco es un conocido artista plástico.

Fui testigo involuntario del germen de muchos que acabaron destacándose en algo. Incluso había una chica depresiva y vestida de negro que se volvió escritora y se fue a vivir a México cuando la pegó con su primera novela. Pero en ese momento éramos todos iguales: jóvenes perdidos sin entender que teníamos derecho a cumplir nuestros sueños.

En ese lento proceso que es descubrir lo que nos gusta, el quiosco era un buen lugar para conocer gente nueva, para friccionar y para ir creciendo. Frente al quiosco de Gusnabo podía pasar cualquier cosa: desde una refriega multitudinaria en medio de un picado de fútbol, hasta parejas peleándose a los gritos y a los patadones, sin dejar de mencionar arrebatos y rotura de vidrios a los automovilistas.

Desde la puerta del quiosco incluso vi a un abogado que cayó fulminado de un bobazo a la salida de tribunales.

En la recta final de mi relación con Gusnabo y el quiosco, aprovechaba mis chupinas para leer algún libro mientras montaba guardia y esperaba que apareciera la chica que atendía la fotocopiadora del local del lado.

Marina era preciosa, voluptuosa, graciosa y usaba siempre tacos. Y por si fuera poco, cumplía el requisito fundamental para mi nube de flatos adolescente: me saludaba por mi nombre.

Marina resultó ser una ávida lectora, fanática de Sallinger, amante de Milan Kundera y devota de García Márquez, todos autores que no tenía idea que existían. Me dejé aleccionar por ella y empezamos a tener un acercamiento discreto, precedido siempre por un libro en alto con el que yo entraba a su local a saludarla:

–Buenísimo el libro, Marina; muchas gracias –le decía yo y se lo devolvía.

En todo el tiempo que duró mi idilio, Marina no dio ni media señal de estar interesada. Más allá de un comentario sobre lo leído, ni un centro. Yo sonreía con discreción, pero no dejaba de preguntarme cómo hacer para pasar de comentar una historia a olerle las almohadas.

Una sola vez me animé a algo. Ella estaba dándole de comer hojas a la máquina. Había olor a tóner, a resmas y a un perfume que usaba que era tremendamente embriagador.

–Vos me gustás a mí –le dije de la nada.

Por toda respuesta ella se rió echando la cabeza hacia atrás.

–Qué divino, gracias –dijo. Y siguió haciendo girar un libro sobre la luz de la máquina–. Algún día vas a encontrar a alguien que también te quiera.

Fue tal la vergüenza y la desazón, que me fui de ahí sin saludarla. Volví una semana más tarde y dejé los libros que le debía a Marina con Gusnabo; no quería volver a verla. Le conté a mi amigo lo que había ocurrido y cómo me había afectado:

–Es el amor de mi vida; no puedo volver a verla sabiendo que no siente lo mismo.

Gusnabo ensayó un abrazo de contención más artificial que sincero y me fió el último atado.

Me despedí de él con la promesa de volver a la semana siguiente y cancelar mi deuda. Nunca lo hice. Y al tiempo pasé por la cuadra y el quiosco se había vuelto una librería atendida por una familia.

La adolescencia es un fogonazo que nos atraviesa en cámara lenta sin que sepamos que nos está cocinando. Creo que sentí lástima por Gusnabo hasta que Facebook me lo sugirió como amigo no hace mucho. En su foto de perfil estaba con el gesto de siempre, aunque su cabeza había envejecido.

Me puse a chusmear sus álbumes. Él y Marina tienen tres hijos. Pobres chicos, lo que deben sufrir llevando ese apellido.

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7 respuestas a Gusnabo y su emprendedurismo

  1. alberto baru dijo:

    Si le escribiera la onomatopeya de la carcajada que solté al leer el ultimo párrafo, quedaría (yo) como un nabo.
    Saludos.

  2. Irene dijo:

    Un ejemplo de que el amor es del orden del inconsciente.

  3. Jorge dijo:

    La verdad, me encantó. Una trama de barrio que casi identifica al mío de “aquel entonces” un desenlace tan frío y desenfocado como distraído y por supuesto real en esencia, con una conclusión inquietante y es que ni volcándote a la diversidad ni cambiando de sexo, ni jamás, hagas lo que hagas, vas a comprender que lleva a las mujeres a tomar decisiones inesperadas, (risas y más risas), felicitaciones.

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