La lección de Gregorio

Me pusieron el título universitario en la mano un par de años después de terminar de cursar. Hubo una demora predecible: terminar el trabajo final, que había decidido hacer junto con un compañero. Elegí a Gregorio porque trabamos amistad al comienzo de la carrera y en el transcurso de los semestres, nos volvimos compinches, a pesar de que casi no teníamos cosas en común. Gregorio era “dejado”, le gustaba vivir sin preocupaciones y disfrutaba muchísimo de pasarse horas frente a la computadora. Cuando le pregunté si quería hacer el trabajo conmigo, no dudó:

–Má Valeria que Lynch.

–Nos tenemos que poner las pilas –le marqué–, necesitamos el diploma para buscar mejores laburos.

–En dos semanas lo cocinamos –dijo con seguridad impostada.
Gregorio consiguió trabajo en una cárcel y yo en una institución educativa. Los meses que siguieron nos los pasamos juntándonos a comer criollos, tomar Coca y fumar como dos polacos en la trinchera. Cada vez que yo quería abrir un documento en la compu para escribir aunque fuera el título de la tesina, Gregorio encontraba la forma de distraerme; sino mostrándome trucos en la compu (se le daba naturalmente la informática), contándome historias de su vida. En esos meses nos reíamos mucho con las canciones de Alfredo Casero, sobre todo Pizza conmigo y Puto a escondidas, porque nos parecían muy graciosas las letras.

Fueron muchas horas entre migas, ceniceros a tope, charlas, música y gaseosas. En todo el tiempo en que Gregorio y yo calentamos sendas sillas sin iniciativa y sin preocupación, descubrí a una persona generosa, confiable y a la vez enigmática. Por mucho que nos frecuentáramos, siempre entre nosotros había una especie de pared invisible contra la que algunas preguntas o confidencias chocaban para deshacerse.

Novio de América

En la última jornada en la que nos juntamos a trabajar, decidimos evitar un papelón al día siguiente frente al tribunal de evaluación y pasamos la noche de largo, galopando una acidez tremebunda, con los ojos crocantes por el humo. Más o menos para la hora en la que los serenos cabecean, solté el mouse, me giré en la silla y le pregunté:

–¿Por qué no te ponés de novio así se te arregla un poco la vida? Sos un desastre, Gregorio; mirá el tiempo que nos llevó hacer esta mierda.

Por toda respuesta, mi amigo sonrió sin dejar de mirar el monitor. Era tarde y estábamos agotados. Entonces se quitó los anteojos, se restregó la cara y me dijo dos palabras que casi me hacen caer de culo al piso. “Soy puto”. Mi primera reacción fue reírme. No había manera de que Gregorio fuera homosexual, no tenía nada que ver. Además, con semejante dejadez, no me imaginaba a Gregorio con otro hombre pulcro y amanerado (esa era mi concepción de la homosexualidad en ese entonces).

–¿Cómo que sos puto?

–Soy “puto a escondidas”, como la canción –dijo con naturalidad y resignación–. O sea, para que te quede claro, no ando vistiéndome de vieja loca, ni voy a los boliches a saltar sobre los parlantes todo pintarrajeado. Soy el de siempre, nada más que puto.

En esa conversación entendí que gran parte de mi temor radicaba en la posibilidad de que nuestra amistad se desarmara. Si él era “raro”, ¿podíamos seguir siendo amigos? ¿Qué había que cambiar?

–Nada. Soy el de siempre, nada más que puto.

Esa noche, de más está decir, terminamos nuestro trabajo a los patadones para ponernos a hablar del tema, que se había vuelto un elefante en la habitación.

–En la vida –me aclaró mi amigo– se es puto full-time. Pero hay que fingir mucho, impostar mucho. Lo más doloroso es esto, que ahora nos miremos y vos pienses distinto de mí.

–¿Pero vos me querés… ?

–Naah –me dijo restándole importancia con un ademán de la mano–. No me gustás, sos gordo y tenés feo aliento. Además, sos mi amigo, y yo estoy de novio.

Esa noche supe que Gregorio tenía una relación desde hacía años con un muchacho de quien estaba enamorado. Mientras los minutos iban aclarando el día y el panorama, aproveché para preguntarle todo. No podía entender cómo se me había pasado por alto. Nadie en su entorno lo sabía, y el privilegio de esa confesión trasnochada me hizo sentir muy bien.

Todo cambiaría para Gregorio a partir de su salida aparatosa del placard. Su orientación no fue un impedimento para nuestra relación. Con su paciencia y su humor negro, mi amigo me mostró un universo desconocido en el que mi machismo empezó a flaquear. Los chistes, las burlas, el bullying, la presión. Qué injusto semejante bombardeo gratuito.

Gregorio conocía todas las gamas sentimentales que implican ser de una manera en un mundo que no acepta como sos. Para mí fue una experiencia reveladora. Y confieso que, a partir de que mi amigo blanqueó la situación, todo empezó a ser más fácil para él. Y para nosotros, su círculo de amigos que acabábamos de entender lo animales que habíamos sido en nuestros comentarios durante años de desconocer la realidad de nuestro compañero.

Palo y al bolso

Más o menos para finales de 2009, Gregorio tomó una decisión. Hacía poco que había cortado con su novio y era tiempo de cambiar de aire, así que “mi único amigo gay” decidió vender todas sus pertenencias y quedarse sólo con un bolso de mano, una remera, una bermuda y dos ojotas.

–Me voy a vivir a Brasil –anunció–. Arreglando computadoras de vez en cuando me va a sobrar la guita.

Muchos en su entorno celebramos la decisión. Un cambio de escenario le vendría bárbaro. Así que Gregorio viajó hasta su provincia natal para despedirse de sus familiares.

Entre muchas otras de sus características, Gregorio también tenía la de comer como un chancho. Cenamos muchas veces juntos en fondas radiactivas, en las que atacamos las bandejas hasta quedar bordeando el soponcio. Para su despedida, una cena opípara no podía faltar, así que la noche anterior a su salida del país, Gregorio comió asado como para empachar a un hipopótamo. A eso de las 2 de la madrugada terminó de chatear con una amiga y se fue a dormir.

A la mañana siguiente lo encontraron sobre la cama, envuelto en la cortina del baño, fulminado por un infarto certero, de esos que te hacen salir de la ducha antes de tiempo.

Un viaje distinto

La primera década del siglo 21 se terminó en un viaje silencioso que algunos de sus amigos hicimos para asistir a su velorio. Entre los pasajeros del coche estaba también su ex novio, a quien era la primera vez que veíamos. Para cuando cruzamos la Circunvalación, la charla se animó y no se detuvo hasta llegar al féretro, sobre el que Gregorio parecía haberse dormido.

–Cómo habría puteado si nos llega a ver haciendo esto –me dijo su ex pareja. Y luego regresamos a Córdoba atravesando una lluvia bíblica mientras escuchábamos varias veces Puto a escondidas y Pizza conmigo.

Aunque el viudo no lo dijo nunca, se notaba que entre ellos había crecido un amor que no tenía nada que ver con lo que yo, en mi heterosexualidad recalcitrante, había conocido hasta el momento: ese tipo de amor que, de tan importante, se puede esconder por años para que no sufra deterioro.

Lo de ellos fue mucho tiempo en las sombras, mucha necesidad en la más postergada y cruel de las clandestinidades. Y de alguna manera me siento culpable por eso. A medida que pasaron los meses, fui valorando cada vez más esa valentía que me enseñó mi amigo, y me prometí no volver a juzgar a nadie por su apariencia. Todavía, a cada momento, peleo por tener eso presente; no es fácil en este mundo en el que se celebran más las coincidencias que las diferencias.

Las cosas cambiaron mucho desde esa madrugada confesional. La ley de matrimonio igualitario se aprobó unos meses después del fallecimiento de mi amigo, justo un día como el de hoy. Cada aniversario que pasa, siento lo mismo: me hubiera encantado ver cómo se comían la boca Gregorio y su novio en la puerta de un Civil.

Seguramente hubiésemos aplaudido mientras él nos puteaba fuerte al vernos emocionados y tan maricones.

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5 respuestas a La lección de Gregorio

  1. Alberto Baru dijo:

    Conmovedor, don Playo, conmovedor.

  2. Damian dijo:

    Excelente. Saludos.

  3. Irene dijo:

    Emocionante.

  4. Elrober dijo:

    Siempre te dije que te quiero

  5. Rodrigo dijo:

    Muy bueno! Gracias

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